PARTE 2: LOS SIETE MINUTOS QUE CAMBIARON TODO

El camarero se quedó mirándola.

—¿Hannah?

Ella cerró los ojos.

—Hola, Marcus.

Ethan levantó una ceja.

—¿Lo conoces?

—Trabajo aquí.

Marcus miró a Ethan y luego a Hannah.

—¿Y él?

Hannah sonrió.

—Mi novio.

Ethan casi se atragantó con el agua.

Marcus abrió los ojos.

—¿Tu novio?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

Hannah miró a Ethan.

Él entendió la señal.

—Desde hace…

—Siete minutos —respondió ella.

Marcus soltó una carcajada.

—Eres terrible.

—Gracias.

Se alejó.

Ethan la miró.

—¿Siete minutos?

—Me pareció apropiado.

—Eres consciente de que acabas de destruir cualquier posibilidad de que alguien crea que esto es real.

—No.

Hannah señaló discretamente a Lauren.

—Mira su cara.

Ethan lo hizo.

Lauren ya no estaba sonriendo.

Pero entonces ocurrió algo inesperado.

Ethan tampoco sintió satisfacción.

Miró a Hannah.

Ella estaba riéndose mientras robaba una fresa de su postre.

Y por primera vez en meses, no estaba pensando en Lauren.


—Se acabaron los siete minutos —dijo Hannah.

Ethan miró su reloj.

—Cierto.

Ella se levantó.

—Entonces me llevo mi pastel.

—Espera.

—¿Qué?

—¿Puedo invitarte a cenar?

Hannah lo observó.

—¿Para qué?

Ethan dudó.

—Porque quiero.

Ella cruzó los brazos.

—Eso no estaba incluido en el trato.

—Lo sé.

—Entonces tendrás que hacer una propuesta mejor.

Ethan sonrió.

—¿Qué tal quinientos dólares por una cena?

Hannah negó.

—No.

—¿Mil?

—Tampoco.

—¿Qué quieres?

Ella pensó unos segundos.

—Una cena sin mentiras.

Ethan dejó de sonreír.

—Eso sí puedo hacerlo.


La cena duró tres horas.

Hablaron de cosas que Ethan normalmente jamás contaba.

De su infancia.

De su empresa.

De cómo había aprendido a desconfiar de las personas después de lo ocurrido con Lauren.

Hannah también habló.

Su padre había muerto cuando ella tenía diecinueve años.

Su madre vivía en otra ciudad.

Trabajaba en el restaurante por las noches y estudiaba durante el día.

No tenía un apellido famoso.

No tenía dinero.

No tenía contactos.

Pero tenía algo que Ethan no había encontrado en años.

Honestidad.

—¿Por qué aceptaste? —preguntó él.

Hannah se encogió de hombros.

—Parecías necesitar que alguien se sentara contigo.

—¿No te pareció extraño?

—Muchísimo.

—Entonces, ¿por qué lo hiciste?

Ella lo miró.

—Porque reconocí tu cara.

—¿Mi cara?

—La cara de alguien que está fingiendo que no le importa.

Ethan se quedó callado.


Los días siguientes empezaron a cambiar.

Ethan volvió al restaurante.

No con flores.

No con regalos.

Simplemente para verla.

Hannah se burlaba de él.

—¿Otra vez aquí?

—Tengo hambre.

—Mentiroso.

—Está bien. Quería verte.

Ella sonreía.

Pero nunca permitía que él pagara más de lo necesario.

Y eso empezó a desconcertarlo.

Las mujeres que había conocido antes sabían quién era.

Sabían cuánto dinero tenía.

Sabían qué empresa dirigía.

Hannah parecía interesarse únicamente por el hombre sentado frente a ella.


Tres semanas después, Ethan recibió una llamada de su abogado.

—Necesitamos hablar sobre Lauren.

Su expresión cambió.

—¿Qué hizo ahora?

—Está intentando bloquear una operación importante de tu empresa.

—¿Por qué?

—Dice que tiene información confidencial.

Ethan sintió una punzada de preocupación.

Aquella misma tarde descubrió algo peor.

Lauren y Grant no habían comenzado su relación después de la ruptura.

Llevaban juntos casi un año.

Y durante ese tiempo, Grant había estado utilizando el acceso que tenía como amigo de Ethan para copiar información de la empresa.

Lauren no solo lo había engañado.

Habían intentado beneficiarse de ello.


Ethan llegó al restaurante esa noche.

Encontró a Hannah cerrando.

—Necesito hablar contigo.

Ella dejó el paño sobre la barra.

—¿Qué pasó?

Él le contó todo.

Hannah escuchó sin interrumpir.

Cuando terminó, preguntó:

—¿Confías en mí?

Ethan la miró.

—Sí.

—Entonces haz algo que nunca haces.

—¿Qué?

—No tomes una decisión mientras estés herido.


Sus palabras cambiaron la estrategia.

Ethan dejó de perseguir a Lauren.

Dejó que los abogados hicieran su trabajo.

Las pruebas aparecieron.

Correos.

Transferencias.

Archivos.

Mensajes.

Finalmente, Grant confesó.

Lauren había intentado culparlo.

Grant intentó culparla a ella.

Pero ambos terminaron enfrentando las consecuencias legales de sus decisiones.

Ethan recuperó el control de su empresa.

Pero no celebró.

Cuando terminó todo, llamó a Hannah.

—¿Puedes verme?

—Estoy trabajando.

—Entonces esperaré.

—¿Cuánto?

—Lo que sea necesario.


Dos horas después, Hannah salió del restaurante.

Ethan estaba sentado en su automóvil.

Ella abrió la puerta del copiloto.

—¿Qué haces aquí?

Él la miró.

—Esperándote.

—¿Por qué?

Ethan respiró profundamente.

—Porque tengo algo que decirte.

Hannah esperó.

—Cuando te pedí que fingieras estar enamorada de mí durante siete minutos, pensé que estaba controlando la situación.

Ella sonrió.

—Lo recuerdo.

—Me equivoqué.

—¿En qué?

—En los siete minutos.

Hannah frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque desde que te sentaste conmigo, cada día ha empezado a parecer más fácil.

Ella permaneció en silencio.

—Y eso me asusta.

—¿Tú? ¿Asustado?

—Mucho.

Hannah sonrió suavemente.

—Bien.

—¿Bien?

—Significa que te importa.


Pasaron varios segundos.

Ethan extendió la mano.

No intentó besarla.

No la presionó.

Solo esperó.

Hannah finalmente entrelazó sus dedos con los de él.

—Tengo una condición.

—La que quieras.

—Nunca vuelvas a pagarme por fingir que te quiero.

Ethan sonrió.

—Trato hecho.


Pero todavía faltaba una última sorpresa.

Una semana después, Hannah recibió una carta.

Era de la universidad.

Había conseguido una beca completa.

Miró a Ethan.

—¿Tú hiciste esto?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

Sacó otro documento.

—La beca la financió una fundación.

Hannah leyó el nombre.

Era la fundación que llevaba el apellido de la madre de Ethan.

—¿Tu familia?

—Mi madre se enteró de que estabas estudiando.

Hannah levantó la mirada.

—¿Y por qué haría eso?

Ethan sonrió.

—Porque te conoció.

—¿Cuándo?

—El día de la cena.

Hannah abrió los ojos.

—¿Estaba allí?

—En una mesa del fondo.

Hannah soltó una carcajada.

—¿Y sabía que yo era tu novia falsa?

—Sí.

—¡Qué vergüenza!

Ethan se rio.

—Dijo que eras la primera mujer que había visto mirarme sin querer nada de mí.

Hannah bajó la mirada.

—No sabía que alguien podía verme así.

Ethan tomó su mano.

—Yo tampoco.


Seis meses después, Ethan volvió al Bellamy’s Grill.

Esta vez no estaba intentando provocar a Lauren.

No necesitaba demostrar nada.

Se sentó en la misma mesa.

Hannah llegó unos minutos después.

—¿Por qué me hiciste venir aquí?

—Quiero recordar algo.

Ella miró la silla.

—¿Los siete minutos?

—Sí.

El camarero llegó.

—¿Lo de siempre?

Ethan sonrió.

—Pastel de nueces.

Hannah se rio.

—Con helado.

—Exactamente.

Cuando llegó el postre, Ethan sacó una pequeña caja.

Hannah se quedó inmóvil.

—Ethan…

—Espera.

La abrió.

No había un anillo.

Había una pequeña tarjeta.

En ella había una sola frase:

“¿Quieres sentarte conmigo durante el resto de mi vida?”

Hannah se llevó una mano a la boca.

—Eso es mucho más de siete minutos.

—Lo sé.

—¿Y si digo que no?

Ethan sonrió.

—Entonces seguiré invitándote a cenar.

Ella negó entre risas.

—Eres terrible.

—Lo aprendí de ti.

Hannah miró la tarjeta.

Después lo miró a él.

—Sí.

Ethan respiró profundamente.

—¿Sí?

—Sí.

Y esta vez no hubo actuación.

No hubo ex.

No hubo dinero.

No hubo necesidad de fingir.

Solo dos personas que se habían encontrado por accidente en una noche cualquiera.


Años después, cuando alguien les preguntaba cómo se conocieron, Hannah siempre contaba la misma historia.

—Me ofreció quinientos dólares para fingir que lo amaba durante siete minutos.

Ethan protestaba:

—No lo cuentes así.

—Es exactamente lo que ocurrió.

—También te pagué el pastel.

—Eso sí fue importante.

Todos reían.

Pero Ethan siempre terminaba diciendo lo mismo:

—El problema fue que ella aceptó fingir durante siete minutos…

Miraba a Hannah.

—Y yo tardé meses en darme cuenta de que era la única persona ante la que ya no quería fingir.

Hannah sonreía.

Porque aquella noche, un hombre herido había querido demostrarle algo a una mujer que ya no lo amaba.

Y terminó encontrando algo mucho más raro.

Una mujer ante la que no podía mentir.

Ni siquiera durante siete minutos.

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