Durante mucho tiempo pensé que morir sería el final.
Pensé que cuando el mar cubriera mi cuerpo, finalmente dejaría de sentir dolor.
Pero nunca imaginé que mi castigo sería despertar sin poder irme.
Sin poder llorar.
Sin poder tocar.
Sin poder abrazar por última vez a mi hija.
Estaba allí, de pie frente al altar, viendo cómo Adrian Wolfe sonreía mientras sostenía la mano de Celeste.
La misma sonrisa que una vez me hizo pensar que era mi refugio.
Ahora entendía que solo era una máscara.
—¿Dónde está Emma? —preguntó Adrian otra vez.
Su asistente bajó la mirada.
—Señor Wolfe, seguimos intentando localizarla.
Adrian suspiró molesto.
—No entiendo por qué está haciendo esto. Sabía que hoy era mi boda.
Celeste apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Quizá no pudo soportarlo.
La frase me atravesó.
No porque me doliera.
Porque era mentira.
Yo no había huido porque no soportara verlo feliz.
Yo había huido porque él me había quitado todo lo que tenía.
A nuestra hija.
A mi familia.
A la última esperanza de volver a sentirme viva.
Adrian sonrió con arrogancia.
—No importa. La encontraré.
Miró hacia la entrada del salón.
—Quiero que venga. Quiero que vea que finalmente hice lo correcto.
Me quedé mirándolo.
Incluso después de mi muerte seguía pensando que todo giraba alrededor de él.
El sistema apareció frente a mí.
Una pantalla transparente flotando en el aire.
—Anfitriona, observa cuidadosamente.
No quería responder.
—¿Para qué?
—Porque esta es tu última oportunidad de completar la misión.
Solté una risa amarga.
—¿Completar qué? ¿Hacer que un hombre que nunca me eligió finalmente me mire?
El sistema permaneció en silencio.
—Has fallado seis veces.
Cerré los ojos.
Las seis vidas volvieron a mi mente.
La primera vez fui una esposa obediente.
Esperé.
Perdoné.
Intenté convertirme en la mujer que Adrian quería.
La segunda vez luché contra Celeste.
Descubrí sus mentiras.
Intenté proteger mi matrimonio.
La tercera vez abandoné a Adrian antes de que pudiera herirme.
Pero siempre terminaba igual.
Celeste ganaba.
Adrian la elegía.
Y yo perdía.
La última vida fue diferente.
Porque apareció Mila.
Mi pequeña niña.
La única persona que me hizo olvidar que este mundo había sido creado para hacerme sufrir.
Pero incluso entonces Adrian encontró una manera de destruirlo todo.
Tres días después de mi desaparición, encontraron mi cuerpo.
El océano había devuelto lo que había tomado.
Pero nadie encontró la urna.
Mila seguía conmigo.
Cuando la noticia llegó a la boda, Adrian estaba firmando los documentos de matrimonio.
Su mano se detuvo.
—¿Qué dijiste?
Su asistente no pudo mirarlo a los ojos.
—Encontraron a la señora Emma.
El silencio cayó sobre la sala.
Celeste frunció el ceño.
—¿La encontraron?
Adrian se levantó lentamente.
—¿Dónde está?
Nadie respondió inmediatamente.
Y por primera vez vi miedo en sus ojos.
No preocupación.
Miedo.
Porque una parte de él ya sabía la respuesta.
Cuando llegó a la playa, el lugar estaba rodeado de policías y equipos de rescate.
Adrian caminó hasta la orilla.
Miró el mar.
Ese mismo mar donde yo había desaparecido.
Un oficial se acercó.
—Señor Wolfe, lo sentimos.
Adrian no respondió.
Solo miraba las olas.
Entonces vio algo.
Una pequeña caja envuelta en una tela blanca.
La urna de Mila.
Sus piernas fallaron.
—No…
Fue apenas un susurro.
—No puede ser.
La tomó con manos temblorosas.
Por primera vez en años, vi a Adrian Wolfe romperse.
—Mila…
Escuchar su nombre en sus labios me hizo sentir algo extraño.
No alegría.
No satisfacción.
Solo tristeza.
Porque mi hija había esperado meses para que su padre la llamara así.
Y él solo lo hizo cuando ya era demasiado tarde.
Esa noche Adrian regresó solo a la mansión.
Celeste había intentado seguirlo.
Pero él le pidió que se fuera.
Se sentó en la habitación que había preparado para Leo.
La habitación perfecta.
Llena de juguetes.
Ropa nueva.
Fotos.
Entonces abrió una pequeña caja que estaba sobre la mesa.
Dentro había un dibujo.
Un dibujo de Mila.
Lo había hecho yo cuando ella apenas podía sostener un lápiz.
Adrian lo tomó.
Detrás había una fecha.
El día en que Mila dijo su primera palabra.
Él no estuvo allí.
Porque estaba con Celeste.
El día que dio sus primeros pasos.
Él no estuvo allí.
Porque estaba resolviendo problemas de la empresa de Leo.
El día que tuvo fiebre y lloró toda la noche.
Él no estuvo allí.
Porque dijo que tenía asuntos más importantes.
Adrian apretó el dibujo contra su pecho.
Y finalmente entendió.
No había perdido solamente a Emma. Había perdido todos los momentos que nunca volverían.
Pasaron semanas.
Adrian dejó de asistir a eventos.
Dejó de aparecer en revistas.
La gente decía que el poderoso empresario había cambiado.
Pero yo sabía la verdad.
No había cambiado.
Solo había sido obligado a mirar las consecuencias.
Un día entró en mi antigua habitación.
Todavía estaba igual.
Mi ropa.
Mis libros.
Mis fotografías.
Se sentó en la cama.
—Emma…
Su voz se quebró.
—¿Por qué no me odiaste?
Lo miré aunque él no podía verme.
Porque esa era la pregunta que más me dolía.
Yo había tenido muchas oportunidades de destruirlo.
Pero nunca quise hacerlo.
Solo quería que me eligiera.
—Porque te amaba —susurré.
Pero él no podía escucharme.
Entonces ocurrió algo inesperado.
El sistema apareció.
—Anfitriona.
Lo miré.
—¿Qué?
—La misión ha cambiado.
Fruncí el ceño.
—Pensé que había fallado.
—La misión original era conquistar el corazón de Adrian Wolfe.
Hizo una pausa.
—Pero después de observar tus seis vidas, el sistema determinó que la verdadera misión era aprender a liberarte.
Me quedé inmóvil.
—¿Entonces todo esto…?
—No era para que él te eligiera.
La pantalla brilló.
—Era para que tú entendieras que nunca necesitaste ser elegida por alguien que no sabía valorarte.
Por primera vez desde que morí, sentí lágrimas.
Aunque ya no tenía cuerpo.
Aunque ya no tenía corazón.
Sentí paz.

Un año después, Adrian visitó la tumba de Mila.
No había cámaras.
No había periodistas.
Solo él.
Y una pequeña flor blanca.
Se arrodilló.
—Lo siento, hija.
Permaneció allí durante mucho tiempo.
—Tu mamá intentó salvarnos a los dos.
Bajó la cabeza.
—Y yo la destruí.
Yo estaba a su lado.
Pero esta vez no sentía dolor.
Porque finalmente había aceptado la verdad.
Adrian no era mi destino.
Solo era una parte de mi historia.
El sistema apareció una última vez.
—Anfitriona, puedes regresar.
Lo miré sorprendida.
—¿Regresar?
—Una nueva vida.
Pensé en Mila.
Pensé en todo lo que había vivido.
Pensé en todas las veces que intenté ganar un amor que nunca estuvo destinado a ser mío.
Sonreí.
—¿Puedo volver a encontrar a mi hija?
El sistema guardó silencio.
Luego respondió:
—Algunas almas están destinadas a encontrarse más de una vez.
Cerré los ojos.
Y por primera vez no tuve miedo.
Porque ya no regresaba para ser amada por Adrian.
Regresaba para encontrarme a mí misma.
Años después, Adrian siguió viviendo con el recuerdo de Emma.
Nunca volvió a casarse.
Nunca volvió a ser el mismo hombre.
Pero yo ya no estaba atrapada mirando su arrepentimiento.
Porque mi historia no terminó cuando él me perdió.
Mi historia comenzó cuando finalmente me encontré.
Y esa fue la única victoria que nadie pudo quitarme.