PARTE 2: LO QUE HABÍA DETRÁS DE LAS PERSIANAS

Mis dedos tocaron las persianas.

—No lo hagas —dijo Liam.

—Necesitas luz.

—Te dije que no.

Tiré suavemente del cordón.

La habitación se llenó de luz.

Liam cerró los ojos.

Y entonces entendí por qué todos me habían dicho que nunca las tocara.

En la pared de enfrente había fotografías.

Decenas.

Pero no eran fotografías de negocios ni de la familia Mercer.

Eran de un hospital.

De una niña pequeña.

Y de una mujer que reconocí inmediatamente.

Mi hermano Tommy.

La foto más reciente tenía una fecha de apenas tres semanas antes.

Me quedé inmóvil.

—¿Por qué tienes fotografías de mi hermano?

Liam abrió los ojos.

Por primera vez desde que había llegado, parecía verdaderamente sorprendido.

—¿Tommy Bennett es tu hermano?

—Sí.

Su expresión cambió.

—Entonces ya entiendo por qué aceptaste el trabajo.

—¿Qué sabes de él?

Liam intentó incorporarse.

—No.

—Clara…

—Dime qué sabes.

Guardó silencio durante unos segundos.

—El tratamiento experimental de Tommy está financiado por una fundación.

Mi corazón se aceleró.

—¿Cuál?

—La Fundación Mercer.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Tú pagaste su tratamiento?

Liam negó.

—No directamente.

Pausa.

—Pero fui yo quien ordenó que aprobaran los fondos.


No podía hablar.

Durante meses había buscado desesperadamente una forma de pagar aquel tratamiento.

Pensé que había aceptado aquel empleo únicamente por los diez mil dólares semanales.

Pero ahora descubría que Liam sabía exactamente quién era yo.

—¿Por qué?

—Porque conocí a tu hermano.

—¿Cuándo?

—Antes del accidente.

Me quedé mirándolo.

—¿Qué accidente?

Liam bajó la mirada.

—El mío.


Entonces comenzó a contarme la verdad.

El accidente que lo había dejado hospitalizado no había sido un simple accidente.

Había ocurrido después de que Liam descubriera que alguien dentro de su propia organización estaba desviando dinero de la fundación.

Dinero destinado a pacientes.

Incluido el tratamiento de Tommy.

—¿Y por eso nadie podía hablar conmigo?

—Por eso.

—¿Quién lo hizo?

Liam miró hacia la puerta.

—Alguien en quien confiaba.

Antes de que pudiera preguntar más, escuchamos pasos en el pasillo.

Liam se puso tenso.

—Apaga la luz.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que sepan que te lo conté.

Apagué la lámpara.

La puerta se abrió.

Leo apareció.

—¿Todo bien?

—Sí —respondí.

Leo miró las persianas.

Después a Liam.

—Te dije que no las tocaras.

—Necesitaba luz —respondí.

Leo me observó unos segundos.

Luego se marchó.

Cuando la puerta volvió a cerrarse, Liam susurró:

—Ahora sabes por qué seis enfermeras se fueron.

—¿Porque estaban asustadas?

—Porque algunas hicieron demasiadas preguntas.

Sentí un escalofrío.

—¿Y qué les pasó?

—Las despidieron.


A la mañana siguiente llamé discretamente al hospital donde estaba Tommy.

Pregunté por su tratamiento.

La enfermera me dijo algo que me dejó helada.

—Señorita Bennett, alguien acaba de adelantar el pago de los próximos seis meses.

Miré a Liam.

—¿Quién?

—La Fundación Mercer.

Colgué.

No sabía si agradecerle o desconfiar de él.

Probablemente ambas cosas.


Esa tarde Liam me pidió que acercara una carpeta.

—Ábrela.

Dentro había documentos financieros.

Transferencias.

Contratos.

Nombres.

Y una lista de pagos que no correspondían con ningún tratamiento.

Uno aparecía repetidamente.

Leo Hart.

Levanté la mirada.

—¿Tu hombre de confianza?

Liam asintió.

—Mi mano derecha.

—¿Él está robando a la fundación?

—Creo que sí.

—¿Y sabes que trabaja aquí?

—Desde hace años.

Entonces comprendí.

Leo no necesitaba que Liam muriera.

Necesitaba que siguiera incapacitado.

Así podía controlar todo lo que ocurría dentro de la mansión.


Esa noche escuchamos pasos otra vez.

Leo entró.

—Señor Mercer, el médico llegará mañana.

Liam respondió:

—Perfecto.

Leo miró hacia mí.

—Clara, puedes retirarte.

—No.

Liam me miró sorprendido.

—Me quedo.

Leo frunció el ceño.

—No te lo estoy preguntando.

Lo miré directamente.

—Y yo no estoy aceptando.

Durante unos segundos nadie habló.

Finalmente Leo salió.

Liam esperó a escuchar la puerta.

—Ahora sí estás en peligro.

—Ya lo estaba cuando acepté este trabajo.

Él negó.

—No entiendes.

—Entonces explícame.

Liam respiró profundamente.

—El hombre que intentó silenciarme sabe que existe esta habitación.

Miré las fotografías.

—¿Y qué hay aquí?

Liam señaló una caja fuerte escondida detrás de un cuadro.

—La prueba que puede destruirlo.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

—¿Qué prueba?

Liam me miró.

—La lista completa de personas que recibieron dinero robado de la fundación.

—¿Y dónde está la combinación?

Por primera vez, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—La tiene una persona que todos creen que murió hace tres años.

Me quedé inmóvil.

Entonces alguien golpeó la puerta.

Tres veces.

Liam dejó de sonreír.

—Clara.

—¿Qué?

—No abras.

El picaporte comenzó a moverse.

Y una voz llegó desde el otro lado.

—Señor Mercer, tenemos que hablar.

Era Leo.

Pero no estaba solo.

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