PARTE 2: RENACÍ PARA DEJARLO IR, PERO EL GENERAL ADRIAN ZHOU DESCUBRIÓ QUE ERA ÉL QUIEN NO PODÍA PERDERME

Adrian permaneció sentado frente a aquella vieja caja durante casi una hora.

La insignia militar de juguete seguía en su mano.

Era pequeña.

Gastada.

Pero para él había representado una promesa.

Una promesa que había olvidado durante años.

La nota infantil estaba doblada cuidadosamente.

“Cuando crezca, volveré para casarme con Elena.”

Adrian pasó los dedos por aquellas palabras.

Por primera vez en mucho tiempo, recordó a la niña que corría detrás de él cuando ambos eran pequeños.

La niña que siempre esperaba verlo regresar.

La niña que le regalaba dibujos torcidos y le decía que algún día sería un gran soldado.

La niña que él había dejado atrás mientras crecía.

Entonces recordó otra cosa.

La Elena de su primera vida.

La mujer que siempre estaba esperándolo.

La mujer que nunca preguntaba por qué él llegaba tarde.

La mujer que sonreía cuando él mencionaba a Sophia.

La mujer que se quedaba en silencio cada vez que él la hería.

Y de repente comprendió algo que nunca había querido admitir.

**No había perdido a Elena porque ella hubiera cambiado.

La había perdido porque él nunca había intentado verla realmente.**

Al día siguiente, Adrian apareció frente a mi casa.

Otra vez.

Lo vi desde la ventana.

Durante mi primera vida, habría corrido a abrirle.

Esta vez esperé.

Tres minutos.

Cinco.

Diez.

Finalmente llamaron nuevamente.

Abrí la puerta.

—¿Qué necesitas, general Zhou?

Sus ojos se oscurecieron al escuchar mi forma distante de hablar.

—¿Siempre me llamarás así?

—Es tu título.

—Antes me llamabas Adrian.

Bajé la mirada.

—Antes era otra persona.

Aquella frase lo dejó sin respuesta.

Entró un silencio incómodo.

Después dijo:

—Quiero preguntarte algo.

—Adelante.

—¿Me odias?

La pregunta me sorprendió.

Porque en mi primera vida había sido yo quien esperaba escuchar algo parecido.

“No.”

“Te amo.”

“Quédate conmigo.”

Pero nunca ocurrió.

Negué lentamente.

—No.

—Entonces, ¿por qué te alejaste?

Respiré profundamente.

—Porque finalmente entendí que amar a alguien no significa perseguirlo toda la vida.

Adrian apretó los labios.

—Nunca te pedí que hicieras eso.

Lo miré.

—No tuviste que hacerlo.

Aquella respuesta lo golpeó.

Porque era verdad.

Nunca me pidió que cocinara por él.

Nunca me pidió que esperara despierta.

Nunca me pidió que organizara sus compromisos.

Pero tampoco hizo nada para detenerlo.

Y yo había confundido su silencio con una oportunidad.

Durante las siguientes semanas, Adrian comenzó a aparecer cada vez más.

Pero esta vez era diferente.

No buscaba que yo resolviera sus problemas.

Intentaba conocerme.

Un día llegó con comida.

—La preparó el chef de la base.

Lo miré.

—¿Por qué?

—Porque recordé que te gustaba este plato.

Me quedé quieta.

—¿Lo recuerdas?

Adrian bajó la mirada.

—Recuerdo muchas cosas que pensé que había olvidado.

No respondí.

Porque una parte de mí todavía tenía miedo.

Miedo de despertar otra vez en aquella casa fría.

Miedo de volver a ser una esposa que esperaba amor de alguien que no podía darle nada.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Sophia apareció.

La encontré en una cafetería hablando con Adrian.

Mi corazón no sintió dolor.

Solo cansancio.

Me di la vuelta.

Pero esta vez Adrian me vio.

—Elena.

Me detuve.

Sophia también se levantó.

—Necesitamos hablar.

Los tres nos sentamos.

Sophia fue la primera en hablar.

—Sé lo que piensas de mí.

Negué.

—No pienso nada.

Ella sonrió con tristeza.

—Eso es lo que más me duele.

La miré confundida.

—¿Qué?

—En tu vida anterior, si es que puedo decirlo así… tú siempre me viste como una rival.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué dijiste?

Sophia bajó la voz.

—No sé por qué, pero desde hace meses tengo la sensación de que algo cambió. Adrian también.

Miré a Adrian.

Él estaba serio.

—Sophia y yo nunca tuvimos una relación.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Fuiste tú quien creyó durante años que yo la amaba.

Adrian respiró profundamente.

—Sí, ella fue importante para mí. Fue mi amiga de infancia. Pero nunca fue mi elección.

Me quedé en silencio.

Porque en mi primera vida había construido toda mi tristeza alrededor de una verdad que quizá nunca existió.

—Entonces, ¿por qué ibas con ella?

Adrian respondió:

—Porque pensé que tú no querías estar conmigo.

La respuesta me sorprendió.

—¿Qué?

—Cuando nos casamos, tú parecías feliz por la obligación familiar. Pensé que yo era una carga para ti.

Casi reí.

Pero no tenía gracia.

Dos personas heridas.

Dos personas esperando que la otra diera el primer paso.

Y ambos interpretando el silencio como rechazo.

Aquella noche Adrian me llevó al lugar donde había guardado la insignia.

Me la entregó.

—Te la di cuando éramos niños.

La tomé.

—Pensé que la habías olvidado.

—Yo también.

Sus ojos se encontraron con los míos.

—Pero olvidé la promesa. No a ti.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Adrian…

—No quiero que vuelvas a perseguirme.

Hizo una pausa.

—Quiero ser yo quien camine hacia ti.

Por primera vez en dos vidas, no sentí que tenía que convencerlo.

No tuve que competir.

No tuve que demostrar mi valor.

Solo tuve que escuchar.

Los meses siguientes fueron diferentes.

Adrian aprendió a llegar temprano.

No porque yo se lo pidiera.

Sino porque quería estar presente.

Aprendió a preguntar cómo estaba mi día.

Aprendió que un matrimonio no era una obligación escrita en un papel.

Era una elección diaria.

Un año después, regresamos al mismo lugar donde me había evitado durante mi primera vida.

La base militar.

Esta vez Adrian tomó mi mano frente a todos.

—Comandante Zhou —bromeé.

Él sonrió.

—¿Todavía me llamarás así?

Pensé unos segundos.

Luego negué.

—No.

—¿Entonces?

Lo miré.

—Adrian.

Sonrió como si aquella simple palabra fuera el regalo más grande del mundo.

Y entendí algo.

Renacer no me dio una segunda oportunidad para conseguir el amor de Adrian.

Me dio una segunda oportunidad para encontrarme a mí misma.

Y cuando dejé de perseguir a alguien que no me elegía…

Descubrí que él siempre había estado buscando el camino de regreso hacia mí.

**Porque en mi primera vida yo pasé años intentando convertirme en la mujer que Adrian amaría.

En mi segunda vida, finalmente fui la mujer que yo misma elegí ser.**

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