PARTE 2: MI CARTA, MI DESTINO

Victor seguía bloqueando la puerta.

—Lily, ¿por qué estás insistiendo tanto en ir tú misma?

Lo miré con una expresión tranquila.

—Porque es mi resultado.

—Puedo recogerlo por ti.

—Ya lo hiciste una vez.

La sonrisa desapareció de su rostro.

Solo por un instante.

Pero lo vi.

—¿Qué dijiste?

—Que esta vez quiero hacerlo yo.

Victor intentó reír.

—Estás siendo extraña.

—Quizá.

Bajé la mirada.

—Pero sigo siendo tu prometida.

Él pareció relajarse.

Eso era exactamente lo que necesitaba.

Que creyera que todavía confiaba en él.


Esperé hasta que salió de casa.

Después conté hasta cien.

No sabía si realmente se había marchado.

Victor siempre había sido cuidadoso.

Me acerqué a la ventana.

Lo vi caminar por el sendero.

Pero no tomó la bicicleta.

Se quedó detrás del muro.

Esperando.

Mi corazón dio un vuelco.

No quería que yo fuera a la oficina postal.

Quería descubrir si realmente sospechaba algo.

Cerré la cortina.

Después salí por la puerta trasera.

No fui hacia el pueblo.

Fui a buscar al hermano Daniel.

En mi vida anterior había sido un hombre amable que transportaba mercancías entre las aldeas.

Sabía que pasaría cerca de nuestra casa esa mañana.

Cuando lo encontré, me miró sorprendido.

—Lily, ¿qué haces aquí?

—Necesito llegar al pueblo.

—Sube.

No preguntó más.


Durante el trayecto no pude dejar de pensar en aquella carta.

En mi vida anterior, nunca la había visto.

Victor me dijo que no había aprobado.

Después me consoló.

Me dijo que estudiar no era importante.

Y yo le creí.

Esta vez no iba a cometer el mismo error.

Cuando llegamos a la oficina postal, bajé de la carreta.

Mi corazón latía con tanta fuerza que podía escucharlo.

Entré.

La empleada revisó los paquetes.

—¿Nombre?

—Lily Wang.

La mujer buscó entre varios sobres.

Después levantó la mirada.

—Tengo uno para ti.

Me entregó un sobre grande.

Reconocí inmediatamente la escritura oficial.

Mis dedos comenzaron a temblar.

La carta de admisión.

Mi futuro estaba literalmente entre mis manos.


Salí de la oficina postal.

No abrí la carta.

Todavía no.

La guardé dentro de mi ropa y regresé con Daniel.

Entonces escuché una voz detrás de mí.

—Lily.

Me giré.

Victor.

Había llegado en bicicleta.

Respiraba con dificultad.

Su rostro ya no tenía aquella expresión amable.

—¿Qué haces aquí?

Sonreí.

—Recogiendo mi carta.

Sus ojos bajaron hacia mi bolso.

—¿La tienes?

—Sí.

Silencio.

—Déjame verla.

Negué.

—Primero quiero abrirla en casa.

Victor dio un paso hacia mí.

—Lily, dame la carta.

Su tono había cambiado.

—¿Por qué?

—Porque…

Se detuvo.

No tenía una explicación.

Entonces sonreí.

—¿Tienes miedo de que haya entrado?

Su rostro se endureció.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Sí lo sé.

Saqué lentamente el sobre.

Lo levanté frente a él.

—En mi vida anterior me dijiste que había suspendido.

Victor se quedó completamente inmóvil.

—¿Qué?

—Me dijiste que mi futuro no estaba en una universidad.

Su rostro perdió el color.

—Lily…

—Me dijiste que debía casarme contigo y cuidar de tu madre.

Dio un paso atrás.

—Estás enferma.

Negué.

—No.

Abrí el sobre delante de él.

—Estoy recordando.


La carta decía lo que ya sabía.

Había sido admitida.

En una universidad de la ciudad.

Con una puntuación excelente.

Había conseguido una plaza que podía cambiar completamente mi vida.

Victor la miró.

No podía hablar.

Daniel observaba la escena sin comprender.

—¿Qué está pasando?

Guardé la carta.

—Nada que él quiera explicar.

Victor finalmente reaccionó.

—Lily, escucha.

—Te escuché durante toda una vida.

Lo miré directamente.

—Esta vez me toca hablar a mí.


Victor comenzó a negar todo.

Dijo que quizá había habido un error.

Que quizá la carta había sido enviada por equivocación.

Que quizá mi nombre aparecía allí porque había otra persona con el mismo apellido.

Pero yo ya conocía todas sus mentiras.

—Entonces iremos juntos a la oficina de educación.

Su rostro cambió.

—¿Para qué?

—Para confirmar mi expediente.

Silencio.

—Y también quiero saber quién recogió mi carta.

Victor no respondió.

Ahí estaba la verdad.


Dos días después, descubrimos que Victor había firmado un registro de recepción.

Había recogido mi carta.

Y no solo eso.

Había falsificado una autorización para hacerse pasar por un familiar.

Pero todavía faltaba algo.

La firma que aparecía debajo no era completamente suya.

Era de Sophia Gu.

La misma mujer que años después aparecería en las fotografías que encontré antes de morir.


La busqué.

La encontré en la ciudad.

Estaba intentando matricularse en una universidad.

Cuando me vio, palideció.

—Lily…

—¿Te acuerdas de mí?

—Sí.

—¿Sabes por qué estoy aquí?

Sophia comenzó a llorar.

—Victor me dijo que tú no querías estudiar.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Me dijo que habías decidido casarte.

—¿Y mi carta?

Sophia bajó la cabeza.

—Me la dio.

Sentí una mezcla de rabia y tristeza.

—¿La usaste?

—No exactamente.

—¿Qué significa eso?

Sophia respiró profundamente.

—Él quería que yo estudiara con tu plaza.

La miré.

—Entonces sí sabías.

Ella lloró.

—Era joven.

—Yo también.


Sophia me contó todo.

Victor había planeado nuestro matrimonio mucho antes de que yo conociera la verdad.

Sabía que mi familia tenía dificultades económicas.

Sabía que su madre necesitaba cuidados.

Y sabía que si yo estudiaba, probablemente me iría del pueblo.

Él quería que yo permaneciera allí.

Sophia, mientras tanto, quería escapar de su propia familia.

Victor le ofreció una oportunidad.

Mi oportunidad.

Y ambos pensaron que yo nunca descubriría la verdad.


Regresé al pueblo.

Victor estaba esperándome.

—¿Dónde estabas?

Lo miré.

—Con Sophia.

Su rostro cambió.

—¿Qué te dijo?

—Todo.

Silencio.

—¿Por qué?

Victor respiró profundamente.

—Porque sabía que si te ibas a la universidad, nunca volverías.

—¿Y eso te daba derecho a decidir por mí?

—Te amaba.

Negué.

—Eso no era amor.

Pausa.

—Era miedo.

Victor comenzó a llorar.

—Yo solo quería que formaras una familia conmigo.

—Podrías haberme pedido que me quedara.

—¿Y si decías que no?

Lo miré.

—Entonces habrías tenido que aceptar mi decisión.


Esa fue la primera vez que vi al verdadero Victor.

No al joven amable.

No al prometido cariñoso.

Sino al hombre que había construido una vida sobre mi silencio.

—¿Y mi carta? —pregunté.

—La destruí.

—No.

Saqué la carta.

—No la destruiste.

Su rostro quedó completamente blanco.

—Entonces…

—La escondiste.

Victor bajó la cabeza.


No me casé con él.

Ni esa semana.

Ni nunca.

Acepté mi plaza universitaria.

Me mudé a la ciudad.

Al principio tuve miedo.

No sabía cómo sería vivir sola.

No sabía cómo estudiar mientras trabajaba.

No sabía si podría soportar la presión.

Pero cada vez que dudaba, miraba mi carta.

La carta que casi me habían robado.


Los años siguientes cambiaron todo.

Me gradué.

Conseguí trabajo.

Después abrí mi propia empresa.

Ayudé económicamente a mis padres.

Y nunca volví a depender de alguien que creyera que mi futuro debía ser más pequeño que el suyo.

Victor también siguió su camino.

Terminó casándose con Sophia.

Pero su vida no fue la que imaginé.

Porque una relación construida sobre una mentira siempre lleva esa mentira consigo.


Muchos años después recibí una carta.

Era de Victor.

No la abrí inmediatamente.

Durante varios minutos la sostuve entre mis manos.

Finalmente la leí.

Solo decía:

“Ahora entiendo que no te robé una carta.”

“Te robé la oportunidad de elegir.”

“Lo siento.”

Doblé la hoja.

No sentí alegría.

Tampoco odio.

Solo alivio.

Porque ya no necesitaba que Victor entendiera lo que había hecho.

Yo lo había entendido hacía mucho tiempo.


Una tarde regresé al pueblo.

La vieja casa de ladrillos seguía allí.

El mismo alero.

La misma ventana.

El mismo lugar donde una vez me dijo que mi futuro no dependía de un papel.

Me quedé frente a la puerta.

Sonreí.

Porque ahora sabía que había tenido razón en una sola cosa.

Mi valor no dependía de una carta.

Pero aquella carta me recordó algo mucho más importante:

mi destino sí debía depender de mis propias decisiones.

La guardé durante décadas.

No porque necesitara demostrar que había ganado.

Sino porque representaba el día en que dejé de permitir que otra persona escribiera mi vida.

Miré el viejo camino que llevaba hacia la estación.

Entonces respiré profundamente.

Había vuelto a 1978 pensando que quería vengarme.

Pero descubrí que no necesitaba venganza.

Necesitaba una oportunidad.

Y cuando finalmente la tuve, no la desperdicié.

Victor quería robarme una carta.

Yo terminé recuperando toda mi vida.

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