—Esta vez no entraste en el callejón.
La voz de Adrian hizo que mi sangre se congelara.
No por miedo.
Por la imposibilidad de aquellas palabras.
Mis padres estaban a mi lado.
Vivos.
Sonriendo.
Sin saber que el hombre frente a nosotros era alguien que yo había amado, odiado y perdido en otra vida.
—¿Nos conocemos? —pregunté finalmente.
Adrian me observó durante varios segundos.
Sus ojos recorrieron mi rostro como si estuviera buscando a la chica que recordaba.
Pero esa chica ya no existía.
—No.
Hizo una pausa.
—Todavía no.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Quién es usted?
Adrian bajó ligeramente la cabeza con respeto.
—Adrian Crowe.
El apellido hizo que mi madre cambiara la expresión.
La familia Crowe era conocida en todo el país.
Mi padre miró a Adrian.
—¿Por qué conoce el nombre de mi hija?
Adrian no respondió inmediatamente.
Solo me miró a mí.
—Porque ella salvó mi vida.
Sentí que mis dedos se tensaban.
—Creo que está confundido.
—No.
Su respuesta fue tranquila.
Demasiado segura.
—La primera vez que te vi, estabas usando un uniforme escolar azul. Tenías una mochila rota y una pequeña herida en la mano.
Mi respiración se detuvo.
Esa descripción era imposible.
—Me encontraste en un callejón detrás de la escuela.
Mi madre me miró confundida.
—Isabel…
Adrian continuó:
—Llamaste una ambulancia. Te quedaste conmigo hasta que llegaron los médicos.
Bajé la mirada.
No quería escuchar más.
Porque sabía exactamente lo que venía después.
—Después tus padres murieron cuando iban a buscarte.
El silencio cayó.
Mi padre dio un paso atrás.
—¿Qué está diciendo?
Adrian cerró los ojos por un segundo.
—Estoy diciendo que en otra vida ella perdió todo por mí.
Mis padres lo miraron como si estuviera loco.
Yo también habría pensado eso.
Si no fuera porque yo sabía la verdad.
Después de tantos años, por primera vez alguien más recordaba.
—¿Tú también…? —susurré.
Adrian asintió.
Y entonces entendí.
Él también había vuelto.
Pero había una diferencia.
Yo había regresado para escapar de él.
Él había regresado buscándome.
Esa noche no pude dormir.
Todas las imágenes de mi primera vida volvieron.
La fábrica.
El fuego.
Su voz.
Con ella hagan lo que quieran.
A la mañana siguiente recibí una visita inesperada.
Adrian estaba esperando fuera de mi universidad.
—No deberías estar aquí.
—Lo sé.
—Entonces vete.
Por primera vez, vi algo diferente en su rostro.
No arrogancia.
No frialdad.
Arrepentimiento.
—Isabel.
Odiaba que pronunciara mi nombre así.
Como si tuviera derecho.
—No espero que me perdones.
Me quedé callada.
—Pero necesito que sepas algo.
No quería escuchar.
Pero escuché.
—En la fábrica, cuando elegí a Clara, no fue porque ella importara más.
Mi expresión no cambió.
—Fue porque pensé que tú estabas muerta.
Mis manos se cerraron.
—No.
Adrian tragó saliva.
—Después de que salí con Clara, descubrí la verdad.
—¿Qué verdad?
Su voz bajó.
—Ella sabía que estabas viva.
Sentí un golpe en el pecho.
Adrian sacó un documento.
—Clara recibió mensajes de los secuestradores. Ella sabía que te habían dejado atrás.
Leí las copias.
Mis ojos se detuvieron en una frase.
Mientras Adrian salga conmigo, ella no importa.
Mi corazón se endureció.
—Ella manipuló todo.
Adrian asintió.
—Sí.
—Pero tú elegiste.
La culpa apareció en sus ojos.
—Sí.
Eso era lo único que necesitaba escuchar.

No intentó justificarse.
No dijo que fue un error.
Aceptó que había elegido mal.
—La primera vez me salvaste.
Dijo lentamente.
—Y yo pasé años destruyendo la única persona que creyó en mí.
Aparté la mirada.
—Ya no soy esa persona.
—Lo sé.
—Entonces entiende algo.
Lo miré.
—No volví para salvarte.
Adrian permaneció en silencio.
—Volví para salvarme a mí.
Por primera vez, él pareció entender.
Clara apareció dos semanas después.
Tal como en mi primera vida.
Pero esta vez yo no era la chica que competía por la atención de Adrian.
Yo no necesitaba ganar.
Porque ya había ganado.
Había recuperado a mis padres.
Mi futuro.
Mi propia vida.
Clara me encontró en el campus.
—Así que recuerdas.
No era una pregunta.
La miré.
—Sí.
Sonrió.
—Entonces sabes que Adrian siempre vuelve hacia mí.
Negué lentamente.
—No.
Su sonrisa desapareció.
—¿Qué?
—En esta vida, Adrian no volvió hacia ti.
Clara apretó los labios.
—Él me ama.
—No.
La miré directamente.
—Él está intentando reparar lo que destruyó.
Por primera vez vi miedo en su rostro.
Porque sabía que era verdad.
Adrian apareció detrás de ella.
Había escuchado todo.
—Clara.
Ella se giró.
—Adrian…
Pero esta vez él no la miró como antes.
No había admiración.
Solo decepción.
—Todo terminó.
Clara negó.
—Después de todo lo que hice por ti…
Adrian respondió:
—Ese fue precisamente el problema.
Silencio.
—Convertiste mi dolor en una herramienta.
Clara se fue sin decir nada más.
Meses después, terminé la universidad.
Mis padres estaban en primera fila.
Llorando de orgullo.
Después de la ceremonia, Adrian apareció.
No con flores.
No con grandes promesas.
Solo con una pregunta.
—¿Puedo empezar de nuevo?
Lo miré.
Recordé al chico herido en el callejón.
Al hombre que me abandonó.
Y al hombre que había cruzado una segunda oportunidad para buscarme.
—No puedes borrar lo que pasó.
—Lo sé.
—No puedes devolverme los años perdidos.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué quieres?
Adrian respiró profundamente.
—La oportunidad de demostrarte que esta vez elegiré bien.
No respondí inmediatamente.
Porque la primera vez lo había elegido a él.
Y había perdido todo.
Esta vez tenía algo diferente.
Me tenía a mí misma.
—No prometo perdonarte rápido.
Adrian sonrió ligeramente.
—No te lo pediría.
—Y no prometo olvidar.
—Tampoco quiero que olvides.
Lo observé unos segundos.
Después sonreí.
—Entonces podemos empezar por conocernos.
Adrian extendió la mano.
—Hola. Soy Adrian Crowe.
Me reí.
—Ya sé quién eres.
—Entonces tengo una desventaja.
Tomé su mano.
—Sí.
Pausa.
—Pero por primera vez, no estás intentando que te salve.
Sus ojos se suavizaron.
—No.
Me miró.
—Esta vez quiero caminar a tu lado.
Años atrás había entrado en aquel callejón para salvar a un desconocido.
Esa decisión me había costado todo.
Pero mi segunda oportunidad me enseñó algo:
**No todas las personas que salvamos están destinadas a quedarse.
Y no todas las personas que perdemos están destinadas a desaparecer.**
Porque la primera vez salvé a Adrian y perdí mi vida.
La segunda vez me elegí a mí misma.
Y solo entonces descubrí que alguien que realmente te ama no te pide que mueras por él.
Te busca cuando finalmente aprendes a vivir por ti.