PARTE 2: DESCUBRÍ QUE MI ESPOSO QUERÍA MATARME POR 300 MILLONES, PERO LO QUE ENCONTRÓ EN EL YATE DESTRUYÓ SU PLAN

No tenía tiempo para entrar en pánico.

Tenía que pensar.

Me arrastré de regreso a la suite y cerré la puerta sin hacer ruido. Las pastillas seguían sobre la mesa.

Las miré.

Entonces comprendí por qué llevaba tres días sintiéndome cada vez más débil.

No era mareo.

Me estaban drogando.

Tomé mi teléfono, pero no tenía señal.

El yate estaba en aguas internacionales.

Estaba sola.

O eso creía.

Entonces recordé algo que mi padre me había dicho antes de la boda.

—Nunca viajes sin esto.

Había colocado un pequeño dispositivo de emergencia dentro de mi bolso.

Lo encontré debajo del forro.

Un localizador satelital.

Lo activé.

Una luz comenzó a parpadear.

Mi padre podría saber exactamente dónde estaba.

Pero todavía necesitaba ganar tiempo.

Me puse una bata, fingí estar medio dormida y dejé la puerta entreabierta.

Minutos después, Flynn entró.

—¿Cómo te sientes, cariño?

Lo miré con los ojos entrecerrados.

—Muy mareada.

Sonrió.

—Necesitas descansar.

Extendió la mano hacia la mesa.

—Toma esto.

Fingí llevarme la pastilla a la boca.

Cuando se dio la vuelta, la escondí debajo de la almohada.

—¿Podemos salir a tomar aire?

Flynn sonrió.

—Claro.

Sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Me condujo hacia la cubierta de popa.

Pero antes de llegar, escuchamos una voz.

—Señor Sterling.

Un miembro de la tripulación estaba allí.

—Hay una llamada urgente para usted.

Flynn maldijo entre dientes.

—Ahora no.

—Es su suegro.

Se quedó inmóvil.

Mi padre había respondido al localizador.

Flynn se alejó para contestar.

Yo aproveché el momento.

Corrí hacia la sala de comunicaciones y cerré la puerta.

El capitán me encontró allí segundos después.

—Señora Sterling, ¿qué ocurre?

—Mi esposo intenta hacerme daño.

El capitán palideció.

Le mostré el dispositivo y el teléfono.

—Necesito que contacte a las autoridades y a mi padre.

—¿Tiene pruebas?

—Sí.

Entonces escuchamos golpes en la puerta.

—¡Cariño! ¡Abre!

El capitán miró hacia mí.

—¿Está segura?

—Completamente.

La puerta se abrió finalmente cuando llegaron dos miembros de la tripulación.

Flynn entró furioso.

—Mi esposa está confundida.

—No estoy confundida —respondí.

Saqué el teléfono.

Había conseguido grabar parte de la conversación anterior desde la escalera.

La voz de Flynn llenó la habitación.

—Dos pastillas cada noche…

Flynn perdió el color.

—Eso está manipulado.

—Entonces podemos explicárselo a las autoridades.

En ese momento apareció Aidan.

—¿Qué está pasando?

Detrás de él estaba Fiona.

Los dos comprendieron inmediatamente.

El capitán había bloqueado la salida.

—Nadie abandona esta sala hasta que llegue ayuda.

Flynn comenzó a retroceder.

—Ustedes no entienden.

—Entendemos perfectamente —dije.

Entonces mi teléfono satelital sonó.

La voz de mi padre llegó por el altavoz.

—Hija, ¿estás a salvo?

Las lágrimas llenaron mis ojos.

—Ahora sí.

—La Guardia Costera está coordinando la respuesta. Mantente con la tripulación.

Flynn cerró los ojos.

Su plan había terminado.

Pero todavía quedaba una última revelación.

Mi padre añadió:

—Y hay algo que debes saber. Revisamos el poder que firmaste antes de la boda.

Me quedé helada.

—¿Qué encontraron?

—Era falso.

Flynn levantó la cabeza.

—¿Qué?

Mi padre continuó:

—El documento que él cree controlar nunca transfirió tus activos. Lo preparamos como una prueba para determinar si alguien intentaba utilizarlo.

Silencio absoluto.

Los 300 millones nunca estuvieron al alcance de Flynn.

Él había planeado destruir a una familia por una fortuna que jamás podría obtener.

Horas después, las autoridades tomaron control de la situación.

Flynn, Aidan y Fiona fueron detenidos mientras se investigaban sus acciones y los planes contra mi familia.

Mis padres cancelaron inmediatamente su viaje.

Yo regresé a casa semanas después.

El matrimonio terminó.

Pero no me quedé con la amargura.

Una mañana desperté frente al mismo océano que había visto desde aquel yate.

Esta vez estaba segura.

Libre.

Y entendí algo que nunca olvidaría:

La mayor riqueza que mi familia tenía no eran los 300 millones de dólares.

Era haber aprendido a reconocer a tiempo quién merecía formar parte de nuestras vidas.

Y Flynn acababa de perderlo todo.

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