PARTE 2: ROMPÍ MI BICICLETA Y PENSÉ QUE ERA EL FINAL, PERO EL HOMBRE QUE LA DESTROZÓ TERMINÓ DESCUBRIENDO EL SECRETO QUE HABÍA ESCONDIDO DURANTE AÑOS

—¿Qué cocinas?

Jay levantó el libro.

—Cosas que no incendien la cocina.

—Eso reduce bastante las posibilidades.

—Estoy aprendiendo.

Allison sonrió sin querer.

—¿Para quién es?

Jay miró el libro durante un segundo.

—Para mi hermana.

La sonrisa de Allison desapareció.

—¿Está bien?

—Sí. Solo acaba de mudarse y no sabe cocinar.

—Entonces necesitas devolver ese libro.

Jay soltó una risa.

—Probablemente.

Pagó y salió.

Allison lo observó a través del escaparate.

No sabía por qué, pero aquel hombre empezaba a parecerle menos irritante.

Dos semanas después, Jay volvió.

Esta vez no llevaba papeles del seguro.

Llevaba una bicicleta.

Nueva.

Azul.

Del mismo tamaño que la antigua.

Allison salió detrás del mostrador.

—Te dije que no quería una.

—Esta no es para ti.

—Entonces, ¿por qué está aquí?

—Porque Owen la pidió para probar una cosa.

El mecánico apareció detrás de él.

—Tu bicicleta vieja puede repararse, pero el marco no es confiable. Encontré uno compatible de segunda mano. Jay pagó las piezas, pero la bicicleta sigue siendo tuya.

Allison frunció el ceño.

—No quiero que pague nada que no corresponda al accidente.

Jay asintió.

—Entonces considera que esta parte es mi error.

—¿Y cuál parte es mi error?

—Confiar en que el marco viejo duraría para siempre.

Ella lo miró.

—Eso fue inesperadamente profundo para alguien que abre puertas de camiones sin mirar.

—Estoy creciendo.

Allison soltó una pequeña risa.

No sabía que Jay estaba empezando a convertirse en una presencia habitual en su vida.

Pero sí sabía algo.

Él nunca intentaba impresionarla.

Nunca preguntaba por qué vivía sola.

Nunca preguntaba por qué evitaba hablar de su familia.

Simplemente aparecía, ayudaba cuando podía y se marchaba.

Hasta que un viernes por la tarde llegó a Bellweather acompañado por una mujer mayor.

—Allison, ella es mi madre, Eleanor.

La mujer sonrió.

—Así que tú eres la famosa ciclista.

Allison miró a Jay.

—¿Famosa?

—Le conté cómo destruí tu bicicleta.

Eleanor negó con la cabeza.

—Mi hijo lleva veinte años contando historias sobre cosas que rompe.

—Mamá.

—Es verdad.

Allison sonrió.

—Al menos esta vez pagó.

Eleanor la miró con curiosidad.

—¿Quieres tomar un café con nosotros?

Allison estuvo a punto de rechazar.

Entonces vio la expresión incómoda de Jay.

—Está bien.

Aquella tarde descubrió que Eleanor tenía una enfermedad cardíaca y que Jay había reorganizado su trabajo para acompañarla a sus citas.

Descubrió también por qué trabajaba en restauración.

Su padre había construido casas durante décadas y Jay había heredado el negocio después de su muerte.

—No soy muy bueno administrándolo —admitió.

—¿Por qué no?

—Porque todavía pienso que mi padre va a entrar por la puerta y decirme que lo estoy haciendo mal.

Allison entendió aquella sensación.

—Mi padre murió hace cuatro años.

Jay la miró.

—Lo siento.

—Yo también.

No hablaron más del tema.

Pero desde ese día algo cambió.

No fue inmediato.

Fue pequeño.

Conversaciones después del cierre.

Café compartido.

Libros que Jay compraba sin entender por qué le interesaban.

Y cada vez que Allison encontraba una pieza rota en la librería, Jay aparecía para repararla.

—No necesito que arregles todo —le dijo una noche.

Jay dejó el destornillador.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué sigues haciéndolo?

Él la miró.

—Porque me gusta venir aquí.

Allison bajó la mirada.

—Ah.

—Y porque contigo puedo estar tranquilo.

Ella no respondió.

No necesitaba hacerlo.

Pero entonces llegó el problema.

Una mañana, Allison recibió una llamada de Ruth.

—Necesito que vengas temprano.

Cuando llegó, encontró a dos hombres revisando los documentos de propiedad de Bellweather Books.

—¿Qué ocurre?

Ruth parecía preocupada.

—El edificio fue vendido.

Allison sintió un vacío en el estómago.

—¿Vendido a quién?

Ruth le entregó una carpeta.

El comprador era una empresa de desarrollo inmobiliario.

Y había algo más.

El nuevo proyecto requería demoler varios locales de la calle.

Incluido Bellweather.

Allison se quedó mirando los papeles.

—No pueden hacer esto.

—Legalmente, sí.

—¿Cuándo?

—En seis semanas.

Aquella noche Jay la encontró sentada en la acera frente a la librería.

—¿Qué pasó?

Le mostró los documentos.

Jay los leyó.

Su expresión cambió.

—Conozco esta empresa.

—¿Por qué?

—Porque es una de nuestras contratistas.

Allison levantó la cabeza.

—¿Tu empresa está involucrada?

—No directamente.

—¿Seguro?

—Sí.

Pero al día siguiente descubrió algo inesperado.

El proyecto había sido aprobado por una filial que pertenecía a un antiguo socio de su padre.

Y alguien había falsificado varias firmas.

Jay comenzó a investigar por su cuenta.

Allison hizo lo mismo.

Durante una semana trabajaron juntos.

Encontraron transferencias.

Contratos alterados.

Y finalmente un correo que demostraba que el comprador había intentado adquirir el edificio por una cantidad muy inferior a su valor antes de venderlo a un fondo inmobiliario.

Pero todavía faltaba saber quién había iniciado la operación.

La respuesta apareció en un documento que dejó a Allison sin palabras.

El propietario original había firmado la venta después de recibir una oferta falsa creada por su propio contador.

Y el contador era el hermano de Ruth.

Cuando lo confrontaron, confesó.

No había sido un error.

Había falsificado documentos para pagar una deuda personal.

El proyecto quedó suspendido.

Bellweather sobrevivió.

Ruth pudo conservar la librería.

Y Allison descubrió que Jay había arriesgado una relación comercial importante al denunciar el fraude.

—Podrías haber perdido contratos —le dijo.

—Sí.

—¿Por qué lo hiciste?

Jay se encogió de hombros.

—Porque estaba mal.

—Eso no es suficiente para algunas personas.

—Entonces supongo que no soy algunas personas.

Allison sonrió.

Tres meses después, Jay llegó a la librería con una bicicleta vieja.

Allison la reconoció inmediatamente.

Era la suya.

Había sido restaurada.

La pintura azul estaba renovada.

El portaequipajes seguía teniendo la misma pequeña abolladura.

Y debajo del asiento todavía estaba la pegatina descolorida.

—Owen la encontró en el taller —explicó Jay—. La reparó completamente.

Allison pasó los dedos por el manillar.

—Pensé que la habíamos perdido.

—Yo también.

—¿Cuánto te debo?

—Nada.

—Jay.

—Allison.

Ella lo miró.

—No voy a aceptar otra cosa que no sea justa.

Él sonrió.

—Entonces págame cuando quieras.

—¿Con qué?

—Un café.

Ella negó con la cabeza.

—Eso es demasiado barato.

—Dos cafés.

—Trato hecho.

Se sentaron en la acera frente a Bellweather.

Durante unos minutos no hablaron.

Después Allison miró su bicicleta.

—¿Sabes algo?

—¿Qué?

—El día que rompiste mi bicicleta pensé que eras el hombre más desafortunado que había conocido.

—¿Y ahora?

Ella sonrió.

—Ahora creo que simplemente abriste la puerta equivocada.

Jay soltó una carcajada.

—¿Y cuál era la correcta?

Allison señaló la librería.

—Esa.

Él la miró.

Ella tomó su café.

—Pero no te emociones. Todavía eres terrible con las puertas.

—Trabajaré en ello.

Allison apoyó la bicicleta contra el escaparate.

Por primera vez en mucho tiempo, no sintió que necesitaba saber exactamente hacia dónde iba su vida.

Había perdido una bicicleta.

Había ganado una amistad inesperada.

Y, con el tiempo, descubrió algo mucho más valioso:

A veces una puerta que se abre en el momento equivocado no destruye tu camino. Simplemente te obliga a tomar uno nuevo.

La bicicleta que había llevado a Allison durante los momentos más difíciles de su vida volvió a recorrer las calles de Providence.

Y esta vez no iba sola.

Porque el accidente que comenzó con una rueda doblada y una puerta abierta terminó enseñándole algo que nunca había aprendido en los libros:

No todas las cosas rotas necesitan ser reemplazadas.

Algunas solo necesitan que alguien tenga la paciencia suficiente para repararlas.

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