PARTE 2: DIJE QUE NO ME IMPORTARÍA PERDERLA, PERO DESCUBRÍ QUE SIN ELLA HABÍA PERDIDO TODO

Durante las siguientes veinticuatro horas hice lo único que sabía hacer.

Controlar.

Mandar.

Buscar soluciones.

Porque toda mi vida había funcionado así.

Cuando había un problema, encontraba una salida.

Cuando alguien me amenazaba, respondía.

Cuando algo intentaba romperme, lo destruía primero.

Pero Norah no era un enemigo.

Y ese fue el primer problema.

No podía obligarla a volver.

No podía comprar su perdón.

No podía enviar a mis hombres a buscarla y traerla de regreso.

Porque por primera vez entendí algo que me dolió admitir:

**Norah no se había ido porque alguien la hubiera llevado lejos.

Se había ido porque yo le había demostrado que quedarse conmigo dolía más.**

Arthur fue quien finalmente me dijo dónde estaba.

No porque la hubiera seguido.

Sino porque conocía a Norah.

—Está en el viejo apartamento de su hermana —dijo mientras dejaba una carpeta sobre mi escritorio.

Lo miré.

—¿Cómo lo sabes?

Arthur suspiró.

—Porque durante tres años fui testigo de algo que tú no quisiste ver.

No respondí.

—Ella nunca quiso tu dinero, Nico.

Sus palabras me molestaron porque eran ciertas.

—Le di todo.

Arthur negó lentamente.

—Le diste cosas.

Hizo una pausa.

—Pero ella te pidió una sola cosa.

Bajé la mirada.

Sabía exactamente a qué se refería.

Tiempo.

Presencia.

Una parte real de mí.

No el hombre que todos respetaban.

No el hombre que todos temían.

Solo yo.

Y nunca se la di.

Esa noche fui al apartamento donde estaba Norah.

No llevé guardaespaldas.

No llevé flores.

No llevé regalos.

Por primera vez en años fui sin intentar controlar la situación.

Cuando abrió la puerta, tardó varios segundos en mirarme.

Llevaba un suéter sencillo.

El cabello recogido.

Parecía cansada.

Pero tranquila.

Y eso me dolió más que verla llorando.

Porque significaba que había encontrado paz lejos de mí.

—Norah.

—Nico.

Su voz seguía siendo suave.

Eso casi me destruyó.

—Necesito hablar contigo.

—Ya hablamos.

—No.

Negué con la cabeza.

—Yo hablé. Tú escuchaste durante tres años.

Ella apartó la mirada.

No me invitó a entrar.

—Escuché lo suficiente.

Respiré profundamente.

Las palabras que nunca había podido decir salieron lentamente.

—Mentí.

Ella me miró.

—¿Sobre qué?

—Sobre no importarme si te ibas.

Silencio.

—Me importaba demasiado.

Sus ojos brillaron, pero no dijo nada.

—La verdad es que cuando Arthur dijo que eras demasiado buena para mí, tuve miedo.

Frunció el ceño.

—¿Miedo?

Asentí.

—Porque tenía razón.

Me apoyé contra la pared.

—Tú eras la única persona que podía verme sin la armadura.

—Y eso te molestaba.

—Sí.

Lo admití.

—Porque si tú me veías realmente, podías darte cuenta de que no era tan fuerte como todos pensaban.

Norah cerró los ojos unos segundos.

—Nico, yo nunca quise que fueras perfecto.

—Lo sé.

—Solo quería que estuvieras conmigo.

Esa frase fue peor que cualquier golpe.

Porque era exactamente lo que había perdido.

—Lo siento.

Ella soltó una pequeña risa triste.

—Siempre dices eso cuando ya estás a punto de perder algo.

No pude negarlo.

—Esta vez es diferente.

—¿Por qué?

La miré.

—Porque esta vez no quiero recuperarte para sentirme mejor.

Hice una pausa.

—Quiero cambiar porque finalmente entendí lo que te hice sentir.

Norah permaneció callada.

Entonces ocurrió algo que no esperaba.

Lloró.

Pero no era una lágrima de tristeza.

Era agotamiento.

—¿Sabes qué fue lo peor de esa noche?

Preguntó.

Negué.

—No fueron tus palabras.

Me sorprendió.

—¿No?

—Fue que durante unos segundos te creí.

Bajó la mirada.

—Porque durante años me pregunté si realmente me amabas o solo amabas todo lo que hacía por ti.

Sentí un peso en el pecho.

Porque nunca había pensado en eso.

Nunca había pensado que alguien que me amaba podía sentirse completamente solo.

—No quiero que vuelvas conmigo porque me perdonas.

Norah levantó la mirada.

—Entonces, ¿por qué?

—Porque quiero tener la oportunidad de demostrarte que puedo ser alguien que merece quedarse.

Ella no respondió inmediatamente.

Y por primera vez en mi vida acepté esperar.

Sin exigir.

Sin imponer.

Sin controlar.

Pasaron semanas.

No regresó al ático.

No aceptó regalos.

No permitió que solucionara sus problemas con dinero.

Y al principio fue desesperante.

Porque estaba acostumbrado a arreglar todo.

Pero poco a poco entendí.

El amor no era rescatar.

Era estar presente.

Empecé a aparecer en los momentos pequeños.

Ayudé a su hermana a mudarse.

Acompañé a Norah a una cita médica cuando me lo pidió.

Aprendí cosas que antes nunca había considerado importantes.

Su café favorito.

La canción que escuchaba cuando estaba triste.

La manera exacta en que sonreía cuando algo realmente le hacía gracia.

Pequeñas cosas.

Las mismas pequeñas cosas que ella había hecho por mí durante años.

Tres meses después, Norah aceptó cenar conmigo.

En el mismo restaurante donde todo había empezado.

La mesa era sencilla.

Sin reservados privados.

Sin escoltas.

Sin personas esperando mis órdenes.

Solo nosotros.

—Has cambiado —dijo.

Sonreí ligeramente.

—Estoy intentando.

Ella miró su taza.

—Todavía tienes mucho orgullo.

—Lo sé.

—Todavía quieres tener razón.

—También lo sé.

Por primera vez, ella sonrió.

—Al menos ahora lo admites.

La miré.

—Norah.

Ella levantó los ojos.

—No quiero olvidar lo que pasó.

Asentí.

—No deberías.

—Pero tampoco quiero que aquella noche sea lo único que define nuestra historia.

Sentí que podía respirar nuevamente.

—¿Eso significa que hay una oportunidad?

Ella tardó unos segundos.

Después respondió:

—Significa que puedes empezar a demostrarlo.

No era un perdón completo.

No era un regreso inmediato.

Era algo más difícil.

Era una oportunidad.

Y esta vez no la iba a desperdiciar.

Un año después, cuando volvimos a vivir juntos, Norah no volvió al ático porque yo se lo pidiera.

Volvió porque ella quiso.

La primera noche que entró nuevamente, dejó su vieja bolsa de lona negra junto a la puerta.

La misma que había usado cuando se fue.

La miré.

—¿Todavía la tienes?

Sonrió.

—Sí.

—¿Por qué?

Se encogió de hombros.

—Para recordar que puedo irme si alguna vez vuelvo a olvidarme de mí misma.

Sus palabras no me ofendieron.

Antes lo habrían hecho.

Ahora las entendía.

Porque amar a alguien no significaba poseerlo.

Significaba merecer que eligiera quedarse.

Esa noche me senté junto a ella en silencio.

No dije grandes promesas.

No hice juramentos imposibles.

Simplemente tomé su mano.

Y cuando apoyó la cabeza en mi hombro, entendí algo que había tardado demasiado en aprender:

**El hombre que todos temían había sobrevivido a enemigos, traiciones y guerras silenciosas.

Pero casi perdió la única persona que nunca quiso derrotarlo.

La única que solo quería amarlo.**

Y esta vez no la dejaría ir.

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