PARTE 2: EL PRECIO DE HABERME SUBESTIMADO

Nolan se quedó frente a mí sin saber qué decir.

Detrás de él, el escenario seguía iluminado con enormes letras doradas que anunciaban la salida a bolsa de Prescott Technologies.

Hacía menos de diez minutos, todos habían levantado sus copas para celebrar su éxito.

Ahora nadie bebía.

El director financiero seguía mirando su teléfono.

Dos miembros del consejo hablaban en voz baja.

Un periodista había dejado de grabar la presentación y apuntaba discretamente su cámara hacia nosotros.

Y Celine permanecía a unos metros, completamente inmóvil.

—Audrey, tenemos que hablar en privado —dijo Nolan.

—No.

Su rostro se tensó.

—Esto no es el lugar para discutir asuntos matrimoniales.

—No estoy hablando de nuestro matrimonio.

Levanté mi copa.

—Estoy hablando de cinco mil millones de yuanes.

El silencio fue inmediato.

Celine palideció.

Nolan bajó la voz.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Sí lo sé.

—La empresa necesita ese capital para completar la expansión internacional.

—Lo sé.

—Tenemos contratos pendientes.

—También lo sé.

—Si retiras el dinero ahora, algunos proyectos tendrán problemas.

Sonreí.

—Entonces quizá deberías haber pensado en eso antes de acostarte con la persona que administra tu agenda.

Celine dio un paso adelante.

—¡No tienes derecho a hablarme así!

La miré.

—Tienes razón.

Pausa.

—No soy tu esposa.

Celine se quedó sin palabras.

Nolan cerró los ojos durante un segundo.

—Celine, cállate.

Ella lo miró sorprendida.

—¿Ahora me dices que me calle?

—No aquí.

—¡Tú me dijiste que hoy todo cambiaría!

Aquella frase provocó que varias personas alrededor levantaran la cabeza.

Nolan perdió el color.

Yo no dije nada.

No hacía falta.

Celine acababa de confirmar más de lo que cualquier documento podía demostrar.

Desmond apareció a mi lado con dos abogados del fondo.

—Audrey.

Asentí.

—¿Todo listo?

—La suspensión del tercer desembolso está confirmada. La retirada de los otros fondos ya está en proceso. También activamos la revisión extraordinaria de las garantías.

Nolan escuchó.

—¿Qué revisión?

Desmond lo miró con absoluta frialdad.

—La revisión de todas las garantías personales y corporativas relacionadas con nuestra inversión.

Nolan me miró.

—¿Qué significa eso?

—Significa —respondí— que durante tres años no solo puse dinero.

Saqué una carpeta de mi bolso.

—Puse garantías.

La abrí.

—Firmé contratos de proveedores.

Otra página.

—Respaldé líneas de crédito.

Otra.

—Presenté cartas de garantía ante dos bancos.

Otra.

—Y permití que utilizaras mi patrimonio como respaldo mientras construías la empresa.

Nolan tragó saliva.

—Audrey…

—Pero esas garantías estaban condicionadas a una cosa.

Le mostré la última página.

—Que el dinero se utilizara exclusivamente para el desarrollo de Prescott Technologies.

Se quedó mirando el documento.

—¿Qué estás insinuando?

—Nada.

Cerré la carpeta.

—Todavía.

Desmond me entregó una segunda carpeta.

Dentro estaban los registros que Malcolm había conseguido.

Fechas.

Hoteles.

Restaurantes.

Transferencias.

Reservas de habitaciones.

Regalos.

Viajes.

Y pagos mensuales a una cuenta que pertenecía a Celine.

No eran simples gastos personales.

Había facturas cargadas a una tarjeta corporativa.

Suites.

Viajes.

Joyas.

Un apartamento.

Incluso un automóvil.

Todo aparecía registrado como “gastos de representación”.

Nolan dejó de hablar.

El director financiero se acercó lentamente.

—Señor Prescott…

Nolan levantó la mano.

—No ahora.

—Creo que debería mirar esto.

Le entregó su teléfono.

Nolan leyó.

Su expresión cambió.

—¿Qué es?

—El banco acaba de congelar temporalmente una de las líneas de crédito hasta que finalice la revisión.

Nolan levantó la mirada hacia mí.

—¿Tú hiciste esto?

—No.

—Entonces, ¿quién?

Desmond respondió:

—Los bancos recibieron la notificación de que el principal inversor había activado una cláusula de retirada. Tienen derecho a revisar las condiciones.

Nolan apretó los dientes.

—No puedes destruir una empresa por una aventura.

Lo miré fijamente.

—No estoy destruyendo tu empresa.

Pausa.

—Estoy dejando de salvarla.

Aquellas palabras parecieron golpearlo más fuerte que cualquier insulto.

Porque era verdad.

Durante tres años había estado detrás de él.

Cuando un proveedor amenazaba con retirarse, yo encontraba financiación.

Cuando un banco dudaba, yo ponía garantías.

Cuando los inversionistas exigían resultados, yo preparaba los informes.

Cuando Nolan tenía miedo, yo le decía que continuara.

Incluso cuando comenzó a alejarse de mí, seguí creyendo que el hombre del que me enamoré seguía escondido en alguna parte.

Había esperado tres meses.

No por debilidad.

Por esperanza.

Y ahora esa esperanza había muerto.

—¿Cuándo lo supiste? —preguntó Nolan.

—Hace tres meses.

Celine abrió los ojos.

—¿Tres meses?

—Sí.

Nolan me miró incrédulo.

—Entonces… ¿por qué no dijiste nada?

Sonreí.

—Porque quería saber si me elegirías cuando nadie te obligara.

Se quedó callado.

—Esperé.

Mi voz bajó.

—Esperé tres meses para ver si terminabas con ella. Para ver si recordabas quién estuvo contigo cuando no tenías dinero, ni oficinas, ni inversores, ni periodistas.

Nolan bajó la mirada.

—Audrey…

—Pero no lo hiciste.

Levanté la copa.

—Así que ahora tampoco te necesito.

Celine comenzó a llorar.

—Nolan, dile algo.

Él no respondió.

—¡Dile que esto no significa nada!

Nolan siguió callado.

Celine se acercó a él.

—Me prometiste que después de la salida a bolsa estaríamos juntos.

El salón entero parecía escuchar.

Nolan cerró los ojos.

—Celine, basta.

—¡No!

Ella le golpeó el pecho con una mano.

—¡Me dijiste que ibas a divorciarte!

Algunos empleados intercambiaron miradas.

Nolan la apartó.

—No hagas una escena.

Celine se quedó inmóvil.

Después soltó una risa amarga.

—¿Una escena?

Se volvió hacia mí.

—¿Sabes qué me dijo durante estos meses?

No respondí.

—Que tú no entendías su ambición.

Nolan palideció.

—Celine.

—Que eras aburrida.

Mi expresión no cambió.

—Que solo eras útil porque tenías dinero.

Por primera vez, algo se quebró en los ojos de Nolan.

—Cállate.

Pero Celine ya había perdido el control.

—También dijo que cuando la empresa saliera a bolsa, tú dejarías de ser necesaria.

Silencio.

Uno de los consejeros murmuró:

—Dios mío.

Celine respiró con dificultad.

—Y me prometió que tendría una participación después de la salida a bolsa.

Miré a Nolan.

—¿Cuánto?

Celine respondió antes que él.

—Ocho por ciento.

El director financiero casi dejó caer el teléfono.

—Eso no existe.

—Existe —dijo Celine—. Nolan me lo prometió.

—No puedes regalar acciones de una empresa que no te pertenecen —respondí.

Nolan me miró.

—Era una promesa privada.

—¿Con qué acciones?

No respondió.

Ya sabía la respuesta.

Con acciones que estaban comprometidas como garantía de mi inversión.

Desmond abrió la segunda carpeta.

—Precisamente por eso tenemos otro problema.

Nolan lo miró.

—¿Cuál?

—Las acciones que el señor Prescott prometió a Celine están sujetas a restricciones contractuales.

Nolan quedó inmóvil.

—Eso no puede ser.

—Sí puede.

Desmond dejó el documento sobre la mesa.

—Y además hay una cláusula que considera incumplimiento grave cualquier transferencia o promesa de participación sin autorización del fondo.

Nolan tomó el papel.

Sus manos temblaban.

—Esto puede detener la operación.

—Correcto —dijo Desmond.

El salón quedó en silencio.

La salida a bolsa que Nolan había esperado durante años estaba ahora suspendida por una cadena de decisiones que él mismo había tomado.

Y yo no había tenido que gritar.

No había roto nada.

No había humillado a nadie.

Solo había retirado mi dinero.

Nolan se acercó.

—Audrey, podemos arreglarlo.

Lo miré.

—¿Qué propones?

—Te devolveré todo.

—No puedes.

—Venderé activos.

—No alcanza.

—Entonces tomaré un préstamo.

—Los bancos están revisando tus garantías.

—Encontraré otro inversor.

—Ya intentaste hacerlo.

Levanté una ceja.

—¿Recuerdas por qué no lo conseguiste?

Nolan guardó silencio.

Porque durante meses había presentado mi capital como si fuera suyo.

Los nuevos inversores habían asumido que su empresa tenía una estructura financiera mucho más sólida de la que realmente tenía.

Y ahora todos podían verlo.

—Audrey…

—No.

Me acerqué a él.

—No quiero tu dinero.

—Entonces, ¿qué quieres?

Lo miré durante unos segundos.

—Quiero que recuerdes esta noche.

—¿Por qué?

—Porque durante años pensaste que yo era la mujer que estaba detrás de ti.

Pausa.

—Y no entendiste que también podía ser la mujer que se marchara delante de ti.

Me di la vuelta.

Desmond caminó conmigo hacia la salida.

Pero antes de llegar a la puerta, Nolan volvió a llamarme.

—Audrey.

Me detuve.

—¿Todavía me amas?

La pregunta me sorprendió.

Durante un instante pensé en responder con sinceridad.

Entonces recordé aquella primera noche.

El restaurante barato.

El hot pot.

Sus ojos llenos de miedo.

Su mano temblando mientras firmaba el primer contrato.

“Cuando esta empresa cotice en bolsa, el primer brindis será por ti.”

Lo miré una última vez.

—Amé al hombre que eras.

Nolan bajó la cabeza.

—Pero ese hombre ya no existe.

Salí.

Afuera hacía frío.

Desmond caminó a mi lado hasta el automóvil.

—¿Estás bien?

Miré las luces del hotel.

—No lo sé.

—¿Te arrepientes?

Negué con la cabeza.

—No.

Entonces mi teléfono vibró.

Era Malcolm.

Abrí el mensaje.

“Encontré algo más.”

Había un archivo adjunto.

Lo abrí.

Era un contrato firmado seis meses antes.

El documento mostraba una transferencia desde una cuenta de la empresa hacia una sociedad desconocida.

El beneficiario final era Nolan.

Pero la segunda firma…

era la de Celine.

Fruncí el ceño.

—¿Qué ocurre? —preguntó Desmond.

Le mostré el documento.

—Parece que no solo estaban teniendo una aventura.

Él lo leyó.

—¿Qué hicieron?

Seguí leyendo.

Había movimientos de dinero.

Millones.

Mucho más de lo que Nolan había gastado en hoteles o regalos.

Dinero que había salido de la empresa.

Dinero que yo había ayudado a conseguir.

Dinero que aparentemente había terminado en cuentas vinculadas a Celine.

Entonces llegó otro mensaje de Malcolm.

“Hay una transferencia de hace cuatro días. Creo que esto cambia todo.”

Abrí el archivo.

La cantidad era enorme.

Y el concepto me hizo quedarme completamente inmóvil.

“Adquisición de participación estratégica — Fondo Sterling.”

Miré a Desmond.

—Ese fondo…

Él frunció el ceño.

—¿Lo conoces?

Asentí lentamente.

—Es el fondo de mi suegro.

Silencio.

Durante tres meses había creído que Nolan simplemente me estaba engañando.

Pero quizá había algo mucho más grande.

Quizá alguien había estado preparando la caída de la empresa desde dentro.

Y quizá la mujer que se había colgado del brazo de Nolan aquella noche no era solo su amante.

Era una pieza de un plan.

Volví a mirar el documento.

Debajo de la firma de Celine había otra.

La reconocí inmediatamente.

Era la firma de Nolan.

Pero la fecha era anterior a que yo descubriera la infidelidad.

Mucho anterior.

Desmond me miró.

—Audrey, ¿qué vas a hacer?

Guardé el teléfono.

Esta vez sonreí.

—Mañana no voy a divorciarme solamente de mi marido.

Pausa.

—Voy a descubrir quién intentó robarme mi propia empresa.

Y por primera vez aquella noche entendí algo.

Los cinco mil millones no habían sido el golpe final.

Habían sido apenas el primer movimiento.

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