PARTE 2: EL CONTRATO QUE CAMBIÓ TODO

—¿Mi hermana mayor? —repetí.

Adrian no respondió inmediatamente.

Su mandíbula se tensó mientras el automóvil avanzaba por las calles iluminadas de Chicago.

—¿Cómo se llama? —pregunté.

—Isabella Carter.

Sentí que el aire se detenía.

Isabella.

Mi hermana.

La misma mujer que llevaba cuatro años sin hablarme.

La misma mujer que había abandonado nuestra pequeña ciudad después de casarse con un empresario y que, desde entonces, había tratado mi existencia como una vergüenza familiar.

Miré a Adrian.

—¿Tú conoces a mi hermana?

—Mucho mejor de lo que imaginas.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace tres años.

Solté una risa incrédula.

—Entonces sabías quién era yo.

—Sí.

—¿Desde antes de contratarme?

—Sí.

—¿Desde antes de besarme delante de Claire?

—Sí.

Me crucé de brazos.

—¿Y aun así esperaste hasta después de casarnos para decirme que tu madre quería casarte con mi hermana?

Adrian me miró.

—Porque necesitaba saber qué clase de mujer eras.

—¿Y?

—Ahora lo sé.

—¿Y qué descubriste?

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Que haces demasiadas preguntas.

—Y tú ocultas demasiadas cosas.

—Parece que tendremos un matrimonio interesante.

—Falso matrimonio.

—Eso dice el contrato.

Lo miré fijamente.

—Entonces será mejor que leas bien la letra pequeña, esposo mío.


La mansión de los Blake parecía un hotel de cinco estrellas.

Mi vestido barato de la mañana parecía ridículo entre aquellos candelabros y cuadros antiguos.

Adrian colocó una mano en mi espalda.

—Recuerda nuestro acuerdo.

—Sonreír.

—Ser cariñosa.

—Parecer enamorada.

—Exacto.

Me acerqué a él.

—¿Así?

Apoyé la cabeza sobre su hombro.

Adrian se quedó completamente rígido.

—Demasiado.

—¿No querías una esposa enamorada?

—No una esposa que intente estrangularme con afecto.

Sonreí.

—Tendrás que acostumbrarte.

Las puertas se abrieron.

Una mujer elegante de cabello plateado apareció al final del salón.

La señora Blake.

A su lado estaba un hombre mayor con expresión severa.

Y detrás de ellos…

Isabella.

Mi hermana me miró.

Durante varios segundos ninguna de las dos habló.

Entonces su rostro se transformó.

Primero sorpresa.

Después incredulidad.

Finalmente, furia.

—Emma.

—Hola, Isabella.

Adrian me tomó de la cintura.

—Madre, padre, quiero presentarles oficialmente a mi esposa.

La señora Blake palideció.

—Esto no puede estar pasando.

Isabella dio un paso adelante.

—¿Qué hiciste?

La pregunta estaba dirigida a mí.

—Nada.

—¡Adrian estaba destinado a casarse conmigo!

Adrian respondió con calma.

—No.

Isabella lo miró.

—Tu madre lo decidió.

—Mi madre no decide con quién me caso.

—Pero tú me prometiste…

—Te prometí que consideraría la propuesta.

Isabella se quedó en silencio.

Yo observé a Adrian.

Aquello ya no parecía una simple actuación.

Había algo más.

Mucho más.


Durante la cena, la tensión era insoportable.

La señora Blake apenas tocó su comida.

Finalmente dejó los cubiertos.

—Emma, quiero hablar contigo a solas.

Adrian levantó la mirada.

—No.

Su madre frunció el ceño.

—No te pregunté.

—Y yo no te estoy dando permiso.

La mujer respiró profundamente.

—Esta muchacha no sabe quién eres.

—Y tú no sabes quién es ella.

Me sorprendió escucharlo.

Entonces Isabella se levantó.

—¿De verdad vas a hacer esto?

—¿Hacer qué?

—Casarte con mi hermana solo para humillarme.

Adrian negó.

—No me casé con Emma para humillarte.

Me miró.

—Me casé con ella porque fue la primera persona que no intentó impresionarme.

Sentí calor en las mejillas.

No estaba seguro de si aquello formaba parte del contrato.

Pero sonó demasiado sincero.


Esa noche, cuando llegamos a la habitación que compartiríamos, lancé los zapatos al suelo.

—Necesito respuestas.

Adrian se quitó la chaqueta.

—Pregunta.

—¿Por qué mi hermana?

Silencio.

—Porque hace tres años conocí a Isabella en una reunión empresarial.

—¿Y te enamoraste?

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Entonces, ¿qué pasó?

—Ella me buscó.

Adrian se sentó.

—Quería casarse conmigo porque su familia necesitaba mi apoyo financiero.

Me quedé quieta.

—¿Qué?

—La empresa de tu cuñado estaba al borde de la quiebra.

—Eso no lo sabía.

—Tu hermana me ofreció matrimonio a cambio de una inversión.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Y aceptaste?

—Estuve a punto.

—¿Por qué cambiaste de opinión?

Adrian me miró directamente.

—Porque descubrí que llevaba meses utilizando información confidencial de mi empresa para beneficiar a su marido.

Me quedé sin palabras.

—Entonces…

—Entonces cancelé el compromiso.

—¿Y Claire?

—Claire apareció después.

—¿Ella también quería casarse contigo?

—Claire quería recuperar el lugar que había perdido.

Me reí.

—Y yo aparecí con unos documentos.

—Exactamente.

Lo miré.

—¿Y decidiste convertir a una empleada desconocida en tu esposa?

Adrian negó.

—No eras desconocida.

Mi sonrisa desapareció.

—¿Qué quieres decir?

Sacó una fotografía de un cajón.

Era una foto mía.

En una cafetería.

Yo estaba estudiando.

Sentí un escalofrío.

—¿De dónde sacaste esto?

—Hace ocho meses.

—¿Me estabas siguiendo?

—No.

Dejó la fotografía sobre la mesa.

—Contraté a una agencia para investigar a Isabella. Tú apareciste en sus documentos.

Me quedé mirando la imagen.

—¿Por qué?

Adrian bajó la voz.

—Porque Isabella había estado enviando dinero a una cuenta a tu nombre sin que tú lo supieras.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Qué?

—Y eso no era lo único extraño.


A la mañana siguiente, el abogado de Adrian llegó con una carpeta.

Dentro había registros bancarios.

Mi nombre aparecía repetidamente.

Pero yo nunca había abierto aquellas cuentas.

—¿Quién hizo esto? —pregunté.

—Todavía no lo sabemos —respondió el abogado—. Pero los depósitos provienen de empresas vinculadas con tu hermana.

Adrian cruzó los brazos.

—Al principio pensé que Isabella intentaba ayudarte.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que te estaba utilizando.

Miré las cifras.

Eran cantidades enormes.

Demasiado grandes para ser simples regalos.

—¿Para qué?

El abogado colocó otro documento delante de mí.

—Tu firma aparece en varios contratos.

Me quedé helada.

—Esa no es mi firma.

—Lo sabemos.

Adrian tomó el documento.

—Es falsificación.

Entonces comprendí.

Mi hermana no solo había intentado casarse con Adrian.

Había estado construyendo una identidad financiera utilizando mi nombre.

Y si algo salía mal, yo habría cargado con la responsabilidad.


Fui a enfrentarla esa misma tarde.

Isabella abrió la puerta de su apartamento.

Cuando me vio, palideció.

—¿Qué quieres?

Entré.

—La verdad.

—No sé de qué hablas.

Puse los documentos sobre la mesa.

—De esto.

Ella miró las páginas.

Su expresión cambió.

—No deberías haber visto eso.

—¿Cuántas cuentas abriste a mi nombre?

No respondió.

—¿Cuántos contratos falsificaste?

—Emma…

—¡Contéstame!

Isabella cerró los ojos.

—No tenía otra opción.

—Siempre tienes otra opción.

—¡Tú no sabes lo que es vivir con miedo a perderlo todo!

Solté una risa amarga.

—¿Y por eso decidiste arriesgar mi vida?

Ella me miró.

—No iba a pasar nada.

—¿Nada?

Señalé los documentos.

—Podrían haberme acusado de fraude.

—Yo habría arreglado todo.

—No.

Mi voz tembló.

—Tú habrías dejado que yo cargara con la culpa.

Isabella guardó silencio.

Y entonces ocurrió el segundo giro.

Ella se echó a llorar.

—No fui yo quien empezó esto.

La miré.

—¿Qué?

—Mamá.

Sentí un escalofrío.

—¿Nuestra madre?

Isabella asintió.

—Ella quería que Adrian se casara conmigo porque sabía que necesitábamos salvar la empresa familiar.

—¿Y las cuentas?

—Mamá las abrió.

Me quedé paralizada.

—Entonces, ¿por qué utilizaste mi nombre?

Isabella bajó la mirada.

—Porque mamá dijo que, si todo salía mal, tú eras la única persona que nadie relacionaría con nosotros.

Me quedé sin palabras.

Mi propia madre.

La mujer que siempre había dicho que Isabella era la hija perfecta.

La mujer que había tratado mis sueños como algo insignificante.

Había decidido sacrificarme para protegerla.


Regresé a la mansión.

Adrian me esperaba.

—¿Qué pasó?

—Fue mi madre.

Su rostro cambió.

—¿Estás segura?

Asentí.

—Tenemos que descubrir cuánto sabe.

El abogado hizo varias llamadas.

Horas después, llegó la confirmación.

Mi madre no solo había abierto las cuentas.

Había utilizado una empresa fantasma para mover millones de dólares.

Y alguien más estaba detrás.

El nombre apareció en la última página.

Claire Morgan.

Me quedé mirando el documento.

—No.

Adrian apretó la mandíbula.

—Claire trabajaba con mi madre.

Todo encajó.

Claire no había regresado por amor.

Había regresado porque necesitaba recuperar el acceso a la empresa de Adrian.

Mi matrimonio falso había destruido sus planes.

Por eso había intentado desacreditarme.


Dos semanas después, Adrian convocó a una reunión familiar.

Todos estaban presentes.

Su madre.

Mi madre.

Isabella.

Claire.

Y los abogados.

Adrian permaneció de pie.

—Durante meses ustedes pensaron que podían controlar mi vida.

Nadie habló.

—Pensaron que podían decidir con quién me casaría, qué negocios firmaría y qué mujer utilizaría como sacrificio cuando algo saliera mal.

Su mirada se detuvo en mi madre.

—Pero cometieron un error.

Sacó una grabación.

La voz de mi madre llenó la habitación.

“Si Emma termina involucrada, nadie sospechará de Isabella.”

Sentí que se me helaba la sangre.

Mi madre cerró los ojos.

Isabella comenzó a llorar.

Claire intentó levantarse.

—Esto no prueba nada.

El abogado respondió:

—También tenemos transferencias bancarias, correos electrónicos y contratos falsificados.

La policía llegó minutos después.

No hubo gritos.

No hubo escenas.

Solo silencio.

Porque las mentiras finalmente habían quedado sin lugar donde esconderse.


Después de todo aquello, pensé que Adrian terminaría nuestro matrimonio.

El contrato podía cancelarse.

La investigación había terminado.

Ya no necesitaba una esposa falsa.

Una noche, mientras guardaba mis cosas, Adrian apareció en la puerta.

—¿Qué haces?

—Me voy.

—¿Por qué?

—El contrato terminó.

—Yo no lo terminé.

Lo miré.

—¿Entonces qué quieres?

Se acercó.

—Quiero renegociar.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Quiero cambiar las condiciones.

Sacó el contrato original.

Lo rompió delante de mí.

—Ya no quiero pagarte para que finjas amarme.

Mi corazón comenzó a latir rápidamente.

—Entonces, ¿qué quieres?

Adrian dio otro paso.

—Quiero preguntarte si aceptarías quedarte conmigo sin cobrar un solo dólar.

Me quedé inmóvil.

—Adrian…

—No necesito una esposa que actúe.

Me tomó suavemente de la mano.

—Necesito a la mujer que se atrevió a abrazarme delante de la mujer que me rompió el corazón.

Sonreí.

—¿Eso significa que te enamoraste de mí?

—Hace bastante tiempo.

—¿Cuándo?

Él soltó una pequeña risa.

—Probablemente cuando calculaste los impuestos de mis veinte mil dólares.

Me reí.

—Yo pensé que era cuando te besé.

—No.

—¿Cuando te llamé esposo mío?

—Tampoco.

—Entonces, ¿cuándo?

Adrian me miró con una ternura que nunca había visto en sus ojos.

—Cuando descubrí que la mujer que aceptó casarse conmigo por dinero era la única persona que nunca intentó comprar mi cariño.

Sentí lágrimas en los ojos.

—Eso fue bastante romántico.

—Estoy practicando.

—Te falta.

—Entonces dame tiempo.


Meses después, volvimos al registro civil.

Esta vez no había contrato.

No había cámaras.

No había Claire.

No había familias intentando decidir nuestro destino.

Solo estábamos Adrian y yo.

Antes de entrar, me miró.

—¿Segura?

Sonreí.

—Esta vez nadie me está pagando.

—Lo sé.

—Entonces sí.

Nos casamos otra vez.

Pero esta vez fue real.

Cuando salimos, Adrian me besó suavemente.

—Te amo.

Lo miré.

—Yo también te amo.

Después levanté un dedo.

—Pero quiero aclarar algo.

—¿Qué?

—Si algún día vuelves a ofrecerme veinte mil dólares al mes…

Adrian sonrió.

—¿Sí?

—Voy a exigir cincuenta.

Se echó a reír.

Y por primera vez, no hubo actuación.

No hubo público.

No hubo contrato.

Solo dos personas que habían comenzado una historia por las razones equivocadas y habían terminado descubriendo la razón correcta.

Porque a veces el amor entra en tu vida disfrazado de negocio, se esconde detrás de un contrato y te obliga a fingir sentimientos hasta que un día descubres que lo único falso era el motivo por el que aceptaste quedarte.

Y aquel matrimonio que comenzó por veinte mil dólares al mes terminó valiendo mucho más de lo que cualquiera de los dos había imaginado.

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