Adrian sostuvo la barriga de silicona en sus manos durante varios segundos.
Nadie habló.
Ni siquiera mi padre.
El hombre que había planeado todo aquel teatro desde la mañana parecía haber olvidado completamente cómo respirar.
Adrian miró la barriga falsa.
Después me miró a mí.
Su expresión no era de enojo.
Eso era lo que más miedo me daba.
Era decepción.
—Lydia.
Solo pronunció mi nombre.
Pero yo conocía esa voz.
Era la misma que usaba cuando algo le dolía y no quería admitirlo.
—Puedo explicarlo.
—Espero que sí.
Su respuesta fue tranquila.
Demasiado tranquila.
Entró nuevamente al registro civil y cerró la puerta detrás de nosotros.
Mi padre apareció unos segundos después.
—Bueno…
Adrian levantó una mano.
—Señor Bennett.
Mi padre se quedó quieto.
—Creo que ahora me debe una explicación completa.
Por primera vez en toda la mañana, mi padre parecía arrepentido.
—Adrian, escucha…
—No.
Su mirada fue hacia mí.
—Quiero escucharla de ella.
Tragué saliva.
Durante meses había imaginado volver a verlo.
Había imaginado que sería fría.
Que no me importaría.
Pero allí estaba.
El hombre al que había amado.
El hombre que había pensado que no me amaba.
Y ahora acababa de demostrar que estaba dispuesto a casarse conmigo por un bebé que ni siquiera existía.
—No estoy embarazada.
Lo dije finalmente.
Adrian cerró los ojos durante un segundo.
Como si aquella frase confirmara algo que ya sospechaba.
—Lo sé.
Parpadeé.
—¿Lo sabías?
—Desde que salimos del edificio.
Me quedé confundida.
—Entonces, ¿por qué seguiste?
Adrian dejó la barriga sobre una silla.
—Porque quería saber por qué mentías.
Silencio.
—Y porque durante un momento pensé que quizá habías encontrado a alguien más.
Su voz bajó.
—Pensé que habías rehecho tu vida mientras yo seguía atrapado en el pasado.
No esperaba eso.
Adrian siempre había sido una persona reservada.
Cuando terminamos, ni siquiera discutió.
Ese fue precisamente el motivo por el que pensé que no le importaba.
Una semana después de nuestra ruptura, no llamó.
Un mes después, no apareció.
Tres meses después, acepté que quizás nunca me había querido.
—¿Por qué no me buscaste?
La pregunta salió antes de poder detenerla.
Adrian me miró.
—Porque tú me dijiste que no querías volver a verme.
—Porque pensé que no te importaba.
Su expresión cambió.
—Lydia.
Se acercó un paso.
—La noche que terminamos, fui al aeropuerto.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Tenía un vuelo reservado. Iba a seguirte.
Negué lentamente.
—Nunca me lo dijiste.
—Porque cuando llegué, ya te habías ido.
El silencio entre nosotros se volvió pesado.
Entonces entendí.
Ambos habíamos esperado que el otro diera el primer paso.

Y ambos habíamos perdido un año.
Mi padre carraspeó.
—Quizá debería irme.
Ninguno respondió.
Cuando se fue, Adrian se sentó frente a mí.
—Ahora explícame la barriga.
Suspiré.
Le conté todo.
La deuda de construcción.
El plan absurdo.
La actuación.
La empresa.
La forma en que todo se había salido de control cuando apareció él.
Cuando terminé, esperaba que se riera.
No lo hizo.
—¿Te das cuenta de que casi me caso contigo por una mentira?
Bajé la mirada.
—Sí.
—¿Y sabes qué es lo peor?
Levanté los ojos.
—¿Qué?
Adrian sonrió ligeramente.
—Que incluso sabiendo que era mentira, una parte de mí estaba feliz.
Mi corazón se aceleró.
—Adrian…
—Porque durante un año imaginé todas las razones por las que podrías volver.
Hizo una pausa.
—Nunca imaginé que sería porque necesitabas ayuda.
Mis ojos comenzaron a humedecerse.
—Lo siento.
Él negó.
—Yo también.
—¿Por qué?
—Porque te hice creer que no me importabas.
Por primera vez en mucho tiempo, Adrian tomó mi mano.
No para obligarme.
No para salvar una situación.
Simplemente porque quería hacerlo.
—Cuando te fuiste, entendí algo.
Lo miré.
—¿Qué?
—Yo pensaba que amar a alguien era protegerlo sin decir nada.
Suspiró.
—Pero tú necesitabas escucharme.
Sus dedos apretaron suavemente los míos.
—Necesitabas saber que eras importante.
No pude responder.
Porque era exactamente lo que había necesitado.
Después de unos minutos, Adrian miró hacia la puerta del registro civil.
—Aunque debo admitir algo.
—¿Qué?
—La parte del matrimonio fue un poco exagerada.
Me reí por primera vez en todo el día.
—¿Un poco?
—Quizá mucho.
—Llegaste al registro civil con documentos preparados.
—Sí.
—Sin siquiera preguntarme.
—Sí.
Lo miré divertida.
—Sigues siendo imposible.
Adrian sonrió.
—Y tú sigues haciendo planes peligrosos con accesorios extraños.
Bajé la mirada.
—Entonces estamos iguales.
Pasaron unas semanas.
La deuda de mi padre fue resuelta.
El señor Warren pagó finalmente lo que debía después de que Adrian interviniera, aunque esta vez sin engaños.
Pero había algo más importante.
Adrian y yo empezamos de nuevo.
No como antes.
No fingiendo que nada había pasado.
Hablamos.
Sobre nuestros errores.
Sobre nuestros miedos.
Sobre todas las cosas que nunca dijimos cuando estábamos juntos.
Un día, mientras caminábamos por el parque, Adrian se detuvo frente a mí.
—Tengo una pregunta.
—¿Qué?
Sacó una pequeña caja.
Mi corazón se detuvo.
—La última vez que intenté casarme contigo fue por una situación que ninguno entendía.
Abrió la caja.
Había un anillo sencillo.
—Esta vez quiero hacerlo porque sé exactamente lo que quiero.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Adrian…
—No necesito una excusa.
Sonrió.
—No necesito un bebé falso.
Me reí entre lágrimas.
—Gracias por recordármelo.
Tomó mi mano.
—Lydia Bennett, ¿quieres casarte conmigo?
Esta vez no había actuación.
No había mentiras.
No había un plan escondido.
Solo dos personas que habían perdido un año porque ninguno tuvo el valor de decir la verdad.
Sonreí.
—Sí.
Meses después, cuando finalmente nos casamos, mi padre contó la historia de la barriga falsa a todos nuestros amigos.
Yo quería esconderme de vergüenza.
Adrian solo reía.
—Fue la propuesta más complicada de la historia.
—No fue una propuesta.
—Casi lo fue.
Lo empujé suavemente.
Y mientras todos reían, comprendí algo:
A veces las personas creen que necesitan crear una gran escena para recuperar algo perdido.
Pero la verdad es mucho más sencilla.
Solo necesitan dejar de esconder lo que sienten.
Porque la primera vez que Adrian me tomó de la mano, pensó que estaba salvando a una mujer embarazada.
La segunda vez, me tomó la mano porque finalmente sabía la verdad.
Y esa fue la única razón que necesitábamos.