PARTE 2: LA MUJER QUE DEJÓ DE ESPERAR

Adrian regresó de Northlake dos días después.

Yo ya no vivía en nuestra casa.

Cuando abrió la puerta encontró el salón exactamente como lo había dejado.

Sus libros.

Sus chaquetas.

Sus copas de vino.

Su cafetera.

Todo seguía allí.

Excepto mis cosas.

Y sobre la mesa del comedor había una carpeta.

ACUERDO DE DIVORCIO.

Me llamó inmediatamente.

No contesté.

Volvió a llamar.

Después otra vez.

Al cuarto intento llegó un mensaje.

—Elena, deja de comportarte como una niña. ¿Dónde estás?

Lo leí sentada en el apartamento de mi amiga Clara.

Por alguna razón, aquella frase ya no me dolió.

Tal vez porque finalmente había entendido que Adrian siempre llamaba inmadurez a cualquier emoción mía que le resultara incómoda.

Respondí:

—Lee los documentos.

Su llamada llegó antes de que pudiera bloquear la pantalla.

Esta vez contesté.

—¿Qué demonios significa esto?

—Significa exactamente lo que dice.

—¿Quieres divorciarte porque coincidí con Serena durante un viaje?

—No.

Hubo silencio.

—Entonces ¿por qué?

Miré por la ventana.

—Porque tardaste dos días en responderme, pero menos de cinco minutos en defenderla.

Adrian suspiró.

Ese suspiro.

El mismo que utilizaba cada vez que creía que yo estaba convirtiendo algo insignificante en un problema.

—Ya te expliqué lo ocurrido.

—Y yo te creo.

Eso lo desconcertó.

—¿Qué?

—Creo que quizá coincidisteis. Creo que quizá solo comisteis juntos. Incluso puedo creer que no ocurrió nada entre vosotros.

—Entonces vuelve a casa.

Casi sonreí.

—Sigues sin entenderlo.

—¿Entender qué?

—Que Serena no es la razón por la que quiero divorciarme.

Me quedé callada unos segundos.

—Solo fue la razón por la que finalmente abrí los ojos.


Adrian apareció en casa de Clara aquella misma noche.

No sé cómo averiguó dónde estaba.

Cuando abrí la puerta llevaba una caja pequeña.

—Feliz cumpleaños atrasado.

Miré la caja.

—Mi cumpleaños fue hace cuatro días.

Su mandíbula se tensó.

—Lo sé.

—No, Adrian. Lo recordaste después de que pedí el divorcio.

No pudo responder.

—¿Qué hay dentro?

—Un collar.

Solté una pequeña risa.

—Devuélvelo.

—Elena…

—No me gustan los collares.

Su expresión cambió.

—Siempre llevas joyas.

—Pendientes.

Se quedó quieto.

—No llevo collares porque me molestan en el cuello.

Once años conociéndome.

Cuatro de relación.

Dos de matrimonio.

Y no lo sabía.

Por primera vez pareció darse cuenta de que quizá conocía mucho menos de mí de lo que suponía.

—Podemos hablar.

—Estamos hablando.

—En privado.

—Clara está en su habitación.

—Quiero decir en casa.

Negué.

—Esa ya no es mi casa.

Algo en su rostro se quebró.

—No puedes borrar un matrimonio por una mala semana.

Lo miré.

—No estoy borrando una mala semana.

—Entonces explícame qué hice.

Aquella pregunta casi me hizo reír.

Porque durante años yo se lo había explicado.

Una y otra vez.

—¿Recuerdas nuestro primer aniversario?

Frunció el ceño.

—Fuimos a cenar.

—Porque reservé yo.

—¿Y eso qué importa?

—Olvidaste que era nuestro aniversario.

Guardó silencio.

—¿Recuerdas cuando murió mi abuela?

—Claro.

—Tenías una cena de negocios.

—Era importante.

—Yo también necesitaba que estuvieras.

Su expresión se endureció.

—Elena, no puedes sacar ahora una lista de errores de hace años.

—No son errores aislados.

Lo miré directamente.

—Es nuestra vida.

Entonces dije algo que llevaba días intentando formular.

No me dejaste por Serena, Adrian. Me fuiste dejando sola poco a poco mientras seguías casado conmigo.

Por primera vez no tuvo respuesta.


Tres días después Serena me llamó.

No quería contestar.

Finalmente lo hice.

—No busco problemas —dijo inmediatamente.

—Entonces probablemente no deberías llamar a la esposa del hombre con quien estabas de vacaciones.

—No fueron vacaciones.

—No importa.

Serena guardó silencio.

—Hay algo que deberías saber.

Cerré los ojos.

Esperaba una confesión.

Un beso.

Una noche juntos.

Algo que convirtiera todo en una traición sencilla de comprender.

Pero lo que dijo fue peor.

—Adrian sabía que yo estaría en Northlake.

Abrí los ojos.

—¿Qué?

—No coincidimos.

Sentí frío.

—Explícate.

—Hace un mes me escribió. Dijo que tenía reuniones allí y preguntó si yo seguía viviendo cerca.

Mi mano apretó el teléfono.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Serena.

—Está bien.

Suspiró.

—Quería verme.

Mi corazón se hundió.

—¿Pasó algo entre vosotros?

—No.

Su respuesta fue inmediata.

—Y precisamente por eso te llamo.

No entendía.

Serena continuó:

—Adrian pasó años idealizando lo que tuvimos. Cuando nos vimos otra vez, creo que esperaba sentir algo extraordinario.

Me senté.

—¿Y lo sintió?

—No.

Hubo una pausa.

—Me dijo que era extraño. Que durante años había pensado que yo era la vida que había perdido.

Sentí una punzada.

—Qué bonito.

—Déjame terminar.

Su voz se volvió más suave.

—Después habló de ti.

No dije nada.

—Dijo que tú siempre estabas ahí. Que eras tranquila. Que nunca le exigías demasiado. Que sabía que, pasara lo que pasara, volvería a casa y tú seguirías esperando.

Aquellas palabras me hicieron más daño que una confesión de infidelidad.

No me amaba porque me valorara.

Me había convertido en la certeza cómoda que creía imposible perder.

—¿Por qué me cuentas esto?

Serena tardó unos segundos.

—Porque le dije que era un idiota.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Le dije que una mujer que siempre está ahí no significa que esté obligada a quedarse.

Casi me reí.

La mujer a la que llevaba años considerando una amenaza acababa de comprender mi matrimonio mejor que mi propio marido.


Aquella noche Adrian volvió a buscarme.

Esta vez no llevaba regalos.

—Serena te llamó.

No era una pregunta.

—Sí.

Cerró los ojos.

—Elena, puedo explicarlo.

—¿La buscaste tú?

Silencio.

—Sí.

—¿Me mentiste?

—Sí.

—¿Por qué?

Se sentó.

Parecía agotado.

—No lo sé.

—Inténtalo.

Adrian tardó mucho en responder.

—Cuando Serena se fue, nunca tuve un cierre.

—¿Y necesitabas conseguirlo durante mi cumpleaños?

—No pensé en la fecha.

La frase salió de su boca antes de que pudiera detenerla.

Los dos nos quedamos inmóviles.

Entonces Adrian comprendió lo que acababa de admitir.

No había olvidado mi cumpleaños porque estuviera ocupado.

Simplemente no había pensado en mí.

—Elena…

Levanté una mano.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Porque finalmente dijiste la verdad.

Sus ojos se humedecieron.

—No pasó nada con ella.

—Ya lo sé.

—Entonces podemos arreglarlo.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque sigues pensando que la fidelidad consiste únicamente en no acostarte con otra persona.

Adrian se quedó callado.

—Fuiste a buscar a una mujer del pasado para descubrir si todavía sentías algo por ella mientras yo estaba en casa esperando que recordaras mi cumpleaños.

Respiré profundamente.

—Y lo hiciste porque estabas seguro de que yo seguiría allí cuando volvieras.

Su rostro perdió color.

—Me equivoqué.

—Sí.

—Dame otra oportunidad.

Negué.

—No quiero convertirme en la mujer a la que empiezas a valorar únicamente porque está saliendo por la puerta.


Firmó el divorcio seis semanas después.

Pero antes ocurrió algo que ninguno esperaba.

El abogado descubrió que el apartamento donde habíamos vivido no pertenecía únicamente a Adrian.

La entrada inicial había sido pagada con una transferencia que mi abuela me había dejado antes de morir.

Yo había olvidado completamente aquel detalle porque Adrian siempre se refería al lugar como “mi apartamento”.

Legalmente, una parte considerable era mía.

Cuando se lo comunicaron, Adrian me llamó.

—Puedes quedártelo.

—No quiero favores.

—No es un favor.

—Entonces venderemos y dividiremos lo que corresponda.

—Elena, no necesito el dinero.

—Yo tampoco necesito tu culpa.

Silencio.

—Hazlo correctamente.

Y por primera vez lo hizo.


Con mi parte compré algo pequeño.

Un apartamento con ventanas enormes y una cocina demasiado grande para una sola persona.

Clara se burló.

—¿Por qué necesitas tanto espacio?

Sonreí.

—Porque quiero aprender a cocinar.

—Tú sabes cocinar.

—Sé preparar lo que le gustaba a Adrian.

Aquella frase nos dejó calladas.

Así que empecé desde cero.

Compré especias que él odiaba.

Pinté una pared de un tono que él siempre había considerado demasiado llamativo.

Me corté el cabello.

Volví a viajar.

Y un fin de semana hice algo ridículamente sencillo.

Fui a una pastelería.

—Quiero un pastel de chocolate con avellanas.

La dependienta preguntó:

—¿Para cuántas personas?

Pensé un momento.

—Una.

Me miró sorprendida.

—¿Alguna celebración?

Sonreí.

—Sí.

No necesitaba explicar cuál.


Pasaron diez meses.

Una mañana recibí una fotografía de un número desconocido.

Un lago.

Montañas.

Nieve.

Northlake.

Debajo había un mensaje.

“Ahora entiendo por qué querías venir aquí.”

Era Adrian.

No respondí.

Un minuto después llegó otro.

“Lo siento por haber necesitado perderte para empezar a escuchar todo lo que llevabas años diciendo.”

Me quedé mirando la pantalla.

No sentí rabia.

Tampoco esperanza.

Solo una tristeza tranquila por dos personas que alguna vez habían creído que amar era suficiente aunque una de ellas estuviera desapareciendo dentro de la relación.

Escribí:

“Espero que algún día aprendas a escuchar antes de perder a alguien.”

Después bloqueé el teléfono.


Mi cumpleaños número veintiséis llegó en viernes.

Esta vez no hubo una mesa vacía.

Clara organizó una cena.

Vinieron amigos que yo había dejado de ver porque Adrian consideraba agotadoras las reuniones grandes.

Había música.

Demasiada comida.

Demasiadas fotografías.

Y en medio de la mesa había un enorme pastel.

Chocolate con avellanas.

Clara encendió las velas.

—Pide un deseo.

Todos empezaron a cantar.

Yo cerré los ojos.

Recordé mi cumpleaños anterior.

El apartamento silencioso.

La Live Photo.

La voz de Serena entre la nieve.

Mi deseo:

“Quiero dejar de amar a Adrian Cole.”

Sonreí.

No porque aquel deseo se hubiera cumplido exactamente.

Había descubierto algo mucho mejor.

No necesitaba odiarlo.

Ni olvidar lo que habíamos vivido.

Solo necesitaba dejar de abandonarme para mantenerlo a él.

Abrí los ojos.

—¿Ya pediste algo? —preguntó Clara.

Negué.

—Este año no necesito pedir nada.

Soplé las velas.

Después corté el primer trozo.

Probé el pastel.

Chocolate.

Avellanas.

Dulce.

Muy dulce.

Y esta vez sonreí.

—¿Qué? —preguntó Clara.

Tomé otro bocado.

—Nada.

Miré alrededor.

A mis amigos.

A mi nueva vida.

A las pequeñas cosas que estaba aprendiendo a querer otra vez.

Entonces comprendí la verdad.

El pastel nunca había dejado de gustarme.

Solo había pasado tantos años intentando convertirme en la mujer adecuada para Adrian que había olvidado cómo reconocer mis propios gustos.

Y quizá ese había sido el verdadero regalo de aquel cumpleaños solitario.

No descubrir que mi marido todavía pensaba en su primer amor.

Sino descubrir que yo llevaba demasiado tiempo olvidándome del mío:

yo misma.

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