PARTE 2: MI MADRE QUISO QUITARME LA EMPRESA Y OCULTAR AL PADRE DE MI HIJO, PERO ÉL ENTRÓ AL HOSPITAL Y REVELÓ QUIÉN ERA REALMENTE

Nadie respondió.

Alejandro seguía junto a mi cama, sosteniendo a Mateo con una naturalidad que hizo que mi madre pareciera olvidar cómo respirar.

Mi padre fue el primero en reaccionar.

—Señor Montes… creo que existe un malentendido.

Alejandro levantó una ceja.

—¿Malentendido?

—Camila nunca nos dijo que ustedes…

—¿Que estamos casados? —terminó Alejandro.

Mi madre abrió los ojos.

Yo cerré los míos durante un segundo.

Aquello no era exactamente lo que esperaba que dijera.

Alejandro sonrió.

—Todavía no estamos casados.

Mi padre soltó el aire.

Pero entonces Alejandro miró a Mateo.

—Aunque eso no cambia que él sea mi hijo.

La expresión de mis padres cambió por completo.

Verónica miró la carpeta que todavía estaba sobre la mesa.

—Entonces usted sabía lo de las acciones.

—Lo sé desde hace ocho meses.

Mi padre palideció.

—¿Ocho meses?

Alejandro me miró.

—Camila me contó todo antes de que naciera nuestro hijo.

Mi madre dio un paso atrás.

—¿Todo?

—Las facturas falsas. Las empresas proveedoras. Las transferencias.

Arturo se quedó inmóvil.

—Eso son acusaciones muy serias.

Alejandro hizo una señal.

Uno de los abogados abrió un maletín y sacó varias carpetas.

—No son acusaciones.

Las colocó sobre la mesa.

—Son documentos bancarios, contratos y registros corporativos.

Mi padre abrió la primera carpeta.

Su rostro perdió el color.

Yo conocía aquellos números.

Los había encontrado dos años atrás.

Solo que ahora estaban acompañados de algo que entonces no tenía.

Pruebas de las transferencias personales.

Rodrigo había recibido dinero mediante tres empresas que supuestamente eran proveedoras independientes de Grupo Salgado.

Mi padre levantó la mirada.

—¿De dónde obtuvo esto?

Alejandro respondió tranquilamente:

—De Camila.

Mi madre me miró.

—¿Tú tenías copias?

—De todo.

Arturo se sentó lentamente.

—¿Por qué nunca me las entregaste?

Lo miré.

—Porque cuando intenté hacerlo, me dijiste que estaba viendo fantasmas.

Silencio.

—Así que dejé de intentar convencerte.

Alejandro colocó otra carpeta frente a él.

—Y hay algo más.

Mi padre abrió el documento.

Era una auditoría independiente.

El déficit era mucho mayor de lo que imaginaban.

Rodrigo no había desviado dinero solamente de la empresa.

Había utilizado garantías corporativas para financiar propiedades personales.

—Si esto sale a la luz —susurró Arturo—, el proyecto de Santa Fe…

—Queda comprometido —respondió Alejandro.

Mi madre se llevó una mano al pecho.

—No pueden hacerle eso a la familia.

Alejandro la miró.

—La familia no fue quien lo hizo.

Entonces tomó nuevamente a Mateo en brazos.

El bebé abrió los ojos durante unos segundos.

Alejandro sonrió.

—Hola, hijo.

Mi padre observó la escena.

Por primera vez, pareció entender que había perdido algo mucho más importante que el control de una empresa.

Había perdido la oportunidad de conocer a su nieto.

—Camila —dijo finalmente—, ¿qué quieres?

Lo miré.

—Quiero que dejen de decidir por mí.

—Eso puede arreglarse.

Negué.

—No.

Tomé la carpeta de transferencia y la rompí en dos.

—Esto no vuelve a ocurrir.

Mi madre se enfureció.

—¡Estás destruyendo a tu propia familia!

La miré fijamente.

—No. Estoy evitando que ustedes destruyan la vida de mi hijo.

Arturo permaneció callado.

Entonces Alejandro habló.

—La junta se reúne mañana.

Mi padre levantó la cabeza.

—¿Para qué?

—Para revisar la situación financiera de Grupo Salgado.

—No puedes.

—Puedo.

Alejandro dejó sobre la mesa una última hoja.

—Montes Capital posee una participación suficiente para solicitar la auditoría extraordinaria.

Mi padre entendió inmediatamente.

La inversión de Santa Fe no era solo un contrato.

Alejandro tenía poder real dentro del proyecto.

—¿Tú invertiste para protegerla? —preguntó Arturo.

Alejandro miró hacia mí.

—Invertí porque creía en su análisis.

Luego sonrió.

—Me enamoré de ella después.

Mi madre quedó completamente muda.

Yo sentí que las mejillas se me calentaban.

Alejandro se inclinó hacia mí.

—¿Estás cansada?

Asentí.

—Mucho.

—Entonces ellos se van.

Miró a mis padres.

—Camila acaba de dar a luz. Las discusiones sobre negocios pueden esperar.

Mi padre recogió lentamente su abrigo.

Antes de salir, se detuvo.

—¿Puedo volver a ver a Mateo?

Miré a mi hijo.

Después a mi padre.

—Cuando vengas a verlo como abuelo.

Hizo una pausa.

—No como presidente de Grupo Salgado.

Mi padre asintió.

—Entiendo.

Cuando la puerta se cerró, finalmente pude respirar.

Alejandro colocó a Mateo cuidadosamente junto a mí.

—¿Estás bien?

—Creo que sí.

—¿Te arrepientes de haberme llamado?

Sonreí.

—No.

Él tomó mi mano.

—Entonces tenemos trabajo que hacer.

Al día siguiente, la junta descubrió la magnitud completa del fraude.

Rodrigo intentó culpar a los contadores.

Después a los proveedores.

Finalmente intentó culparme a mí.

Pero los documentos contaban otra historia.

Las firmas digitales coincidían.

Las transferencias bancarias coincidían.

Los mensajes internos coincidían.

Y, cuando Rodrigo comprendió que ya no podía esconderse, confesó parte de lo ocurrido.

Mi padre renunció temporalmente a la dirección mientras se realizaba la investigación.

Yo recuperé mi participación del 12% y acepté regresar a la empresa, esta vez como directora financiera independiente de las decisiones de mi familia.

Pero la mayor victoria ocurrió unas semanas después.

Alejandro llegó a casa con una pequeña caja.

—¿Qué es eso?

—Algo que debería haberte dado antes.

La abrió.

Dentro había una pequeña pulsera para Mateo y un anillo para mí.

Lo miré sorprendida.

—Camila, no quiero que seas mi esposa porque tenemos un hijo.

Se arrodilló.

—Quiero que seas mi esposa porque eres la mujer que admiro.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Y si digo que no?

Sonrió.

—Entonces seguiré aquí.

Miré a Mateo, dormido en su cuna.

Luego a Alejandro.

—Entonces sí.

Él tomó mi mano.

Y por primera vez en mucho tiempo, no tuve que demostrar nada.

Ni a mi padre.

Ni a mi madre.

Ni a Rodrigo.

Ni a nadie.

Solo necesitaba mirar a mi hijo y saber que había elegido protegerlo.

Porque aquel día en el hospital mis padres habían llegado creyendo que podían quitarme mi apellido, mi empresa y mi futuro.

No sabían que yo ya había construido otro futuro.

Uno donde mi hijo no tendría que ganarse el derecho a ser amado.

Y donde yo tampoco volvería a pedir permiso para decidir mi propia vida.

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