PARTE 2: EL DÍA EN QUE MARCUS TUVO QUE ESPERAR

No cancelé la boda aquella noche.

Tampoco le dije a Marcus que había decidido irme.

Simplemente regresé a casa, cerré la puerta de mi habitación y saqué una pequeña caja que llevaba años guardando en el fondo de mi armario.

Dentro estaban nuestras fotografías.

La primera cena juntos.

Nuestro primer viaje.

La noche en que me pidió matrimonio.

Y una fotografía tomada seis años atrás frente al pequeño local de postres de osmanthus.

Marcus aparecía a mi lado con una expresión de absoluto fastidio.

Yo sostenía dos vasos de postre y sonreía.

Habíamos esperado casi una hora.

Aquella noche, mientras volvíamos a casa, él me había dicho:

—No volveré a hacer algo así.

Yo había reído.

—¿Esperar una hora?

—Sí.

—Entonces no volveremos a comer este postre.

Marcus había suspirado.

—Si es algo que te hace feliz, supongo que puedo soportarlo.

Yo guardé esa frase durante seis años.

Pensé que era una promesa.

Ahora entendía que había sido una excepción.

Una excepción que yo había convertido en amor.

Abrí el teléfono.

Tenía treinta y siete mensajes de Marcus.

“¿Dónde estás?”

“¿Por qué no respondes?”

“Anna, no hagas esto.”

“Lo de hoy fue una tontería.”

Después llegó otro.

“Chloe está llorando. Dice que la hiciste sentir incómoda.”

Me quedé mirando la pantalla.

Ni siquiera había mencionado mis sentimientos.

Su primera preocupación era Chloe.

Sonreí.

Luego escribí:

“Dile que no se preocupe. El vestido es suyo.”

Marcus respondió inmediatamente.

“¿Qué quieres decir?”

No contesté.

A la mañana siguiente llamé a la boutique.

—Quiero cancelar el pedido de mi vestido.

La encargada guardó silencio.

—Señorita Anna, faltan siete días para la boda. La mayor parte del trabajo ya está terminado.

—Lo sé. Pagaré la penalización.

—¿Está segura?

Miré el vestido que había colgado durante meses en mi habitación.

—Sí.

Después llamé al salón.

Cancelé el banquete.

Cancelé la prueba del pastel.

Cancelé al fotógrafo.

Cancelé las flores.

Cada llamada me dolía.

Pero no tanto como había imaginado.

Era extraño.

Durante años había pensado que perder a Marcus sería como perder una parte de mí.

Ahora sentía que estaba recuperando espacio dentro de mi propia vida.

Al mediodía, mi madre me llamó.

—¿Por qué cancelaste todas las citas de la boda?

No respondí inmediatamente.

Ella conocía mi silencio.

—Anna.

—Mamá, no voy a casarme.

Hubo un largo silencio.

—¿Qué pasó?

—Marcus está enamorado de otra persona.

Mi madre respiró profundamente.

—¿Estás segura?

—Lo vi.

—Entonces no necesitas más pruebas.

Esa frase me hizo llorar.

No porque estuviera triste.

Sino porque durante años había esperado que alguien me dijera exactamente eso.

No necesitas más pruebas.

No necesitas justificar lo que sientes.

No necesitas esperar otra señal.

No necesitas convencerte de que todavía existe amor.

Mi madre añadió:

—Ven a casa.

—No.

—¿Por qué?

—Porque esta vez quiero resolverlo yo.

Colgué.

A las tres de la tarde, Marcus apareció frente a mi oficina.

Entró sin avisar.

—¿Cancelaste la boda?

Levanté la vista de mi computadora.

—Sí.

Se quedó inmóvil.

—¿Por qué?

—Porque no quiero casarme contigo.

Su rostro se tensó.

—¿Por una escena en una boutique?

—No.

—Entonces, ¿por qué?

Cerré la computadora.

—Por seis años.

Marcus frunció el ceño.

—No entiendo.

—Yo sí.

Me levanté.

—Durante seis años encontré excusas para todo.

—Cuando no querías esperar, dije que eras impaciente.

—Cuando olvidabas nuestras citas, dije que estabas ocupado.

—Cuando no escuchabas mis preocupaciones, dije que estabas cansado.

—Cuando elegías tu trabajo antes que yo, dije que era temporal.

—Cuando cancelabas nuestros planes, decía que no importaba.

Lo miré.

—Pero ayer vi algo diferente.

—¿Qué?

—Vi que sí sabes esperar.

Marcus se quedó callado.

—Esperaste veinte minutos por Chloe.

Su expresión cambió.

—Anna…

—Esperaste una llamada suya durante tres minutos sin colgar.

—Y esperaste a que se probara mi vestido.

—No porque fuera importante para ti.

—Sino porque ella era importante para ti.

Marcus abrió la boca.

Pero no encontró ninguna respuesta.

Entonces dijo:

—No pasó nada entre Chloe y yo.

—Eso ya no importa.

—¡Sí importa!

Su voz se elevó.

Varias personas en la oficina miraron hacia nosotros.

Marcus respiró hondo.

—Te amo.

Me reí suavemente.

—No.

—Sí.

—No sabes amar a alguien cuando tienes que elegirlo.

Él apretó los puños.

—Estás exagerando.

—Quizá.

—Entonces dime qué quieres.

Lo miré durante unos segundos.

—Quiero que esperes.

—¿Qué?

—Quiero que esperes por mí.

—¿Cuánto?

—No lo sé.

Por primera vez vi algo parecido al miedo en sus ojos.

—Anna, la boda es en siete días.

—Ya no.

—¿Entonces qué quieres que haga?

—Nada.

Tomé mi bolso.

—Solo espera.

Pasé junto a él.

Pero antes de salir, me detuve.

—Y dile a Chloe que puede quedarse con el vestido.

Marcus me siguió hasta el pasillo.

—No quiero que ella tenga nada que ver con esto.

—Demasiado tarde.

Me fui.

Pensé que sería el final.

No lo fue.

A las siete de esa misma noche recibí un mensaje de Chloe.

“Señora Anna, necesito hablar con usted.”

No respondí.

Cinco minutos después llegó otro.

“Por favor.”

Luego una fotografía.

Era una captura de pantalla de una conversación.

El remitente era Marcus.

“Cuando todo termine, te llevaré al local de osmanthus que te gusta.”

Chloe había respondido:

“¿Y si ella descubre todo antes de la boda?”

Marcus:

“No lo hará.”

Chloe:

“¿Estás seguro?”

Marcus:

“Anna confía demasiado en mí.”

Miré la pantalla durante mucho tiempo.

No sentí rabia.

Solo una decepción tranquila.

Pero debajo de la conversación había otra frase.

Chloe había escrito:

“Entonces prométeme que después de casarnos no tendrás que seguir ocultándome.”

Marcus había respondido:

“Te lo prometo.”

Me quedé inmóvil.

No habían hablado de una aventura.

Habían hablado de un futuro.

Un futuro después de nuestra boda.

Entonces Chloe me llamó.

Contesté.

—¿Por qué me enviaste esto?

Su respiración tembló.

—Porque no quiero casarme con él.

—¿Qué?

—No soy la mujer que usted cree.

—¿Entonces qué eres?

Chloe guardó silencio.

Después dijo:

—La persona que Marcus está usando para escapar de algo mucho más grande.

Sentí un escalofrío.

—Explícate.

—No puedo por teléfono.

—Entonces ven.

Una hora después, Chloe estaba sentada frente a mí en una cafetería casi vacía.

Sin maquillaje.

Sin ropa elegante.

Parecía mucho más joven.

—Marcus no empezó a acercarse a mí porque se enamorara —dijo.

—Entonces, ¿por qué?

Chloe bajó la mirada.

—Porque necesitaba mi ayuda.

—¿Para qué?

Sacó un sobre.

Lo colocó sobre la mesa.

—Para ocultar dinero de su empresa.

No toqué el sobre.

—¿Qué?

—Hace ocho meses descubrí transferencias extrañas.

—Dinero que salía de la empresa y terminaba en cuentas privadas.

—Le pregunté qué era.

—Me dijo que era una operación temporal.

—Después me pidió que firmara algunos documentos.

Sentí que algo no encajaba.

—¿Y aceptaste?

—Al principio sí.

—Después descubrí que mi firma estaba siendo utilizada para autorizar transferencias que yo nunca había aprobado.

Abrió el sobre.

Dentro había copias de documentos.

Nombres.

Fechas.

Cantidades.

Y varias firmas.

—Marcus necesitaba un chivo expiatorio.

Miré las páginas.

—¿Yo?

Chloe negó con la cabeza.

—Todavía no.

Entonces levantó la mirada.

—Pero iba a ser usted después de la boda.

Mi sangre se heló.

—¿Qué?

—Marcus tenía planeado transferir una parte de las acciones de la empresa a una sociedad extranjera.

—Después quería hacer parecer que usted había autorizado la operación.

—Como su futura esposa y socia financiera, su firma tendría mucho más peso.

Me quedé sin palabras.

Todo empezó a encajar.

Las veces que Marcus me había pedido que firmara documentos sin leerlos.

Los contratos que dejaba sobre la mesa.

Las conversaciones sobre “simplificar nuestras finanzas después de casarnos”.

Los cambios en nuestras cuentas.

Yo siempre había pensado que estaba organizando nuestro futuro.

Quizá estaba preparando mi caída.

—¿Por qué me lo cuentas ahora?

Chloe sonrió con tristeza.

—Porque hoy comprendí que él no me quería.

—Solo necesitaba que alguien estuviera a su lado.

—Y porque descubrí que la policía financiera está investigando a la empresa.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace tres meses.

Miré otra vez los documentos.

—¿Marcus lo sabe?

—Sí.

—Por eso quería casarse tan rápido.

Chloe asintió.

—Quería que después de la boda usted tuviera acceso a ciertas cuentas y pudiera aparecer como responsable de algunas decisiones.

El silencio entre nosotras se volvió pesado.

Entonces entendí por qué Marcus se había puesto tan nervioso cuando cancelé.

No había perdido solamente a su prometida.

Había perdido el plan.

Pero aún quedaba algo que no entendía.

—Si esto es cierto, ¿por qué me dices todo ahora?

Chloe miró hacia la ventana.

—Porque hay una última cosa.

Sacó su teléfono.

Abrió un correo.

Me lo entregó.

Era un mensaje de un número desconocido.

“Si Anna cancela la boda, elimina las pruebas.”

Debajo había una lista de nombres.

Y uno de ellos me hizo sentir un frío terrible.

El nombre de mi padre.

Mi padre llevaba muerto nueve años.

—Esto es imposible.

Chloe negó lentamente.

—Eso pensé.

—Hasta que encontré los documentos antiguos.

Abrió otra carpeta.

Dentro había una copia de un contrato firmado diez años atrás.

La empresa de Marcus había recibido una inversión inicial de una sociedad cuyo propietario aparecía oculto detrás de varias entidades.

Pero la firma final pertenecía a una persona que yo conocía perfectamente.

Mi padre.

Levanté la mirada.

—¿Mi padre financió a Marcus?

Chloe negó.

—No exactamente.

—Él era el principal accionista oculto.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Durante seis años había pensado que Marcus había construido su empresa solo.

Incluso había admirado su esfuerzo.

Pero ahora aparecía una verdad completamente diferente.

Mi padre había invertido en aquella empresa antes de morir.

Y el documento decía algo todavía más extraño.

Si yo me casaba con Marcus, todas esas acciones pasarían legalmente a mí.

Pero si el matrimonio se cancelaba…

Volverían a otra persona.

Leí el nombre del beneficiario.

No era Marcus.

No era Chloe.

Era alguien que jamás había imaginado.

Mi propia madre.

Levanté la mirada lentamente.

—¿Por qué mi madre heredaría las acciones de mi padre?

Chloe no respondió.

Porque en ese momento mi teléfono comenzó a sonar.

Era mi madre.

Contesté.

—Mamá.

Al otro lado escuché silencio.

Luego su voz.

—Anna, ¿dónde estás?

—En una cafetería.

—Necesito verte.

—¿Por qué?

Mi madre respiró profundamente.

—Porque hay algo sobre tu padre que nunca te conté.

Miré a Chloe.

Ella palideció.

Mi madre continuó:

—Y ahora que cancelaste la boda, Marcus ya no puede protegerse.

Me quedé inmóvil.

—¿Protegerse de qué?

La respuesta de mi madre llegó en un susurro.

—De la verdad sobre quién era realmente tu padre.

La llamada terminó.

Miré la pantalla.

Después miré a Chloe.

Y por primera vez entendí que aquella boda no había sido simplemente una historia de amor que se estaba rompiendo.

Había sido una pieza dentro de un plan que llevaba más de nueve años preparándose.

Y yo acababa de sacar la primera ficha.

Pero si quería descubrir quién estaba detrás de todo, tendría que hacer algo que jamás había hecho durante mis seis años con Marcus.

Tendría que dejar de esperar.

Y comenzar a moverme primero.

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