Al día siguiente era sábado.
Vũ Vi se levantó antes que yo.
Cuando abrí los ojos, la vi sentada junto a la ventana con una libreta sobre las piernas.
Había dividido una hoja en tres columnas.
Ingresos. Gastos. Deudas.
Me quedé observándola en silencio.
—¿Qué haces?
Ella levantó la cabeza.
—Estoy intentando descubrir cómo podemos aguantar los próximos seis meses.
—¿Seis meses?
—Hasta que encuentres un trabajo.
Sonrió con esfuerzo.
—No te preocupes. Podemos hacerlo.
Sentí una presión en el pecho.
Treinta y ocho millones de yuanes estaban a punto de cambiar nuestras vidas, y la persona que más me importaba estaba calculando cómo ahorrar cien yuanes en comida.
—Vũ Vi.
—¿Sí?
—¿Y si no encuentro trabajo pronto?
Ella dejó la pluma.
—Entonces buscaré más horas.
—¿Y tu familia?
Su expresión cambió ligeramente.
—¿Qué pasa con ellos?
—Tu hermano necesita un millón para la casa.
Ella bajó la mirada.
—Ya no importa.
—¿No?
—No.
Respiró profundamente.
—Ayer llamé a mamá.
—¿Qué dijo?
Vũ Vi soltó una risa amarga.
—Que debía pedirte prestado el dinero.
Me quedé callado.
—Le dije que ya no podía.
—¿Y ella?
—Me preguntó qué clase de esposa era si no podía ayudar a mi propio hermano.
Sus ojos se humedecieron.
—Después me dijo que tú eras un hombre inútil porque ni siquiera podías conservar tu trabajo.
Apreté los puños.
—¿Qué respondiste?
Vũ Vi me miró.
—Que tú eras mi esposo.
Pausa.
—Y que mientras yo estuviera a tu lado, no permitiría que nadie te insultara.
Sentí que se me cerraba la garganta.
Ella no sabía que aquella frase valía más que treinta y ocho millones.
Pero entonces su teléfono sonó.
Era su madre.
Vũ Vi dudó antes de contestar.
—Mamá.
La voz de Lưu Ngọc Mai salió tan fuerte que pude escucharla desde el otro lado de la habitación.
—¿Ya recuperaste el depósito?
—Sí.
—Entonces transfiere el dinero hoy.
—No.
Silencio.
—¿Qué dijiste?
—Que no.
—¡Vũ Vi!
Ella respiró profundamente.
—Cao Nghiễn perdió su trabajo.
—¡Ese es su problema!
Mi esposa cerró los ojos.
—Es mi esposo.
—¡Tu hermano necesita una casa!
—Mi hermano puede trabajar para comprarla.
La respuesta fue tan tranquila que incluso yo me sorprendí.
—¿Cómo puedes decir algo así después de todo lo que hicimos por ti?
Vũ Vi miró hacia mí.
—Precisamente porque sé todo lo que han hecho.
Colgó.
Se quedó mirando el teléfono.
—Creo que acabo de convertirme en la peor hija del mundo.
Me acerqué y la abracé.
—No.
Ella apoyó la cabeza sobre mi hombro.
—Entonces dime que hice lo correcto.
No pude hacerlo.
Porque todavía le estaba ocultando algo.
La abracé con más fuerza.
—Hiciste lo correcto para nosotros.
Aquella tarde fui solo al banco.
Firmé los documentos necesarios para reclamar oficialmente el premio.
Cuando el asesor confirmó la cantidad final, tuve que mirar dos veces la pantalla.
38.000.000 de yuanes.
Una cifra que podía comprar propiedades, inversiones, negocios.
Pero mientras la observaba, solo pensaba en una mujer que aquella mañana había decidido renunciar a ayudar a su propio hermano porque creía que su esposo necesitaba protegerse.
Regresé a casa.
Vũ Vi estaba cocinando.
—¿Cómo te fue?
—Bien.
—¿Encontraste algún trabajo?
La miré.
—Todavía no.
Ella sonrió.
—No importa.
Entonces llamaron a la puerta.
Era Đường Vĩ.
Entró sin saludar.
—¿Dónde está el dinero?
Vũ Vi dejó el cuchillo.
—¿Qué dinero?
—El depósito de la casa.
—Ya te dije que no te lo daré.
Đường Vĩ se rio.
—Mamá tenía razón. Desde que te casaste con este hombre te volviste egoísta.
Me puse de pie.
—Habla con respeto.
Él me señaló.
—¿Tú? ¿Un desempleado me dice cómo hablar?
Vũ Vi se interpuso.
—Basta.
Su hermano la miró incrédulo.
—¿Lo estás defendiendo?
—Sí.
—¿Después de que perdió su trabajo?
—Sí.
—¿Después de que desperdició tantos años?
Vũ Vi respondió:
—No desperdició nada. Construyó nuestra vida.
Đường Vĩ golpeó la mesa.
—¡Necesito ese millón!
—Y yo necesito conservar lo que tengo.
—¡Eres mi hermana!
—Y tú eres mi hermano. Eso no significa que tenga que destruir mi matrimonio para financiar el tuyo.
Đường Vĩ se quedó sin palabras.
Finalmente se marchó.
Cuando la puerta se cerró, Vũ Vi comenzó a llorar.
—Lo siento.

—¿Por qué?
—Por hacerte vivir esto.
La abracé.
—No tienes que disculparte por elegirnos.
Entonces tomé una decisión.
Ya no podía seguir mintiendo.
Esperé hasta que se calmó.
Después saqué del bolsillo el documento del banco.
Lo coloqué frente a ella.
—Tengo algo que decirte.
Vũ Vi frunció el ceño.
—¿Qué es?
—No perdí mi trabajo.
Su expresión cambió.
—¿Qué?
—Renuncié.
—¿Por qué?
—Porque gané la lotería.
Ella se quedó inmóvil.
—¿Qué lotería?
—La Doble Senda de Color.
—Cao Nghiễn…
—Gané.
—¿Cuánto?
No respondí inmediatamente.
Deslicé el documento hacia ella.
Sus ojos recorrieron la cifra.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
—Esto…
Le temblaron las manos.
—¿Treinta y ocho millones?
Asentí.
Vũ Vi se sentó lentamente.
—¿Cuándo?
—Hace tres días.
—¿Y desde entonces fingiste estar desempleado?
—Sí.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Pensé que estaba enojada.
Quizá lo estaba.
Pero su primera pregunta me sorprendió.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Bajé la mirada.
—Porque tenía miedo.
—¿De mí?
—De lo que el dinero pudiera hacerle a nuestra familia.
Ella permaneció en silencio.
—Conozco a tu madre y a tu hermano. Y sé que tú tienes un corazón demasiado blando.
—Pero soy tu esposa.
—Lo sé.
—Entonces debiste confiar en mí.
Aquella frase me dolió.
—Tienes razón.
Ella tomó el documento.
—¿Realmente son treinta y ocho millones?
—Después de impuestos.
Vũ Vi soltó una risa entre lágrimas.
—Y yo estaba calculando quinientos yuanes de electricidad.
Me reí.
Ella comenzó a llorar otra vez.
—Idiota.
—Lo sé.
—Un idiota millonario.
—Eso también.
Por primera vez en varios días, ambos nos reímos.
Pero Vũ Vi se puso seria.
—¿Qué quieres hacer con el dinero?
—Primero, protegerlo.
—¿Y después?
La miré.
—Comprar una casa que sea realmente nuestra.
Ella negó.
—No necesito una casa enorme.
—Yo tampoco.
—Entonces no quiero una vida enorme.
Me tomó la mano.
—Quiero una vida tranquila.
Sentí que finalmente había entendido algo.
No necesitábamos treinta y ocho millones para ser felices.
Necesitábamos saber que el dinero no decidiría quiénes éramos.
Pero todavía quedaba un problema.
Mi suegra.
Dos días después, Lưu Ngọc Mai apareció en nuestra puerta.
—Vũ Vi, tu hermano perdió la casa.
Mi esposa frunció el ceño.
—¿Qué pasó?
—La familia de su novia canceló el matrimonio.
—¿Por qué?
—Porque no pudimos completar el pago inicial.
Mi suegra comenzó a llorar.
—Tú eres la única que puede salvarlo.
Vũ Vi permaneció callada.
—Mamá…
—¡Solo necesitamos un millón!
Entonces me miró.
—Tu esposo está desempleado. ¿Qué puede importarle un millón?
Vũ Vi bajó lentamente la cabeza.
Yo no dije nada.
Quería que fuera su decisión.
Finalmente levantó la mirada.
—No.
Su madre dejó de llorar.
—¿Qué?
—No voy a darle un millón.
—¡Pero es tu hermano!
—Lo sé.
—¡Es tu familia!
—Y mi esposo también es mi familia.
Lưu Ngọc Mai nos miró alternativamente.
—¿Estás eligiendo a este hombre sobre nosotros?
Vũ Vi tomó mi mano.
—Estoy eligiendo mi propia vida.
Su madre se marchó furiosa.
Pero esa misma noche ocurrió algo inesperado.
Đường Vĩ regresó.
Esta vez no gritó.
Traía una carpeta.
—Vũ Vi.
Ella abrió la puerta.
—¿Qué quieres?
Él dejó la carpeta sobre la mesa.
—Vendí el auto.
—¿Qué?
—Y acepté un trabajo en otra ciudad.
Vũ Vi permaneció sorprendida.
—¿Por qué?
Đường Vĩ respiró profundamente.
—Porque mamá siempre me dijo que tú debías resolver mis problemas.
Miró hacia mí.
—Y yo lo creí.
Bajó la cabeza.
—Pero hoy entendí que, si mi hermana puede sacrificar su matrimonio para salvarme, entonces yo también puedo sacrificar algo para salvarme a mí mismo.
Vũ Vi tenía lágrimas en los ojos.
—¿Y la boda?
—Se canceló.
Sonrió con tristeza.
—Tal vez sea lo mejor.
Después se marchó.
Vũ Vi cerró la puerta.
—¿Crees que cambiará?
—No lo sé.
—Yo tampoco.
Me miró.
—Pero quiero darle una oportunidad.
Asentí.
Los meses siguientes fueron diferentes.
No compramos mansiones.
No cambiamos de auto.
No anunciamos nuestra fortuna.
Creamos un plan financiero y mantuvimos el dinero protegido.
Compramos una casa cómoda en una zona tranquila.
Vũ Vi dejó su empleo y comenzó a estudiar para una nueva profesión.
Yo invertí una parte de manera prudente y reservé otra para proyectos futuros.
Y lo más importante, dejamos de permitir que el dinero de nuestra familia determinara nuestras relaciones.
Un año después, volvimos a visitar la misma administración de lotería donde todo había comenzado.
Vũ Vi tomó mi mano.
—¿Sabes qué fue lo mejor que ganaste ese día?
Sonreí.
—¿Treinta y ocho millones?
Ella negó.
—No.
Me besó en la mejilla.
—Descubriste que yo estaba contigo incluso cuando creía que no teníamos nada.
La miré.
Y comprendí que ese había sido el verdadero premio.
**El dinero podía comprar una casa.
Podía cambiar nuestra cuenta bancaria.
Podía darnos libertad.
Pero no podía comprar lo que Vũ Vi me había demostrado aquella noche en que creyó que yo había perdido todo.**
Ella había elegido quedarse cuando pensaba que no tenía nada que ganar.
Y por eso, cuando finalmente conoció la verdad, no tuvimos que preguntarnos qué haríamos con treinta y ocho millones.
Ya sabíamos qué haríamos con nuestras vidas.
La construiríamos juntos.