PARTE 2: EL JEFE DE LA MAFIA DE BOSTON DESCUBRIÓ POR QUÉ MI HIJA PASABA HAMBRE Y LA DECISIÓN QUE TOMÓ CAMBIÓ NUESTRAS VIDAS

James desapareció detrás de las puertas de la cocina.

Yo permanecí sentada junto a Chloe, demasiado confundida para moverme.

Cinco minutos después, comenzaron a escucharse ruidos de platos.

Uno de los hombres de James sonrió.

—No puedo creer que esté haciendo esto.

—¿Siempre cocina? —pregunté.

El hombre soltó una pequeña risa.

—No. James Moretti no cocina para nadie.

Unos minutos después, James salió con un plato humeante en cada mano.

Había preparado pasta, pollo, verduras y una pequeña tarta de manzana.

Colocó primero el plato de Chloe.

—Despacio. Está caliente.

Chloe lo miró con enorme curiosidad.

—¿Tú cocinaste?

James asintió.

—Intenté hacerlo bien.

Ella probó un bocado.

Sus ojos se iluminaron.

—Está rico.

James se quedó inmóvil.

Uno de sus hombres bajó la mirada para ocultar una sonrisa.

—Gracias —dijo James.

Chloe continuó comiendo.

Yo apenas podía tocar mi plato.

—Señor Moretti…

—James.

—James, no puedo aceptar esto.

—¿Por qué?

—Porque no lo conozco.

—Eso es cierto.

Se sentó frente a nosotros.

—Pero conozco el hambre.

No supe qué responder.

James miró a Chloe.

—¿Tu mamá trabaja mucho?

Ella asintió.

—Siempre.

—¿Y quién te cuida cuando trabaja?

—A veces el señor Miller. Pero está con su familia esta Navidad.

James me miró.

—¿El señor Miller?

—Un vecino.

—¿Y el padre de Chloe?

El silencio regresó.

Bajé la mirada.

—No está.

James no insistió.

Pero noté que uno de sus hombres había dejado de sonreír.

Después de que Chloe terminó de comer, James le preguntó:

—¿Quieres postre?

—¿Hay más?

—Todo lo que quieras.

Chloe sonrió.

Aquella sonrisa hizo algo extraño en la habitación.

Los hombres de James parecían incómodos, como si ninguno supiera cómo comportarse frente a una niña que simplemente estaba feliz de tener una cena caliente.

Mientras Chloe comía la tarta, James se acercó a mí.

—¿Cuánto ganas aquí?

—Lo suficiente para pagar el alquiler y la comida.

—Eso no responde mi pregunta.

Suspiré.

—Doce dólares por hora.

Su expresión cambió.

—¿Y cuánto debes?

Le dije la cantidad.

James sacó su teléfono.

—No.

Lo miré sorprendida.

—Ni siquiera sabe qué iba a hacer.

—Pagar tus deudas.

—No quiero que pague mis deudas.

James dejó el teléfono sobre la mesa.

—Entonces no las pagaré.

Respiré aliviada.

—Gracias.

—Te ofreceré un trabajo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué clase de trabajo?

—Administrar uno de mis restaurantes.

Me quedé mirándolo.

—No tengo experiencia.

—Tienes cinco años trabajando aquí.

—Limpiando.

—Conoces cada problema que los clientes nunca ven.

Hizo una pausa.

—Eso vale más que un título.

No respondí.

James continuó:

—Salario fijo. Seguro médico. Horario diurno. Y una habitación temporal en una propiedad que tengo cerca del puerto.

—No puedo aceptar una casa gratis.

—No sería gratis.

—¿Entonces?

—Trabajarías.

La propuesta me dejó sin palabras.

Pero antes de responder, uno de sus hombres recibió una llamada.

Su expresión cambió.

Se acercó a James y le susurró algo.

James se levantó.

—¿Qué ocurre?

—El dueño del apartamento de Grace presentó un aviso de desalojo.

Mi corazón se hundió.

—¿Qué?

El hombre me miró.

—Dice que lleva dos meses de retraso.

Yo sabía que tenía razón.

—No puedo pagar todo todavía.

James permaneció en silencio.

Entonces preguntó:

—¿Cuándo tienes que salir?

—El viernes.

Chloe dejó de comer.

—¿Nos vamos de casa?

Me acerqué inmediatamente.

—No, cariño. Mamá lo arreglará.

James me miró.

No dijo nada durante unos segundos.

Después tomó su teléfono.

—Quiero el contrato de alquiler sobre mi escritorio mañana.

—James, no.

—No voy a comprar tu apartamento.

—Entonces…

—Voy a comprar el edificio.

Me quedé helada.

—¿Qué?

—El propietario lleva años aprovechándose de sus inquilinos. Mañana dejará de hacerlo.

Uno de sus hombres sonrió.

—Jefe, eso probablemente costará más que todas las deudas de Grace juntas.

James lo miró.

—No estaba preguntando cuánto costaría.

Aquella noche, cuando cerramos el restaurante, James insistió en llevarnos a casa.

Chloe se quedó dormida en el asiento trasero.

Yo observaba las luces de Boston pasar por la ventana.

—¿Por qué haces esto?

James no respondió inmediatamente.

—Hace muchos años, alguien hizo algo parecido por mí.

—¿Quién?

—Mi madre.

Lo miré.

—¿Ella ya murió?

James asintió.

—Cuando yo era joven, tuvimos una Navidad difícil. Ella trabajó toda la noche para que mi hermano y yo pudiéramos comer al día siguiente.

Su voz se volvió más baja.

—Nunca olvidé cómo sonrió mientras fingía que no estaba cansada.

Comprendí entonces que aquella noche no había visto a James Moretti, el hombre del que todos hablaban.

Había visto a un hijo recordando a su madre.

Cuando llegamos a mi apartamento, James cargó a Chloe dormida hasta la puerta.

La dejó suavemente en su cama.

Luego regresó al salón.

—Mañana empieza tu nueva vida.

—¿Y si digo que no?

Sonrió.

—Entonces respetaré tu decisión.

Aquello fue precisamente lo que hizo que confiara un poco más en él.

A la mañana siguiente, recibí una llamada del restaurante.

—Grace, tienes una reunión con el señor Moretti a las nueve.

Llegué puntualmente.

James estaba sentado en una oficina.

Sobre la mesa había un contrato.

—¿Qué es?

—Tu nuevo puesto.

Lo abrí.

El salario era casi tres veces superior al que recibía limpiando.

—No puedo aceptar esto.

—Ya hablamos de eso.

—No. Esto es demasiado.

James se inclinó hacia atrás.

—Grace, no te estoy regalando nada. Quiero que dirijas este restaurante.

—¿Por qué yo?

—Porque ayer vi cómo trabajabas cuatro horas sin quejarte mientras tu hija dormía en una cabina.

Me miró directamente.

—La gente que mantiene un negocio funcionando cuando nadie está mirando suele ser la gente que merece dirigirlo.

Firmé.

No sabía que aquella decisión cambiaría mucho más que mis finanzas.

Dos semanas después, el restaurante estaba lleno.

Chloe ya no tenía que acompañarme por las noches.

James incluso había creado una pequeña sala para niños en una de sus propiedades cercanas, con libros, juegos y una cuidadora certificada durante mi horario laboral.

Pero entonces descubrí algo.

Los números del restaurante no cuadraban.

Había facturas duplicadas.

Pagos a proveedores que no existían.

Transferencias extrañas.

Me senté frente a James con una carpeta.

—Creo que alguien está robando dinero.

James la abrió.

Su expresión se endureció.

—¿Cuánto?

—Todavía no lo sé.

Revisamos los registros.

Finalmente encontramos un nombre.

El director financiero de varias empresas de James.

James permaneció inmóvil.

—Lleva ocho años conmigo.

—Entonces conoce todos tus sistemas.

Él asintió.

—Y ahora entiendo por qué nadie había descubierto nada.

—¿Qué vas a hacer?

James cerró la carpeta.

—Lo correcto.

No pregunté más.

Al día siguiente, las autoridades recibieron toda la documentación necesaria.

James no permitió que nadie amenazara al hombre ni tomó represalias.

Simplemente dejó que los investigadores hicieran su trabajo.

Eso cambió mi percepción de él.

Quizá los rumores sobre James Moretti habían convertido su nombre en una leyenda.

Pero el hombre que yo conocía había elegido proteger a sus empleados sin convertir un problema en otro.

Meses después, la víspera de Navidad, volvimos al mismo restaurante.

Esta vez no estaba vacío.

Había familias.

Niños.

Música.

Y una enorme mesa preparada para los empleados.

Chloe corrió hacia James.

—¡James!

Él se agachó para recibirla.

—¿Lista para cenar?

—¡Sí!

Me quedé observándolos.

Un año antes tenía dieciocho dólares y cuarenta y tres centavos en mi cuenta.

Aquella noche tenía un trabajo estable, un hogar seguro y una hija que ya no preguntaba si tendríamos comida suficiente.

James se acercó.

—¿Qué pasa?

Sonreí.

—Nada.

—No parece nada.

Miré a Chloe.

—Solo estaba pensando en aquella noche.

James entendió inmediatamente.

—Yo también.

—¿Por qué entraste al restaurante?

Sonrió.

—Porque tenía hambre.

—Eso no es verdad.

James se quedó callado.

Finalmente respondió:

—Escuché a tu hija.

Miró hacia donde Chloe estaba decorando una galleta.

—Y recordé a mi madre.

Le tomé la mano.

—Gracias.

James negó con la cabeza.

—No me agradezcas por darte una oportunidad.

—Entonces, ¿por qué?

—Porque tú hiciste el resto.

Sonreí.

Aquella Nochebuena había entrado en mi vida pensando que James Moretti era el hombre más peligroso de Boston.

Pero descubrí algo que nadie me había contado.

El hombre al que todos temían había sido capaz de detenerse ante una niña que solo pedía una cena caliente.

Y mientras Chloe reía al otro lado de la mesa, comprendí que aquella noche no había cambiado solamente nuestra Navidad.

Había cambiado nuestro futuro.

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