Llegué al pequeño departamento de mi hermana casi una hora después, todavía con las manos temblando.
Cerré la puerta, dejé la maleta sobre la cama y saqué la memoria USB que Teresa había escondido entre mi ropa.
No tenía nombre.
Solo una pequeña etiqueta blanca con dos palabras escritas a mano:
“NO CONFÍES.”
Conecté la memoria a mi computadora.
Había una sola carpeta.
Dentro encontré fotografías, estados de cuenta, documentos legales y varias grabaciones.
Abrí el primer archivo.
La voz de Patricia llenó la habitación.
—Mariana es exactamente lo que necesitamos.
Sentí un escalofrío.
Luego escuché a Alejandro.
—¿Y si descubre la verdad?
—No la descubrirá. Está demasiado enamorada de ti.
Me quedé inmóvil.
Abrí otro archivo.
Esta vez aparecía un documento financiero.
Mi nombre estaba escrito en la primera página.
Pero debajo había algo que jamás había visto.
Mi abuelo había dejado un fideicomiso a mi nombre.
La condición para acceder a él era que yo contrajera matrimonio antes de cumplir treinta años.
El beneficiario secundario era…
Alejandro.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—No puede ser…
Seguí revisando.
Había transferencias realizadas durante los últimos tres años.
Patricia y Alejandro habían estado intentando localizarme desde mucho antes de nuestra boda.
No me habían conocido por casualidad.
Me habían elegido.
Entonces apareció el verdadero motivo.
Mi abuelo había sido socio de la familia Alcázar décadas atrás y había dejado una participación empresarial que actualmente valía millones.
Pero existía una cláusula que impedía que los Alcázar reclamaran ese patrimonio.
Solo podían acceder a él si yo me casaba con Alejandro y permanecía legalmente vinculada a él durante seis meses.
Me cubrí la boca.
—Por eso…
Por eso habían esperado hasta después de la boda para mostrarme quiénes eran.

El teléfono comenzó a sonar.
Alejandro.
No contesté.
Volvió a llamar.
Después llegó un mensaje.
—Mariana, hablemos. No sabes toda la verdad.
Miré nuevamente la pantalla.
Respondí una sola frase:
—Entonces dime por qué Teresa tenía miedo de ti.
La respuesta tardó apenas unos segundos.
—Porque está loca.
Sonreí.
Teresa no estaba loca.
Había trabajado quince años para aquella familia.
Y había guardado pruebas suficientes para destruirlos.
Pero entonces descubrí algo todavía peor.
En una de las grabaciones, Patricia decía:
—Teresa no puede hablar. Si lo hace, perderá todo.
Y Alejandro respondió:
—Ya está solucionado.
Me levanté de golpe.
Llamé a Teresa.
El teléfono estaba apagado.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
Entonces escuché tres golpes en la puerta.
Me quedé paralizada.
Una voz conocida habló desde el otro lado.
—Mariana, soy yo.
Alejandro.
Miré la memoria USB.
Luego miré la puerta.
No estaba sola.
Y esta vez no pensaba abrirle.
Porque acababa de entender algo que podía cambiarlo todo:
**Teresa no me había dado aquella memoria para salvarme de un matrimonio.
Me la había dado porque sabía que alguien de la familia Alcázar estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para recuperar el dinero de mi abuelo.**