Salí de la boutique veinte minutos antes de que Adrian llegara.
No dejé una nota.
No envié un mensaje.
Ni siquiera le dije a Chloe que aquel vestido había sido diseñado originalmente para mi propia boda.
Solo le entregué a la gerente una última instrucción.
—Quiero que le permitan usarlo hasta el final de la tarde.
La mujer me miró confundida.
—¿Está segura?
—Completamente.
—Pero el vestido…
—Ya no me pertenece.
Sonreí.
—Ahora pertenece a la persona que pagó por él.
La gerente bajó la mirada hacia el contrato.
—Señorita Bennett, ¿puedo preguntarle algo?
—¿Qué?
—¿Usted conoce al señor Foster?
Me quedé inmóvil.
—Demasiado.
No expliqué nada más.
Salí de la boutique con las manos vacías.
Por primera vez en cuatro meses, no llevaba conmigo el vestido que había imaginado desde que Adrian me propuso matrimonio.
Y, sorprendentemente, no sentí tristeza.
Sentí alivio.
Llegué a mi departamento y lo primero que hice fue abrir el armario.
Allí estaban todas las cosas que había preparado para nuestra boda.
Las invitaciones.
Las cajas con recuerdos para los invitados.
El velo.
Los zapatos.
Una pequeña caja de terciopelo que contenía los gemelos que había comprado para Adrian.
Todo estaba perfectamente ordenado.
Todo parecía pertenecer a una mujer que todavía creía que iba a casarse.
Tomé las invitaciones.
La fecha estaba impresa.
En realidad, nunca había sido una fecha oficial.
Adrian había dicho que primero teníamos que esperar a que su familia confirmara la disponibilidad del lugar.
Después dijo que necesitaba resolver unos asuntos de la empresa.
Luego apareció una adquisición inesperada.
Y después una reunión de consejo.
Cuatro meses.
Cuatro excusas.
Yo había llamado a cada proveedor.
Yo había pagado los depósitos.
Yo había diseñado el vestido.
Yo había elegido las flores.
Yo había organizado todo.
Adrian solo había dicho:
—Haz lo que creas conveniente.
En aquel momento pensé que era confianza.
Ahora entendía que simplemente no le importaba.
Mi teléfono vibró.
Era él.
Adrian: ¿Dónde estás?
No respondí.
Otro mensaje.
Adrian: Chloe me dijo que encontraste un vestido increíble.
Después:
Adrian: Estoy llegando.
Miré la pantalla.
Tres años de relación.
Y jamás había recibido de él un mensaje tan rápido cuando se trataba de algo mío.
Guardé el teléfono.
Luego llamé a mi abogado.
—Necesito cancelar algunos documentos.
—¿Qué documentos?
—Los relacionados con mi matrimonio con Adrian Foster.
Hubo un silencio.
—Sarah, ¿qué pasó?
—Descubrí que mi prometido está organizando otra boda.
El abogado no respondió durante varios segundos.
—¿Está seguro de que quiere decirlo así?
—Sí.
—Entonces no cancele nada todavía.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
—Porque si realmente está involucrado con otra mujer y además utilizó recursos de la empresa para adquirir una participación de control en la boutique, quizá tengamos un problema mucho mayor que una infidelidad.
Me senté lentamente.
—¿Qué quieres decir?
—Necesito revisar los registros.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
—Hazlo.
—Y Sarah…
—¿Sí?
—No confrontes a Adrian hasta que te llame.
Colgué.
Cinco minutos después, mi teléfono volvió a sonar.
Esta vez era Chloe.
No contesté.
Dejó un mensaje.
—Sarah, Adrian está aquí. Está muy emocionado. Creo que esto significa mucho para él.
Escuché el audio dos veces.
Después llegó otro.
—Quería agradecerte por ayudarme con el vestido. De verdad eres muy buena diseñadora.
Sonreí.
No porque me hiciera gracia.
Sino porque aquella mujer todavía no entendía lo que estaba pasando.
A las cuatro de la tarde, mi abogado volvió a llamar.
—Sarah.
—¿Qué encontraste?
—La compra de la boutique no fue personal.
—¿Entonces?
—Fue realizada mediante una sociedad vinculada a Foster Group.
Sentí un frío recorrerme.
—¿Adrian utilizó dinero de la empresa para comprar la boutique?
—Eso parece.
—¿Para qué?
—Oficialmente, como inversión estratégica.
—¿Y extraoficialmente?
Mi abogado respiró.
—Hay algo más.
Me levanté.
—Dime.
—La boutique no es el único activo que adquirió.
Me quedé en silencio.
—Hace seis meses, Adrian compró discretamente dos apartamentos de lujo.
—¿A nombre de quién?
—Uno está a nombre de una sociedad que controla él.
—¿Y el otro?
Mi abogado tardó unos segundos en responder.
—A nombre de Chloe Parker.
Sentí que algo encajaba.
El apartamento.
Los gastos.
El collar.
La boutique.
Los noventa y nueve vestidos.
Todo.
—¿Cuánto ha gastado?
—Todavía no tengo la cifra completa.
—Consíguela.
—Sarah…
—Quiero todo.
Colgué.
No lloré.
No estaba furiosa.
Estaba empezando a entender.
Adrian no estaba simplemente engañándome.
Estaba construyendo otra vida con dinero y recursos que, en parte, había obtenido gracias a mí.
Porque había un detalle que él parecía haber olvidado.
La mayoría de las acciones que Adrian tenía en Foster Group provenían de una inversión que mi padre había hecho años atrás.
Y mi padre había puesto una condición.
No podía transferirlas sin mi autorización mientras yo siguiera siendo accionista principal.
Adrian siempre decía que esas acciones eran “parte del patrimonio familiar”.
Nunca me preocupé.
Hasta ese momento.
Abrí mi computadora.
Entré en la plataforma de accionistas.
Y encontré algo extraño.
Había una solicitud pendiente.
Transferencia de acciones.
Mi firma electrónica aparecía en el documento.
Pero yo jamás había firmado aquello.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
Llamé inmediatamente al abogado.
—¿Cuándo se presentó esto?
—Hace tres semanas.
—¿Quién lo presentó?
—El despacho externo de Foster Group.
—¿A nombre de quién?
Hubo una pausa.
—Chloe Parker.
Me quedé completamente quieta.
Así que el vestido no era el problema.
El vestido era una distracción.
Adrian estaba preparando algo mucho más grande.
A las siete y cuarto recibí una llamada de la gerente de la boutique.
—Sarah, tienes que venir.
—¿Qué pasó?
—El señor Foster está aquí.
Mi corazón no se aceleró.
—¿Y?
—Está con Chloe.
—Eso ya lo imaginaba.
—No, Sarah. Hay algo que tienes que ver.
Llegué veinte minutos después.
La boutique estaba cerrada al público.
Adrian estaba en el salón principal.
Chloe estaba frente a un enorme espejo.
Todavía llevaba mi vestido.
El mismo vestido que había diseñado durante cuatro meses.
Adrian estaba detrás de ella.
Tenía una expresión que yo había visto muy pocas veces.
Orgullo.
Felicidad.
Admiración.
La misma mirada que nunca había recibido.
Chloe giró.
—¡Sarah!
Su sonrisa se apagó lentamente.
Adrian también me vio.
Durante varios segundos nadie habló.
Entonces él preguntó:
—¿Qué haces aquí?
Lo miré.
—Podría preguntarte lo mismo.
—Chloe me dijo que estabas aquí esta tarde.
—Sí.
—¿Y por qué no me dijiste que te ibas?
—Porque no tenía nada que decirte.
Adrian frunció el ceño.
—Estás actuando de manera extraña.
Solté una pequeña risa.
—¿Extraña?
Miré a Chloe.
Luego el vestido.
Después volví a mirarlo.
—Tu prometida está usando mi vestido de novia.
Chloe palideció.
—Yo no sabía que…
—No es necesario que expliques nada.
Adrian dio un paso hacia mí.
—Sarah, esto no es lo que piensas.
—Entonces explícame.
—La boutique necesitaba inversión. Chloe estaba buscando un vestido. Yo solo…
—¿Compraste una participación de control para que pudiera quedarse con mi vestido?
Silencio.

—¿Cómo sabes eso?
—Porque lo dice el contrato.
Adrian apretó la mandíbula.
—Es una inversión empresarial.
—Claro.
—No tienes derecho a cuestionar mis decisiones financieras.
Lo miré fijamente.
—¿Y utilizar mi firma para transferir acciones tampoco es una decisión financiera?
Su rostro cambió.
Chloe dejó de sonreír.
—¿Qué significa eso?
Adrian no respondió.
Yo saqué una carpeta de mi bolso.
—Significa que intentaste transferir acciones de Foster Group utilizando una autorización que nunca firmé.
—Sarah…
—Y significa que compraste un apartamento para Chloe con dinero de una empresa de la que yo soy accionista principal.
Chloe dio un paso atrás.
—¿Qué?
Adrian la miró.
—No es asunto tuyo.
Ella lo miró con incredulidad.
—¿No es asunto mío? ¿Me dijiste que todo esto era tuyo?
Adrian no respondió.
Chloe se llevó una mano a la boca.
—Dijiste que tu esposa no tenía participación real.
Sonreí.
—Qué interesante.
Adrian cerró los ojos un segundo.
—Sarah, podemos hablar en privado.
—No.
—Por favor.
—No hay nada privado.
Señalé la cámara de seguridad instalada en la esquina.
—Todo lo que acabas de decir está siendo grabado.
Adrian levantó la mirada.
Su expresión cambió por completo.
Entonces ocurrió algo que ninguno de los dos esperaba.
La gerente recibió una llamada.
Escuchó durante unos segundos.
Después se acercó a nosotros.
—Señor Foster, acaba de llegar el presidente del consejo.
Adrian se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Está en la puerta.
La puerta principal se abrió.
Entraron tres personas.
El primero era el presidente independiente de Foster Group.
Detrás de él venían dos abogados.
Adrian palideció.
—¿Qué hacen aquí?
El presidente lo miró.
—Recibimos un informe sobre transferencias sospechosas.
Adrian miró hacia mí.
Yo no dije nada.
El presidente continuó:
—Y también recibimos evidencia de que intentaste utilizar recursos corporativos para beneficiar a una persona relacionada contigo.
Chloe empezó a llorar.
—Yo no sabía…
Uno de los abogados la interrumpió.
—Señorita Parker, tendrá oportunidad de declarar.
Adrian se volvió hacia mí.
—¿Fuiste tú?
No respondí.
—¿Tú hiciste esto?
—No.
Tomé la carpeta.
—Tú lo hiciste.
Su rostro se endureció.
—Sarah, no sabes con quién estás jugando.
Lo miré tranquilamente.
—Sí.
—¿Qué?
—Conozco perfectamente al hombre con el que estaba a punto de casarme.
Me quité el anillo.
Lo dejé sobre el mostrador.
—Y por suerte, ya no voy a casarme con él.
Chloe miró el anillo.
Luego a Adrian.
—¿Ibas a casarte con ella?
Adrian no respondió.
La expresión de Chloe cambió.
—Nunca me dijiste eso.
—Chloe…
—¡Nunca me dijiste que seguías comprometido!
La boutique quedó en silencio.
Yo observé cómo empezaban a destruirse entre ellos sin que yo tuviera que hacer nada.
Entonces mi abogado entró.
Llevaba un sobre negro.
—Sarah.
—¿Lo tienes?
Asintió.
Me entregó el documento.
Lo abrí.
Era la auditoría preliminar.
Transferencias.
Apartamentos.
Joyas.
Viajes.
Pagos.
Y, al final, una operación que no esperaba encontrar.
Una transferencia de varios millones de dólares desde Foster Group hacia una empresa desconocida.
Leí el nombre.
Se me heló la sangre.
Era una empresa registrada a nombre de mi propio hermano.
Levanté lentamente la mirada.
Adrian también había visto el documento.
Su rostro perdió todo el color.
—Sarah…
—¿Qué?
—No abras esa página.
Sonreí.
—¿Por qué?
Él no respondió.
Pasé la página.
Y allí estaba la prueba de que Adrian y mi hermano llevaban casi un año trabajando juntos para quitarme el control de las acciones de mi familia.
Pero había algo todavía peor.
La última transferencia estaba fechada dos días antes de que Adrian me propusiera matrimonio.
Comprendí entonces que quizá mi compromiso nunca había sido una historia de amor.
Había sido un plan.
Y mientras todos miraban a Chloe con su vestido de novia, yo acababa de descubrir quién había diseñado realmente la trampa.
Mi propia familia.