PARTE 2: MI ESPOSO FINGIÓ NO CONOCERME BAJO LA LLUVIA, PERO ESA MISMA NOCHE DESCUBRÍ QUIÉN ERA REALMENTE LA MUJER EMBARAZADA

No dije una palabra durante el camino a casa.

Mi vecina hablaba sobre la tormenta, sobre los niños y sobre lo difícil que había sido conseguir transporte.

Yo apenas escuchaba.

Solo podía pensar en una frase.

“No la conozco.”

Mi esposo había pronunciado esas tres palabras mientras me miraba directamente.

Y lo peor no era que estuviera con otra mujer.

Era la facilidad con la que había borrado mi existencia.

Cuando llegué a casa, dejé el paraguas junto a la puerta y miré el teléfono.

Tenía otro mensaje de Adrian.

—¿Ya estás en casa, amor? Acabo de despertar. El vuelo me dejó agotado.

Me quedé mirando la pantalla.

Después respondí:

—Sí.

Nada más.

Cinco minutos después llamó.

—¿Por qué estás tan seria?

—Estoy cansada.

—¿Todo bien con el niño?

Miré mi vientre.

—Todo bien.

—Perfecto. Descansa.

Iba a colgar cuando escuché una voz femenina al fondo.

—Adrian, ¿vas a cenar?

Se me congeló la sangre.

No era una voz desconocida.

Era la mujer que había visto en la escuela.

Adrian guardó silencio.

—¿Quién es? —pregunté.

—Una compañera de trabajo.

—Entiendo.

—No empieces, Lia.

Sonreí amargamente.

—No estoy empezando nada.

Colgué.

Esa noche no dormí.

A las cinco de la mañana abrí mi computadora.

Durante años había confiado completamente en Adrian.

Quizá demasiado.

Sabía que dirigía el Grupo Yucheng.

Sabía que viajaba con frecuencia.

Sabía que tenía reuniones que yo no entendía.

Pero también sabía que últimamente había comenzado a ocultar su teléfono.

Y que nuestras cuentas familiares habían cambiado.

Abrí los registros financieros que todavía podía consultar.

Una transferencia llamó mi atención.

Había sido enviada cada mes durante casi un año.

El destinatario era una pequeña empresa registrada a nombre de una mujer.

Busqué el nombre.

Era ella.

La mujer embarazada.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

Pero había algo más.

La empresa tenía una segunda dirección.

Un apartamento de lujo.

Pagué por una copia del registro de propiedad y descubrí que Adrian había comprado el apartamento seis meses antes.

Para ella.

Me llevé una mano al vientre.

—¿Quién eres, Adrian?

Al día siguiente fui a ver a mi abogada.

No le conté todo.

Solo le entregué los documentos.

Los revisó en silencio.

—Lia, esto no parece una simple infidelidad.

—¿Qué quieres decir?

Señaló una transferencia.

—Hay dinero de la empresa mezclado con dinero personal.

Después señaló otra.

—Y aquí hay una cuenta vinculada a una fundación.

—¿Una fundación?

Asintió.

—Tu esposo ha estado moviendo cantidades importantes durante meses.

—¿Para qué?

Mi abogada levantó la mirada.

—Eso es exactamente lo que tenemos que averiguar.

Esa tarde recibí una llamada desconocida.

Contesté.

—¿Lia Zhou?

—Sí.

—Soy Daniel Wu. Soy el padre de Daisy.

Reconocí el nombre de la tarjeta que la mujer había intentado darme.

—¿Por qué me llama?

Hubo una pausa.

—Porque creo que mi esposa también te está ocultando algo.

Sentí un escalofrío.

Nos encontramos en una cafetería.

Daniel colocó un sobre sobre la mesa.

—Mi esposa se llama Elena.

Elena.

Así se llamaba la mujer que yo había visto con Adrian.

—¿Ella está embarazada de tu hijo?

Daniel negó.

—Eso creía.

Abrió el sobre.

Dentro había documentos médicos.

—Hace ocho meses me dijeron que no podía tener hijos.

Lo miré.

—Entonces…

—Ese embarazo no puede ser mío.

Sentí que todo comenzaba a encajar.

—¿Adrian es el padre?

Daniel respiró profundamente.

—Eso tampoco creo.

Me mostró otra hoja.

Era un informe relacionado con una clínica de fertilidad.

Allí aparecía el nombre de Adrian.

Pero no como donante.

Como paciente.

Adrian había realizado un procedimiento médico meses antes que hacía imposible que fuera el padre biológico del bebé de Elena.

Lo miré completamente confundida.

—Entonces, ¿por qué está con ella?

Daniel bajó la voz.

—Porque alguien está intentando apoderarse de la empresa de tu esposo.

Aquella frase cambió todo.

—Explícate.

—Mi esposa trabaja para un grupo de inversionistas que lleva meses intentando entrar al Grupo Yucheng.

—¿Y Adrian lo sabe?

—Creo que sí.

Esa noche enfrenté a mi esposo.

No le dije lo que había descubierto.

Solo pregunté:

—¿Quién es Elena?

Adrian se quedó inmóvil.

—Ya te dije que es una compañera.

—¿Por qué compraste un apartamento para ella?

Su rostro cambió.

—¿Revisaste mis cuentas?

—Revisé las cuentas que también afectan a nuestra familia.

Silencio.

—Lia, hay cosas que no puedo explicarte todavía.

—¿Todavía?

—Necesito protegerte.

Me reí.

—¿Protegiste a nuestra familia fingiendo no conocerme?

Adrian bajó la mirada.

—Lo hice porque había personas observándonos.

—¿Quiénes?

No respondió.

Entonces saqué el informe médico.

—¿El bebé es tuyo?

Adrian palideció.

—No.

—¿Lo sabías?

—Sí.

Sentí que el mundo se detenía.

—Entonces, ¿por qué todos creen que sí?

Adrian cerró los ojos.

—Porque necesitaba que ellos lo creyeran.

—¿Quiénes?

Antes de que pudiera responder, la puerta principal se abrió.

Entraron dos hombres.

Adrian se puso delante de mí.

—Lia, ve al dormitorio.

—No.

—Por favor.

Uno de los hombres habló:

—Señor Zhou, se acabó el tiempo.

Adrian miró el reloj.

—No.

Sacó el teléfono.

—La información ya fue enviada.

El hombre sonrió.

—¿A quién?

Adrian respondió:

—A mi esposa.

Los dos hombres quedaron sorprendidos.

Yo también.

—¿Qué información? —pregunté.

Adrian me miró.

—La prueba de que Elena y su grupo llevan meses intentando tomar el control de mi empresa utilizando documentos falsificados.

Entonces comprendí.

La mujer de la escuela no era su amante.

Había estado trabajando con ellos.

Adrian había fingido ser su pareja para descubrir quién estaba detrás del fraude.

Pero aquello no explicaba lo más importante.

—¿Y por qué fingiste no conocerme?

Adrian bajó la cabeza.

—Porque si ellos sabían que eras mi esposa, te convertirían en su objetivo.

Sentí lágrimas en los ojos.

—Podías haberme contado la verdad.

—Lo intenté.

—No. Me dejaste sola bajo la lluvia.

Su rostro se quebró.

—Lo sé.

Me acerqué lentamente.

—Y nunca voy a olvidar ese momento.

Adrian asintió.

—No te pido que lo olvides.

Los investigadores llegaron minutos después.

Elena y los hombres fueron detenidos mientras se recopilaban las pruebas necesarias.

Pero todavía quedaba una última verdad.

El bebé de Elena no era de Adrian.

Tampoco de Daniel.

Semanas después, una prueba genética confirmó que el padre era un inversionista involucrado en el plan.

El embarazo había sido utilizado como parte de la estrategia para crear una falsa conexión familiar y presionar a los accionistas.

El escándalo destruyó el plan.

El Grupo Yucheng permaneció bajo el control de Adrian.

Pero nuestro matrimonio no volvió a ser el mismo inmediatamente.

Durante meses asistimos a terapia.

Yo necesitaba reconstruir la confianza.

Él necesitaba aprender que proteger a alguien no significaba decidir por esa persona.

Una tarde, mientras caminábamos por el parque con nuestro hijo recién nacido, Adrian se detuvo.

—Lia.

Lo miré.

—¿Sí?

—Si pudiera volver a aquel día…

—No puedes.

Asintió.

—Entonces solo puedo asegurarme de no volver a convertirme en ese hombre.

Miré a nuestro bebé dormido.

Después tomé su mano.

No porque hubiera olvidado la lluvia.

No porque hubiera olvidado aquella frase.

Sino porque finalmente había entendido algo.

El peor error de Adrian no fue fingir que no me conocía.

Fue creer que podía protegerme ocultándome la verdad.

Y el mío fue creer durante demasiado tiempo que amar a alguien significaba aceptar cualquier silencio.

La tormenta había comenzado con una mentira.

Pero terminó enseñándome exactamente cuánto debía exigir de la persona que caminaba a mi lado.

Verdad.

Respeto.

Y una elección que nunca más necesitara esconderse bajo la lluvia.

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