Durante siglos había esperado que alguien me eligiera.
El maestro.
El hermano mayor.
El hermano menor.
Incluso un perro.
Qué ironía.
Cuando finalmente dejé de esperar algo de ellos, todos comenzaron a recordar.
Damián seguía de rodillas frente a mí.
El mismo hombre que una vez disfrutaba viendo mi sufrimiento ahora me miraba como si acabara de descubrir un crimen cometido contra él mismo.
—La daga…
Su voz era apenas un susurro.
—¿Por qué no gritaste?
Lo observé sin entender.
—¿De qué hablas?
Sus dedos temblaron.
—Ese día.
Sus ojos perdieron la frialdad habitual.
—Cuando te atravesé.
El viento se detuvo.
—Yo pensé que exagerabas.
Respiró con dificultad.
—Pensé que eras como todos los demás. Que buscabas mi atención.
Bajó la cabeza.
—Pero recuerdo tu cara.
No respondí.
—No estabas enojada.
Pausa.
—Estabas preocupada por mí.
Durante años había querido escuchar algo parecido.
Ahora solo sentía cansancio.
—Damián.
Me miró.
—Ya pasó.
Sus ojos se oscurecieron.
—Para ti tal vez.
Me levanté.
—No empieces a sentir culpa ahora.
—¿Por qué?
—Porque llegas tarde.
Aquella frase pareció herirlo más que cualquier espada.
Y tenía razón.
Llegaban tarde.
Todos.
Tres días después, el primer visitante apareció en mi nueva residencia.
Todavía no había terminado de construir la casa.
Solo tenía una mesa, una cama, una cocina sencilla y un jardín donde Dorado dormía cada tarde.
Era perfecto.
Silencio.
Paz.
Libertad.
Hasta que escuché una voz conocida.
—Elena.
No necesitaba mirar.
Gabriel Feng estaba detrás de mí.
Mi antiguo maestro.
El hombre por quien había gastado siglos intentando demostrar mi valor.
Seguí plantando una hierba espiritual.
—¿Qué haces aquí?
Hubo silencio.
Eso era extraño.
Gabriel nunca dudaba.
Nunca buscaba palabras.
—Vine a hablar contigo.
—Habla.
Su mirada cayó sobre Dorado.
El perro, que antes ni siquiera me miraba, ahora dormía apoyado contra mi pierna.
Después miró mi pequeña casa.
Finalmente me miró a mí.
—El sistema…
Me detuve.
—¿También lo recuerdas?
Su rostro cambió ligeramente.
—Sí.
Sonreí sin humor.
—Qué conveniente.
Gabriel apretó los dedos.
—No sabía.
—Exacto.
—No sabía cuánto hiciste.
—Exacto.
—No sabía cuánto sufriste.
—Exacto.
Cada palabra era tranquila.
Pero cada una era una piedra.
Gabriel bajó la mirada.
—Cuando llegó Lucía pensé que…
Se detuvo.
—Pensé que tú solo estabas celosa.
Solté una risa corta.
—Claro.
—Porque era más fácil pensar que yo era una mujer molesta que aceptar que alguien que siempre estaba ahí podía cansarse.
Gabriel no respondió.
Por primera vez vi algo en sus ojos.
Arrepentimiento.
Pero el arrepentimiento no borraba años.
—Elena.
—¿Qué?
—Quiero que vuelvas.
Negué.
—No.
Su expresión cambió.
—¿Por qué?
Lo miré.
—Porque antes quería volver todos los días.
—¿Y ahora?
Sonreí.
—Ahora no necesito regresar a un lugar del que escapé.
Esa misma tarde llegó Sebastián.
A diferencia de Gabriel, él no intentó fingir calma.
Parecía agotado.
Sostenía un frasco antiguo entre sus manos.
—Esto era tuyo.
Lo reconocí.
Era una medicina espiritual.
La misma que había preparado para él durante décadas.
—La guardaste.
Sebastián asintió.
—No sabía por qué.
Bajó la mirada.
—Ahora recuerdo.
No dije nada.
—Recuerdo todas las veces que te quedaste despierta preparando mis medicinas.

Silencio.
—Recuerdo cuando recibiste esa espada por mí.
Sus ojos se enrojecieron.
—Recuerdo que ni siquiera lloraste.
Miré hacia otro lado.
—Ya está.
—No.
Su voz se quebró.
—No está.
Por primera vez, Sebastián parecía realmente entender.
—Yo pensé que porque siempre estabas allí, siempre estarías.
Lo miré.
—Ese fue tu error.
Asintió lentamente.
—Sí.
Pero la persona que más sorprendió llegó una semana después.
Lucía Bai.
La protagonista.
La favorita del destino.
Esperaba arrogancia.
Esperaba una disculpa falsa.
Pero llegó sola.
Sin escoltas.
Sin maquillaje espiritual.
Se inclinó frente a mi puerta.
—Hermana Elena.
Fruncí el ceño.
—Levántate.
Ella negó.
—No.
—¿Qué haces?
—Reconociendo algo que debí reconocer hace mucho tiempo.
Suspiré.
—No necesito que todos vengan a llorar ahora.
Lucía levantó la cabeza.
—Lo sé.
Sus ojos estaban llenos de culpa.
—Pero necesito decirlo.
Silencio.
—El sistema también me afectó.
Eso llamó mi atención.
—¿Qué?
—No sabía por qué todos te ignoraban.
Bajó la mirada.
—Pensaba que simplemente eras menos importante.
Pausa.
—Pero cuando los recuerdos regresaron entendí algo.
Se llevó una mano al pecho.
—Yo no era especial porque tú fueras inferior.
—Era especial porque el mundo estaba construido para hacerme ganar.
La observé.
Por primera vez no vi a una rival.
Vi a alguien atrapado igual que yo.
—¿Y qué quieres?
Lucía respondió:
—Nada.
—Solo quería decirte que lo siento.
No acepté ni rechacé sus palabras.
Solo dije:
—Entonces vive de una manera que haga que esa disculpa importe.
Ella asintió.
Los meses siguientes fueron extraños.
La secta entera cambió.
Los discípulos que antes me ignoraban comenzaron a hablar de mis logros.
Los ancianos descubrieron cuánto había aportado.
Los registros antiguos fueron corregidos.
Elena Ye dejó de ser “la discípula problemática”.
Ahora era la mujer que había sostenido la secta durante siglos.
Pero ya no me importaba.
Porque finalmente había aprendido algo.
El reconocimiento recibido demasiado tarde no puede reemplazar el cariño que nunca llegó.
Una tarde estaba sentada bajo un árbol cuando Damián apareció.
Ya no tenía aquella mirada asesina.
Seguía siendo peligroso.
Pero ahora parecía saber dónde apuntar la espada.
—¿Sigues pensando que valgo menos que un perro?
Miré a Dorado.
El perro movió la cola.
—Depende.
Damián arqueó una ceja.
—¿De qué?
—Dorado sabe cuándo alguien merece confianza.
Él soltó una pequeña risa.
—Entonces tengo competencia.
—Perdiste hace tiempo.
Por primera vez, Damián sonrió de verdad.
Una noche, el módulo de auditoría apareció nuevamente.
—Anfitriona.
Suspiré.
—¿Qué quieres ahora?
—Confirmar estado.
—Estoy jubilada.
—¿Feliz?
Miré alrededor.
Mi casa.
Mi jardín.
Dorado dormido.
Damián discutiendo con una planta espiritual porque había crecido demasiado rápido.
Sonreí.
—Sí.
El módulo guardó silencio.
—Entonces la misión final fue completada.
Fruncí el ceño.
—¿Qué misión?
La pantalla respondió:
—Aprender que tu valor nunca dependió de que alguien te eligiera.
Por primera vez, no tuve ganas de destruir el sistema.
Porque era verdad.
Durante siglos había corrido detrás de personas que nunca miraron atrás.
Había confundido sacrificio con amor.
Obediencia con afecto.
Dolor con destino.
Pero al final…
No necesitaba conquistar a nadie.
No necesitaba ser la favorita.
No necesitaba una puntuación de afecto.
Porque cuando todos se fueron…
Yo seguía conmigo.
Y esa fue la primera vez que realmente gané.
**El sistema me llamó el mayor fracaso de la historia.
Pero después de escapar de él, descubrí que mi mayor logro nunca fue conquistar corazones ajenos.
Fue recuperar el mío.**