PARTE 2: EL HIJO QUE NUNCA FUE MÍO

A la mañana siguiente, desperté antes de que saliera el sol.

Durante siete años había aprendido a orientarme por sonidos.

El reloj sobre la mesa.

Los pasos de Adrian en el pasillo.

El agua corriendo en el baño.

La puerta de la habitación de Noah.

El sonido de los tacones de Claire bajando las escaleras.

Pero aquella mañana era diferente.

Porque podía verlo todo.

La luz gris entrando por las cortinas.

El enorme dormitorio que durante años había imaginado mucho más pequeño.

Los cuadros.

Los muebles.

Las fotografías.

Y, sobre todo, las cámaras.

Había tres.

Una encima de la puerta.

Otra frente a la cama.

Y una tercera escondida en una lámpara decorativa.

Me quedé inmóvil.

Entonces entendí algo.

Adrian nunca había querido simplemente cuidar de mí.

Había querido vigilarme.

Me levanté lentamente y fui hasta el armario.

Abrí las puertas.

Había vestidos que jamás recordaba haber comprado.

Joyas.

Zapatos.

Bolsos.

Todo con etiquetas de marcas que yo ni siquiera conocía.

Durante años Adrian me había dicho que apenas podíamos permitirnos lo necesario.

—Tenemos que ahorrar para tus tratamientos —repetía.

Pero allí había suficiente ropa para llenar tres habitaciones.

Tomé uno de los bolsos.

Dentro encontré una tarjeta bancaria.

Mi nombre estaba grabado en ella.

El banco era uno de los más exclusivos de Haicheng.

Y el saldo me dejó sin respiración.

No eran unos cuantos miles.

Era una cuenta con una cantidad que una persona común tardaría varias vidas en ahorrar.

Me senté en el suelo.

Entonces recordé algo.

Una frase de Adrian.

—Todo lo que tenemos está a mi nombre porque tú no puedes ocuparte de los asuntos financieros.

Mentira.

Otra mentira.

Tomé fotografías de todo.

Después busqué mi teléfono.

Lo encontré dentro de un cajón que supuestamente utilizaba para guardar medicamentos.

Tenía contraseña.

Intenté una combinación.

Nada.

Otra.

Nada.

Entonces apareció un recuerdo.

Mi padre.

Una oficina.

Yo riéndome mientras él me decía:

—Nunca uses una contraseña que alguien pueda adivinar. Usa una fecha que solo tú recuerdes.

Probé una fecha.

El teléfono se desbloqueó.

Sentí un escalofrío.

Había mensajes antiguos.

Correos.

Fotografías.

Y una carpeta titulada:

“PROYECTO MERIDIAN”.

La abrí.

Encontré contratos de hacía siete años.

Transferencias.

Informes.

Firmas.

Y algo que me hizo dejar de respirar.

Una fotografía tomada el día de mi accidente.

El vehículo aparecía al fondo.

No era un coche desconocido.

Era un automóvil registrado a nombre de una empresa perteneciente a Adrian.

Debajo había una conversación.

“¿Está hecho?”

“Sí.”

“¿Ella recuerda algo?”

“Con el golpe y los medicamentos, probablemente no.”

Otra respuesta:

“Perfecto. Mientras no recuerde a su padre, podremos controlar el acceso a las acciones.”

Mis dedos comenzaron a temblar.

No era una sospecha.

Era una prueba.

Adrian había sabido que yo podía recuperar mi memoria.

Había construido una vida falsa para mantenerme aislada.

Y quizá Noah…

Miré nuevamente la fotografía familiar.

Necesitaba saber la verdad.

No quería asumir nada.

No iba a castigar a un niño por los pecados de los adultos.

A las nueve de la mañana llegó Thomas.

Lo vi entrar por la puerta principal acompañado por dos personas.

El hombre que durante años había sido solo una voz en algún rincón de mis recuerdos ahora estaba frente a mí.

Tenía el cabello completamente blanco.

Cuando me vio, se quedó inmóvil.

—Señorita Elena…

—Thomas.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Su padre no ha dejado de buscarla.

Mi corazón se apretó.

—Dijeron que había muerto.

—Lo sé.

—Me dijeron que no tenía familia.

Thomas apretó los labios.

—Adrian llegó al hospital antes que nosotros. Su padre estaba en el extranjero cerrando una operación. Cuando regresó, usted ya había desaparecido.

—¿Desaparecido?

—El expediente oficial decía que usted había sufrido pérdida de memoria y que había decidido vivir con su esposo.

Solté una risa sin humor.

—¿Y mi padre lo creyó?

—Durante un tiempo.

Thomas dejó una carpeta sobre la mesa.

—Hasta que encontró inconsistencias.

Abrí el expediente.

Había informes médicos.

Fotografías.

Registros de llamadas.

Y una lista de transferencias.

Mi nombre aparecía en todas.

—¿Qué es esto?

—Activos de Su Capital.

Thomas respiró profundamente.

—Antes de su accidente, usted era la responsable de una división de inversiones. Había descubierto que alguien estaba desviando dinero de una empresa conjunta.

—La familia Lu.

—Exactamente.

Pasé la página.

—¿Cuánto dinero?

Thomas me miró.

—Más de mil millones.

Sentí frío.

—¿Y Adrian?

—Era uno de los principales beneficiarios indirectos.

Me quedé en silencio.

Entonces pregunté:

—¿Y Claire?

Thomas dudó.

Ese pequeño movimiento fue suficiente.

—Dígamelo.

—Claire Xu no llegó a esa casa por casualidad.

—¿Qué significa eso?

Thomas abrió otra carpeta.

Dentro había fotografías de Claire y Adrian tomadas años atrás.

No eran fotografías románticas.

Eran reuniones.

Hoteles.

Restaurantes.

Oficinas.

—Claire conocía a Adrian antes de su matrimonio con usted.

—¿Cuánto tiempo?

—Desde antes de su accidente.

Sentí que algo se quebraba dentro de mí.

No por celos.

Por comprensión.

La mujer que durante siete años había vivido en mi casa no era una viuda desesperada que necesitaba ayuda.

Era parte del plan.

—¿Y Noah?

Thomas bajó la mirada.

—Los resultados preliminares del ADN llegaron esta mañana.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—Dígame.

Thomas colocó un sobre sobre la mesa.

No lo abrí inmediatamente.

Miré la fotografía familiar.

Después al sobre.

Finalmente lo tomé.

Abrí el documento.

Leí la primera línea.

“Probabilidad de maternidad entre Elena Su y Noah Lu: 0,02%.”

Mis manos se quedaron quietas.

Noah no era mi hijo.

Ni siquiera era biológicamente mío.

Durante siete años había vivido creyendo que aquel niño era mi hijo.

Había celebrado sus cumpleaños.

Había comprado juguetes.

Había aprendido sus alergias.

Había permanecido despierta cuando tenía fiebre.

Y él me llamaba “vieja ciega”.

Porque alguien le había enseñado a verme así.

Cerré los ojos.

No lloré.

—¿Y Adrian?

Thomas sacó otro documento.

—El padre biológico de Noah es Adrian.

—¿Y Claire?

—Su madre.

La verdad era mucho peor que cualquier sospecha.

Habían construido una familia delante de mí.

Una familia que no necesitaba mi amor.

Necesitaba mi firma.

Porque mi participación en Su Capital era la última pieza que Adrian no podía controlar.

Thomas deslizó otro documento hacia mí.

—Hay algo más.

Lo abrí.

Era una copia de mi testamento.

Mi nombre.

Mi firma.

Y una cláusula.

Si yo moría sin recuperar la memoria, el control temporal de mis acciones pasaría a un fideicomiso administrado por mi esposo.

Levanté la mirada.

—¿Cuándo se firmó?

—Tres meses después del accidente.

—Yo estaba incapacitada.

—Sí.

—Entonces alguien firmó por mí.

Thomas asintió.

—Eso estamos investigando.

En ese momento escuchamos un coche entrar.

Thomas guardó rápidamente los documentos.

—Es Adrian.

—No.

Me levanté.

—Quiero que se quede.

Thomas me miró sorprendido.

—¿Qué va a hacer?

Sonreí.

—Lo que ellos hicieron durante siete años.

—¿Mentir?

—Observar.

Adrian entró unos minutos después.

Llevaba un traje oscuro y una expresión tranquila.

Al verme de pie junto a la ventana, se quedó paralizado.

—Elena.

Me giré.

—Buenos días.

Su mirada bajó inmediatamente hacia mis ojos.

—¿Estás…?

Hice una pausa.

—¿Qué?

—Tus ojos.

Sonreí.

—¿Qué tienen?

Adrian tragó saliva.

—Parecen diferentes.

—Quizá porque hoy hay más luz.

Se acercó lentamente.

—¿Puedes verme?

Sentí ganas de gritar.

En cambio, bajé la mirada.

—No.

Su cuerpo se relajó.

Lo vi.

Perfectamente.

Ese pequeño suspiro.

Ese alivio.

Entonces comprendí que mi recuperación de la vista era peligrosa para él.

—El médico dice que todavía necesito tiempo —mentí.

Adrian se sentó frente a mí.

—Debes descansar.

—Lo haré.

—Y no deberías hablar demasiado con personas externas.

—¿Por qué?

—Podrían confundirte.

Lo miré.

—¿Quién?

—Personas que quieran aprovecharse de ti.

Casi sonreí.

—Como mi padre.

Adrian se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Anoche soñé con él.

—Elena…

—Creo que estaba vivo.

Su rostro perdió color.

—Tu padre murió.

—Eso dijiste.

Silencio.

—¿No es verdad?

Adrian se levantó.

—Voy a llamar al médico.

—No.

Lo detuve.

—Quiero preguntarte algo primero.

Se volvió.

—¿Por qué Claire vive aquí?

—Ya te lo expliqué.

—Ella es la viuda de tu hermano.

—Sí.

—¿Y por qué Noah se parece tanto a ella?

Adrian frunció el ceño.

—Porque es su hijo.

—Entonces dime por qué yo siempre tuve la sensación de que no era mío.

Su expresión cambió.

Solo un instante.

Pero esta vez lo vi claramente.

Miedo.

—Estás confundida.

—Quizá.

Me levanté.

—Pero estoy empezando a recordar.

Adrian no respondió.

Salió de la habitación.

Esperé hasta escuchar sus pasos desaparecer.

Entonces Thomas salió de la habitación contigua.

—Lo vio.

—Sí.

—¿Qué?

—Miedo.

Thomas asintió.

—Entonces tenemos poco tiempo.

Aquella misma tarde, decidí ir al antiguo despacho de mi padre.

No le dije a Adrian.

Tampoco a Claire.

Thomas me llevó por una entrada privada.

Cuando llegamos, el edificio parecía familiar.

Demasiado familiar.

En cuanto entré en la oficina principal, mi memoria comenzó a regresar en fragmentos.

Una mesa.

Una ventana.

Una caja fuerte.

La voz de mi padre.

Y una discusión.

Adrian estaba allí.

También Claire.

Yo sostenía unos documentos.

—No voy a firmar esto.

La voz de Adrian era fría.

—Si no firmas, perderás todo.

Yo respondía:

—No me importa.

Entonces Claire aparecía detrás de él.

—Elena, piensa bien.

Y yo gritaba:

—¡Sé lo que están haciendo!

Me llevé una mano a la cabeza.

Thomas me sostuvo.

—Señorita Elena.

—Yo los descubrí.

—Sí.

—Antes del accidente.

—Sí.

Entonces recordé algo más.

Una frase.

Una sola frase que había pronunciado justo antes de salir del despacho aquella noche.

—Si algo me pasa, la caja fuerte de mi padre tiene la prueba.

Abrí los ojos.

—La caja fuerte.

Thomas se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Mi padre tenía una caja fuerte detrás de la biblioteca.

—La retiramos hace años.

Negué.

—No.

Miré hacia el otro extremo del despacho.

—No la retiraron.

Caminé hasta una estantería.

Conté los libros.

Tres.

Cinco.

Siete.

Presioné uno.

La estantería se movió ligeramente.

Thomas retrocedió.

—¿Cómo recuerda eso?

—Porque yo la construí.

Detrás apareció un pequeño panel metálico.

Introduje una combinación.

La puerta se abrió.

Dentro había documentos.

Un teléfono antiguo.

Y una memoria USB.

Pero lo que más me sorprendió fue un sobre blanco.

Tenía mi nombre.

Lo abrí.

Solo había una frase escrita por mi propia mano:

“Si alguna vez recupero la memoria, no confíes en Adrian, no confíes en Claire y, sobre todo, no permitas que Noah sea utilizado para culparte de algo que él no hizo.”

Me quedé mirando la última línea.

Entonces el teléfono antiguo comenzó a sonar.

Thomas y yo nos miramos.

Nadie tenía ese número.

Lo levanté.

Una voz masculina habló al otro lado.

—Elena.

Me quedé helada.

—¿Quién es?

—Tu padre.

Sentí que las piernas me fallaban.

—Papá…

—No tengo mucho tiempo.

Su voz era más débil de lo que recordaba.

—Escúchame con atención.

—¿Dónde estás?

—No preguntes todavía.

Pausa.

—Hay algo que debes saber sobre tu accidente.

Miré a Thomas.

—Ya lo sé.

—No.

La voz de mi padre se quebró.

—No lo sabes todo.

Silencio.

—El coche que te golpeó no lo conducía Adrian.

Mi corazón se detuvo.

—¿Entonces quién?

Mi padre tardó varios segundos en responder.

—Lo conducía alguien que tú jamás sospecharías.

La llamada se cortó.

Miré a Thomas.

—¿Quién?

Él negó lentamente.

Pero antes de que pudiera responder, mi teléfono recibió una fotografía.

Era una imagen tomada siete años atrás.

Yo estaba entrando en mi automóvil el día del accidente.

Detrás de mí aparecía Claire.

Pero no estaba sola.

A su lado estaba alguien que reconocí inmediatamente.

Alguien que, según todos los documentos, llevaba siete años muerto.

Mi hermano.

El hermano de Adrian.

El supuesto esposo fallecido de Claire.

Y debajo de la fotografía había un mensaje:

“Ahora que puedes ver, Elena, pregúntate por qué Claire necesitaba que todos creyéramos que su marido estaba muerto.”

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