PARTE 2: EL CEO QUE NUNCA CREYÓ EN EL AMOR DESCUBRIÓ QUE PERDERLA ERA LO ÚNICO QUE NO PODÍA PERMITIRSE

Nathan dejó la taza de café sobre la mesa.

—¿Te importa si me uno a ti?

Mónica levantó la mirada.

Durante las últimas semanas había aprendido algo sobre Nathan Devereaux.

Era un hombre que siempre parecía tener una razón para estar en cualquier lugar.

Una reunión.

Una llamada.

Un cliente.

Un problema que resolver.

Pero aquella vez no tenía una carpeta en la mano.

No tenía teléfono.

Solo una taza de café y una expresión que intentaba parecer casual.

—Claro —respondió ella.

Nathan tomó asiento frente a ella.

Durante unos segundos ninguno habló.

Algo que sorprendía a Mónica.

Porque Nathan siempre tenía algo que decir.

—Beatrice me dijo que tienes una forma poco común de trabajar —comentó finalmente.

Mónica sonrió.

—¿Eso es un cumplido?

—Todavía estoy decidiendo.

Ella soltó una pequeña risa.

Y Nathan se quedó observándola un segundo más de lo necesario.

Ese era precisamente el problema.

Desde que Mónica había entrado en su empresa, su mundo perfectamente organizado había empezado a cambiar.

Antes, Nathan podía pasar semanas sin pensar en otra persona fuera de sus clientes y objetivos.

Ahora recordaba cómo ella tomaba el café.

Sabía que prefería trabajar con música suave.

Había notado que siempre dejaba una parte del almuerzo para compartir con los empleados de mantenimiento.

Pequeños detalles.

Detalles que él nunca había considerado importantes.

Hasta ella.

—¿Por qué elegiste trabajar en eventos? —preguntó.

Mónica apoyó la taza sobre el plato.

—Porque me gusta crear momentos que las personas recuerdan.

—Eso suena demasiado sentimental para alguien que habla de resultados.

—Las emociones también producen resultados.

Nathan sonrió.

—Esa respuesta me recuerda por qué te contraté.

—Pensé que me contrataste porque necesitabas alguien que arreglara los errores de Derek.

—También.

Ella negó con la cabeza divertida.

Y Nathan pensó que hacía mucho tiempo que nadie lograba hacerlo sentir así.

Ligero.

Sin presión.

Sin expectativas.

Solo presente.

Pero entonces llegó el problema.

James Harrison.

El director de marketing.

El hombre que llevaba años intentando llamar la atención de Mónica.

Al principio Nathan no le dio importancia.

James era amable.

Seguro.

Divertido.

Exactamente el tipo de hombre que muchas personas considerarían atractivo.

Pero una tarde, Nathan salió de su oficina y vio a James apoyado junto al escritorio de Mónica.

Ella estaba riendo.

Una risa sincera.

Una que Nathan no había escuchado cuando hablaba con otros empleados.

Y algo dentro de él se tensó.

—¿Interrumpo algo? —preguntó.

Ambos levantaron la mirada.

James sonrió.

—Solo estaba invitando a Mónica a una exposición este viernes.

Nathan miró a Mónica.

—¿Y?

Ella arqueó una ceja.

—¿Y qué?

—¿Vas a ir?

La pregunta salió demasiado rápido.

Mónica lo notó.

—No sabía que mi agenda personal necesitaba aprobación.

Nathan se quedó callado.

Porque ella tenía razón.

Y porque acababa de revelar algo que llevaba semanas intentando ocultar.

Celos.

Esa noche Nathan se quedó solo en su oficina.

Manhattan brillaba detrás del cristal.

Pero por primera vez en años, la vista no significaba nada.

Su asistente dejó un documento sobre la mesa.

—Señor Devereaux, ¿todo bien?

Nathan miró el papel sin verlo.

—¿Alguna vez has tenido algo bajo control y de repente aparece alguien que cambia todo?

La asistente sonrió ligeramente.

—¿Está hablando de la empresa?

Nathan no respondió.

No hacía falta.

Al día siguiente ocurrió algo que terminó de romper su resistencia.

Era la fiesta anual de la empresa.

El evento más importante del año.

Y cuando Mónica entró al salón con aquel vestido corto esmeralda, Nathan olvidó completamente la conversación que estaba teniendo.

Todos la miraron.

No porque ella buscara llamar la atención.

Sino porque tenía una seguridad que no necesitaba permiso.

Su vestido era elegante.

Su sonrisa tranquila.

Su presencia imposible de ignorar.

Nathan permaneció al otro lado del salón.

La copa de champán seguía intacta en su mano.

Entonces James apareció.

—Mónica, ese vestido es impresionante.

Ella sonrió.

—Gracias.

—¿Me permitirías invitarte a cenar algún día?

Nathan sintió cómo su mandíbula se tensaba.

Colleen, que estaba cerca, observó su expresión.

—Vaya.

Nathan no apartó la mirada.

—¿Qué?

—Nada.

Sonrió.

—Solo es interesante ver al hombre que rechazó tres citas en una semana ponerse celoso por primera vez.

Nathan la miró.

—No estoy celoso.

Colleen soltó una risa.

—Claro.

Cinco minutos después, Nathan caminaba hacia ellos.

No porque quisiera interrumpir.

Eso se dijo a sí mismo.

Solo porque necesitaba hablar con Mónica sobre un asunto del evento.

Aunque el evento estaba funcionando perfectamente.

—Mónica.

Ella se volvió.

—Nathan.

James entendió inmediatamente.

—Creo que los dejaré hablar.

Cuando se fue, Mónica cruzó los brazos.

—¿Qué pasa?

Nathan miró alrededor.

Todas las personas del salón parecían estar viviendo una noche normal.

Excepto él.

Porque por primera vez no podía esconderse detrás del trabajo.

—Necesito decirte algo.

Mónica esperó.

Nathan respiró profundamente.

—Cuando llegaste a esta empresa pensé que eras brillante.

Ella sonrió levemente.

—Eso suena como algo que diría mi jefe.

—Déjame terminar.

Su expresión cambió.

—Pensé que eras brillante. Después pensé que eras indispensable.

Pausa.

—Y luego me di cuenta de que esperaba verte cada mañana.

Mónica quedó en silencio.

Nathan continuó:

—Intenté convencerme de que era admiración profesional.

Miró hacia el salón.

—Pero esta noche, cuando ese hombre te invitó a cenar, me di cuenta de algo.

Ella no apartó la mirada.

—¿Qué cosa?

Nathan bajó la voz.

—Que no quiero que otra persona tenga la oportunidad que yo tuve y no aproveché.

Durante unos segundos solo se escuchó la música.

Entonces Mónica preguntó:

—¿Y qué oportunidad fue esa?

Nathan dio un paso más cerca.

—Conocerte.

Ella lo observó.

—Nathan, eres mi jefe.

La realidad cayó entre ambos.

Porque ambos sabían que no era una frase pequeña.

Nathan asintió.

—Lo sé.

—Entonces no puedes simplemente decir esto y esperar que todo sea sencillo.

—No espero que sea sencillo.

La miró con sinceridad.

—Por eso, si quieres, mañana puedo renunciar a ser tu jefe.

Mónica abrió ligeramente los ojos.

—¿Harías eso?

Nathan sonrió.

—Nunca pensé que alguien pudiera hacerme considerar dejar algo que construí durante años.

Hizo una pausa.

—Hasta que alguien apareció y me hizo entender que había cosas más importantes.

La fiesta continuó alrededor de ellos.

Pero para Mónica, todo había cambiado.

Porque el hombre que parecía tener el control de todo acababa de admitir que había algo que no podía controlar.

Su corazón.

Y mientras las luces de Manhattan brillaban detrás del cristal, Mónica entendió que aquella noche no era sobre un vestido.

Ni sobre celos.

Ni sobre una confesión inesperada.

Era sobre un hombre que finalmente dejó de esconderse detrás de su éxito.

Pero todavía faltaba una verdad.

Una verdad que Nathan había mantenido enterrada desde antes de conocerla.

Y cuando Mónica la descubriera, entendería por qué él había luchado tanto contra lo que sentía por ella.

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