PARTE 2: EL MISMO DÍA

A la mañana siguiente, llamé a mi madre.

—Mamá, quiero conocer al hombre con el que voy a casarme.

Hubo silencio.

—¿Cambiaste de opinión?

—No.

Miré la lluvia detrás de la ventana.

—Solo quiero saber quién es.

Mi madre soltó una pequeña risa.

—Entonces ven esta tarde.

No pregunté su nombre.

No quería saberlo.

Todavía no.


Cuando llegué al restaurante, mi madre ya estaba sentada frente a un hombre.

Alto.

Traje oscuro.

Expresión tranquila.

Se levantó cuando me vio.

—Amelia Wen.

Me quedé inmóvil.

Lo conocía.

No personalmente.

Pero sabía quién era.

Lin Marcus.

El hombre que había rechazado tres adquisiciones de Julian durante los últimos dos años.

El hombre cuya empresa había crecido silenciosamente hasta convertirse en una de las más respetadas de la ciudad.

Mi madre sonrió.

—Él es Marcus Lin.

Marcus extendió la mano.

—Encantado.

La estreché.

—Igualmente.

No sonrió demasiado.

Solo me preguntó:

—¿Quieres casarte conmigo?

Casi me atraganté con el agua.

Mi madre tosió.

—Marcus…

Él pareció darse cuenta de lo brusco que había sonado.

—Perdón.

Pausa.

—Quise decir que no necesito siete citas para saber si quiero construir una familia contigo.

Lo miré.

—¿Y si yo no quiero?

—Entonces no nos casamos.

Simple.

Sin presión.

Sin drama.

Después de siete años con Julian, aquella respuesta me pareció extrañamente desconocida.


Esa misma noche regresé a casa.

Julian estaba allí.

—¿Dónde estabas?

—Con mi madre.

—¿Por qué?

Dejé el bolso.

—Me voy a casar.

Julian se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Me voy a casar.

Soltó una risa incrédula.

—Amelia, deja de hacer tonterías.

—No es una tontería.

—¿Con quién?

—No te importa.

Su rostro cambió.

—Soy tu novio.

Lo miré.

—Eso pensabas.


Julian dio un paso hacia mí.

—¿Qué significa eso?

—Significa que después de siete años finalmente entendí que no tenemos futuro.

—¿Por Clara?

—No.

Negué.

—Por ti.

Él permaneció callado.

—Clara solo me ayudó a ver algo que llevaba años evitando.

—Amelia…

—No.

Levanté una mano.

—No quiero discutir.

—No puedes terminar siete años así.

Sonreí.

—Tú llevas siete años terminándolos poco a poco.


Julian no aceptó mi decisión.

Durante los días siguientes me llamó constantemente.

Flores.

Mensajes.

Cenas.

Promesas.

Todo aquello que había esperado durante años apareció de repente.

Pero ya no lo necesitaba.

Una tarde apareció frente a mi trabajo.

—Dame una oportunidad.

Lo miré.

—¿Para qué?

—Para demostrarte que Clara no significa nada.

—No tienes que demostrarme eso.

—Entonces ¿qué quieres?

—Que me dejes ir.


Dos días después, Julian anunció públicamente su compromiso con Clara.

El mismo hombre que decía que no podía vivir sin mí apareció en todas las noticias sonriendo junto a ella.

Los comentarios fueron exactamente los que esperaba.

“Pareja perfecta.”

“Por fin están juntos.”

“Esperaron demasiado.”

Yo cerré la aplicación.

Y seguí con mi vida.


La boda quedó fijada para el mismo día que la mía.

Cuando mi madre me lo contó, solo sonreí.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿No te parece demasiado extraño?

—No.

Miré mi vestido.

—Esta vez no me estoy casando para competir con nadie.


La mañana de mi boda llovía.

Me senté frente al espejo mientras mi madre arreglaba mi velo.

—¿Tienes miedo?

—Un poco.

—Es normal.

Respiré profundamente.

—Pero no estoy dudando.

Mi madre sonrió.

—Eso es lo importante.


A las cuatro de la tarde, dos convoyes llegaron casi al mismo tiempo al hotel.

El de Julian.

Y el mío.

Los invitados comenzaron a salir.

Entonces ocurrió.

Las puertas de ambos coches se abrieron.

Julian bajó primero.

Vestido con un traje negro.

Clara apareció detrás de él.

Llevaba un vestido blanco.

Julian sonrió.

Hasta que miró hacia el segundo vehículo.

Me vio.

Yo llevaba mi vestido de novia.

A mi lado estaba Marcus.

La sonrisa desapareció de su rostro.

El ramo de rosas rojas que sostenía cayó al suelo.

Clara siguió su mirada.

—¿Amelia?

No respondí.

Marcus extendió su brazo.

—¿Lista?

Lo miré.

—Sí.

Caminamos hacia la entrada.

Julian no se movió.


Cuando pasé frente a él, nuestros ojos se encontraron.

Durante siete años había esperado que alguna vez me mirara así.

Como si yo fuera importante.

Como si pudiera perderme.

Y justamente ahora lo hacía.

—Amelia.

Me detuve.

Marcus no dijo nada.

Julian dio un paso hacia mí.

—¿De verdad vas a casarte?

Lo miré.

—Sí.

—¿Con él?

—Sí.

—¿Lo amas?

Pensé unos segundos.

—Todavía no sé.

Su rostro cambió.

—Entonces no lo hagas.

Negué.

—Tú tampoco amabas a Clara cuando decidiste comprometerte con ella.

Silencio.

—La diferencia es que yo no estoy utilizando a Marcus para darte celos.

Julian bajó la mirada.

—Entonces ¿por qué?

Sonreí.

—Porque quiero conocer una vida en la que alguien me elija sin esconderme.


Clara se acercó.

—Julian, tenemos que entrar.

Él no respondió.

Me miró una última vez.

—¿Nunca me amaste?

Respiré.

—Te amé demasiado.

Pausa.

—Ese fue mi problema.

Después tomé el brazo de Marcus.

Y entré.


La ceremonia fue sencilla.

Sin cámaras.

Sin titulares.

Sin discursos sobre quién había ganado.

Marcus me miró durante toda la ceremonia.

Cuando llegó el momento de intercambiar los anillos, susurró:

—Si algún día descubres que no me amas, dímelo.

Lo miré sorprendida.

—¿Por qué?

—Porque quiero que te quedes conmigo porque quieres.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

No por Julian.

Por mí.

Por la mujer que había esperado siete años para escuchar algo así.


La boda de Julian también terminó esa noche.

Pero no de la manera que había imaginado.

Clara descubrió que, incluso después de comprometerse, Julian seguía intentando llamarme.

Ella le preguntó:

—¿Todavía la amas?

Julian no respondió.

Clara entendió.

Y se quitó el anillo.

No hubo escándalo.

Solo una decisión.


Un año después, mi matrimonio con Marcus seguía siendo tranquilo.

No perfecto.

Real.

Discutíamos.

Nos reíamos.

Trabajábamos.

Y, sobre todo, hablábamos.

Una mañana encontré una caja de pasteles de durazno sobre la mesa.

Marcus me miró.

—Pensé que te gustaban.

Sonreí.

—No mucho.

Él levantó una ceja.

—Entonces los devuelvo.

—No.

Tomé uno.

—Ahora sí.

Se rio.

—¿Por qué?

—Porque esta vez alguien me preguntó qué me gustaba.


A veces recuerdo aquella noche bajo la lluvia.

El teatro vacío.

Mi boleto mojado.

Julian diciéndome que podía ver la función otro día.

Durante años pensé que aquel había sido el momento más triste de mi vida.

Ahora sé que fue el día en que dejé de esperar.

El video de Julian proponiéndole matrimonio a su asistente se volvió viral.

Todo el mundo pensó que él había encontrado el amor.

Pero nadie sabía que, mientras todos lo felicitaban, yo estaba aprendiendo a elegir mi propia vida.

Y cuando nuestros convoyes se cruzaron frente al hotel, Julian finalmente entendió algo que había considerado imposible:

yo sí podía dejarlo.

No porque hubiera encontrado a otro hombre.

No porque quisiera vengarme.

Sino porque después de siete años finalmente entendí que amar a alguien no significa aceptar ser siempre la segunda opción.

Él eligió a su asistente.

Yo elegí dejar de esperarlo.

Y, por primera vez, no me arrepentí de mi elección.

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