Durante varios segundos no pude responder.
Las palabras de Dorian seguían flotando en la habitación.
Necesitaba que creyeran que no significabas nada para mí.
Se suponía que debía sentir alivio.
Pero solo sentí dolor.
—¿Sabes lo que pensé durante seis meses? —pregunté en voz baja.
Dorian no apartó la mirada.
—Pensé que te cansaste de mí.
Su expresión cambió ligeramente.
—Alina…
—Pensé que había dejado de importarte. Pensé que encontraste una manera elegante de deshacerte de mí sin tener que decirme la verdad.
Cada palabra parecía golpearlo más fuerte que la anterior.
Porque por primera vez en mucho tiempo, Dorian Cross parecía no tener una respuesta preparada.
—Lo siento.
Solté una risa amarga.
—No puedes arreglar seis meses de silencio diciendo que lo sientes.
Él bajó la mirada.
Y ese gesto me sorprendió.
Porque Dorian Cross nunca bajaba la mirada.
Nunca.
—Tienes razón.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Entonces pregunté:
—¿Quién me estaba siguiendo?
Su expresión volvió a endurecerse.
El empresario apareció otra vez.
El hombre que todos temían.
—Un grupo de inversionistas que intentó tomar el control de Cross Global.
—¿Y por qué yo era un objetivo?
—Porque eras mi punto débil.
Sentí un nudo en la garganta.
—Yo no soy una debilidad.
Dorian levantó los ojos.
—Lo sé.
Se acercó lentamente.
—Eres la única cosa en mi vida que nunca quise perder.
Aquella frase habría destruido mis defensas meses antes.
Pero ahora solo me dolía.
—Entonces debiste confiar en mí.
Dorian cerró los ojos.
—Tenía miedo.
La confesión me dejó inmóvil.
Dorian Cross admitiendo miedo era algo que casi nadie en el mundo había visto.
—¿Miedo de qué?
—De que te hicieran daño por mi culpa.
Me quedé callada.
Porque una parte de mí entendía su intención.
Pero otra parte seguía herida.
Antes de que pudiera responder, su teléfono comenzó a sonar.
Dorian miró la pantalla.
Su rostro cambió.
—¿Qué pasa?
No respondió.
Contestó.
—Habla.
Escuchó durante unos segundos.
Después su mandíbula se tensó.
—¿Cuándo?
Pausa.
—No hagan nada hasta que llegue.
Colgó.
—Dorian.
Me miró.
—La persona que ordenó que te siguieran sabe que estás embarazada.
Sentí frío.
—¿Cómo?
—Porque alguien dentro de la investigación filtró la información.
Mi mano fue hacia mi vientre.
Instintivamente.
Dorian lo notó.
Y algo en su rostro se rompió.
—No voy a dejar que te pase nada.
—Eso dijiste antes.
Sus ojos se llenaron de culpa.
—Lo sé.
Por primera vez no intentó justificarse.
No dijo que tenía razón.
No dijo que era necesario.
Solo aceptó que me había lastimado.
Esa noche no regresamos al apartamento.
Dorian me llevó a una residencia privada protegida.
No era una prisión.
No era una jaula.
Pero era imposible ignorar la seguridad alrededor.
Guardias.
Sistemas de vigilancia.
Puertas reforzadas.
Me senté en la habitación mientras él revisaba documentos.
Parecía agotado.
No como el multimillonario de las revistas.
Sino como el hombre que había pasado meses intentando cargar solo con algo imposible.

—¿Dormiste algo estos meses? —pregunté.
No levantó la vista.
—No mucho.
—¿Comiste bien?
Silencio.
Lo miré.
—Dorian.
Una pequeña sonrisa triste apareció en su rostro.
—Sigues preocupándote por mí.
Aparté la mirada.
—Es una costumbre difícil de perder.
Esa noche ocurrió algo que no esperaba.
Dorian se sentó frente a mí.
Sin computadora.
Sin teléfono.
Sin ninguna barrera.
—Quiero explicarte todo.
Asentí.
Durante horas me contó lo que había ocurrido.
Cómo habían intentado comprar información sobre mi vida.
Cómo habían descubierto dónde trabajaba.
Cómo habían seguido mis rutinas.
Cómo había tomado la decisión más dolorosa de su vida.
Pero entonces llegó la parte que nunca me había contado.
—La noche antes de enviarte los papeles del divorcio…
Se detuvo.
—¿Qué?
Miró sus manos.
—Estuve a punto de romperlos.
Mi corazón se apretó.
—¿Entonces por qué no lo hiciste?
—Porque recibí una amenaza.
Me entregó un sobre.
Dentro había una fotografía.
Yo saliendo del hospital.
Otra fotografía.
Yo entrando a una cafetería.
Y una última.
Dorian y yo juntos.
—Querían que supieras que podían llegar a ti.
—Así que decidiste hacerme odiarte.
—Sí.
Lo miré.
—Funcionó.
La tristeza cruzó su rostro.
—Lo sé.
Al día siguiente, Dorian reunió a su equipo legal.
Pero esta vez no me dejó fuera.
Me senté junto a él.
No detrás.
No protegida.
A su lado.
Porque si alguien estaba intentando destruir nuestra vida, yo también tenía derecho a defenderla.
Dos semanas después apareció la primera prueba.
El ataque no venía de un enemigo externo.
Venía de alguien cercano.
Un antiguo socio de Dorian.
Marcus Vale.
El hombre que durante años había trabajado junto a él.
El mismo que había aconsejado a Dorian durante la crisis empresarial.
Cuando lo confrontaron, Marcus sonrió.
—Todo esto ocurrió porque eras demasiado sentimental.
Dorian permaneció tranquilo.
—No.
Marcus frunció el ceño.
—¿No?
—Ocurrió porque pensaste que mi amor por mi esposa me hacía débil.
Dorian miró hacia mí.
—Te equivocaste.
La investigación terminó semanas después.
Marcus fue detenido por fraude, espionaje corporativo y amenazas.
Pero la batalla más difícil todavía era la nuestra.
Reconstruir algo que se había roto.
Una noche, Dorian volvió a poner los papeles del divorcio sobre la mesa.
Los mismos documentos.
Las mismas veintiocho páginas.
Los miré durante unos segundos.
—¿Qué haces?
Sacó un bolígrafo.
—Esta vez quiero que seas tú quien decida.
No entendí.
—¿Qué?
—Si quieres terminar este matrimonio, firmaré.
Lo miré.
—¿Después de todo esto?
Asintió.
—Porque protegerte no significa decidir por ti.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
Era la primera vez que realmente entendía lo que había hecho.
No solo me había ocultado una amenaza.
También me había quitado la oportunidad de elegir.
Tomé los papeles.
Pero no firmé.
Los rompí por la mitad.
Dorian quedó inmóvil.
—Alina…
—No quiero el matrimonio que teníamos.
Me acerqué.
—Quiero uno nuevo.
Su expresión cambió.
—¿Estás segura?
Sonreí ligeramente.
—No.
Una pequeña risa apareció entre nosotros.
—Pero por primera vez, estoy eligiendo.
Meses después nació nuestro hijo.
Dorian estuvo a mi lado durante todo el proceso.
No como un empresario.
No como un hombre intentando controlar cada detalle.
Como mi esposo.
Como el hombre que finalmente aprendió que amar a alguien no significa encerrarlo para protegerlo.
Una tarde, mientras sostenía a nuestro bebé, Dorian me miró.
—¿Sabes qué fue lo peor de esos seis meses?
—¿Qué?
—Pensar que algún día me mirarías y solo verías al hombre que te abandonó.
Apreté su mano.
—Yo también tuve miedo.
—¿De qué?
Miré a nuestro hijo.
—De descubrir que nunca me habías amado tanto como yo te amaba.
Dorian besó mi frente.
—Nunca dejé de hacerlo.
Esta vez le creí.
Porque el amor no era ausencia de errores.
Era tener el valor de enfrentarlos.
Y cuando miré los antiguos papeles de divorcio guardados en una caja, entendí algo:
**Dorian intentó perderme para salvarme.
Pero solo pudo recuperarme cuando dejó de decidir por mí y finalmente me permitió elegir quedarme.**