PARTE 2: EL MENSAJE QUE ADRIAN QUERÍA OCULTAR

Le arrebaté el teléfono antes de que pudiera reaccionar.

Adrian dio un paso hacia mí.

—Elena, dame eso.

No respondí.

La pantalla seguía abierta.

El mensaje había llegado desde un número sin nombre.

“YA SABEN QUE ESTÁ EMBARAZADA. NO PUEDES SEGUIR RETRASANDO EL PLAN. SI ELLA HABLA, TODOS CAEMOS.”

Sentí que se me enfriaban las manos.

Volví a leerlo.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Adrian intentó tomar el teléfono.

—No es lo que parece.

Levanté la mirada.

—Entonces explícame qué parece.

No respondió.

La doctora, que estaba junto a la puerta, percibió inmediatamente que algo había cambiado.

—¿Todo está bien?

Adrian guardó silencio.

Yo le entregué el teléfono.

—Pregúntaselo a él.

La doctora nos observó durante unos segundos.

—Voy a darle unos minutos de privacidad.

Cuando salió, cerré la puerta.

—¿Quién sabe que estoy embarazada?

Adrian apretó la mandíbula.

—Todavía nadie debería saberlo.

—Entonces alguien acaba de decirte que ya lo saben.

—Elena…

—¿Quién?

Silencio.

—¿Quién, Adrian?

Finalmente respondió:

—Mi hermano.

Me quedé inmóvil.

—¿Marcus?

Adrian asintió.

Marcus Moretti era el hombre que durante años había aparecido en revistas económicas junto a Adrian. Oficialmente, era vicepresidente de Moretti Holdings.

Extraoficialmente, era el único miembro de la familia que podía entrar en la oficina de Adrian sin anunciarse.

—¿Por qué tu hermano estaría preocupado porque estoy embarazada?

Adrian se pasó una mano por el rostro.

—Porque este embarazo cambia muchas cosas.

—¿Qué cosas?

—La sucesión.

Solté una pequeña risa.

—¿En serio? ¿Todo esto es por una empresa?

—No es solo una empresa.

Lo miré fijamente.

Adrian finalmente se sentó.

Por primera vez desde que había entrado en aquella sala, parecía agotado.

—Hay algo que nunca te conté.

—Eso ya lo sé.

—Cuando nos casamos, mi padre estaba enfermo.

Recordé aquella época.

Adrian siempre estaba viajando.

Reuniones.

Cenas.

Personas que nunca conocí.

Yo pensaba que era simplemente parte de su mundo.

—Antes de morir, mi padre dividió el control del grupo entre tres personas —continuó—. Yo, Marcus y mi tío Richard.

—¿Y?

—Ninguno podía controlar la empresa por sí solo.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

—Porque había una cláusula.

Se inclinó hacia adelante.

—Si yo tenía un heredero legítimo, ciertas acciones pasarían automáticamente a un fideicomiso administrado para ese niño.

Sentí un escalofrío.

—¿Y eso perjudica a Marcus?

—Mucho.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente para que perdiera el control que lleva años intentando conseguir.

Ahora entendía el mensaje.

Pero todavía faltaba una pieza.

—¿Y por eso pediste el divorcio?

Adrian bajó la mirada.

—Sí.

La respuesta me dejó sin palabras.

—No entiendo.

—Si seguíamos casados y tú estabas embarazada, el niño tendría derechos sobre el fideicomiso.

—Pero si nos divorciábamos…

—Pensé que podría mantenerte fuera de todo esto.

Me levanté lentamente.

—¿Pensaste que divorciarte de mí protegería a nuestro hijo?

—Pensé que si te alejabas de mí, Marcus no tendría motivos para buscarte.

—¿Y cómo exactamente ibas a protegerme si me abandonabas?

Adrian no respondió.

—Durante seis meses pensé que ya no me amabas.

—Te amaba.

—Entonces ¿por qué me trataste como si fuera una desconocida?

Sus ojos se llenaron de algo que nunca había visto en ellos.

Miedo.

—Porque la primera vez que intentaron atacarte, entendí que no podía mantenerte cerca de mí.

Mi respiración se detuvo.

—¿La primera vez?

Adrian asintió.

—Hace siete meses alguien entró en nuestro edificio.

Recordé aquella noche.

Un ruido en el pasillo.

Una puerta abierta.

Adrian diciéndome que no saliera del departamento.

Yo había pensado que exageraba.

—¿Qué ocurrió?

—Uno de los guardias fue encontrado inconsciente.

—¿Y tú?

—Llegué demasiado tarde.

Lo miré.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo?

Adrian sacó su teléfono y abrió una fotografía.

Era una captura de una cámara de seguridad.

Reconocí inmediatamente el rostro.

—Ese hombre…

—Sí.

—Lo he visto.

—¿Dónde?

Pensé.

Entonces lo recordé.

—En la cafetería debajo de mi oficina.

Adrian cerró los ojos.

—Lo sabía.

—¿Qué sabías?

—Que ya te habían encontrado.

La puerta se abrió.

La doctora regresó.

—Elena, podemos hacer el ultrasonido ahora.

Adrian se levantó.

—Voy contigo.

—No.

Se detuvo.

—Elena.

—Necesito pensar.

—No tienes que hacerlo sola.

—Llevé seis meses haciéndolo sola.

Aquella frase lo golpeó.

La doctora nos condujo a otra habitación.

Me acosté mientras el monitor comenzaba a emitir sus primeros sonidos.

La pantalla mostró una pequeña silueta.

Por primera vez escuché el corazón de mi bebé.

Rápido.

Fuerte.

Real.

Sentí que las lágrimas me llenaban los ojos.

Adrian estaba a mi lado.

No dijo nada.

Solo miraba la pantalla.

La doctora sonrió.

—Todo parece estar bien.

Cerré los ojos.

Durante unos segundos olvidé el divorcio.

El mensaje.

Marcus.

La familia Moretti.

Solo existíamos nosotros tres.

Hasta que la doctora frunció el ceño.

—Un momento.

Adrian inmediatamente levantó la cabeza.

—¿Qué ocurre?

Ella ajustó el aparato.

—Hay algo que quiero revisar.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

—¿El bebé está bien?

—Sí. El bebé parece estar bien.

La doctora hizo otra medición.

—Pero necesito confirmar una fecha.

—¿Qué fecha?

Miró mis análisis.

Después volvió a mirar la pantalla.

—¿Está segura de que son once semanas?

—Eso me dijeron.

La doctora negó lentamente.

—Por el tamaño, parece un poco más avanzado.

Adrian palideció.

—¿Cuánto?

—Aproximadamente trece semanas.

El silencio cayó sobre la habitación.

Dos semanas.

No parecía mucho.

Pero yo conocía perfectamente las fechas.

Hice las cuentas.

Entonces miré a Adrian.

Él también estaba haciendo lo mismo.

—No puede ser —susurré.

La doctora nos observó.

—¿Hay algún problema?

No contesté.

Adrian sí.

—Necesitamos una prueba más precisa.

La doctora aceptó.

Cuando salió, Adrian se acercó.

—Elena…

—No.

—Escúchame.

—No.

—Sé lo que estás pensando.

—¿De verdad?

Lo miré directamente.

—Porque yo también lo estoy pensando.

La noche que Adrian había regresado empapado a mi departamento había sido exactamente trece semanas atrás.

La única noche en seis meses en que habíamos estado juntos.

Pero si la fecha era correcta, todo encajaba.

Y, al mismo tiempo, había algo extraño.

Demasiado extraño.

Porque aquella noche Adrian no había llegado solo.

Yo había visto a alguien esperando en el auto.

Un hombre.

No pude distinguir su rostro.

Pero ahora recordaba una cosa.

Un anillo.

Un anillo con el escudo de los Moretti.

Adrian se sentó.

—Hay otra cosa que necesitas saber.

—¿Qué?

—La noche que fui a verte…

Se detuvo.

—No fue una visita espontánea.

—¿Qué quieres decir?

—Me enviaron a buscarte.

—¿Quién?

Adrian miró hacia la puerta.

—Mi padre.

Me quedé helada.

—Tu padre estaba muerto.

—Sí.

—Entonces…

Adrian sacó una fotografía.

La puso sobre la mesa.

Era una imagen antigua.

Un hombre mayor.

Una mujer joven.

Y detrás de ellos, una niña.

La niña tenía unos cinco años.

Miré el rostro.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

—Esa…

Adrian asintió.

—Eres tú.

Retrocedí.

—Eso es imposible.

—Lo sé.

—Nunca he visto esta fotografía.

—Porque tu padre la escondió.

—¿Por qué tendría una fotografía mía la familia Moretti?

Adrian no respondió inmediatamente.

Finalmente dijo:

—Porque antes de que tú y yo nos conociéramos, nuestras familias ya se conocían.

Me levanté.

—¿Qué estás diciendo?

—Tu padre trabajó con el mío.

—Mi padre era contador.

—Eso es lo que tú creías.

Sentí un frío recorrerme la espalda.

Toda mi vida había pensado que mi padre había muerto dejando algunas deudas y una pequeña propiedad.

Nunca había sabido que existía una relación con los Moretti.

Adrian continuó:

—Hace quince años desapareció una cantidad enorme de dinero de una de las empresas de mi padre.

—¿Y mi padre?

—Fue acusado.

—¿La robó?

—No.

—Entonces ¿qué ocurrió?

Adrian bajó la voz.

—La persona que realmente lo hizo era alguien de mi familia.

Sentí que todo comenzaba a encajar.

—¿Marcus?

Adrian no respondió.

Pero tampoco negó.

Antes de que pudiera preguntarle algo más, alguien golpeó la puerta.

Tres veces.

Adrian se puso rígido.

—¿Quién es?

Una voz respondió desde el pasillo.

—Señor Moretti, tiene una llamada urgente.

Adrian no se movió.

—¿De quién?

—De Marcus.

Adrian miró hacia mí.

Su expresión cambió.

—No abras.

La puerta comenzó a abrirse.

—Está cerrada —respondió Adrian.

—Tenemos una llave maestra.

Adrian se colocó delante de mí.

—No la uses.

Silencio.

Después escuchamos pasos alejándose.

Adrian esperó varios segundos.

Luego sacó otro teléfono de su bolsillo.

—Tenemos que irnos.

—¿Por qué?

—Porque si Marcus sabe que estás embarazada, este hospital ya no es seguro.

—¿A dónde vamos?

—A un lugar donde no pueda encontrarnos.

Entonces su teléfono principal vibró.

Adrian lo miró.

Esta vez no intentó ocultármelo.

Era una fotografía.

Mi casa.

Tomada desde la calle.

Debajo había una sola frase:

“Sabemos dónde está ella.”

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

Adrian cerró los ojos durante un segundo.

Después tomó mi mano.

—Elena, escúchame.

—¿Qué?

—El divorcio no era para abandonarte.

—Entonces ¿para qué?

Me miró fijamente.

—Para que, si algo me ocurría, tú pudieras reclamar legalmente todo lo que era mío.

—¿Y ahora?

Adrian apretó mi mano.

—Ahora quiero cancelar el divorcio.

—¿Porque estoy embarazada?

—No.

Su voz se quebró por primera vez.

—Porque entendí demasiado tarde que alejándote de mí no te estaba protegiendo.

Se inclinó hacia mí.

—Te estaba dejando sola frente a personas que llevaban años esperando que yo cometiera exactamente ese error.

En ese instante se escuchó un golpe seco en el pasillo.

Después otro.

Las luces del hospital parpadearon.

Adrian miró hacia la puerta.

Y por primera vez desde que lo conocía, vi miedo real en sus ojos.

—Elena…

—¿Qué?

—Cuando se abra esa puerta, no confíes en nadie que diga venir a ayudarnos.

La manija comenzó a moverse.

Y entonces escuchamos una voz al otro lado.

Una voz que reconocí inmediatamente.

Era mi propia madre.

—Elena, abre la puerta.

Me quedé paralizada.

Mi madre llevaba tres años muerta.

Y alguien estaba usando su voz.

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