PARTE 2: LA VERDAD QUE ESCONDÍAN MIS HIJAS

Chadworth permaneció inmóvil frente a las pantallas.

Durante varios segundos no escuchó nada de lo que decía su jefe de seguridad.

Solo podía mirar a Gemma.

Su hija pequeña seguía abrazando el conejo de peluche que Sabina había arrojado al sofá. Lorelai estaba sentada junto a ella, con la espalda demasiado recta y las manos entrelazadas sobre las piernas.

Aquella postura le resultó extrañamente familiar.

La había visto antes.

Muchas veces.

Cada vez que Sabina entraba en una habitación.

Chadworth había pensado que Lorelai simplemente era una niña obediente.

Ahora entendía que quizá no era obediencia.

Era miedo.

—Retrocede la grabación —dijo.

Su jefe de seguridad, Marcus, lo miró.

—¿Desde cuándo?

—Desde esta mañana. Quiero escuchar cada conversación entre Sabina y las niñas durante los últimos treinta días.

Marcus dudó.

—Señor, son cientos de horas.

—Entonces empezaremos por las horas en que yo no estaba.

Marcus asintió y comenzó a revisar los archivos.

En la pantalla apareció una grabación de dos semanas atrás.

Sabina estaba en el comedor.

Lorelai permanecía de pie frente a ella.

—¿Por qué no terminaste tu desayuno?

—No tenía hambre.

—Tu padre no quiere niñas maleducadas.

—Pero papá dijo que podía guardar el resto.

Sabina dejó lentamente la taza sobre la mesa.

—Tu padre dice muchas cosas cuando está contigo.

Lorelai bajó la cabeza.

—Lo siento.

Chadworth apretó la mandíbula.

—Otra.

Marcus cambió de archivo.

Tres días después.

Gemma estaba llorando en el pasillo.

Rosamund se acercó con una manta.

—¿Qué pasó?

La niña negó con la cabeza.

—Nada.

—Gemma.

La pequeña miró hacia las escaleras.

—Si digo algo, Sabina se enfada.

Rosamund se arrodilló.

—Puedes decirme la verdad.

—Ella dice que si papá se entera de que somos malas, va a mandarnos a un internado.

Chadworth sintió que algo se rompía dentro de él.

Nunca había hablado de un internado.

Nunca.

Marcus pausó la grabación.

—¿Quiere que siga?

Chadworth tardó unos segundos en responder.

—Sí.

Otra grabación.

Lorelai escondiendo un dibujo dentro de una caja.

Sabina entrando.

—¿Qué escondes?

—Nada.

—Enséñamelo.

La niña entregó el papel.

Era un dibujo de cuatro personas tomadas de la mano.

Chadworth.

Lorelai.

Gemma.

Y Rosamund.

Sabina lo rompió frente a ella.

—Ella no es parte de esta familia.

Lorelai comenzó a llorar.

—Pero Rosamund nos cuida.

—Rosamund trabaja aquí.

—Ella nos escucha.

—Porque le pagan.

—Papá también le paga.

Sabina levantó la voz.

—¡No vuelvas a contestarme!

La grabación terminó.

Chadworth se apartó de la pantalla.

—Dios mío.

Marcus no dijo nada.

Entonces escucharon una voz en la transmisión en vivo.

Rosamund.

—Señorita Sabina, creo que debería dejar que las niñas terminen su desayuno.

Sabina se giró.

—Te he dicho que no interfieras.

—Solo estoy intentando ayudar.

—No.

Sabina caminó hacia ella.

—Estás intentando convertirte en indispensable.

Rosamund permaneció tranquila.

—No sé qué quiere decir.

—Claro que lo sabes.

Sabina se acercó más.

—Desde que llegaste, las niñas te prefieren. Te buscan. Te cuentan cosas. Y tú has empezado a comportarte como si fueras parte de esta familia.

Rosamund bajó la mirada.

—Nunca he pretendido eso.

—Entonces demuéstralo.

—¿Cómo?

—Renuncia.

Rosamund levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué?

—Mañana mismo.

En la sala de vigilancia, Chadworth se puso de pie.

—No.

Marcus lo miró.

—¿Señor?

—Quiero saber qué responde Rosamund.

En la pantalla, Rosamund permaneció en silencio.

Después miró a las niñas.

Gemma estaba llorando.

Lorelai le tomó la mano.

Rosamund respiró profundamente.

—Si me voy, ¿quién las va a proteger?

Sabina sonrió.

No era una sonrisa amable.

—¿Protegerlas de qué?

Rosamund no respondió.

Y ese silencio fue suficiente.

Chadworth sintió un frío recorrerle la espalda.

—Marcus.

—Sí, señor.

—Quiero que investigues a Sabina.

—¿Todo?

—Todo.

Marcus tomó su teléfono.

—¿Y Rosamund?

Chadworth volvió a mirar la pantalla.

—A ella también.

Hizo una pausa.

—Pero discretamente.


Mientras tanto, en la mansión, Sabina se acercó a las niñas.

—Suban a sus habitaciones.

Lorelai obedeció.

Gemma tardó un segundo.

—¿Podemos esperar a papá?

Sabina sonrió.

—Tu padre no va a volver hoy.

La niña bajó la mirada.

—Dijo que solo estaría fuera unos días.

—Los adultos prometen muchas cosas.

Rosamund apareció detrás de ella.

—Yo las llevaré.

Sabina la miró.

—No te he dado permiso.

—Las niñas tienen clases en veinte minutos.

—Yo me encargo.

—Señorita Sabina…

—He dicho que me encargo.

Rosamund guardó silencio.

Lorelai tomó la mano de Gemma y comenzó a subir.

Cuando estuvieron suficientemente lejos, Rosamund susurró:

—No se preocupen. Su padre volverá.

Lorelai se giró.

—¿Cómo lo sabes?

Rosamund se quedó quieta.

—Porque los padres siempre vuelven cuando saben que sus hijos los necesitan.

En la sala de vigilancia, Chadworth cerró los ojos.

Aquellas palabras le dolieron.

Porque él no sabía.

No hasta ahora.

Había estado tan ocupado trabajando, construyendo empresas y creyendo que proporcionar dinero equivalía a estar presente que no había visto lo que ocurría delante de él.

Entonces Marcus habló.

—Señor.

Chadworth abrió los ojos.

—Encontramos algo.

—¿Qué?

Marcus colocó una tableta frente a él.

—Sabina no solo ha estado haciendo comentarios sobre Rosamund.

—¿Qué hizo?

—Hace cuatro meses pidió acceso a los registros financieros de la casa.

Chadworth frunció el ceño.

—¿Por qué?

—No lo sabemos todavía. Pero encontramos transferencias.

—¿A quién?

Marcus deslizó la pantalla.

—A una empresa llamada Bellmont Consulting.

Chadworth conocía el nombre.

—¿Qué relación tiene con Sabina?

—Oficialmente, ninguna.

—¿Y extraoficialmente?

Marcus respiró hondo.

—La empresa pertenece a su hermano.

Chadworth se quedó en silencio.

—¿Cuánto dinero?

Marcus le mostró la cifra.

Chadworth sintió que la mandíbula se le endurecía.

No era una cantidad pequeña.

Era suficiente para comprar una casa de lujo.

—¿Y de dónde salió?

—De una cuenta que usted creó para gastos familiares.

Chadworth miró las pantallas.

Sabina estaba ahora sola en el salón.

Tomó su teléfono.

Marcó un número.

—Ya está hecho —dijo.

Chadworth se acercó a la pantalla.

—¿Qué está hecho?

Marcus aumentó el audio.

Sabina continuó:

—Chadworth se fue esta mañana. Exactamente como dijiste.

Una voz masculina respondió al otro lado.

—¿Y las niñas?

—No son un problema.

—¿Rosamund?

Sabina apretó los labios.

—Ella sí puede convertirse en un problema.

Chadworth miró a Marcus.

La voz masculina volvió a hablar.

—Entonces haz que desaparezca de la casa antes de que él vuelva.

Sabina sonrió.

—Ya estoy trabajando en eso.

La llamada terminó.

Chadworth sintió una calma extraña.

No era tranquilidad.

Era la calma que aparecía cuando finalmente entendía quién estaba jugando contra él.

—Quiero saber quién es ese hombre.

Marcus ya estaba trabajando.

—Estamos intentando identificar el número.

Chadworth volvió a mirar la pantalla.

Rosamund acababa de entrar en el salón.

Sabina escondió inmediatamente el teléfono.

—Tenemos que hablar —dijo Sabina.

Rosamund se detuvo.

—¿Sobre qué?

—Sobre tu futuro aquí.

Rosamund no respondió.

Sabina sacó un sobre de su bolso.

—Tu liquidación.

Rosamund miró el sobre.

—No entiendo.

—Mañana ya no trabajarás aquí.

—¿Por qué?

—Porque Chadworth confía demasiado en ti.

Rosamund levantó la mirada.

—¿Eso es un delito?

Sabina sonrió.

—No.

Pausa.

—Pero puede convertirse en uno.

Rosamund palideció.

—¿Qué quiere decir?

Sabina sacó varias fotografías.

Eran fotografías de Rosamund entrando en una joyería.

Otra saliendo de un banco.

Otra hablando con un hombre.

—Podría decirle a Chadworth que estás robando dinero.

Rosamund miró las fotografías.

—No hice nada de eso.

—No importa.

—¿Está amenazándome?

—Estoy ofreciéndote una salida.

Sabina acercó el sobre.

—Te vas hoy y nadie tendrá problemas.

Rosamund negó con la cabeza.

—No puedo.

La sonrisa de Sabina desapareció.

—¿Por qué?

Rosamund miró hacia las escaleras.

—Porque prometí cuidar a las niñas.

—No son tuyas.

—No.

Rosamund respiró profundamente.

—Pero alguien tiene que hacerlo.

En la sala de vigilancia, Chadworth se llevó una mano al pecho.

No podía creer que aquella mujer hubiera permanecido en su casa durante años sin pedir nada.

Había cuidado de sus hijas.

Las había protegido.

Y él había permitido que Sabina la tratara como una amenaza.

Pero entonces Rosamund dijo algo que hizo que Chadworth se quedara completamente inmóvil.

—Y usted sabe perfectamente por qué no puedo irme.

Sabina frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Rosamund la miró directamente.

—Porque yo fui quien encontró el documento.

Sabina palideció.

—¿Qué documento?

—El que demuestra que usted no vino a esta casa por Chadworth.

Silencio.

—Vino por las niñas.

Sabina dio un paso atrás.

—No sabes de qué estás hablando.

—Sí lo sé.

Rosamund metió la mano en el bolsillo de su uniforme.

Sacó una pequeña memoria USB.

—Y tengo una copia.

Chadworth se acercó tanto a la pantalla que casi tocó el cristal.

—¿Qué documento?

Marcus comenzó a buscar inmediatamente.

—Estamos intentando averiguarlo.

Rosamund continuó:

—Su padre dejó instrucciones muy claras sobre quién debía hacerse cargo de las niñas si algo le ocurría a usted.

Sabina se quedó completamente quieta.

—¿Mi padre?

—Sí.

—Él murió hace años.

—Precisamente.

Rosamund levantó la memoria.

—Y antes de morir dejó una carta.

Sabina dio otro paso.

—Dámela.

—No.

—Rosamund…

—No.

Por primera vez, Rosamund parecía realmente asustada.

Pero no retrocedió.

—El señor Chadworth necesita saber la verdad.

Sabina la miró con furia.

—Él nunca te creerá.

Rosamund bajó la voz.

—Tal vez no.

Pausa.

—Pero creo que hoy ya está viendo suficiente.

Sabina se quedó inmóvil.

Chadworth sintió un escalofrío.

Ella no podía saber que él estaba mirando.

¿O sí?

Marcus se giró lentamente hacia él.

—Señor…

—¿Qué?

—Hay algo extraño.

—Habla.

Marcus señaló una de las cámaras.

—Rosamund acaba de mirar directamente hacia la cámara.

Chadworth volvió la vista hacia la pantalla.

Rosamund estaba quieta.

Mirando exactamente al punto donde estaba instalada la cámara.

Entonces levantó la memoria USB.

Y dijo en voz baja:

—Si está viendo esto, señor Prescott… no confíe en nadie de esta casa.

Chadworth dejó de respirar.

Rosamund continuó:

—Ni siquiera en mí.

La pantalla quedó en silencio.

Sabina se giró hacia ella.

—¿Qué acabas de hacer?

Rosamund guardó la memoria.

—Lo único que debí haber hecho hace mucho tiempo.

En ese instante, el teléfono de Chadworth vibró.

Era un mensaje de un número desconocido.

Solo contenía una fotografía.

Era una imagen antigua de él con sus dos hijas.

Pero detrás de ellas aparecía Rosamund.

Muchos años antes de que comenzara a trabajar en la mansión.

Chadworth amplió la fotografía.

Y entonces vio algo que le heló la sangre.

Rosamund no estaba allí como empleada.

Estaba sosteniendo a Gemma recién nacida.

Y junto a ella estaba su propia madre.

Debajo de la fotografía había una sola frase:

“Ahora pregúntate por qué Rosamund conocía a tu familia antes de que tú la contrataras.”

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