PARTE 2: EL DINERO QUE NUNCA DESAPARECIÓ

Durante diecisiete años, Gideon Sterling había creído una mentira.

Una mentira tan bien construida que ni siquiera él, un hombre conocido por revisar cada contrato antes de firmarlo, había sido capaz de verla.

El lunes por la mañana llegó temprano a la oficina.

No llamó a Douglas.

No le escribió.

Solo pidió al departamento financiero todos los registros del primer año de la empresa.

—Necesito los documentos originales de constitución —dijo—. No copias modificadas.

El director financiero lo miró confundido.

—¿Hay algún problema, señor Sterling?

Gideon cerró la carpeta que tenía delante.

—Eso es exactamente lo que intento descubrir.

Mientras tanto, en la casa, Gwen intentaba adaptarse a una nueva realidad.

Por primera vez en muchos años no tenía que preparar el día pensando en Douglas.

No tenía que revisar su agenda.

No tenía que recordar sus reuniones.

No tenía que fingir que todo estaba bien delante de los demás.

Solo tenía que cuidar a sus hijos.

Y sobrevivir.

Toby estaba sentado en la cocina haciendo un dibujo.

—Mamá.

—¿Sí?

—¿Este señor es rico?

Gwen sonrió.

—Sí, creo que sí.

El niño miró alrededor.

—Entonces, ¿por qué nos dejó quedarnos?

Gwen se quedó callada.

Porque esa era una pregunta que ella misma todavía no podía responder.

Gideon no era un extraño.

Pero tampoco era alguien cercano.

Era un hombre que había visto su matrimonio desde afuera durante casi veinte años.

Un hombre que ahora parecía estar descubriendo que todo lo que sabía sobre Douglas era falso.

Esa tarde, Gideon volvió a casa con una expresión diferente.

No era enojo.

Era algo peor.

Decepción.

Gwen lo notó inmediatamente.

—¿Encontraste algo?

Él dejó una carpeta sobre la mesa.

—Sí.

Ella no tocó los documentos.

—¿Qué era el préstamo del tío de Douglas?

Gideon respiró profundamente.

—Nunca existió.

Gwen cerró los ojos.

Aunque sospechaba la respuesta, escucharla en voz alta dolía.

—Entonces él mintió.

Gideon abrió la carpeta.

—No solo mintió.

Sacó un documento antiguo.

—Usó tu dinero para iniciar la empresa.

Gwen miró la página.

Era una transferencia bancaria.

El nombre del remitente era el suyo.

La cantidad era exactamente el dinero de la venta del apartamento.

—Pero él dijo que era un préstamo familiar.

Gideon negó lentamente.

—Porque necesitaba ocultar algo.

Pasó otra página.

—La inversión inicial está registrada como una aportación privada de Douglas Palmer.

Gwen frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Gideon la miró.

—Que Douglas convirtió tu dinero en una propiedad de la empresa como si hubiera salido de él.

El silencio fue absoluto.

Diecisiete años.

Diecisiete años viendo cómo Douglas hablaba de su éxito.

Cómo decía que había construido todo desde cero.

Cómo aceptaba elogios.

Mientras ella había entregado la base.

—¿Puede hacer eso legalmente?

Gideon apretó la mandíbula.

—No si falsificó documentos.

Gwen se sentó lentamente.

No lloró.

Ya había llorado demasiado durante las últimas semanas.

Ahora solo sentía una extraña claridad.

Douglas no solo la había abandonado.

Había intentado convencerla de que nunca había tenido nada.

Esa noche, por primera vez desde que llegó, Gideon le hizo una pregunta diferente.

—¿Guardaste pruebas?

Gwen levantó la mirada.

—¿De qué?

—De la venta del apartamento.

Ella pensó unos segundos.

—Creo que sí.

Fue hasta su pequeña mochila.

La misma que había llevado cuando Douglas la echó de casa.

Dentro había documentos que había guardado por costumbre.

Papeles que pensó que ya no importaban.

Sacó una carpeta vieja.

Gideon la abrió.

Y se quedó inmóvil.

—Gwen…

Ella lo miró.

—¿Qué?

Él señaló una hoja.

—Esto no es solo la venta del apartamento.

Señaló otra página.

—Esto es una transferencia de participación.

Gwen frunció el ceño.

—No entiendo.

Gideon tomó aire.

—Cuando invertiste ese dinero, Douglas no solo recibió capital.

Pausa.

—También te correspondían acciones de la empresa.

Gwen sintió que el mundo se detenía.

—¿Acciones?

—Sí.

Gideon pasó la página.

—Y alguien las eliminó de los registros oficiales.

Por primera vez desde que había llegado a esa casa, Gwen sintió algo distinto al dolor.

Rabia.

No por el dinero.

Sino por todos los años en que había vivido creyendo que no tenía nada.

Al día siguiente, Gideon llamó a sus abogados.

Pero antes de que pudieran iniciar cualquier acción, ocurrió algo inesperado.

Douglas apareció en la puerta.

No venía arrepentido.

Venía furioso.

—¿Qué estás haciendo aquí, Gwen?

Ella lo miró desde el interior de la casa.

Ya no estaba con la mochila en la mano.

Ya no estaba pidiendo ayuda.

—Vivo aquí temporalmente.

Douglas soltó una risa fría.

—¿Con Gideon?

Entonces vio al hombre detrás de ella.

Su expresión cambió.

—Gideon.

—Douglas.

El silencio entre ambos fue inmediato.

Douglas intentó sonreír.

—No sé qué te habrá contado, pero esto es un problema matrimonial.

Gideon no respondió.

Solo sostuvo una carpeta.

—No.

Pausa.

—Esto es un problema financiero.

Douglas dejó de sonreír.

—¿De qué hablas?

Gideon abrió la carpeta.

—Del dinero con el que fundaste la empresa.

El rostro de Douglas perdió color.

—Eso fue hace años.

—Exactamente.

Gideon dio un paso adelante.

—Hace diecisiete años que crees que nadie revisaría esos documentos.

Douglas miró a Gwen.

Y por primera vez entendió algo.

La mujer que él había dejado sin nada acababa de encontrar la única prueba que podía quitarle todo.

Pero antes de irse, Gideon recibió una llamada.

Escuchó durante unos segundos.

Su expresión cambió.

Luego miró a Gwen.

—Hay algo más.

—¿Qué?

Gideon bajó el teléfono.

—Douglas no solo ocultó tu inversión.

Pausa.

—También hay registros de otra persona que ayudó a borrar tu nombre de la empresa.

Gwen sintió un escalofrío.

Porque esa persona no era un socio.

Ni un abogado.

Era alguien que había estado presente desde el principio.

Y cuando Gideon dijo el nombre…

Gwen entendió que la traición había comenzado mucho antes de que Douglas pidiera el divorcio.

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