PARTE 2: EL SECRETO QUE VALERIA OCULTÓ DURANTE QUINCE AÑOS

—¿Qué está haciendo usted aquí?

La voz de Catalina cortó el silencio de la zona de primera clase.

Valeria bajó inmediatamente la mirada.

—Estoy trabajando, señorita.

Catalina soltó una pequeña risa.

—No me refería a eso.

Alejandro seguía inmóvil.

Todavía tenía la frase de Valeria clavada en la cabeza.

“Me dejaron dos minutos para escribir esa nota antes de que nos sacaran a rastras.”

Quince años.

Quince años creyendo que aquella mujer lo había abandonado porque había encontrado a alguien con más dinero, una vida mejor o simplemente alguien que no tuviera que cargar cajas en un mercado para sobrevivir.

Y ahora ella estaba frente a él diciendo que nunca quiso marcharse.

—Catalina —dijo Alejandro finalmente—, vuelve a tu asiento.

Ella lo miró sorprendida.

—¿Estás defendiendo a una azafata?

Alejandro no respondió.

—Te estoy pidiendo que vuelvas a tu asiento.

Catalina cruzó los brazos.

—¿Sabes quién es ella?

Valeria palideció.

Alejandro levantó lentamente la mirada.

—Sí.

—Entonces deberías preguntarte por qué trabaja sirviendo bebidas después de haber desaparecido durante quince años.

Valeria sintió que el aire le faltaba.

Catalina dio un paso hacia ella.

—Porque yo sí hice mis investigaciones.

Alejandro se tensó.

—¿Qué investigaciones?

Catalina sonrió.

—Las suficientes.

Sacó su teléfono.

—Su nombre completo es Valeria Soto. Treinta y cuatro años. Nació en Jalisco. Trabajó como auxiliar de limpieza, después como asistente en un hotel y finalmente consiguió el puesto de azafata.

Hizo una pausa.

—Pero eso no es lo interesante.

Valeria apretó los dedos.

—Señorita Catalina, por favor…

—¿Por qué tienes miedo?

La pregunta hizo que Alejandro mirara a Valeria.

Ella no respondió.

Catalina giró el teléfono y mostró una fotografía.

Era una imagen antigua.

Alejandro reconoció inmediatamente el lugar.

La azotea de aquella vecindad.

Él y Valeria aparecían sentados juntos.

Ella tenía diecinueve años.

Él, veinte.

Estaban sonriendo.

Alejandro sintió que algo se rompía dentro de él.

—¿De dónde sacaste eso?

Catalina guardó el teléfono.

—De una persona que conoce muy bien a Valeria.

—¿Quién?

—Tu futuro suegro.

Alejandro se quedó helado.

La familia de Catalina.

La familia Ortega.

Una de las familias empresariales más poderosas de Monterrey.

—¿Qué tiene que ver tu familia con Valeria?

Catalina no respondió inmediatamente.

Valeria sí.

—Nada.

Su voz salió demasiado rápido.

Alejandro la miró.

—Valeria.

Ella negó con la cabeza.

—No aquí.

—Llevas quince años diciéndome que no aquí.

La voz de Alejandro subió ligeramente.

Varios pasajeros comenzaron a mirar hacia ellos.

La sobrecargo principal se acercó nerviosa.

—Señor Rivera, por favor…

—Necesito hablar con ella.

—Durante el vuelo no está permitido permanecer en esta zona.

Alejandro miró a Valeria.

—Entonces tendremos ocho horas para recordar por qué desapareciste.

Valeria bajó la cabeza.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque si te cuento la verdad, volverán por ti.

Alejandro se quedó completamente quieto.

—¿Quiénes?

Valeria cerró los ojos.

Y antes de poder responder, el avión sufrió una pequeña turbulencia.

Las luces parpadearon.

Un vaso cayó al suelo.

La sobrecargo pidió a todos regresar a sus asientos.

Catalina aprovechó para tomar a Alejandro del brazo.

—Ven conmigo.

—No.

Ella lo miró con incredulidad.

—Alejandro.

—Dije que no.

Catalina apretó la mandíbula.

—¿Vas a destruir nuestro compromiso por una mujer que desapareció hace quince años?

Alejandro la miró.

—Todavía no sé qué voy a destruir.

Y se marchó.


Durante las siguientes dos horas, Valeria evitó acercarse a la fila uno.

Pero Alejandro no dejó de mirarla.

Cada vez que ella pasaba por el pasillo, sus ojos se encontraban.

Hasta que finalmente, durante el servicio nocturno, él dejó una pequeña nota sobre la bandeja.

“Cinco minutos. Galley trasero. Necesito la verdad.”

Valeria leyó el papel.

Lo dobló.

Lo guardó en el bolsillo.

Y continuó trabajando.

No podía ir.

No debía ir.

Pero veinte minutos después, cuando terminó el servicio, caminó lentamente hacia la zona trasera.

Alejandro ya estaba allí.

—Sabía que vendrías.

—No debería.

—Lo sé.

Valeria respiró profundamente.

—Alejandro, aquella noche no tuve elección.

—Eso ya lo dijiste.

—Porque es verdad.

—Entonces dime quién te obligó.

Valeria miró hacia la puerta.

—Tu futuro suegro.

Alejandro sintió que la sangre abandonaba su rostro.

—¿Qué?

—El padre de Catalina.

—Eso es imposible.

—No.

Valeria sacó un pequeño sobre del bolsillo interior de su uniforme.

Estaba viejo.

Amarillento.

Había sido abierto y cerrado tantas veces que los bordes estaban desgastados.

—Él me encontró cuando tú estabas en el mercado.

Alejandro no respiraba.

—¿Por qué?

—Porque tu madre tenía una deuda.

—¿Qué deuda?

—No era una deuda normal.

Valeria tragó saliva.

—Tu madre había firmado como aval para una empresa que pertenecía a uno de los socios de la familia Ortega. La empresa quebró. Ellos querían quedarse con la pequeña casa donde vivían ustedes.

Alejandro cerró los ojos.

Recordaba aquella época.

Su madre había dicho que todo estaba bajo control.

Que no debía preocuparse.

Que debía seguir estudiando.

—Entonces llegaron a mí —continuó Valeria—. Dijeron que si no desaparecía, harían que tu madre perdiera la casa.

—¿Y tú aceptaste?

—No.

Valeria lo miró.

—Me negué.

—Entonces…

—Me llevaron.

Alejandro apretó los puños.

—¿Te hicieron daño?

Valeria negó rápidamente.

—No de la manera que estás pensando.

Hizo una pausa.

—Pero me encerraron durante casi una semana.

Alejandro sintió un frío profundo.

—¿Dónde?

—En una casa fuera de Guadalajara.

Sacó una segunda hoja.

—Me dieron dos minutos para escribirte una nota.

Alejandro reconoció la letra.

La misma nota que había guardado durante quince años.

“NO ME BUSQUES. OLVIDA TODO.”

La había leído cientos de veces.

Ahora entendía por qué algunas palabras parecían temblar.

—Después me dijeron que, si intentaba buscarte, tu madre perdería la casa.

Alejandro cerró los ojos.

—¿Por qué nunca regresaste?

Valeria tardó en responder.

—Porque no terminó ahí.

Se llevó una mano al cuello.

—Tres semanas después descubrí que estaba embarazada.

Alejandro dejó de respirar.

Valeria lo miró directamente.

—De ti.

El silencio fue absoluto.

—¿Qué?

—Estaba embarazada cuando desaparecí.

Alejandro retrocedió un paso.

—¿Dónde está?

Valeria bajó la mirada.

—Murió.

La palabra cayó entre ambos.

Alejandro sintió que las piernas le fallaban.

—¿Murió?

—Nació demasiado pronto.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Nunca llegaste a conocerlo.

Alejandro se llevó una mano al rostro.

Durante quince años había odiado a una mujer creyendo que ella había abandonado su vida.

Y mientras él construía un imperio, ella había cargado sola con una tragedia que él ni siquiera sabía que existía.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque cuando intenté hacerlo, recibí otra amenaza.

—¿De quién?

Valeria levantó la mirada.

—De tu futuro suegro.

Alejandro se quedó inmóvil.

Entonces escucharon un ruido.

La puerta se abrió.

Catalina apareció detrás de ellos.

—Qué conmovedor.

Valeria palideció.

Alejandro se volvió.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí?

Catalina sonrió.

—El suficiente.

—Catalina…

—Ahora entiendo por qué mi padre quería que me casara contigo.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué acabas de decir?

Catalina dejó de sonreír.

—Mi padre sabía que ella existía.

Valeria dio un paso atrás.

—No.

Catalina continuó:

—Y también sabía que tú nunca habías dejado de buscarla en secreto.

Alejandro sintió un golpe en el pecho.

—¿Mi padre?

—No.

Catalina negó con la cabeza.

—El mío.

Sacó su teléfono.

—Y hay algo más que ninguno de los dos sabe.

Abrió una fotografía.

Era un documento.

Un acta.

Alejandro la tomó.

Leyó el encabezado.

Después volvió a leerlo.

Su rostro perdió todo el color.

—Esto…

Valeria se acercó.

—¿Qué es?

Alejandro no respondió.

Le entregó el teléfono.

Valeria miró la pantalla.

Sus ojos se abrieron lentamente.

El documento era un registro hospitalario de quince años atrás.

Pero había un detalle imposible.

La fecha de nacimiento del bebé coincidía.

El nombre de la madre era Valeria Soto.

Y en la sección del padre aparecía:

Alejandro Rivera.

Valeria dejó de respirar.

—No puede ser.

Catalina sonrió.

—Eso es lo que mi padre quiere que creas.

Alejandro levantó la mirada.

—¿Qué significa esto?

Catalina guardó el teléfono.

—Significa que alguien falsificó un certificado de defunción.

Valeria sintió que las manos le temblaban.

—No.

—Tu bebé no murió —dijo Catalina.

Alejandro la miró fijamente.

—¿Dónde está?

Catalina no respondió.

Solo miró hacia la puerta.

—Si quieres saberlo, tendrás que cancelar nuestra boda.

Alejandro dio un paso hacia ella.

—¿Me estás chantajeando?

—No.

Catalina sonrió con tristeza.

—Te estoy ofreciendo la única oportunidad que tendrás de encontrar a tu hijo.

El corazón de Alejandro golpeaba con tanta fuerza que apenas podía pensar.

Entonces miró a Valeria.

Ella estaba llorando en silencio.

—¿Tú sabías esto?

Valeria negó.

—No.

—¿Nunca recibiste ninguna información?

—Me dijeron que murió.

Catalina sacó otro sobre.

—Entonces abre esto.

Valeria lo tomó.

En el frente solo había una frase escrita a mano:

“Para Valeria Soto. Entregar únicamente cuando Alejandro Rivera esté a punto de casarse con Catalina Ortega.”

Valeria levantó lentamente la mirada.

—¿Quién escribió esto?

Catalina respondió:

—La persona que lleva quince años cuidando a tu hijo.

Alejandro sintió que el mundo se detenía.

—¿Mi hijo está vivo?

Catalina asintió.

—Y mañana por la mañana cumple quince años.

Valeria se llevó una mano a la boca.

Alejandro cerró los ojos.

Quince años.

Quince años de odio.

Quince años de silencio.

Quince años creyendo que había perdido para siempre a la única persona que amó antes de convertirse en el hombre que era ahora.

Y en algún lugar, un adolescente llevaba quince años viviendo sin saber quién era su padre.

Entonces Catalina dijo algo que hizo que Alejandro levantara la cabeza de golpe:

—Pero hay una razón por la que mi padre esperó hasta ahora.

—¿Cuál?

Catalina lo miró fijamente.

—Porque ese chico no es solamente tu hijo.

Hizo una pausa.

—Es el heredero de algo que tu familia ha estado buscando durante quince años.

En ese momento, desde la cabina, se escuchó una alarma.

Un miembro de la tripulación corrió hacia ellos.

—Señor Rivera, necesitamos que venga inmediatamente.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

El hombre tragó saliva.

—Alguien acaba de intentar entrar en el sistema de comunicaciones del avión.

Valeria palideció.

—¿Quién?

El miembro de la tripulación miró su teléfono.

—No lo sabemos.

Luego levantó la vista.

—Pero dejaron un mensaje para usted.

Alejandro tomó el teléfono.

Solo había una línea:

“DEJA A VALERIA EN MADRID Y CÁSATE CON CATALINA. SI NO, TU HIJO DESAPARECERÁ OTRA VEZ.”

Alejandro levantó lentamente la mirada hacia Valeria.

Y por primera vez en quince años, supo exactamente qué iba a hacer.

No iba a casarse.

No iba a obedecer.

Y no iba a permitir que nadie volviera a separar a su familia.

Pero todavía no sabía que, antes de aterrizar en Madrid, alguien dentro de aquel avión iba a revelar la identidad del hombre que había estado protegiendo a su hijo durante todos esos años.

Related Posts

PARTE 2: LA CASA QUE NUNCA PUDIERON QUITARME

—Hermano… primero que firme, ¿sí? Después la llevamos al hospital. Durante unos segundos nadie se movió. Yo seguía en el suelo, con una mano sobre el vientre…

PARTE 2: EL SECRETO QUE ADRIÁN NUNCA OLVIDÓ

La noticia seguía abierta en la pantalla del teléfono de mi hermano. “Adrián Lu revela que está enamorado del misterioso jugador masculino que lo derrotó en la…

PARTE 2: EL HOMBRE QUE MI SUEGRA NUNCA ESPERÓ VER

El timbre volvió a sonar. Una vez. Dos veces. Después, una voz masculina atravesó la puerta. —Señora Mendoza, soy Roberto Mendoza. ¿Podemos hablar? Mi suegra dejó de…

PARTE 2: LA MUJER QUE DESPERTÓ PARA CAMBIARLO TODO

—Mateo… La voz fue tan débil que, durante un segundo, él pensó que la había imaginado. Pero no. Valentina había abierto los ojos. Los médicos se movían…

PARTE 2: EL DINERO QUE NUNCA PODRÍAN TOCAR

A las dos de la madrugada, con un ojo todavía hinchado y el cuerpo adolorido, marqué el único número que sabía que podía cambiarlo todo. —¿Jade? La…

PARTE 2: LA ALERTA QUE DESTRUYÓ AL GRUPO ARRIAGA

Cerré la puerta del departamento y me quedé unos segundos apoyada contra ella. No lloré. Ni siquiera sentí ganas. Durante tres años había imaginado que el día…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *