Miré al abogado Peña sin decir una palabra.
—Repítalo.
—El hospital está bajo protección policial. Hay una amenaza relacionada con Santillana y nadie sabe todavía quién filtró ese informe.
Negué lentamente.
—Entonces no sabemos si el documento es auténtico.
Peña pareció sorprendido.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que alguien acaba de entregar una historia perfecta en el momento perfecto. Quiero pruebas antes de creer una sola palabra.
Por primera vez desde que llegó, Peña respiró con alivio.
—Haré que lo verifiquen por las vías legales.
Yo ya había cometido suficientes errores dejándome dominar por la ira.
No cometería otro.
Las consecuencias de aquella noche eran reales y graves. Mi proceso penal seguiría adelante, y ninguna traición justificaba lo que había hecho.
Pero Adrián tenía sus propios problemas.
El consejo de administración había comenzado una auditoría interna.
Y lo que encontraron hizo que la infidelidad pareciera insignificante.
Durante dieciocho meses, alguien había utilizado tres empresas fantasma para facturar servicios inexistentes.
Más de un millón de euros había desaparecido.
La firma de Adrián aparecía en varias autorizaciones.
Sin embargo, había algo extraño.
Parte del dinero no había terminado en las cuentas de Valeria.
Había ido a una sociedad llamada Alcázar Consulting.
—¿Quién la controla? —pregunté.
Peña deslizó un documento bajo el cristal.
—Eso estamos intentando descubrir.
Entonces señaló una fecha.
Me quedé inmóvil.
La sociedad había sido creada nueve años antes.
Adrián y yo solo llevábamos cinco casados.
—Esto empezó antes de conocerme.
—Exactamente.
Aquello cambiaba todo.
Yo había pensado que Adrián simplemente había utilizado nuestro matrimonio para financiar sus caprichos.
Ahora parecía que había entrado en mi vida con problemas que ya existían.
Dos días después, Peña regresó.
—El supuesto informe genético no puede considerarse confirmado —dijo—. Pero descubrimos algo más verificable.
Sacó una fotografía.
Valeria aparecía entrando en un restaurante privado.
A su lado estaba Adrián.
La imagen tenía seis años.
—¿Se conocían antes de nuestro matrimonio?
—Mucho antes.
Sentí una presión fría en el pecho.
—Ella me aseguró que lo conoció a través de mí.
—Mintió.
Peña colocó otra fotografía.
Esta vez aparecía una tercera persona.
Un hombre mayor.
Traje oscuro.
Cabello gris.
No era Santillana.
Era alguien que conocía perfectamente.
—No puede ser.
—Me temo que sí.
Era Roberto Peña.
El padre de Adrián.
El hombre que durante años había fingido tratarme como a una hija.
—¿Qué hacían juntos?
—Todavía no lo sabemos.
Entonces Peña abrió la auditoría.
Alcázar Consulting había recibido pagos vinculados a una compañía que perteneció a Roberto antes de su supuesta jubilación.
Me quedé mirando los números.
—¿Adrián estaba robando para su padre?
—No saque conclusiones todavía.
Tenía razón.
Necesitábamos documentos, no sospechas.
Mientras tanto, Valeria había recuperado la consciencia y estaba colaborando con los investigadores.
Y pidió hablar conmigo.
—No es conveniente —dijo Peña.
—Entonces que hable con usted.
Así ocurrió.
Horas después, mi abogado regresó con una expresión que no pude interpretar.
—Valeria dice que Adrián no empezó la relación con ella por deseo.
Solté una risa amarga.
—Claro.
—Mariana, escuche primero.

Me quedé callada.
—Afirma que Roberto los obligó a mantener contacto porque necesitaban acceso a determinada información.
—¿Qué información?
Peña dudó.
—La de su familia.
Sentí que el suelo desaparecía.
—¿Mi familia?
—Sus sociedades. Sus inversiones. Sus derechos de voto.
Ahora comprendía por qué Adrián había insistido tanto en participar en reuniones que no tenían relación con su trabajo.
Por qué preguntaba por documentos que jamás le interesaron antes.
Quizá nuestra boda nunca había sido únicamente una boda.
—Hay algo más —continuó Peña—. Valeria entregó una llave.
Sacó una pequeña bolsa transparente.
Dentro había una llave de seguridad numerada.
—Dice que pertenece a Roberto.
—¿Qué abre?
—Una caja privada.
—¿Y qué hay dentro?
Peña me miró fijamente.
—Según Valeria, el contrato original que explica por qué Adrián se casó con usted.
No pude responder.
Cinco años de matrimonio.
Cinco aniversarios.
Miles de conversaciones.
De repente todo podía haber comenzado con una firma.
Pero entonces Peña recibió una llamada.
Escuchó durante casi un minuto.
Su expresión cambió.
—¿Está seguro?
Colgó.
—¿Qué ocurre?
Se acercó al cristal.
—La policía acaba de intentar localizar a Roberto.
—¿Y?
—Su casa está vacía.
—Entonces huyó.
Peña negó.
—Eso no es lo extraño.
Abrió su tableta y mostró una imagen de una cámara de seguridad.
Roberto había salido de su residencia aquella madrugada llevando una maleta.
Pero no estaba solo.
Adrián caminaba junto a él.
Mi marido, que llevaba días diciéndole a todos que no sabía nada de Alcázar Consulting.
—¿Adónde fueron?
—No lo sabemos todavía.
Entonces Peña amplió la última imagen.
Adrián llevaba una carpeta roja bajo el brazo.
En la portada aparecía escrito un apellido.
El mío.
SANTOS.
Me quedé inmóvil.
Aquella noche había creído descubrir una infidelidad.
Ahora empezaba a comprender que quizá llevaba cinco años viviendo dentro de un plan que había comenzado mucho antes de conocer a mi marido.
Y la única persona que parecía conocer toda la verdad era Valeria.