PARTE 2: LA NIÑA QUE NUNCA MURIÓ

No dormí aquella noche.

Me quedé sentada en el borde de la cama mientras escuchaba los pasos de Rodrigo al otro lado del pasillo. La niña estaba en la habitación de Sofía. De vez en cuando escuchaba el sonido de la televisión y una voz infantil riendo.

Todo aquello debería haberme dado alegría.

Mi hija estaba viva.

Pero algo dentro de mí gritaba que no.

A las tres de la madrugada me levanté y fui hasta la cocina.

La niña estaba dormida sobre el sofá, abrazando una muñeca de trapo.

Me acerqué lentamente.

No quería despertarla.

Observé su rostro bajo la luz tenue de la cocina.

Era Sofía.

No simplemente parecida.

Era Sofía.

La misma pequeña cicatriz en la ceja izquierda que se había hecho cuando tenía cuatro años.

El mismo lunar bajo la barbilla.

La misma forma de doblar los dedos cuando dormía.

Me arrodillé frente al sofá.

Y entonces vi algo que me heló la sangre.

En su muñeca derecha había una pequeña marca circular.

La recordaba perfectamente.

Se la había hecho una enfermera durante una de las primeras hospitalizaciones de Sofía.

Yo misma había preguntado qué era.

La enfermera me explicó que era una marca temporal utilizada para identificar una vía intravenosa.

Pero esa marca había desaparecido meses antes de que Sofía muriera.

O de que yo creyera que murió.

Toqué suavemente su muñeca.

La niña abrió los ojos.

—¿Mamá?

Me quedé sin respiración.

—Sí.

—¿Por qué estás llorando?

Me limpié rápidamente la cara.

—No estoy llorando.

Ella sonrió.

—Siempre dices eso cuando lloras.

La frase me atravesó.

Era exactamente lo que Sofía decía cuando tenía cinco años.

No podía ser una coincidencia.

—¿Recuerdas tu cumpleaños número cuatro?

La niña frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Solo quiero saber.

—Fue el día del pastel de chocolate.

Sonreí involuntariamente.

—No. Fue de fresa.

Ella me miró.

—Mamá… tú dijiste que era de chocolate porque querías sorprenderme.

Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.

Yo había olvidado completamente aquella conversación.

Pero Sofía no.

—¿Dónde aprendiste eso?

La niña no respondió.

Miró hacia el pasillo.

—Papá dice que no debo hablar de antes.

Antes.

Esa palabra me hizo levantarme.

—¿Antes de qué?

La niña bajó la voz.

—Antes de que tú te enfermaras.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué te dijo papá que me pasó?

—Que mamá estaba triste y que a veces no sabía qué cosas eran verdaderas.

—¿Y tú le creíste?

La niña negó lentamente.

—No.

—¿Por qué?

Se acercó y me tomó la mano.

—Porque yo sé que tú eres mi mamá.

Antes de que pudiera preguntarle algo más, escuché pasos.

Rodrigo apareció en el pasillo.

Su expresión cambió al vernos juntas.

—¿Qué haces despierta?

La niña soltó mi mano inmediatamente.

—Nada.

Rodrigo la miró.

Después me miró a mí.

—Mariana, necesitas descansar.

—¿Dónde estuvo ella durante los últimos dos años?

Su rostro permaneció inmóvil.

—Ya te lo expliqué.

—No.

Me levanté.

—Me dijiste que estaba recuperándose. Pero ¿dónde?

—Con mi hermana.

—¿Cuál hermana?

Silencio.

Mi esposo tenía dos hermanas.

Una vivía en Monterrey.

La otra llevaba ocho años viviendo en Estados Unidos.

—Dime cuál.

—No importa.

—Para mí sí.

Rodrigo respiró profundamente.

—Estás confundida.

—Entonces demuéstrame que estoy equivocada.

Él no respondió.

Eso fue suficiente.

A la mañana siguiente esperé a que Rodrigo saliera.

Me dijo que tenía que ir a la oficina.

Yo asentí.

Lo besé en la mejilla.

Y esperé diez minutos antes de seguirlo.

No sabía exactamente qué buscaba.

Solo sabía que no podía seguir creyendo en sus palabras.

Rodrigo condujo hasta una clínica privada al sur de Guadalajara.

No entró por la entrada principal.

Aparcó en el estacionamiento subterráneo.

Yo esperé dentro de un taxi.

Veinte minutos después salió acompañado de una mujer.

La reconocí.

Era la doctora que había tratado a Sofía durante sus últimos meses.

La doctora Isabel Méndez.

Sentí que se me congelaban las manos.

Rodrigo subió al automóvil.

La doctora se quedó mirando cómo se alejaba.

Yo bajé del taxi.

—Doctora.

Ella se volvió.

Su rostro perdió color.

—Mariana.

—Necesito hablar con usted.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque no tengo autorización para hablar de un paciente.

—¿Sofía?

La doctora cerró los ojos.

Eso fue una respuesta.

—Mi hija murió hace dos años.

Ella no dijo nada.

—¿Verdad?

La doctora miró hacia la calle.

—No puedo responderte eso.

—Entonces dígame una sola cosa.

Saqué mi teléfono.

—¿Alguna vez firmé un documento autorizando que mi hija fuera trasladada a otra clínica?

La doctora palideció.

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque mi esposo dice que estuvo viva todo este tiempo.

Silencio.

La doctora dio un paso atrás.

—Mariana, tienes que irte.

—¿Por qué?

—Porque si Rodrigo sabe que estás aquí…

Se detuvo.

Yo me acerqué.

—¿Qué pasa si Rodrigo sabe?

La doctora bajó la voz.

—Te pondrá en peligro.

Aquellas palabras cambiaron todo.

—¿Mi hija está viva?

La doctora miró a ambos lados.

Finalmente dijo:

—La niña que está en tu casa…

Se quedó callada.

—¿Qué?

—No puedo hablar aquí.

—¡Dígamelo!

Ella me entregó discretamente un papel doblado.

—Ve a esta dirección.

Lo abrí después de subir al taxi.

Era una dirección en las afueras de la ciudad.

Debajo había una frase escrita a mano:

“No confíes en el hombre que te dijo que estabas loca.”

Me quedé mirando aquella línea durante varios segundos.

Entonces entendí que Rodrigo no solo había mentido sobre mi hija.

También había construido una historia sobre mí.

Una historia en la que yo era la mujer confundida.

La esposa emocionalmente inestable.

La madre incapaz de distinguir recuerdos de fantasías.

Y si todos creían esa historia, cualquier cosa que yo dijera podía ser descartada.

Llegué a la dirección cerca del mediodía.

Era una pequeña casa de una sola planta.

Una mujer mayor abrió la puerta.

—¿Mariana?

Asentí.

La mujer miró detrás de mí.

—¿Rodrigo te siguió?

—No.

Me dejó entrar.

En una mesa había varias carpetas.

Fotografías.

Informes médicos.

Documentos.

Y una fotografía que hizo que mis piernas dejaran de responder.

Era Sofía.

Tenía cuatro años.

Estaba sentada en una cama de hospital.

Pero la fecha escrita en la esquina era seis meses después del día en que, según Rodrigo, había muerto.

—¿Qué es esto?

La mujer cerró la puerta.

—Me llamo Teresa. Fui trabajadora social en el hospital donde atendieron a tu hija.

—¿Por qué tiene usted estas fotografías?

—Porque alguien me pidió que guardara copias.

—¿Quién?

Teresa me miró fijamente.

—Tu esposo.

Sentí que no podía respirar.

—¿Rodrigo?

—Sí.

—¿Por qué?

Teresa abrió una carpeta.

Dentro había un documento firmado.

—Hace dos años, tu esposo llegó al hospital diciendo que quería proteger a Sofía de una situación familiar complicada.

—¿Qué situación?

Teresa dudó.

—Dijo que tú estabas demasiado enferma para cuidarla.

La rabia me subió por el pecho.

—Eso es mentira.

—Ahora lo sé.

—¿Qué hizo con ella?

Teresa señaló otra fotografía.

Sofía aparecía junto a una mujer.

La mujer tenía el cabello oscuro.

La reconocí inmediatamente.

Era la misma mujer que había visto salir de la clínica con Rodrigo aquella mañana.

—¿Quién es ella?

—Su tía.

—¿Cuál?

—La hermana de Rodrigo que vive en Monterrey.

Sentí que todo empezaba a encajar.

—¿Por qué fingieron que Sofía había muerto?

Teresa bajó la mirada.

—Porque necesitaban que dejaras de buscarla.

—¿Quiénes?

Teresa no respondió.

—Dígame.

—Rodrigo tenía deudas.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué tipo de deudas?

—No lo sé todo. Pero sé que había problemas con una empresa, documentos falsificados y una cantidad importante de dinero.

Abrí la carpeta.

Había transferencias.

Fechas.

Nombres.

Y algo más.

Una póliza de seguro.

A nombre de Sofía.

El beneficiario era Rodrigo.

La cantidad me hizo sentir náuseas.

—¿Él contrató esto después de que supuestamente murió?

Teresa negó.

—Antes.

Mucho antes.

Seguí pasando páginas.

Entonces encontré una copia de un certificado médico.

Mi firma aparecía al final.

La miré durante varios segundos.

No recordaba haber firmado aquello.

—Esta no es mi firma.

—Lo sé.

—¿Quién la falsificó?

Teresa señaló una página.

Allí estaba el nombre de un notario.

El mismo hombre que había certificado documentos de Rodrigo durante años.

Sentí que las piezas finalmente encajaban.

No habían querido esconder una muerte.

Habían querido fabricar una.

Y yo había sido parte de la mentira sin saberlo.

Pero todavía quedaba una pregunta.

—Si Sofía estaba viva, ¿por qué la devolvió ahora?

Teresa me miró con tristeza.

—Porque Rodrigo necesitaba algo.

—¿Qué?

—Tu casa.

Me quedé inmóvil.

Nuestra antigua casa de Zapopan había sido vendida después de la supuesta muerte de Sofía.

Pero el dinero de aquella venta nunca apareció completamente en nuestras cuentas.

—¿Qué tiene que ver mi casa?

Teresa abrió el último documento.

Era un contrato.

Mi nombre aparecía como propietaria de una participación empresarial que yo ni siquiera sabía que existía.

—Tu padre dejó algo para ti antes de morir.

Recordé entonces que mi padre había mencionado una pequeña inversión familiar.

Rodrigo siempre había insistido en que no valía nada.

Pero el documento mostraba otra cosa.

Era un fideicomiso.

Y su valor actual era suficiente para cubrir todas las deudas de Rodrigo.

—Él necesitaba mi patrimonio.

Teresa asintió.

—Y cuando intentó acceder a él, descubrió que no podía hacerlo mientras tú estuvieras mentalmente capacitada para decidir.

Sentí un frío profundo.

—Por eso necesitaba que todos creyeran que yo estaba enferma.

—Sí.

—Y por eso inventó que había perdido la memoria.

Teresa no respondió.

No hacía falta.

Saqué mi teléfono.

Tenía once llamadas perdidas.

Todas de Rodrigo.

Después llegó un mensaje.

“Mariana, sé que saliste. No hagas ninguna tontería. Vuelve a casa y hablaremos.”

Leí el mensaje dos veces.

Luego llegó otro.

“Si quieres que la niña siga contigo, haz exactamente lo que te digo.”

Miré a Teresa.

—Él sabe que descubrí la verdad.

Pero entonces mi teléfono volvió a vibrar.

Esta vez no era Rodrigo.

Era un número desconocido.

Abrí el mensaje.

Solo decía:

“Tu esposo cree que la niña que llevó a tu casa es Sofía. No lo es.”

Debajo había una fotografía.

La niña aparecía sentada junto a una ventana.

Y a su lado estaba una segunda niña.

Exactamente igual a ella.

Dos niñas.

Dos rostros idénticos.

Dos vestidos rosas.

Sentí que el teléfono casi se me caía de las manos.

Teresa se acercó.

—¿Qué ocurre?

Le mostré la fotografía.

Su rostro cambió.

—Eso es imposible.

—¿Por qué?

Teresa miró la imagen durante varios segundos.

Después susurró:

—Porque una de esas niñas desapareció hace dos años.

Sentí que el mundo entero se detenía.

Y entonces entendí que la pregunta ya no era por qué Rodrigo había fingido la muerte de mi hija.

La pregunta era otra.

¿De quién era realmente la niña que estaba durmiendo en mi casa?

Y, sobre todo…

¿dónde estaba Sofía?

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