PARTE 2: MI SOBRINA EMPEORÓ MIENTRAS ÉL OPERABA A LA HIJA DE SU PRIMER AMOR, Y ENTONCES DESCUBRÍ QUIÉN ERA REALMENTE EL HOMBRE QUE AMABA

A través del cristal de la puerta, vi a Du Du rodeada de médicos.

Mi hermana estaba llorando a mi lado.

—Hạ Ninh, ¿qué hacemos?

Le tomé la mano.

—Primero vamos a esperar al médico.

Pero en mi interior ya sabía que algo no estaba bien.

Después de casi una hora, un médico salió de urgencias.

—¿Familia de la paciente?

Mi hermana se levantó inmediatamente.

—Soy su madre.

El médico revisó rápidamente la historia clínica.

—Su hija necesita atención especializada. El hospital no dispone ahora mismo del equipo necesario para realizar el procedimiento que requiere.

Sentí que el corazón me caía al suelo.

—¿Podemos trasladarla?

—Sí, pero necesitamos encontrar una unidad disponible.

Miré mi teléfono.

Tenía doce llamadas perdidas.

Todas de números desconocidos.

No contesté.

Sabía exactamente quiénes eran.

La familia de Lục Hoài Châu.

Durante años, cuando alguien necesitaba ayuda, yo era la primera persona a la que llamaban.

Pero aquella noche decidí que no volvería a pedirle nada.

Ni siquiera por orgullo.

Simplemente porque ya había entendido que para él mi familia nunca había ocupado el mismo lugar que la suya.

Entonces una enfermera salió corriendo.

—¡Doctor! ¡La niña está empeorando!

Mi hermana se llevó las manos a la boca.

Yo cerré los ojos.

—No puede ser.

El médico regresó rápidamente a urgencias.

Cinco minutos después, apareció otro especialista.

—Puedo trasladarla a nuestra unidad pediátrica —dijo—, pero necesito autorización inmediata.

—¿Cuánto tiempo tardaría?

—Si todo está listo, veinte minutos.

—Hágalo.

Mi hermana me miró.

—¿Y el dinero?

—Yo me encargo.

No sabía cómo.

Pero encontraría la manera.

En ese momento recibí un mensaje.

Era de Lục Hoài Châu.

“¿Por qué estás alterando a mi equipo? Mañana tengo una operación importante.”

Lo leí varias veces.

No había preguntado cómo estaba Du Du.

No había preguntado si seguía consciente.

Solo estaba preocupado porque mi llamada pudiera interferir con su trabajo.

Escribí una respuesta.

Luego la borré.

Escribí otra.

También la borré.

Finalmente solo envié:

—No te preocupes. No volveré a molestarte.

Apagué el teléfono.

Y esa fue la primera vez que dejé de esperar que él viniera a salvarme.


Dos horas después, Du Du fue trasladada a un centro pediátrico especializado.

El procedimiento fue complicado, pero los médicos consiguieron estabilizarla.

Mi hermana se quedó dormida en una silla junto a la cama.

Yo permanecí despierta.

A las seis de la mañana, encendí mi teléfono.

Había una noticia en la pantalla.

Una fotografía de Lục Hoài Châu saliendo del quirófano.

Sonreía.

El titular decía:

“El reconocido especialista Lục Hoài Châu completa con éxito la operación de la hija de su antiguo amor.”

Debajo había otra fotografía.

Aparecía junto a una mujer.

La reconocí inmediatamente.

Era la madre de la niña.

Su primer amor.

Y entonces vi algo que me dejó inmóvil.

La operación había sido programada para las nueve de la mañana.

La noche anterior, cuando Du Du tenía fiebre y yo le había pedido ayuda, él me había dicho que necesitaba dormir porque al día siguiente tenía una operación importante.

Pero la noticia decía que llevaba varias horas en el hospital.

Eso significaba que había salido de casa mucho antes de lo que me había dicho.

No necesitaba descansar.

Necesitaba que yo no hiciera preguntas.

Me levanté y fui hasta la ventana.

Por primera vez en dos años, no sentí celos.

Sentí claridad.


Cuando regresó a casa esa tarde, encontró el apartamento casi vacío.

Mi ropa había desaparecido.

Mis documentos también.

Solo quedaban algunas cosas que no necesitaba.

Lục Hoài Châu se quedó parado en medio de la sala.

—¿Hạ Ninh?

No respondí.

Me llamó.

—¿Dónde estás?

Entonces entró en el dormitorio.

Vio las maletas que faltaban.

Sobre la cama había dejado una sola carta.

No era una carta de amor.

Tampoco una despedida dramática.

Solo unas pocas líneas.

—“No me voy porque hayas ayudado a otra persona. Me voy porque entendí que cuando necesitaba ayuda, tú me dijiste que las reglas eran las reglas. Cuando alguien que amas necesitó ayuda, descubrí que esas reglas podían cambiar.”

No había terminado de leer cuando su teléfono comenzó a sonar.

Era su madre.

—Hoài Châu, ¿estás con Hạ Ninh?

—No.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

Hubo silencio.

Después Betsy dijo:

—No puedes dejar que se vaya así.

Lục Hoài Châu frunció el ceño.

—¿Por qué?

Su madre tardó unos segundos en responder.

—Porque tu padre acaba de llamar.

—¿Qué ocurre?

—La familia Hạ retiró su inversión del proyecto del hospital.

Lục Hoài Châu se quedó inmóvil.

—¿Qué inversión?

—La que financió tu departamento de neurología.

No respondió.

Su madre continuó:

—También cancelaron la renovación del convenio que permitió que tu unidad recibiera equipamiento nuevo.

Lục Hoài Châu miró nuevamente la carta.

—¿Qué tiene que ver Hạ Ninh con eso?

—Todo.


Al día siguiente recibí una llamada de mi padre.

—Ning, ¿ya hablaste con Hoài Châu?

—No.

—Entonces no le has contado todavía.

—¿Contarle qué?

Mi padre permaneció en silencio.

—Tu madre y yo nunca quisimos intervenir en tu relación.

—Papá, dime qué pasa.

—El hospital donde trabaja Hoài Châu no es independiente de nuestra fundación.

Me quedé quieta.

—¿Qué quieres decir?

—Hace años, tu madre y yo financiamos el programa de neurología pediátrica. La condición era que los recursos se asignaran según criterios médicos y no según relaciones personales.

Recordé las palabras de Hoài Châu.

“Las reglas son las reglas.”

Mi padre continuó:

—Y anoche recibimos informes de que varios recursos fueron reasignados para la operación de la hija de esa mujer.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué?

—Tres pacientes fueron retrasados.

Cerré los ojos.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque no queríamos que pensaras que tu familia estaba usando dinero para controlar tu relación.

Entonces comprendí algo todavía peor.

Hoài Châu no solo había elegido a otra niña.

Había utilizado precisamente los recursos que decía que jamás podía tocar cuando se trataba de mi sobrina.

Mi padre hizo una pausa.

—Tu hermano también revisó los registros.

—¿Y?

—Encontró algo extraño.

—¿Qué?

—La madre de esa niña había contactado con Hoài Châu meses antes de que regresara a la ciudad.

Sentí que el pecho se me apretaba.

—¿Meses?

—Sí.

Eso significaba que su encuentro no había sido casual.

El regreso de su primer amor tampoco.

Todo había comenzado mucho antes.


Regresé al hospital esa tarde.

No para buscar a Hoài Châu.

Fui a hablar con la dirección.

Parker, mi hermano, ya había enviado los documentos necesarios.

La investigación interna comenzó inmediatamente.

Los registros demostraron que Hoài Châu había autorizado cambios de programación que beneficiaban directamente a la hija de su antiguo amor.

Pero había otra irregularidad.

Alguien había modificado varias evaluaciones médicas para hacer parecer que la niña necesitaba una intervención inmediata.

La dirección llamó a Hoài Châu.

Él llegó acompañado de su abogado.

—Yo no falsifiqué ningún documento.

El director respondió:

—Nadie lo está acusando todavía. Estamos preguntando quién autorizó los cambios.

Hoài Châu permaneció en silencio.

Entonces entró una enfermera.

—Yo puedo responder.

Todos se giraron.

La enfermera dejó una carpeta sobre la mesa.

—El doctor Lục me pidió que modificara las prioridades.

Hoài Châu cerró los ojos.

—Eso no es cierto.

La mujer sacó su teléfono.

—Tengo la conversación.

El abogado de Hoài Châu palideció.

La conversación era clara.

Él había pedido que la operación de la niña fuera adelantada.

No por una emergencia.

Por una promesa personal.

La misma persona que durante dos años me había hablado de ética y reglas había roto sus propias normas cuando se trataba de alguien que todavía amaba.

Me fui antes de que terminara la reunión.

No necesitaba escuchar más.


Tres días después, Du Du abrió los ojos.

Mi hermana lloró de alivio.

Yo también.

El médico sonrió.

—La recuperación será gradual, pero está fuera de peligro.

Abracé a mi hermana.

Por primera vez en semanas pude respirar tranquilamente.

Entonces alguien apareció en la puerta.

Lục Hoài Châu.

Mi hermana se levantó.

—¿Qué haces aquí?

Él me miró.

Parecía agotado.

—Vine a verla.

—No eres su médico.

—Lo sé.

Yo permanecí sentada junto a Du Du.

—Entonces ¿por qué viniste?

Bajó la mirada.

—Para pedirte perdón.

No respondí.

—Me equivoqué.

—Sí.

—Pensé que estaba protegiendo las reglas.

—No. Estabas protegiendo lo que querías proteger.

Levantó los ojos.

—Tienes razón.

Respiró profundamente.

—Cuando te pediste ayuda, pensé que estabas usando nuestra relación para obtener un privilegio. Cuando ella necesitó ayuda, encontré mil razones para justificarlo.

—Exactamente.

—No espero que vuelvas conmigo.

Lo miré.

—Eso es lo primero correcto que has dicho.

Sus ojos se enrojecieron.

—Te amaba.

—Quizá.

Puse una mano sobre la manta de Du Du.

—Pero amar a alguien no sirve de nada si siempre tiene que demostrar que merece tu ayuda.

Lục Hoài Châu asintió lentamente.

Antes de salir, se detuvo.

—¿Puedo decirte algo?

—Dilo.

—Nunca entendí cuánto hacías por mí hasta que dejaste de hacerlo.

Lo miré durante unos segundos.

—Ese era el problema.

Se marchó.

No lo seguí.

No lloré.

Porque aquella noche había aprendido una verdad que me acompañaría durante el resto de mi vida:

**No había perdido al hombre que amaba.

Había recuperado a la mujer que había dejado de reconocer por intentar merecer su amor.**

Y mientras Du Du dormía tranquilamente a mi lado, comprendí que algunas despedidas no son finales.

Son el momento exacto en que una persona finalmente empieza a elegirse a sí misma.

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