PARTE 2: EL HOMBRE DENTRO DE CASA

Durante varios segundos nadie habló.

La frase de Sophie quedó suspendida en la cocina.

“El hombre que mató a su madre todavía está dentro de esta casa.”

Sentí que todo mi cuerpo se tensaba.

No por miedo.

Por rabia.

Porque durante catorce meses había buscado al responsable de la muerte de Isabelle.

Había seguido pistas.

Había interrogado enemigos.

Había gastado millones intentando encontrar una respuesta.

Y ahora mi hija de siete años acababa de decirme que la respuesta estaba bajo mi propio techo.

Miré a Grace.

—Repite exactamente lo que dijo.

Ella dudó.

Miró a las niñas.

Luego habló en voz baja.

—Sophie me dijo que no debía decirte nada hasta estar segura.

Mi mandíbula se apretó.

—¿Segura de qué?

Grace tomó aire.

—De que no ibas a hacerle daño.

Esa frase me golpeó más fuerte que cualquier otra.

Mis hijas no me tenían miedo porque yo fuera su padre.

Me tenían miedo porque durante años habían visto un mundo donde los hombres con poder destruían todo a su alrededor.

Y yo había sido parte de ese mundo.

Me acerqué lentamente a Sophie.

Ella inmediatamente agarró la mano de Grace.

No la mía.

Eso dolió.

Pero no retrocedí.

Me agaché hasta quedar a su altura.

—Sophie.

Ella no levantó la mirada.

—Papá necesita saber la verdad.

Sus pequeños dedos apretaron los de Grace.

Después de unos segundos, susurró:

—Él llevaba tu reloj.

Mi respiración se detuvo.

—¿Quién?

Sophie señaló hacia el pasillo.

Hacia la zona donde estaban las habitaciones del personal.

—El hombre de esa noche.

Sentí un frío recorrerme.

Porque Isabelle no había muerto por casualidad.

Alguien había enviado un mensaje.

Alguien había querido golpearme donde más dolía.

Pero nunca imaginé que esa persona pudiera haber entrado en mi casa.

Grace habló lentamente.

—Las niñas nunca hablaban de lo ocurrido.

—¿Entonces cómo lo supiste?

Ella bajó la mirada.

—Porque una noche Nora tuvo una pesadilla.

Silencio.

—Dijo un nombre.

Mi corazón se aceleró.

—¿Qué nombre?

Grace miró hacia la puerta.

Como si temiera que alguien estuviera escuchando.

—Marco.

La cocina quedó completamente quieta.

Marco Bellini.

Mi segundo al mando.

El hombre que había estado conmigo durante quince años.

El hombre que había llevado mis negocios mientras yo estaba ocupado protegiendo a mi familia.

El hombre que estuvo en el funeral de Isabelle.

El hombre que abrazó a mis hijas y dijo que siempre las cuidaría.

No dije nada.

Porque si era verdad…

La traición era mucho más grande de lo que imaginaba.

Esa noche hice algo que no había hecho en años.

No llamé a mis hombres.

No di órdenes.

No amenacé a nadie.

Esperé.

Observé.

Porque si Marco estaba involucrado, necesitaba pruebas.

Y las conseguí antes de lo esperado.

A las tres de la mañana, una de las cámaras internas de seguridad mostró algo extraño.

Un movimiento en el pasillo.

Una puerta que nadie debía abrir.

La habitación de Isabelle.

La misma habitación que nadie había tocado desde su muerte.

Abrí la grabación.

Y lo vi.

Marco entrando.

Solo.

Revisando los cajones.

Buscando algo.

Algo que claramente no había encontrado.

Sentí una furia que casi me hizo romper la pantalla.

Pero entonces apareció algo más.

Una segunda persona entró en la habitación.

Una persona que nunca esperaba ver.

Grace.

Mi mano se quedó quieta sobre el escritorio.

¿Por qué estaba ella allí?

Avancé la grabación.

Grace no parecía estar ayudando a Marco.

Parecía estar enfrentándolo.

No podía escuchar el audio, así que activé el sistema de sonido.

Y entonces escuché su voz.

—Sé lo que hiciste.

Marco se quedó inmóvil.

—No sabes nada.

Grace respondió:

—Sé lo suficiente.

Silencio.

Después Marco dijo algo que hizo que mi sangre se helara.

—Si hablas, tus niñas perderán al único hombre que todavía puede protegerlas.

Grace no retrocedió.

—No. Ellas perderán al hombre que creen que las protege.

La grabación terminó.

Me quedé mirando la pantalla.

Porque finalmente entendí algo.

Grace no había llegado a mi casa por casualidad.

No era simplemente una ama de llaves.

Había estado investigando.

Había estado protegiendo a mis hijas.

Y quizá por eso ellas volvieron a hablar.

Porque ella no les prometió cosas.

Les dio seguridad.

A la mañana siguiente, llamé a Marco.

—Necesito verte.

Su voz sonó tranquila.

Demasiado tranquila.

—Claro, jefe.

Lo cité en mi oficina privada.

Cuando entró, sonrió.

—¿Todo bien?

Lo miré durante varios segundos.

Quince años de confianza.

Quince años creyendo que era mi hermano.

Entonces puse una fotografía sobre la mesa.

La imagen de la cámara.

Marco entrando en la habitación de Isabelle.

Su sonrisa desapareció.

Solo por un instante.

Pero fue suficiente.

—Explícame esto.

Él miró la foto.

Luego me miró.

—Dominic…

Levanté una mano.

—No me mientas.

El silencio se hizo pesado.

Y entonces hizo algo que jamás esperaba.

Sonrió.

No con miedo.

Con alivio.

—Finalmente lo descubriste.

Sentí que todo dentro de mí se congelaba.

—¿Qué dijiste?

Marco se sentó lentamente.

—Durante catorce meses te he visto buscar al culpable equivocado.

Mi mirada se volvió fría.

—¿Por qué?

Él inclinó la cabeza.

—Porque Isabelle no murió por una guerra entre familias.

Pausa.

—Murió porque descubrió algo sobre tu propia organización.

Me quedé inmóvil.

Marco continuó:

—Algo que tú nunca quisiste ver.

Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Grace.

Solo tenía una frase:

“Dominic, necesito hablar contigo antes de que Marco lo haga.”

Debajo había una fotografía.

Una fotografía de Isabelle.

Y al fondo aparecía una persona.

Alguien que yo había enterrado hace años.

Pero que aparentemente nunca desapareció.

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