PARTE 2: LO QUE LOUISE LE MOSTRÓ EN LA TABLETA

La mujer se levantó tan rápido que golpeó con la rodilla el asiento delantero.

—¡¿Qué es esto?! —exclamó.

Varias personas giraron la cabeza.

El hombre sentado al otro lado del pasillo se quitó los audífonos. Una azafata que estaba revisando unos compartimentos superiores se detuvo inmediatamente.

Yo no entendía nada.

Miré a Louise.

Mi hija seguía sentada con absoluta tranquilidad, sosteniendo la tableta entre las manos.

—Louise —susurré—, ¿qué le enseñaste?

La mujer no respondió.

Había retrocedido hasta el pasillo y miraba la pantalla de la tableta como si acabara de ver algo imposible.

Louise levantó la mirada hacia mí.

—La señora dijo que quería saber qué clase de madre eres.

Sentí un escalofrío.

—¿Y qué hiciste?

Louise giró la pantalla hacia mí.

Era una fotografía.

La reconocí inmediatamente.

Era una imagen que yo misma había tomado semanas atrás, después del funeral de mi esposo.

En ella aparecía mi hijo dormido en mis brazos.

Pero había algo más.

En la esquina de la fotografía se veía una pulsera negra que mi marido había usado durante los últimos meses de su vida.

La mujer miró la pantalla otra vez.

Su rostro había perdido completamente el color.

—¿Dónde conseguiste eso? —preguntó.

Louise respondió:

—Mi mamá me dijo que no hablara con desconocidos. Pero usted empezó a hablarle a ella.

La mujer tragó saliva.

—No sabes de qué estás hablando.

—Sí sé.

Louise tocó la pantalla.

La fotografía desapareció y apareció otra.

Esta vez era una captura de pantalla de un artículo de periódico.

El titular hablaba de un accidente ocurrido un mes atrás.

Mi esposo había muerto en circunstancias que todavía me costaba aceptar.

El avión quedó en silencio.

Yo miré a mi hija.

—Louise, ¿por qué tienes esto?

Ella bajó la voz.

—Porque papá me dijo que, si alguna vez alguien hacía sentir mal a mamá, yo tenía que enseñarle la verdad.

Mi corazón se apretó.

—¿Cuándo te dijo eso?

Louise no respondió inmediatamente.

La mujer del asiento había empezado a caminar hacia la parte trasera del avión.

Una azafata se acercó.

—Señora, ¿está bien?

—Necesito cambiar de asiento.

—Por supuesto. Permítame verificar qué opciones tenemos.

La mujer miró hacia mí.

No había rabia en sus ojos ahora.

Había miedo.

Y aquello me desconcertó todavía más.

—No quiero sentarme cerca de ellas —dijo.

Louise levantó una ceja.

—Yo tampoco quería sentarme cerca de usted.

Varias personas soltaron una risa nerviosa.

Yo le hice una señal a mi hija para que guardara silencio.

—Louise, basta.

Mi hija obedeció.

La azafata consiguió otro asiento unas filas más atrás y la mujer se marchó.

Pensé que aquello sería el final.

No lo fue.

Cinco minutos después, una de las azafatas regresó y se inclinó hacia mí.

—Señora, ¿puedo hablar con usted un momento?

Asentí.

—¿Ocurrió algo con esa pasajera?

—No exactamente.

La azafata miró a Louise.

—Su hija me mostró algo en la tableta antes de que usted cambiara de asiento.

—¿Qué le mostró?

La mujer dudó.

—Una grabación.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Una grabación de qué?

La azafata bajó la voz.

—De su esposo.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo?

Louise apretó la tableta contra su pecho.

—Papá la grabó.

—¿Tu padre grabó qué?

Mi hija miró hacia el techo del avión.

Después dijo:

—Una conversación.

La azafata se alejó para atender a otros pasajeros.

Yo me incliné hacia Louise.

—Dime exactamente qué tienes.

Ella abrió una carpeta protegida con contraseña.

—Papá me enseñó esto antes de morir.

—¿Antes de morir?

—Sí.

Mi respiración se detuvo.

—Louise, ¿por qué nunca me lo dijiste?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Porque papá me pidió que esperara.

—¿Esperaras a qué?

—A que alguien intentara hacerte sentir pequeña.

Sentí que una lágrima bajaba por mi mejilla.

—Mi amor…

Louise me tomó la mano.

—Papá dijo que mamá siempre cuidaba a todos. Que algún día alguien intentaría convencerte de que eras débil porque estabas sola.

No pude responder.

Durante las últimas cuatro semanas había pensado que estaba completamente sola.

Mi esposo había muerto.

Yo tenía un bebé de cinco meses.

Louise apenas tenía ocho años.

Habíamos vendido algunas cosas para poder pagar los gastos mientras yo intentaba encontrar una forma de volver a trabajar.

Mi madre había insistido en que nos quedáramos con ella.

Y yo había aceptado porque ya no sabía cómo seguir adelante.

Nunca imaginé que mi esposo hubiera dejado algo preparado.

—¿Qué hay en esa carpeta? —pregunté.

Louise desbloqueó la tableta.

Apareció un único archivo.

“Para cuando mamá necesite saber la verdad”.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

—No lo abras —susurré.

Louise me miró.

—¿Por qué?

—Porque no sé si estoy preparada.

Mi hija se quedó pensativa.

Luego cerró la carpeta.

—Entonces no ahora.

La abracé.

Durante unos segundos solo escuché el sonido del avión y la respiración de mi bebé.

Pero algo había cambiado.

Por primera vez desde la muerte de mi esposo, tuve la sensación de que quizá su historia no había terminado con su funeral.

Unos veinte minutos después, la mujer que había provocado todo aquello regresó.

Esta vez no gritó.

Se detuvo junto a mi asiento.

—Necesito hablar con usted.

No respondí.

Ella miró a mi bebé.

Después a Louise.

—Lo siento.

Louise cruzó los brazos.

—¿Por qué?

La mujer respiró profundamente.

—Porque fui cruel.

—Eso ya lo sabemos.

—Louise —la reprendí suavemente.

Pero la mujer no se ofendió.

—Tu hija tiene razón.

Se sentó en el asiento vacío frente a nosotros.

—No sabía quién eras.

—¿Quién cree que soy?

La mujer miró alrededor antes de responder.

—La esposa de Daniel.

Sentí un golpe en el pecho.

Mi esposo.

Daniel.

Hacía semanas que nadie pronunciaba su nombre sin que yo sintiera que algo dentro de mí se rompía.

—¿Conocía a mi esposo?

La mujer asintió.

—Trabajé con él.

Mi expresión cambió.

—¿Dónde?

Ella dudó.

—En la empresa.

Nunca había visto su rostro.

Nunca había escuchado su nombre.

Y, sin embargo, parecía conocer a Daniel mucho mejor de lo que yo imaginaba.

—¿Qué hacía allí?

—Contabilidad.

—¿Y por qué una contadora de la empresa de mi marido está tan asustada por una fotografía?

La mujer guardó silencio.

Entonces miró a Louise.

—Porque esa fotografía no debería existir.

Mi hija levantó la tableta.

—Papá sabía que existía.

La mujer palideció.

—¿Qué dijo?

—Que algún día alguien intentaría borrar todo lo que había descubierto.

El rostro de la mujer cambió.

—¿Daniel te dijo eso?

Louise asintió.

La mujer se puso de pie.

—Tengo que irme.

—Espere.

La sujeté verbalmente, sin levantar la voz.

—Usted sabe algo.

Ella miró hacia el pasillo.

—No puedo hablar aquí.

—Entonces dígame dónde.

Sacó una tarjeta de su bolso.

La dejó sobre mi mesa.

Solo tenía un nombre y un número.

—Cuando aterrice, llámeme.

—¿Por qué?

—Porque su marido no murió simplemente.

Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.

—¿Qué está diciendo?

Ella miró a mi bebé.

Después a Louise.

—Estoy diciendo que Daniel sabía que alguien estaba tratando de destruir su vida antes del accidente.

Se marchó.

Yo permanecí inmóvil.

Louise tomó la tarjeta.

—Mamá.

—¿Sí?

—Papá sabía que iba a morir.

La frase me atravesó.

—No digas eso.

—Pero es verdad.

—No sabemos eso.

Louise volvió a abrir la carpeta.

Esta vez no la detuve.

Apareció un video.

Daniel estaba sentado en su oficina.

Parecía cansado.

Tenía la misma camisa azul que llevaba el día de la última fotografía que nos tomamos juntos.

Miró directamente a la cámara.

—Si estás viendo esto, significa que no pude contártelo personalmente.

Me quedé sin respiración.

La voz de mi esposo llenó nuestros pequeños auriculares.

—No quiero que tengas miedo. Tampoco quiero que culpes a nadie sin pruebas.

Hizo una pausa.

—Pero necesito que confíes en una persona.

Miró hacia un lado.

Luego volvió a la cámara.

—La persona que más cerca está de ti probablemente no sea quien crees.

Sentí un escalofrío.

Louise pausó el video.

—¿Quién es?

—No lo sé.

Mi hija me miró.

—¿Mamá?

—Continúa.

El video siguió.

Daniel sacó una carpeta.

—Hay dinero que desapareció de la empresa durante los últimos dieciocho meses. Al principio pensé que era un error contable. Después descubrí que alguien estaba usando nombres de empleados para crear cuentas falsas.

Mi respiración se aceleró.

—Encontré tres.

Daniel mostró unos documentos.

—Y una de esas cuentas está vinculada a una persona que conoces.

La pantalla se congeló durante un segundo.

Luego apareció un nombre.

Mi nombre.

Me quedé completamente inmóvil.

—No —susurré.

Louise me miró.

—Mamá…

Daniel continuó hablando.

—Si alguien te muestra esto y ves el nombre de mi esposa, no significa que ella haya hecho nada. Significa que alguien está utilizando su identidad.

Me llevé una mano a la boca.

—Lo sabía —susurró Louise.

—¿Qué sabías?

—Papá me dijo que nunca confiaras en los papeles que parecían demasiado perfectos.

El video continuó.

Daniel respiró profundamente.

—Hay algo más.

Su expresión cambió.

Ya no parecía cansado.

Parecía asustado.

—La persona que está detrás de esto tiene acceso a nuestras cuentas, nuestros documentos y nuestros movimientos.

Hizo una pausa.

—Y sabe exactamente cuándo estoy solo.

El video terminó.

Me quedé mirando la pantalla negra.

No podía moverme.

Entonces mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Abrí el mensaje.

Solo había una frase:

“Deje de buscar lo que su marido dejó atrás.”

Un segundo mensaje llegó inmediatamente después.

“Y dígale a su hija que cierre esa tableta.”

Miré a Louise.

Ella había leído el mensaje conmigo.

Su rostro perdió el color.

Porque entonces entendimos algo mucho peor.

Quienquiera que hubiera enviado aquel mensaje no solo sabía que teníamos el video.

También sabía exactamente dónde estábamos.

Y estábamos a diez mil metros de altura.

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