PARTE 2: EL TESTAMENTO QUE MI PADRE DEJÓ CONTRA ÉL

Ethan permaneció inmóvil frente a mi escritorio.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

Linda estaba detrás de él, con las manos temblando.

Yo dejé el informe médico sobre la mesa.

—¿Quieres explicarme por qué tu nombre aparece relacionado con una sociedad que pretende recibir acciones de Lee Group?

Ethan tragó saliva.

—No es lo que parece.

Sonreí.

—Qué curioso. Esa frase siempre aparece cuando algo es exactamente lo que parece.

—Grace, estás confundida. Acabas de enterarte de que estoy enfermo y estás reaccionando emocionalmente.

Levanté la mirada.

—¿Enfermo?

Su expresión cambió.

—¿Cómo sabes…?

—Porque el informe está aquí.

Toqué la carpeta con dos dedos.

—Lo recibí ayer. Antes de que tú lo vieras.

Ethan se quedó completamente quieto.

Yo sabía que estaba enfermo.

Él todavía no sabía cuánto sabía yo.

Y por primera vez entendí por qué había estado tan desesperado por controlar la empresa antes de que yo regresara.

No quería protegerme.

Quería asegurarse de que, si algo le ocurría, el control de Lee Group quedara en manos de Linda.

—¿Desde cuándo lo sabías? —preguntó.

—Desde ayer.

—¿Y no me dijiste nada?

—Intenté hacerlo.

Solté una pequeña risa amarga.

—Quería sentarme contigo y decirte que no importaba lo que dijera el diagnóstico. Que iba a estar contigo.

Ethan bajó la mirada.

—Grace…

—Pero luego te escuché hablar con ella.

Linda dio un paso hacia atrás.

—Señora Lee, yo…

—No te preocupes. No necesito que me expliques que no eres una amante. Ya escuché suficiente.

Linda se quedó muda.

Ethan cerró los ojos durante un instante.

—No quise decirlo así.

—¿Ah, no?

—Estaba enfadado.

—Me llamaste vieja.

—Fue una estupidez.

—Dijiste que te daba asco tocarme.

Su mandíbula se tensó.

—Grace, yo…

—Y le prometiste a otra mujer que mi cuerpo ya no te interesaba.

La habitación quedó en silencio.

Finalmente Ethan levantó la mirada.

—Sí.

Una sola palabra.

Sin excusas.

Sin negarlo.

Eso dolió más de lo que esperaba.

Porque durante nueve años había pensado que, incluso si nuestro matrimonio se rompía, al menos había existido amor.

Pero quizá llevaba años amando a una versión de mí que ya no existía.

Me senté.

—Puedes irte.

Ethan no se movió.

—Necesitamos hablar de la empresa.

—No.

—Grace, si suspendes mis poderes ejecutivos ahora, la compañía puede entrar en crisis.

—Entonces será una crisis muy interesante.

Tomé mi teléfono.

—Voy a convocar al consejo.

Su rostro cambió.

—No puedes hacer eso sin avisarme.

—Puedo.

—Soy el director ejecutivo interino.

—Exactamente.

Abrí el documento que mi padre había dejado.

La última cláusula estaba subrayada.

“En caso de que el administrador temporal intente transferir, emitir, vender o comprometer acciones pertenecientes al patrimonio familiar sin autorización expresa de Grace Lee, todos sus poderes quedarán revocados de manera inmediata.”

Ethan leyó la frase.

—Tu padre no confiaba en mí.

—Mi padre confiaba demasiado en las personas.

—¿Y tú?

Lo miré.

—Yo ya no confío en ti.

Ethan salió sin responder.

Linda lo siguió.

Pero antes de cerrar la puerta, ella se volvió.

—Señora Lee…

—¿Qué?

—Hay algo que debería saber.

Ethan se giró bruscamente.

—Linda.

Ella palideció.

—No.

—Cállate.

Aquella reacción fue suficiente.

—Ahora sí quiero escucharlo —dije.

Linda apretó los labios.

—La sociedad que aparece en esos documentos no fue creada por el señor Miller.

Ethan se quedó inmóvil.

—¿Qué?

Linda continuó:

—La creé yo.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué?

Ella miró a Ethan.

—Porque él me lo pidió.

—¡Linda!

—Me dijo que si todo salía bien, yo recibiría una parte.

Me levanté lentamente.

—¿Una parte de qué?

Linda respiró hondo.

—De Lee Group.

Ethan perdió el control.

—¡Sal de aquí!

Linda salió corriendo.

Yo cerré la puerta.

Entonces mi teléfono vibró.

Era un mensaje del abogado de mi padre.

“Grace, necesito verte hoy. Encontré algo en el archivo privado de tu padre.”

Lo llamé inmediatamente.

—¿Qué encontró?

Hubo un silencio al otro lado.

—Una segunda versión de su testamento.

Sentí que el corazón se me aceleraba.

—¿Segunda versión?

—Sí.

—¿Qué cambia?

—Todo.

Llegué al despacho del abogado una hora después.

Sobre su mesa había una caja metálica antigua.

La reconocí inmediatamente.

Era la caja que mi padre siempre mantenía cerrada en su biblioteca.

—¿Cómo la abrió?

—Su padre me entregó la llave hace seis meses.

—¿Por qué nunca me habló de esto?

El abogado me miró con seriedad.

—Porque me pidió que esperara hasta que ocurriera exactamente lo que está ocurriendo ahora.

Abrió la caja.

Dentro había contratos, fotografías, documentos bancarios y una memoria USB.

Pero había algo más.

Una carta.

Mi nombre estaba escrito a mano.

Reconocí la letra de mi padre.

La abrí.

“Grace:

Si estás leyendo esto, significa que Ethan ya intentó controlar la empresa sin tu autorización.

No confíes en él.

Pero tampoco confíes en la mujer que está a su lado.

Hay algo que ambos desconocen.

Lee Group no es el verdadero objetivo.

El verdadero objetivo está relacionado con las acciones que tu madre dejó antes de morir.”

Me quedé inmóvil.

Mi madre había muerto cuando yo tenía diecinueve años.

Durante años me dijeron que había dejado todo en manos de mi padre.

—¿Qué acciones? —pregunté.

El abogado abrió otro documento.

—Su madre tenía el treinta y dos por ciento de una compañía farmacéutica.

Parpadeé.

—Eso es imposible.

—No.

—Mi padre nunca mencionó ninguna compañía farmacéutica.

—Porque esas acciones desaparecieron de los registros familiares hace diecisiete años.

Miré el documento.

Había un nombre.

“Liu Medical Holdings.”

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué tiene que ver Ethan?

El abogado no respondió inmediatamente.

Conectó la memoria USB.

Apareció una carpeta con decenas de archivos.

Transferencias.

Correos.

Contratos.

Fotografías.

Y una lista de nombres.

El primero era Ethan Miller.

El segundo era Linda Liu.

El tercero hizo que mis manos se enfriaran.

Era el nombre del antiguo socio de mi padre.

El hombre que había sido investigado por fraude diecisiete años atrás.

Y que, según todos, había muerto en un accidente poco después.

—No murió —susurré.

El abogado negó con la cabeza.

—No.

—Entonces, ¿dónde está?

El abogado abrió un último archivo.

Era una fotografía reciente.

Un hombre mayor entrando en un edificio de oficinas.

Me quedé mirando la pantalla.

Lo reconocí.

Era el hombre que había aparecido en el funeral de mi padre.

El hombre que yo creía que era simplemente un antiguo amigo de la familia.

—Está vivo —dije.

—Y lleva cuatro meses reuniéndose con Ethan.

Sentí un vacío en el estómago.

Entonces entendí algo.

La amante.

La sociedad.

Las acciones.

El supuesto interés de Ethan en hacerse cargo de Lee Group.

Todo era demasiado grande para tratarse simplemente de una infidelidad.

Mi padre había sospechado algo mucho antes de morir.

Y había dejado las pruebas para mí.

Pero había una pregunta que no podía quitarme de la cabeza.

¿Por qué Ethan necesitaba que yo siguiera creyendo que él solo quería mi empresa?

Esa noche regresé a casa.

Ethan estaba sentado en la sala.

No parecía enojado.

Parecía agotado.

—Tenemos que hablar —dijo.

Dejé mi bolso sobre la mesa.

—Estoy de acuerdo.

Me miró.

—Me dieron los resultados completos.

No respondí.

—Es peor de lo que pensábamos.

Por primera vez vi miedo verdadero en sus ojos.

—Necesito tratamiento inmediato.

Guardé silencio.

—Grace, sé que me odias.

—No te odio.

—¿Entonces qué sientes?

Pensé unos segundos.

—Decepción.

Bajó la cabeza.

—Sé que hice cosas horribles.

—Sí.

—Pero necesito que me ayudes.

Lo observé.

Había algo extraño en su tono.

Demasiado preparado.

Demasiado calculado.

—¿A qué?

Ethan levantó la mirada.

—A proteger la empresa.

Casi sonreí.

—¿La empresa?

—Si me pasa algo, hay personas que intentarán quedarse con ella.

—¿Quiénes?

No respondió.

—Ethan.

—No puedo decírtelo.

—Entonces no puedo ayudarte.

Se levantó.

—Grace, si quieres salvar tu empresa, tienes que confiar en mí.

Me acerqué lentamente.

—Ya cometí ese error durante nueve años.

Su rostro se endureció.

—Entonces supongo que tendremos que ver qué pasa cuando dejes de confiar.

Se dirigió hacia la puerta.

Antes de salir, se detuvo.

—Ah, y una cosa.

Se volvió.

—El informe médico que tienes…

Esperé.

—No es mío.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Qué?

Ethan sonrió por primera vez en toda la noche.

—Pregúntale a tu médico por qué mi nombre aparece en ese expediente.

Y salió.

Me quedé sola en la sala.

Saqué el informe de mi bolso.

Lo miré otra vez.

El nombre estaba allí.

Ethan Miller.

Treinta y cuatro años.

Pero ahora había algo que no había notado.

Una pequeña diferencia en el número de expediente.

Tomé el teléfono y llamé directamente a la doctora.

—Doctora, necesito que me diga una cosa.

—¿Qué ocurre, Grace?

—¿Este informe pertenece realmente a mi marido?

Hubo un silencio.

Demasiado largo.

—Señora Lee…

—Dígame la verdad.

La doctora respiró profundamente.

—Ese expediente no fue generado para Ethan.

Sentí que el frío me recorría el cuerpo.

—Entonces, ¿para quién era?

La doctora bajó la voz.

—Para su padre.

Me quedé inmóvil.

Mi padre había muerto seis meses atrás.

Y el informe tenía una fecha de apenas tres semanas.

Entonces escuché un ruido detrás de mí.

Me giré.

Ethan estaba nuevamente en la puerta.

Y esta vez no parecía enfermo.

Parecía asustado.

—Grace —susurró—, no llames a nadie.

—¿Por qué?

Él cerró la puerta con llave.

—Porque ahora sé quién falsificó el informe.

Y antes de que pudiera responder, alguien llamó tres veces desde el otro lado de la puerta.

Ethan palideció.

Yo reconocí aquella voz.

Era la voz del hombre que, según mi familia, llevaba diecisiete años muerto.

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