Parte 2: MI ESPOSO PLANEÓ ARROJARME AL MAR PARA ROBAR 300 MILLONES, PERO A MEDIANOCHE DESCUBRIÓ QUE HABÍA PREPARADO SU PROPIA TRAMPA

Me obligué a regresar a la suite antes de que mis piernas dejaran de responder.

No podía enfrentar a Flynn.

Todavía no.

Si descubría que había escuchado su conversación, no esperaría hasta medianoche.

Entré al baño, cerré la puerta y fingí vomitar cuando escuché sus pasos acercándose.

—¿Amor?

Flynn abrió la puerta.

Su expresión era perfecta: preocupación, ternura, paciencia.

Ahora sabía que todo era una máscara.

—Me siento peor —murmuré.

Sonrió y me acarició el cabello.

—Entonces necesitas descansar.

Sacó dos pastillas blancas.

—Tómatelas.

Las puse en mi boca y bebí agua.

Esperé hasta que salió.

Luego las escupí.

Pero ya tenía suficiente sustancia en mi organismo como para apenas mantenerme despierta.

Necesitaba ayuda.

Recordé entonces algo que Flynn desconocía.

Mi padre jamás confiaba completamente en nadie que se acercara a nuestra familia.

Mucho menos en mi nuevo esposo.

Antes de partir me había entregado un pequeño dispositivo de emergencia conectado al sistema de seguridad del yate.

Lo encontré dentro del compartimento secreto de mi equipaje.

Presioné el botón durante cinco segundos.

Una luz verde parpadeó.

Mensaje enviado.

Después escribí una sola frase:

NO SUBAN A ESE AUTO. REVISEN LOS FRENOS. FLYNN INTENTARÁ MATARME ESTA NOCHE.

La respuesta de mi padre llegó menos de un minuto después.

ENTENDIDO. GANA TIEMPO.

A las once y cuarenta, Flynn regresó.

Yo estaba acostada fingiendo estar casi inconsciente.

—Cariño —susurró—. Deberías tomar aire.

Exactamente como había planeado.

Permití que me ayudara a levantarme.

Afuera, la tormenta comenzaba.

Las olas golpeaban violentamente el casco mientras caminábamos hacia la cubierta de popa.

Flynn me sujetaba por la cintura.

—Cuidado.

Casi me reí.

Llegamos hasta la barandilla.

No había nadie.

Flynn miró alrededor.

Entonces dejó de fingir.

—Lo siento, Evelyn.

—¿Por qué?

—Porque nunca debiste valer tanto dinero.

Sentí cómo colocaba una mano sobre mi espalda.

—¿Alguna vez me amaste?

—Al principio eras divertida.

Sonrió.

—Pero trescientos millones son mucho más interesantes.

Entonces intentó empujarme.

Me aparté.

Flynn perdió el equilibrio por un segundo.

Su rostro cambió.

—¿Qué demonios…?

Me enderecé.

—No tomé las últimas pastillas.

Su expresión se congeló.

—¿Qué?

—Y escuché todo.

Flynn se abalanzó hacia mí.

Pero antes de alcanzarme, unas luces iluminaron la cubierta.

—¡No se mueva!

Tres miembros de seguridad aparecieron desde ambos lados.

Detrás de ellos estaba el capitán.

Flynn retrocedió.

—¿Qué significa esto?

—Significa —respondí— que el yate de mi padre tiene cámaras que tú nunca supiste que existían.

Aidan y Fiona salieron corriendo desde la cubierta inferior.

—¡Flynn!

El capitán cerró el acceso detrás de ellos.

Mi suegro palideció.

—Esto es un malentendido.

—No —dije—. Un malentendido es confundir una fecha. Planear arrojarme al océano y manipular los frenos del vehículo de mis padres es otra cosa.

Fiona me señaló.

—¡Está drogada! ¡No sabe lo que dice!

Una voz respondió desde un altavoz.

—Pero yo sí.

Era mi padre.

Los tres se quedaron inmóviles.

—Señor Sterling… —balbuceó Aidan.

—El automóvil que prepararon está ahora bajo custodia de las autoridades —continuó mi padre—. Y los dos hombres que contrataron decidieron hablar.

Flynn perdió el color.

Pero entonces sonrió.

—No importa.

Sacó su teléfono.

—Tengo el poder firmado. Aunque me arresten, puedo mover el dinero antes de que ustedes hagan nada.

Lo miré.

—Hazlo.

Frunció el ceño.

—¿Qué?

—Intenta transferirlo.

Flynn abrió la aplicación bancaria.

Su sonrisa desapareció.

Lo intentó otra vez.

—¿Por qué está bloqueada?

—Porque ese fue tu segundo error.

Saqué una copia del documento que había guardado en mi bolso.

—El poder que firmé antes de nuestra boda no te autorizaba a controlar mi fideicomiso.

Aidan arrebató el papel.

Leyó rápidamente.

Después miró a su hijo.

—¡Esto solo autoriza decisiones sobre la cuenta doméstica!

Flynn me miró horrorizado.

—Tú dijiste que no entendías esos documentos.

—Mentí.

Había descubierto sus preguntas sospechosas semanas antes de la boda y había pedido a los abogados de mi familia que sustituyeran discretamente el documento.

Flynn nunca había tenido acceso a los 300 millones.

Todo aquel plan había sido construido sobre una firma prácticamente inútil.

Pero todavía quedaba una sorpresa.

El capitán levantó una tableta.

—Guardacostas está acercándose.

Fiona comenzó a llorar.

—Evelyn, somos familia.

—Intentaron borrar a la mía.

Flynn se lanzó repentinamente hacia mí.

No llegó lejos.

Seguridad lo redujo antes de que pudiera tocarme.

Mientras lo sujetaban, gritó:

—¡Todo esto fue idea de mi padre!

Aidan se volvió hacia él.

—¡Cállate!

Flynn rio desesperadamente.

—¿Por qué? ¿También vas a fingir que Savannah no existe?

Me quedé quieta.

—¿Quién es Savannah?

Fiona cerró los ojos.

Flynn acababa de comprender que había dicho demasiado.

Mi padre habló nuevamente desde el altavoz.

—Ya sabemos quién es.

Savannah era la amante de Flynn.

Pero no solamente eso.

Era también la asesora financiera que había ayudado a Aidan a preparar cuentas en el extranjero para recibir mi dinero.

Los investigadores ya estaban registrando su apartamento.

Y allí encontraron documentos que conectaban a los tres con otros intentos de fraude.

La luna de miel nunca había sido el comienzo del plan.

Habían comenzado a buscarme casi dos años antes.

Flynn me había conocido deliberadamente.

Nuestro encuentro “accidental”.

Las flores.

La propuesta.

Incluso el restaurante donde tuvimos nuestra primera cita.

Todo había sido preparado.

Mientras los guardacostas subían al yate, Flynn me miró.

—Entonces nunca significamos nada.

Aquella pregunta casi consiguió hacerme llorar.

—Para mí sí.

Me quité el anillo.

—Ese fue mi error.

Lo coloqué sobre la mesa.

—Pero no volverá a serlo.

Meses después, el matrimonio fue anulado.

Flynn, Aidan y Fiona enfrentaron cargos derivados del complot y del fraude investigado. Savannah también terminó colaborando con las autoridades para reducir las consecuencias legales que enfrentaba.

Mis padres estaban vivos.

Los 300 millones seguían protegidos.

Pero durante mucho tiempo aquello fue lo que menos me importó.

Una tarde regresé al puerto donde estaba atracado el yate.

Mi padre se acercó.

—Podemos venderlo.

Miré hacia la cubierta donde Flynn había pensado terminar con mi vida.

—No.

—¿Quieres conservarlo?

Sonreí.

—Quiero cambiarle el nombre.

Semanas después, las letras nuevas aparecieron sobre el casco.

SEGUNDA OPORTUNIDAD.

Mi madre se rio cuando las vio.

—Un poco dramático.

—Después de nuestra familia, creo que es apropiado.

Aquella tarde navegamos juntos.

Sin Flynn.

Sin sus padres.

Sin pastillas escondidas.

Cuando el sol comenzó a desaparecer sobre el Caribe, me apoyé contra la barandilla.

Meses atrás había mirado aquel mismo océano como algo que estaba esperando para tragarme.

Ahora solo veía horizonte.

Mi padre levantó su copa.

—Por sobrevivir.

Negué con una sonrisa.

—No.

Miré a mis padres.

—Por descubrir la verdad antes de que fuera demasiado tarde.

Brindamos.

Y mientras el yate avanzaba sobre el agua, comprendí finalmente lo que Flynn nunca había entendido:

los 300 millones podían recuperarse, protegerse o incluso desaparecer algún día.

Pero la vida que había intentado quitarme no tenía precio.

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