PARTE 2: EL ARCHIVO QUE SOLO ELENA ENTENDÍA

Daniel permaneció frente a mi escritorio vacío durante casi un minuto.

Después entró en su despacho.

—Tráiganme el expediente de Singapur.

Nadie se movió.

—¿Qué ocurre ahora?

El director financiero respondió:

—Elena gestionaba ese expediente.

Daniel soltó una risa seca.

—Entonces búsquenlo.

Lo encontraron.

Cuatro carpetas.

Doscientas páginas.

Notas internas.

Anexos financieros.

Pero había un problema.

Nadie sabía por qué yo había marcado tres cláusulas con pequeñas etiquetas amarillas.

Daniel tampoco.

A las once tenía videoconferencia con los inversores de Singapur.

Duró siete minutos.

—Señor Vega —preguntó uno de ellos—, ¿confirmaron la modificación solicitada por el propietario del terreno?

Daniel buscó entre los papeles.

—Por supuesto.

—¿Cuál de las dos alternativas aceptaron?

Silencio.

Yo había discutido aquello durante tres semanas.

Daniel nunca asistió a ninguna llamada.

Siempre decía lo mismo:

“Elena se encarga.”

La reunión terminó sin acuerdo.

A las doce, cancelaron otra presentación porque faltaba una autorización.

A las dos, un cliente exigió hablar conmigo.

A las cuatro, Daniel finalmente llamó.

Vi su nombre mientras tomaba café en una pequeña terraza de Madrid.

Lo dejé sonar.

Volvió a llamar.

Después llegó un mensaje.

“Necesito el código del archivo de adquisiciones.”

Respondí únicamente:

“Todo fue entregado conforme al procedimiento interno.”

Treinta segundos después:

“Elena, esto es importante.”

Guardé el teléfono.

Durante seis años, todo había sido importante.

Excepto yo.

Al día siguiente apareció frente a mi apartamento.

No lo dejé entrar.

—Necesito cinco minutos.

—Tienes dos.

Daniel parecía no haber dormido.

—¿Por qué hiciste esto?

—Renuncié.

—Sabías que asumiría como director ejecutivo.

—Precisamente.

Frunció el ceño.

—¿Quieres castigarme?

—No.

Aquello pareció desconcertarlo más.

—Entonces vuelve durante un mes. Te duplicaré el sueldo.

—No.

—El triple.

—Daniel, sigues pensando que todo tiene precio.

Se quedó callado.

Entonces dijo algo inesperado.

—El consejo está preguntando por ti.

—Ese ya no es mi problema.

—Dicen que algunos clientes aceptaron renovar únicamente porque tú continuarías gestionando sus cuentas.

Eso sí me sorprendió.

Daniel sacó una carpeta.

—Encontré esto dentro de tu archivador.

Reconocí inmediatamente la portada.

PROYECTO HORIZONTE.

Durante dos años había trabajado en aquella propuesta.

Una estrategia para convertir varios edificios abandonados en desarrollos residenciales y comerciales.

Daniel nunca quiso leerla.

—Dijiste que no era viable.

—Me equivoqué.

—No. Dijiste que una asistente no debía jugar a ser directora.

Bajó los ojos.

Recordaba perfectamente aquellas palabras.

—El consejo la leyó ayer —dijo—. Quieren presentarla.

Sentí algo parecido a rabia.

—No pueden.

—¿Por qué?

—Porque no pertenece a Grupo Vega.

Daniel levantó la cabeza.

—La desarrollaste trabajando allí.

—La idea inicial, sí. Pero la versión que tienes fue descartada oficialmente hace dieciocho meses. Después continué desarrollándola fuera de mi horario y registré adecuadamente mi trabajo independiente.

Daniel abrió la carpeta.

En la última página estaba la documentación correspondiente.

Su expresión cambió.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Lo hice.

Silencio.

—Tres veces.

Entonces recordó.

Las noches en que yo intentaba hablar mientras él contestaba correos.

Los desayunos en los que dejaba documentos junto a su café y regresaban intactos.

Daniel cerró lentamente la carpeta.

—¿Qué vas a hacer con Horizonte?

—Todavía no lo he decidido.

Eso no era completamente cierto.

Esa misma mañana había recibido una llamada.

Lucía Ferrer, presidenta de una firma competidora, quería reunirse conmigo.

No para contratarme como asistente.

Como directora de estrategia.

Y quería escuchar mi proyecto.

No se lo conté a Daniel.

Todavía no.

Él se marchó diez minutos después.

Pensé que finalmente había entendido.

Pero aquella tarde Sabrina, mi abogada, me llamó.

—Elena, necesito preguntarte algo sobre tu divorcio.

—¿Qué ocurre?

—¿Daniel administraba alguna sociedad durante vuestro matrimonio que tú desconocieras?

Me incorporé.

—No que yo sepa.

—Entonces tenemos un problema.

Había aparecido una empresa llamada MV Capital.

Creada cuatro años atrás.

Daniel figuraba como administrador.

Pero había otro nombre vinculado a la sociedad.

El mío.

—Nunca he oído hablar de MV Capital.

—Eso imaginaba.

—¿Qué tiene esa empresa?

Sabrina guardó silencio.

—Participaciones en tres proyectos del Grupo Vega.

Sentí un escalofrío.

—¿Cómo puede aparecer mi nombre?

—Eso tendremos que determinar.

Entonces añadió:

—Hay algo todavía más extraño. La sociedad recibió ayer una transferencia de doce millones de euros.

Me quedé inmóvil.

—¿De quién?

—Del Grupo Vega.

La transferencia había sido autorizada apenas cuarenta minutos después de que Daniel descubriera mi renuncia.

Miré mi teléfono.

Tenía un nuevo mensaje suyo.

“Antes de reunirte con Lucía Ferrer, tenemos que hablar de MV Capital.”

Se me helaron las manos.

Yo nunca le había contado que iba a reunirme con Lucía.

Ni siquiera había aceptado todavía la cita.

Eso significaba que Daniel sabía algo que yo no.

Pero lo que realmente me preocupó fue la última frase:

“Tu renuncia activó una cláusula que mi padre nos ocultó a los dos.”

Durante seis años pensé que había sido simplemente la asistente invisible de Grupo Vega.

Ahora empezaba a sospechar que alguien había colocado mi nombre dentro de la empresa mucho antes de que yo decidiera marcharme.

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