PARTE 2: LAS SEIS PALABRAS QUE CAMBIARON TODO

—Ella es mi hija, y tú acabas de perder el derecho a llamarte su esposo.

Las seis palabras de mi padre quedaron suspendidas en la sala.

Rowan no se movió.

Durante unos segundos pareció que ni siquiera respiraba.

Miró a mi padre.

Luego a mí.

Después al bebé que dormía tranquilamente en los brazos de Gideon Sterling.

—¿Su hija? —repitió.

Mi padre no respondió.

Yo sí.

—Sí, Rowan.

Me levanté lentamente del sofá.

Todavía estaba débil después del parto, pero ya no sentía aquella necesidad desesperada de explicarme que había tenido durante los últimos años.

—Gideon Sterling es mi padre.

El rostro de Rowan perdió todavía más color.

—No.

—Sí.

—Tú me dijiste que tu padre era un hombre retirado que vivía lejos.

—Nunca te dije eso. Tú lo asumiste.

Selina había hecho exactamente lo mismo.

Durante tres años había hablado de mi familia sin conocerla.

Decía que yo era demasiado independiente, que seguramente mi padre no tenía dinero suficiente para ayudarme, que una mujer debía agradecer haber entrado en una familia como la de ellos.

Y yo había permanecido callada.

No porque me avergonzara de mi padre.

Sino porque quería saber si Rowan me amaba cuando creía que no tenía nada que ofrecerle.

Ahora tenía mi respuesta.

Rowan dio un paso hacia nosotros.

—Phoebe, podemos hablar.

—Ya hablamos.

—No. Esto es diferente.

—Para mí no.

Él se pasó una mano por el cabello.

—Lo de la cena fue un error.

Solté una pequeña risa.

—¿Un error?

—Tuve que estar con mi madre.

—Estabas en una fiesta mientras yo estaba dando a luz.

—No sabía que sería tan rápido.

Lo miré.

—Te llamé.

—Estabas exagerando.

—Te dije que había roto fuente.

—Mamá dijo que probablemente no era tan grave.

—Te dije que tenía contracciones cada cuatro minutos.

—Pensé que todavía faltaba tiempo.

Mi padre levantó la mirada.

—Y cuando tu esposa te pidió que fueras al hospital, ¿qué hiciste?

Rowan se quedó callado.

Yo respondí por él.

—Me dijo que tomara un taxi.

Gideon apretó suavemente la manta alrededor de Leo.

—Mi nieta estuvo sola durante catorce horas —dijo.

Rowan frunció el ceño.

—Su nieto.

Mi padre lo corrigió.

—Mi nieto.

La forma en que pronunció aquellas palabras hizo que Rowan entendiera que no se trataba solamente de una discusión familiar.

Había algo más.

Algo que él todavía no comprendía.

—¿Por qué nunca me dijiste quién era tu padre? —preguntó.

—Porque quería saber quién eras tú.

—¿Y qué se supone que significa eso?

—Que quería que me amaras sin saber cuánto dinero tenía mi familia.

Rowan miró hacia el suelo.

—Te amaba.

—No.

Lo dije con calma.

—Amabas a la mujer que creías que necesitaba tu familia.

Su mandíbula se tensó.

—Eso no es justo.

—¿Justo?

Señalé el teléfono sobre la mesa.

—¿Quieres que hablemos de justicia?

Lo desbloqueé y abrí la captura de pantalla que había guardado tres días antes.

El mensaje de Rowan apareció en la pantalla.

“A mamá le encantó el reloj que le compré. Volviendo a casa el lunes. No empieces otra pelea.”

Se lo mostré.

—Mientras yo estaba en trabajo de parto, tú estabas celebrando que le habías comprado un reloj a tu madre.

—Phoebe…

—Y ni siquiera preguntaste si nuestro hijo había nacido.

Su rostro cambió.

—Yo no sabía…

—Exactamente.

Silencio.

—No sabías porque no preguntaste.

Rowan se acercó.

—Déjame verlo.

Instintivamente retrocedí.

—No.

—Es mi hijo.

—Sí.

Miré a Leo.

—Pero durante catorce horas no te importó saber si estaba vivo.

Aquella frase lo golpeó.

Por primera vez, vi algo parecido al arrepentimiento en sus ojos.

Pero no sentí alivio.

Había esperado demasiado para escuchar una disculpa.

Entonces Rowan dijo algo que me confirmó que todavía no entendía.

—Podemos arreglar esto.

Mi padre soltó una risa seca.

—No.

Rowan lo miró.

—Esto no tiene nada que ver contigo.

Gideon se puso de pie.

—Te equivocas.

Le entregó a Leo a una enfermera que acababa de entrar para revisar al bebé y caminó lentamente hacia Rowan.

—Todo lo que le hagas a mi hija tiene que ver conmigo.

—Señor Sterling…

—No me llames así.

La voz de mi padre fue tranquila.

Demasiado tranquila.

—Durante tres años pensé que mi hija había elegido a un hombre decente. Me equivoqué.

Rowan tragó saliva.

—Yo quiero a Phoebe.

—Entonces demuéstralo.

—Lo haré.

—No puedes.

Mi padre sacó una carpeta negra de debajo de la mesa.

La dejó frente a él.

—Porque mientras estabas comprando un reloj para tu madre, tu empresa estaba transfiriendo dinero de una cuenta que no te pertenecía.

Rowan se quedó inmóvil.

Yo sentí que el aire cambiaba.

—¿Qué cuenta? —preguntó.

Mi padre miró hacia mí.

—La cuenta de inversión que Phoebe abrió hace dos años.

Rowan palideció.

—Eso es imposible.

—No.

Gideon abrió la carpeta.

—Lo imposible sería que siguieras creyendo que tu esposa no revisa sus propios números.

Rowan me miró.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Entonces, ¿qué es esto?

—Lo que encontré hace seis meses.

Sacó varias hojas.

Transferencias.

Facturas.

Pagos a proveedores.

Cuentas que yo no reconocía.

Durante meses había pensado que se trataba de errores contables.

Pero después encontré algo más.

Una serie de transferencias pequeñas que salían de una cuenta empresarial y terminaban en otra sociedad.

La sociedad estaba registrada a nombre de un familiar de Selina.

Rowan dio un paso atrás.

—No sabía nada de eso.

—Tal vez.

—¡Phoebe, te juro que no sabía nada!

—Eso lo decidirá una auditoría.

Su teléfono empezó a sonar.

Una vez.

Dos.

Tres.

Rowan miró la pantalla.

Era su director financiero.

Contestó.

—¿Qué pasa?

Escuchó durante cinco segundos.

Su expresión cambió.

—¿Cómo que bloquearon la cuenta?

Miró a mi padre.

—¿Qué hiciste?

Gideon no respondió.

Yo sí.

—Nada que no estuviera autorizado.

Rowan apretó el teléfono.

—¿Quién bloqueó mis cuentas?

—El banco.

—¿Por qué?

—Porque tu empresa recibió una solicitud de revisión por movimientos sospechosos.

Se hizo un silencio absoluto.

Rowan me miró como si acabara de conocerme.

Y quizá era verdad.

Durante tres años había visto a una mujer que cocinaba, llevaba las cuentas de la casa y evitaba discutir.

Nunca había visto a la contadora forense que había trabajado con su padre durante años.

Nunca había visto a la mujer que podía encontrar una transferencia irregular mirando una hoja durante treinta segundos.

Y mucho menos había visto a la hija de Gideon Sterling.

—¿Tú hiciste esto? —preguntó.

—Yo encontré las irregularidades.

—¿Y tu padre?

—Mi padre consiguió que nadie pudiera destruir las pruebas antes de que fueran revisadas.

Rowan dejó caer la mano.

Entonces apareció otro nombre en la pantalla de su teléfono.

Selina.

Su madre.

—No contestes —dije.

Él me miró.

—Tengo que hacerlo.

—Hazlo.

Puso la llamada en altavoz.

—Mamá.

La voz de Selina llegó furiosa.

—¡Rowan! ¿Qué demonios está pasando? ¡El banco acaba de llamar!

—¿Qué banco?

—¡Todos!

Pausa.

—¡La cuenta de la empresa está bloqueada!

Rowan cerró los ojos.

—¿Por qué?

Selina tardó demasiado en responder.

—No lo sé.

Mi padre me miró.

Yo no dije nada.

Entonces Selina preguntó:

—¿Estás con Phoebe?

Rowan abrió los ojos.

—Sí.

El tono de Selina cambió.

—No hables con ella.

Mi corazón se detuvo.

—¿Por qué?

—Porque esa mujer…

Selina se interrumpió.

Luego dijo algo que no debía haber dicho.

—Ella no sabe lo que encontramos.

Gideon levantó lentamente la mirada.

Yo sentí un escalofrío.

—¿Qué encontraron? —pregunté.

Selina guardó silencio.

Rowan también.

—Mamá —dijo él—, ¿qué encontraste?

—Nada.

—Acabas de decir que ella no sabe lo que encontramos.

—Me confundí.

Mi padre cerró la carpeta.

—No se confundió.

Selina colgó.

Rowan se quedó mirando su teléfono.

—¿Qué significa eso?

Yo no tenía la respuesta.

Pero veinte minutos después sí.

Un abogado llegó al hospital con un sobre sellado.

No era de mi padre.

Era del antiguo abogado de Selina.

Dentro había una copia de un documento firmado tres años antes de nuestra boda.

Un documento relacionado con una cuenta de fideicomiso.

Mi nombre aparecía en la primera página.

Y debajo había una cláusula que me dejó sin palabras.

Mi padre leyó el documento dos veces.

Luego levantó la vista.

—Phoebe…

—¿Qué?

Su expresión había cambiado.

—Tu madre dejó algo para ti antes de morir.

Sentí que el corazón se me aceleraba.

—¿Qué tiene que ver mi madre?

Gideon pasó la última página.

Allí estaba su firma.

Y debajo, una fecha.

La fecha coincidía con el día en que conocí a Rowan.

Mi padre respiró profundamente.

—Tu madre sabía que algún día alguien intentaría acercarse a ti por tu dinero.

Miré el documento.

—¿Y qué dejó?

Mi padre señaló una línea.

—Una condición.

—¿Cuál?

—Si tu esposo intentaba acceder a tus bienes, el fideicomiso debía activarse automáticamente.

Sentí que la habitación se quedaba en silencio.

Entonces comprendí algo que me hizo mirar nuevamente a Rowan.

Quizá mi padre no había venido solamente porque yo estaba de parto.

Quizá llevaba años esperando exactamente este momento.

Y si el documento era auténtico, Rowan acababa de cometer un error mucho más grande que abandonar a su esposa en el hospital.

Había activado una cláusula que su familia jamás supo que existía.

Una cláusula que podía quitarle a los Sterling todo lo que habían intentado obtener de mí.

Pero todavía faltaba descubrir algo.

Porque al final del documento aparecía el nombre de una segunda persona.

Y cuando lo vi, sentí que se me helaba la sangre.

Era el nombre de Selina.

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