PARTE 2: EL PRECIO DE HUMILLAR A LA HEREDERA

Cuando llegué a la oficina de la familia Shen, Amy ya me esperaba con tres carpetas sobre la mesa.

—Presidenta Shen, las órdenes de venta están ejecutadas.

Me quité el abrigo y lo dejé sobre el respaldo de la silla.

—¿Cuánto queda de nuestra exposición a Fu Group?

—Cero.

Asentí.

—¿Y los proyectos?

Amy deslizó una tablet hacia mí.

—Retiramos nuestra participación de cinco proyectos. Dos bancos ya solicitaron una reunión con Fu Group porque los préstamos dependían de las garantías de Shen Holdings. Además, tres socios extranjeros congelaron nuevas inversiones hasta saber qué está ocurriendo.

Miré las cifras sin ninguna emoción.

Nathan había tardado tres años en convencerse de que yo era solamente la esposa del presidente Fu.

Le habían bastado unas horas para descubrir que también podía ser su peor acreedora.

—¿El divorcio?

—El abogado lo tendrá listo esta tarde.

—Bien.

Amy dudó.

—¿Quiere que prepare también la separación completa de los activos?

—No.

Levanté la mirada.

—Quiero algo mejor.

—¿Qué cosa?

—Quiero que revisen cada operación que hice durante nuestro matrimonio relacionada con Fu Group. Cada préstamo, cada garantía, cada transferencia y cada acción.

Amy entendió inmediatamente.

—¿Busca algo?

—No sé todavía.

Cerré la carpeta.

—Pero conozco a Nathan. Si tuvo el valor de llevar a otra mujer a mi avión el día de nuestro aniversario, no lo hizo solamente para humillarme.

Amy permaneció en silencio.

—Ese hombre siempre calcula antes de mover una pieza.

Y yo acababa de descubrir que quizá Emily Song no era la pieza que yo creía.


Mientras tanto, en Maldivas, Nathan estaba mirando su teléfono como si quisiera atravesarlo con la mirada.

Habían pasado apenas cuatro horas desde el aterrizaje.

Las llamadas no dejaban de entrar.

Director financiero.

Vicepresidente.

Banco.

Socios.

Abogados.

Todos querían saber por qué Shen Holdings había retirado repentinamente su capital.

Emily estaba sentada frente a él, tomando champán.

—Hermano Nathan…

Él levantó la mano.

—No me llames así ahora.

Ella se quedó inmóvil.

—Lo siento.

Nathan abrió el mensaje de su director financiero.

“Presidente Fu, necesitamos confirmar si la familia Shen ha terminado oficialmente su relación con el grupo.”

Otro mensaje apareció.

“Los bancos están preguntando si la retirada de capital tiene relación con su matrimonio.”

Nathan apretó los dientes.

Entonces llegó una llamada.

—¿Dónde está Sofía?

Era su madre.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Nos estamos divorciando.

Silencio.

—¿Qué hiciste?

Nathan miró hacia Emily.

Por primera vez desde que abandonó China, la presencia de ella ya no le parecía tranquilizadora.

—Nada.

Su madre soltó una risa fría.

—No me mientas. La familia Shen no retira miles de millones de yuanes porque una nuera se enfade por una cena.

Nathan no respondió.

—Vuelve inmediatamente.

—Mamá, estoy en medio de un viaje.

—No me importa.

La voz de su madre se endureció.

—Si no regresas hoy, el consejo familiar se reunirá sin ti.

La llamada terminó.

Emily dejó lentamente la copa.

—¿Todo está bien?

Nathan la miró.

—¿Qué sabes de Sofía?

Ella parpadeó.

—¿Qué quieres decir?

—¿Sabías que ella era accionista principal de esos proyectos?

Emily sonrió débilmente.

—Pensé que eran inversiones familiares.

—¿Quién te dijo eso?

Emily bajó la mirada.

—Tú.

Nathan no contestó.

Algo no encajaba.

Durante tres años, Sofía nunca había presumido de su dinero.

Nunca había utilizado su apellido para humillarlo.

Nunca había exigido ocupar un cargo dentro de Fu Group.

Y, sin embargo, él acababa de descubrir que ella controlaba una parte de los proyectos más importantes de su empresa.

¿Cómo había sido tan ciego?

Entonces su teléfono volvió a sonar.

Era el director financiero.

—Presidente Fu, hay otro problema.

—Habla.

—La señora Shen no solo retiró el capital.

Nathan se levantó.

—¿Qué más hizo?

—Vendió sus acciones de Fu Group.

El rostro de Nathan cambió.

—¿Todas?

—Todas.

—¿A quién?

Hubo una pausa.

—A varios fondos de inversión.

Nathan cerró los ojos.

Porque ahora entendía el verdadero significado de aquella venta.

Sofía no estaba simplemente abandonando el matrimonio.

Estaba soltando su posición dentro de su empresa.

Y al hacerlo, había dejado entrar a nuevos accionistas que no tenían ninguna lealtad hacia él.


Dos días después, regresé a casa.

No a la mansión Fu.

A la residencia Shen.

Mi padre estaba esperándome en el salón.

—¿Lo hiciste?

—Sí.

—¿Todo?

—Todo.

Mi padre dejó el periódico sobre la mesa.

—Tu madre habría estado orgullosa.

No respondí.

Mi madre había muerto cuando yo tenía veinticuatro años.

Antes de morir, me entregó una pequeña caja de madera.

Dentro estaba la bufanda de seda que Emily había usado en el avión.

Pero también había una carta.

La abrí aquella noche por primera vez en tres años.

“Mi querida Sofía:

No permitas nunca que un hombre confunda tu paciencia con debilidad.

Si algún día alguien intenta hacerte sentir reemplazable, recuerda que las personas que realmente te aman jamás necesitarán compararte con otra mujer.

Y, sobre todo, no olvides algo.

No entregues a nadie las llaves de tu vida.”

Aquella carta había sido escrita mucho antes de mi matrimonio.

Yo había olvidado la última frase.

Hasta aquella noche.


A las nueve de la mañana siguiente, Nathan apareció en la residencia Shen.

No vino solo.

Trajo a dos abogados.

Mi padre no permitió que entraran.

Yo sí.

—Déjalos pasar.

Nathan entró primero.

Había cambiado.

El hombre arrogante que había salido de China junto a Emily había desaparecido.

Ahora parecía cansado.

—Sofía.

—Presidente Fu.

Frunció el ceño.

—No me llames así.

—Entonces no me llames esposa.

Su mandíbula se tensó.

—¿De verdad vas a destruir nuestra empresa por una discusión?

Me reí.

—¿Nuestra empresa?

—Sabes a qué me refiero.

—No, Nathan. No lo sé.

Me levanté.

—Durante tres años me dijiste que Fu Group era tu responsabilidad. Que yo debía mantenerme al margen. Que no entendía los negocios.

Él guardó silencio.

—Así que hice exactamente lo que querías.

—Sofía…

—Me mantuve al margen.

Caminé hasta la mesa y dejé una carpeta delante de él.

—Pero antes de irme, recuperé todo lo que era mío.

Nathan abrió la carpeta.

Su rostro se volvió pálido.

—¿Qué es esto?

—Los contratos de financiación que firmaste usando como garantía activos de mi familia.

—Eso no puede…

—También están los registros de las transferencias.

Pasó las páginas rápidamente.

—No puedes cancelar esto.

—No lo cancelé.

Lo miré.

—Exigí el vencimiento anticipado.

Uno de sus abogados levantó la cabeza.

—Señora Shen, eso podría poner al grupo en una situación financiera muy delicada.

—Lo sé.

Nathan cerró la carpeta de golpe.

—¡¿Qué quieres?!

Por primera vez en tres años, levanté la voz.

—Nada.

El silencio llenó la sala.

—No quiero tu empresa.

—Entonces, ¿por qué haces esto?

—Porque no quiero volver a escuchar que todo lo que tengo existe gracias a ti.

Nathan se quedó inmóvil.

—Nunca dije eso.

Lo miré.

—Lo dijiste cada vez que me hiciste sentir que debía agradecerte por ser tu esposa.

Él bajó la mirada.

—Emily no significa nada.

—Eso ya no es asunto mío.

—Fue un error.

—También eso ya no es asunto mío.

Nathan dio un paso hacia mí.

—Sofía, mírame.

Lo hice.

Y entonces dijo algo que nunca había imaginado escuchar.

—No quiero divorciarme.

Sentí una extraña tranquilidad.

No felicidad.

No tristeza.

Solo certeza.

—Yo sí.


Nathan se fue sin conseguir nada.

Pero aquella tarde ocurrió algo inesperado.

Amy entró en mi oficina con una expresión extraña.

—Presidenta Shen.

—¿Qué sucede?

Colocó una carpeta sobre mi escritorio.

—Encontramos algo durante la revisión.

Abrí el documento.

Era una transferencia realizada seis meses antes.

Desde una cuenta de Fu Group hacia una sociedad desconocida.

El beneficiario final era Emily Song.

Fruncí el ceño.

—¿Cuánto?

Amy respiró hondo.

—Muchísimo.

Pasé la página.

Había más transferencias.

Y más.

Todas terminaban en empresas relacionadas con Emily.

—Esto no es un salario.

—No.

—¿Inversiones?

—Tampoco.

Seguí leyendo.

Había contratos falsos, servicios inexistentes y facturas duplicadas.

Entonces encontré algo que hizo que mis dedos se detuvieran.

Una autorización llevaba mi firma.

—Yo nunca firmé esto.

Amy asintió.

—Eso pensamos.

—¿Cuándo se realizó?

—Hace dieciocho meses.

Miré la fecha.

Era exactamente una semana después de que Emily comenzara a trabajar como asistente de Nathan.

Entonces apareció otro documento.

Un contrato privado.

El nombre de Emily estaba arriba.

Y debajo había una cláusula escrita en letras pequeñas:

“En caso de divorcio entre Nathan Fu y Sofía Shen, las participaciones transferidas a la sociedad beneficiaria quedarán bajo control exclusivo de Emily Song.”

Sentí que el aire se detenía.

Emily no había subido a mi avión por casualidad.

No había usado mi bufanda para provocarme únicamente por celos.

Y quizá Nathan tampoco era el verdadero cerebro.

Levanté la mirada.

—Amy.

—Sí.

—¿Quién preparó este contrato?

Amy tragó saliva.

—Un abogado externo contratado por Nathan.

—¿Quién pagó sus honorarios?

Ella colocó el último documento sobre la mesa.

El comprobante de pago.

El dinero había salido de una cuenta que no pertenecía a Nathan.

Ni a Emily.

Ni a Fu Group.

Pertenecía a una empresa que yo conocía demasiado bien.

Una empresa controlada por alguien de mi propia familia.

Mi padre entró en ese momento.

—Sofía.

Levanté lentamente la mirada.

—Papá, ¿qué relación tienes con Emily Song?

Él se quedó completamente quieto.

Por primera vez en mi vida vi miedo en sus ojos.

Y entonces comprendí que mi divorcio no acababa de comenzar.

Acababa de abrir una guerra entre dos familias que llevaba años preparándose en secreto.

Pero lo peor no era que alguien hubiera intentado quitarme mi matrimonio.

Era que alguien había estado utilizando mi propio apellido para destruirme desde mucho antes de que Nathan llevara a Emily al avión.

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