El detective Zhou no respondió inmediatamente.
Se limitó a mirarme mientras su compañero sacaba el teléfono y comenzaba a revisar algo.
—¿Quién presentó la denuncia? —pregunté otra vez.
Zhou finalmente habló.
—La señora Linda Bennett.
Sentí que algo encajaba de golpe.
—Entonces ella sabía que Nathan había desaparecido.
—Eso parece.
—Pero hace menos de media hora me dijo que estaba hospitalizado.
El detective asintió lentamente.
—Por eso estamos aquí.
Me quedé callada.
De repente, mis vacaciones en Pattaya dejaron de parecer unas vacaciones.
Había algo detrás de aquella llamada.
Algo que Linda no quería que yo descubriera.
—¿Puedo preguntarle algo? —dijo Zhou.
—Adelante.
—¿Por qué se divorció de Nathan ayer?
No pude evitar una pequeña sonrisa.
—Porque llevábamos mucho tiempo siendo dos desconocidos viviendo bajo el mismo techo.
—¿Hubo violencia?
—No.
—¿Amenazas?
—No.
—¿Problemas económicos?
—No exactamente.
Zhou esperó.
Yo respiré.
—Nathan quería divorciarse porque iba a casarse con otra mujer.
El joven detective levantó la cabeza.
—¿Se iba a casar hoy?
—Sí.
—¿Y usted lo sabía?
—Desde hacía semanas.
—¿Conocía a la novia?
—No.
Zhou escribió algo.
—¿Sabe su nombre?
—No.
—¿Nunca preguntó?
—No.
Esta vez el detective sonrió ligeramente.
—Usted es una mujer bastante tranquila para alguien que fue reemplazada de un día para otro.
—No me reemplazaron.
Lo miré directamente.
—Yo ya había dejado de estar ahí mucho antes de firmar el divorcio.
Zhou dejó de escribir.
—¿Qué significa eso?
—Que Nathan llevaba meses actuando como si nuestra separación fuera un trámite pendiente. Yo solo terminé el trámite.
Hubo unos segundos de silencio.
Entonces el teléfono del detective joven vibró.
—Jefe.
Zhou tomó el aparato.
Leyó el mensaje.
Su expresión cambió.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Me miró.
—Acabamos de confirmar algo.
—¿Qué?
—Nathan Bennett no está hospitalizado.
Sentí un escalofrío.
—¿Está seguro?
—Acabamos de consultar los hospitales privados y públicos de la zona. No existe ningún registro de ingreso con su nombre.
—Entonces Linda mintió.
—Probablemente.
Me senté en el borde de la cama.
Por primera vez desde que había llegado a Pattaya sentí verdadero miedo.
No por Nathan.
Sino porque alguien estaba intentando utilizarme para algo.
—Detective…
—¿Sí?
—¿Por qué me encontraron tan rápido?
Zhou guardó silencio.
—¿Qué quiere decir?
—Llegué hoy. Nadie sabía que estaba aquí excepto Nathan y su familia.
El detective me observó durante varios segundos.
—¿Está segura de eso?
Pensé.
Antes de salir de mi país, solo le había enviado la confirmación de la reserva a una persona.
Mi amiga Clara.
Y a Nathan.
Pero Nathan estaba desaparecido.
Entonces recordé otra cosa.
—Linda sabía que venía a Tailandia.
Zhou se inclinó hacia delante.
—¿Cómo?
—Me preguntó ayer, justo después del divorcio, dónde pensaba ir.
—¿Y usted se lo dijo?
—Sí.
—¿Qué le respondió?
—Nada. Solo se quedó mirándome.
El detective cerró la libreta.
—Señora Quinn, necesito que haga exactamente lo que voy a decirle.
—¿Qué?
—No salga del hotel.
—¿Por qué?
—Porque si alguien sabía que estaba aquí, y además sabía que podía encontrarla tan rápido, no quiero correr riesgos.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Cree que estoy en peligro?
Zhou no respondió directamente.
—Creo que su exmarido está desaparecido y alguien está intentando construir una historia alrededor de usted.
Eso fue suficiente.
Los dos policías se marcharon.
Yo cerré la puerta y me quedé apoyada contra ella.
Durante unos minutos no hice nada.
Luego llamé a Clara.
Contestó al segundo tono.
—¿Samantha? ¿Qué pasó?
—¿Le diste a alguien mi dirección del hotel?
—¿Qué?
—Respóndeme.
—No. ¿Por qué?
Le conté lo sucedido.
Cuando terminé, Clara guardó silencio.
—Sam…
—¿Qué?
—Hay algo que no te conté.
Me senté.
—Habla.
—Ayer, después de que firmaste el divorcio, recibí un mensaje de Nathan.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Qué mensaje?
—Me preguntó si sabía dónde estabas.
—¿Y qué le dijiste?
—Que probablemente te irías de viaje.
—¿A Pattaya?
—No. Eso no lo sabía.
—¿Qué más?
Clara respiró profundamente.
—Me preguntó si conservabas copias de los documentos de la empresa.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué documentos?
—No lo sé.
—Clara.
—Solo eso. Después me bloqueó.
Mi cabeza empezó a trabajar.
Durante nuestro matrimonio, yo había sido responsable de revisar ciertos documentos financieros de Bennett Holdings.
No era accionista.
No era directora.
Pero había trabajado durante años junto a Nathan.
Conocía contratos, cuentas, proveedores y adquisiciones.
Y tres meses antes del divorcio había descubierto una anomalía.
Una transferencia enorme.
Más de cuatro millones de dólares.
La operación estaba registrada como una adquisición internacional.
Pero la empresa adquirida no existía.
Cuando se lo pregunté a Nathan, se puso furioso.
—No te metas en asuntos que ya no te corresponden.
Dos semanas después pidió el divorcio.
Yo había pensado que quería liberarse de mí.
Ahora ya no estaba tan segura.
—Clara —dije lentamente—, creo que Nathan no se divorció de mí por otra mujer.
—¿Entonces?
—Creo que necesitaba que dejara de tener acceso a ciertas cosas.
Antes de que Clara pudiera responder, alguien llamó a mi puerta.
Tres golpes.
Me quedé congelada.
No esperaba servicio.
Tampoco policías.
Miré por la mirilla.
Era una mujer.
Vestía un traje oscuro y llevaba una carpeta.
—¿Quién es?
—Samantha, soy Amelia Grant. Trabajo para el abogado de Nathan.
Mi corazón dio un vuelco.
No abrí.
—¿Qué quiere?
—Necesito entregarle unos documentos urgentes.
—Déjelos en recepción.
—No puedo.
—Entonces váyase.
Hubo silencio.
Luego la mujer dijo algo que me hizo cambiar de expresión.
—Nathan me pidió que viniera.
Me acerqué más a la puerta.
—¿Cuándo?
—Ayer por la tarde.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque ayer por la mañana nos divorciamos y después Nathan se marchó.
La mujer guardó silencio.
—¿Señora Quinn?
—¿Sí?
—Entonces tenemos un problema.
—¿Cuál?
—Porque Nathan me entregó estas instrucciones personalmente ayer a las cuatro de la tarde.
Sentí frío.
Nathan había estado conmigo en el registro civil a las nueve y media.
Después se fue.
¿Dónde había estado a las cuatro?
Abrí la puerta solo unos centímetros.
La mujer me mostró una carpeta.
—Necesito hablar con usted.
La dejé entrar.
Amelia colocó los documentos sobre la mesa.
—Soy abogada externa de Bennett Holdings desde hace seis años.
—¿Y Nathan está vivo?
Su expresión cambió.
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabe?
—Porque ayer recibí una llamada suya. Me dijo que había cometido un error y que necesitaba proteger ciertos documentos.
—¿Qué documentos?
Amelia abrió la carpeta.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Eran copias de contratos.
Transferencias.
Nombres de empresas.
Cuentas internacionales.
Y una lista de pagos.
En la parte superior había una frase escrita a mano.
“Si algo me ocurre, entregue esto a Samantha Quinn.”
Levanté la mirada.
—¿Qué significa esto?
—No lo sé.
—¿Por qué mi nombre?
Amelia negó con la cabeza.
—Eso esperaba que me lo dijera usted.
Pasé las páginas.
Entonces reconocí una empresa.
La misma compañía fantasma que había detectado meses atrás.
—Esta empresa…
—¿La conoce?
—Sí.
Señalé una transferencia.
—Nathan me dijo que esto era una adquisición.
Amelia palideció.
—No fue una adquisición.
—¿Qué fue?
—Una transferencia.
—¿A quién?
Ella señaló otro documento.

—A una cuenta perteneciente a Linda Bennett.
Me quedé completamente inmóvil.
Mi exsuegra.
La mujer que acababa de decirme que Nathan estaba hospitalizado.
La mujer que sabía que yo estaba en Pattaya.
La mujer que había insistido en que regresara.
—¿Cuánto dinero?
Amelia pasó la página.
—Más de nueve millones de dólares en los últimos dos años.
No pude hablar.
Entonces entendí por qué Linda estaba desesperada por encontrarme.
No quería que regresara para cuidar a Nathan.
Quería algo.
—¿Qué hay en estos documentos que me involucre?
Amelia bajó la voz.
—Su firma.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué?
—Hay varias autorizaciones con su firma digital.
—Yo nunca autoricé esas transferencias.
—Lo sé.
—¿Cómo puede saberlo?
Amelia me miró fijamente.
—Porque Nathan me lo dijo.
Me quedé en silencio.
—¿Cuándo?
—Ayer.
—¿Antes o después del divorcio?
—Después.
Me levanté.
—Entonces él sabía que lo estaban haciendo.
—Sí.
—¿Y estaba intentando detenerlo?
—Creo que sí.
La palabra “creo” me molestó.
—¿Dónde está Nathan?
Amelia no respondió.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
En ese momento mi teléfono vibró.
Un mensaje.
Número desconocido.
Solo contenía una fotografía.
La abrí.
Era Nathan.
Estaba sentado en una habitación oscura.
Tenía una herida en la frente.
Pero estaba vivo.
Debajo de la fotografía había una frase:
“Tu divorcio fue exactamente lo que necesitábamos.”
Sentí que se me helaban las manos.
Otro mensaje apareció inmediatamente.
“Ahora todos creen que eres una mujer resentida que huyó al extranjero.”
Amelia se puso de pie.
—¿Qué pasa?
Le mostré la pantalla.
Su rostro se quedó sin color.
—Esto es una trampa.
—Sí.
—Tenemos que llamar a la policía.
—Ya están aquí.
—Entonces debemos contarles todo.
Negué lentamente.
—Todavía no.
Amelia me miró sorprendida.
—¿Por qué?
Le mostré la fotografía.
—Porque quien hizo esto quiere que corramos.
—¿Y qué piensa hacer?
Miré el mar por el balcón.
Durante años había sido la mujer que resolvía los problemas de Nathan.
La que organizaba sus documentos.
La que cubría sus errores.
La que pedía perdón a su madre.
La que aceptaba menos de lo que merecía.
Ayer había firmado el divorcio.
Hoy habían convertido mi divorcio en una prueba contra mí.
Pero cometieron un error.
Habían dejado una cosa que nadie parecía haber considerado.
Mi teléfono seguía teniendo acceso a una antigua cuenta empresarial.
Una cuenta que Nathan pensaba que yo había cerrado después del divorcio.
La abrí.
Había una transferencia programada.
Para esa misma noche.
Cinco millones de dólares.
Destino: una cuenta en el extranjero.
Beneficiario: Linda Bennett.
Pero debajo de la transferencia aparecía algo todavía más importante.
El usuario que había iniciado la operación.
No era Nathan.
No era Linda.
Era la nueva esposa.
La mujer con la que Nathan supuestamente debía casarse aquella mañana.
Y entonces entendí por qué nadie quería decirme su nombre.
Abrí el documento adjunto.
El nombre apareció en la pantalla.
Victoria Hale.
La mujer que debía convertirse en la nueva señora Bennett.
Pero había una segunda línea.
“Acceso autorizado por: Samantha Quinn.”
Mi propia firma digital.
La misma firma que jamás había utilizado.
La misma firma que podía enviarme a prisión.
Levanté lentamente la mirada hacia Amelia.
—Ahora sí entiendo.
—¿Qué?
—No quieren que encuentre a Nathan.
—¿Entonces qué quieren?
Miré otra vez la fotografía de mi exmarido.
—Quieren que yo parezca la persona que lo hizo desaparecer.
En ese instante, alguien llamó nuevamente a la puerta.
Tres golpes.
Esta vez no era la policía.
No era Amelia.
Y cuando miré por la mirilla, vi a un hombre que reconocí inmediatamente.
Nathan.
Estaba de pie frente a mi habitación.
Solo que la fotografía que acababa de recibir mostraba a Nathan herido y encerrado.
El hombre que estaba frente a mi puerta sonreía tranquilamente.
Y detrás de él había dos hombres más.
Fue entonces cuando comprendí que el verdadero Nathan podía estar en peligro…
y que el hombre frente a mí acababa de venir a comprobar si yo ya había caído en la trampa.