—¿Cómo sabes que estoy embarazada?
Mi voz salió tan baja que casi no la reconocí.
Hugo Montenegro seguía frente a mí, inmóvil.
Adrián estaba al otro lado del pasillo, completamente pálido.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Finalmente, Hugo cerró la puerta de la habitación y nos hizo entrar.
—No podemos hablar aquí.
—Yo no voy a ninguna parte con ustedes —respondí.
Hugo me miró.
—Lucía, si quieres saber la verdad, tendrás que escucharme antes de tomar una decisión.
Adrián dio un paso hacia mí.
—Por favor.
Me aparté.
—No me pidas que confíe en ti ahora.
Él bajó la mirada.
Por primera vez desde que lo conocía, Adrián parecía no tener una respuesta preparada.
Entramos en la habitación.
Hugo cerró la puerta.
—Siéntate.
—No necesito sentarme.
—Estás embarazada de casi seis semanas.
Mi corazón dio un vuelco.
Yo todavía no se lo había contado a nadie.
Ni siquiera estaba segura de haberlo aceptado yo misma.
Había descubierto el resultado dos días antes de mi cumpleaños.
Dos líneas.
Había comprado la prueba después de notar que llevaba varios días sintiéndome diferente.
Pensé en decírselo a Adrián durante nuestra cena.
Incluso había guardado la prueba dentro de una pequeña caja de regalo.
Quería sorprenderlo.
Y él nunca apareció.
En lugar de eso, encontré las fotografías de Canadá.
Eva.
Su mano.
Su sonrisa.
Y aquella frase.
“Mi compañero de aventuras favorito”.
No había vuelto a mirar la caja.
Ahora estaba frente a ellos.
—¿Quién te lo dijo? —pregunté.
Hugo miró a Adrián.
—Él.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
—¿Tú?
Adrián asintió lentamente.
—Lo supe hace tres días.
—¿Cómo?
—La clínica llamó.
Lo miré sin entender.
Entonces recordó algo.
Dos semanas antes, Adrián había insistido en acompañarme a una consulta.
Yo había rechazado.
Me dijo que tenía una reunión.
Ahora todo comenzaba a encajar.
—¿Me hiciste una prueba sin decirme?
—No.
Adrián negó rápidamente.
—Tu médico me llamó porque aparecía mi nombre como contacto de emergencia.
—¿Y por qué no me dijiste nada?
Él cerró los ojos.
—Porque estaba intentando arreglar algo antes de hablar contigo.
Solté una risa amarga.
—¿Arreglar qué? ¿Tu aventura con Eva?
—Eva no es mi amante.
—Entonces explícame las fotografías.
Adrián respiró profundamente.
—Lo haré.
Hugo tomó asiento.
—Pero primero tienes que saber quién es Eva.
Me crucé de brazos.
—Una empleada de veintitrés años.
—No.
Hugo negó con la cabeza.
—Eva Salas es la hija de Marcelo Salas.
El nombre me resultó familiar.
Adrián continuó:
—Marcelo fue director financiero de la empresa donde trabajo. Hace ocho meses descubrí que estaba desviando dinero mediante varias sociedades.
—¿Y qué tiene que ver Eva?
—Su padre desapareció después de que iniciamos una investigación.
Me quedé en silencio.
Adrián sacó su teléfono.
Abrió varias fotografías.
Contratos.
Transferencias.
Nombres de empresas.
Fechas.
—Eva se acercó a mí porque quería encontrar a su padre.
—¿Y por eso se fueron juntos a Canadá?
—Sí.
—¿Y por eso dormiste en el mismo hotel?
Adrián no respondió inmediatamente.
Ese silencio fue suficiente para que mi corazón volviera a cerrarse.
—Había dos habitaciones —dijo finalmente—. La fotografía fue tomada desde una de ellas.
—¿Y la camisa?
Adrián se pasó una mano por el rostro.
—Eva me pidió que la acompañara a una actividad porque estaba siendo vigilada. Necesitábamos que pareciera que éramos una pareja.
—Qué conveniente.
—Lo sé.
—¿Y el mensaje?
Adrián bajó la mirada.
—Eva lo publicó sin decirme.
—Pero tú permitiste que me lo ocultaran.
—Sí.
Esa admisión me dolió más que cualquier explicación.
—¿Por qué?
Adrián tardó en responder.
—Porque alguien estaba intentando llegar hasta ti.
Me quedé completamente quieta.
—¿Qué significa eso?
Hugo abrió una carpeta.
Dentro había fotografías de mi casa.
Mi coche.
La entrada del edificio.
Incluso una imagen tomada frente a mi oficina.
—Llevamos seis semanas vigilando a varias personas relacionadas con Marcelo Salas —explicó Hugo—. Descubrimos que alguien estaba buscando información sobre ti.
—¿Por qué sobre mí?
Hugo me miró directamente.
—Por tu padre.
El aire pareció desaparecer de la habitación.
—Mi padre murió hace nueve años.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué tiene que ver él?
Hugo sacó una fotografía antigua.
Era mi padre.
Pero no estaba solo.
A su lado aparecía un hombre mucho más joven.
Reconocí a Hugo inmediatamente.
—¿Ustedes se conocían?
—Éramos socios.
Me quedé mirando la fotografía.
—¿Socios de qué?
Hugo no respondió enseguida.
—Tu padre fundó una compañía antes de que tú nacieras. Una parte del negocio fue vendida después, pero otra parte quedó protegida en un fideicomiso.
—Nunca me habló de eso.
—Porque quería protegerte.
Adrián se acercó un poco.
—Lucía, hay algo que tampoco te conté.
Lo miré.
—¿Qué?
—Tu padre dejó una cláusula en ese fideicomiso.
Hugo terminó la frase:
—Solo podía activarse cuando cumplieras veintiocho años y estuvieras legalmente casada.
Sentí un escalofrío.
—Hoy cumplí veintiocho.
Hugo asintió.
—Exactamente.
Me senté finalmente.
No por debilidad.
Porque las piernas dejaron de sostenerme.
—¿Qué hay en ese fideicomiso?
Hugo dejó otro documento sobre la mesa.
—Una participación empresarial valorada actualmente en más de ciento veinte millones de euros.
No pude hablar.
Adrián se acercó.
—Y alguien intentó descubrir si tú ya habías activado ese fondo.
—¿Quién?
Hugo señaló una carpeta.
—Marcelo Salas.
Mi cabeza daba vueltas.
—¿Por qué?
—Porque una parte de ese dinero estaba relacionada con una operación que él manipuló hace años.
Entonces comprendí.
Mi matrimonio.
Las preguntas de Adrián.
Los viajes.
Eva.
Todo parecía conectado.
Pero había una pieza que todavía no encajaba.
—Si sabían que había peligro, ¿por qué me dejaste creer que me estabas engañando?
Adrián bajó la mirada.
—Porque pensé que así nadie sospecharía que te estábamos protegiendo.
—¿“Te estábamos”?
Hugo intervino.
—Adrián lleva seis meses trabajando conmigo.
Lo miré fijamente.
—¿Qué?
Adrián asintió.
—Cuando descubrí las irregularidades en la empresa, busqué ayuda. Hugo fue quien me explicó quién era realmente tu padre.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—No sabía en quién confiar.
Me levanté.
—Pero sí sabías cómo hacerme sentir miserable.
Adrián intentó acercarse.
—Lucía…
—No.
Levanté una mano.
—Aunque todo lo que dices sea verdad, me mentiste.
Él se quedó quieto.
—Sí.
—Me dejaste sola durante mi cumpleaños.
—Lo siento.
—Permitiste que creyera que estabas con otra mujer.
—Lo siento.
—Y cuando me fui, viniste detrás de mí.
Adrián asintió.
—Porque entendí que ya no podía protegerte desde lejos.
Lo miré.

—No necesito que me protejas.
Hugo observó la escena en silencio.
Entonces su teléfono vibró.
Contestó.
Su expresión cambió.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Colgó.
—Encontraron a Marcelo.
Adrián se puso rígido.
—¿Dónde?
—En Barcelona.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—¿Está aquí?
—Sí.
Hugo miró hacia la puerta.
—Y no vino solo.
Dos hombres aparecieron al final del pasillo.
Uno de ellos miró hacia nuestra habitación.
Hugo inmediatamente apagó las luces.
—No hagan ruido.
Adrián se acercó a la puerta.
—¿Son ellos?
Hugo asintió.
Nos quedamos en silencio.
Los pasos se acercaron.
Uno.
Dos.
Tres.
Después se detuvieron justo frente a nuestra puerta.
Alguien tocó.
Tres golpes.
Pausa.
Tres golpes más.
Adrián me miró.
Yo sentía el corazón en la garganta.
Entonces una voz masculina habló desde el otro lado.
—Señora Ferrer.
Me quedé helada.
—Sabemos que está ahí.
Hugo levantó un dedo para pedir silencio.
La voz continuó:
—No queremos hacerle daño.
Pausa.
—Solo queremos el documento que pertenecía a su padre.
Miré a Hugo.
—¿Qué documento?
Él palideció.
—El original del fideicomiso.
—¿Dónde está?
Hugo miró a Adrián.
Adrián respondió:
—Con ella.
Me giré.
—¿Conmigo?
—Sí.
—Yo nunca he visto ningún documento.
Hugo se quedó inmóvil.
Después comprendió algo.
—Espera.
Se acercó a mi maleta.
Abrió el bolsillo exterior.
Sacó una pequeña caja de cartón.
La reconocí.
Era la caja de bombones que Marta había enviado el día de mi cumpleaños.
La había guardado automáticamente en la maleta antes de salir de Madrid.
Hugo abrió la caja.
Debajo de los envoltorios había un sobre sellado.
Mi nombre estaba escrito en él.
Pero no era la letra de Adrián.
Era la letra de mi padre.
Me temblaron las manos.
—¿Por qué estaba esto dentro de los bombones?
Adrián miró el sobre.
—Porque Marta no trabaja para mí.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Marta trabaja para alguien más.
Hugo abrió los ojos.
—Entonces ya sé quién nos traicionó.
Antes de que pudiera preguntar, escuchamos un golpe fuerte contra la puerta.
Los hombres del pasillo habían dejado de fingir que querían hablar.
Hugo guardó el sobre.
Adrián se colocó delante de mí.
Esta vez no lo hizo como esposo.
Lo hizo como alguien que sabía que aquella noche podía cambiar nuestras vidas.
—Lucía —susurró—, pase lo que pase, no abras ese sobre todavía.
—¿Por qué?
Me miró a los ojos.
—Porque tu padre no dejó solamente dinero.
—Dejó una prueba.
—¿De qué?
Adrián tragó saliva.
—De quién ordenó su muerte.
El segundo golpe hizo temblar la puerta.
Y mientras Hugo intentaba bloquearla, comprendí que mi cumpleaños número veintiocho no había sido el día en que descubrí que mi marido podía estar engañándome.
Era el día en que descubrí que todo mi matrimonio, la muerte de mi padre y la fortuna que nunca supe que tenía estaban conectados.
Y el hombre que llevaba cuatro años durmiendo a mi lado había estado ocultándome una verdad mucho más peligrosa que una amante.
Porque ahora entendía por qué Adrián había venido hasta Barcelona.
No había viajado para buscarme.
Había venido para asegurarse de que yo siguiera viva.
Pero lo que ninguno de los dos sabía era que, dentro de aquella caja de bombones, mi padre había dejado una última instrucción.
Y cuando finalmente abrí el sobre, descubrí que el primer nombre escrito en aquella lista…
Era el de Adrián Vega.