PARTE 2: CANCELÉ LA BODA Y DESCUBRÍ QUE EL HOMBRE QUE ME HUMILLÓ HABÍA ESTADO VIVIENDO EN MI MUNDO SIN SABER QUE TODO LE PERTENECÍA A LA MUJER QUE ABANDONÓ

Cuando el avión aterrizó, mi teléfono ya tenía más de cien notificaciones.

La fotografía de Tô Nghiên bajo mi arco de flores se había vuelto viral.

Los comentarios estaban divididos.

Algunos decían que yo era demasiado orgullosa.

Otros preguntaban por qué una mujer había llevado el vestido de novia de otra.

Pero ya no me importaba.

Había dejado de intentar controlar lo que la gente pensaba de mí.

Mi abogado me esperaba en la terminal.

—Señorita Dung, tenemos un problema.

—¿La familia Tạ?

—Peor.

Me entregó una tableta.

En la pantalla aparecía una declaración oficial de Tạ Văn Châu.

“La boda fue cancelada debido a una reacción emocional de mi prometida. Espero que el público respete nuestra privacidad.”

Solté una pequeña risa.

—¿Eso es todo?

—No.

Deslizó la pantalla.

Había otra publicación.

De Tô Nghiên.

“Nunca quise ocupar el lugar de nadie. Solo intenté ayudar a dos personas que se aman.”

Lo miré durante unos segundos.

—Qué conveniente.

Mi abogado asintió.

—¿Respondemos?

—No.

—¿Está segura?

—Completamente.

Guardé el teléfono.

—Dejemos que sigan hablando.

Aquella noche, mientras cenaba en la casa de mi madre, recibí una llamada de la directora de operaciones de Tê Ngạn.

—Directora general, necesitamos su autorización para la reunión de emergencia de mañana.

—¿Qué ocurrió?

—La familia Tạ solicitó una línea de crédito utilizando como garantía varios activos que creían pertenecer al Grupo Tạ.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué activos?

Me envió la lista.

La finca.

El hotel donde se celebraba la boda.

Tres edificios comerciales.

Y una participación importante de Tê Ngạn Cultural.

Todo estaba registrado a nombre de mi fideicomiso.

—¿Cómo pudieron solicitarlo?

—Presentaron documentos donde el señor Tạ aparece como beneficiario indirecto.

Sonreí.

—Entonces déjenlos avanzar.

Mi abogado me miró.

—¿Qué estás pensando?

—Quiero saber hasta dónde llega su confianza.

A la mañana siguiente, Tạ Văn Châu apareció en las oficinas de Tê Ngạn.

Entró acompañado de tres abogados.

Yo estaba sentada en la sala de juntas.

Cuando abrió la puerta y me vio, se detuvo.

—Tú.

—Buenos días.

Sus ojos se endurecieron.

—¿Qué haces aquí?

Mi abogado dejó una carpeta sobre la mesa.

—La señora Dung es la directora general y accionista mayoritaria.

Tạ Văn Châu soltó una risa incrédula.

—Eso es imposible.

Abrí la carpeta.

—No.

Le mostré el certificado de propiedad.

—Solo decidí no contártelo.

Su rostro perdió color.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de conocerte.

—Entonces todo esto…

Miró alrededor.

—¿Todo esto es tuyo?

—No exactamente.

Cerré la carpeta.

—Pertenece al fideicomiso que heredé de mi madre. Yo soy su administradora.

El silencio fue absoluto.

Tạ Văn Châu recordó entonces la boda.

La finca.

Los empleados.

El personal de seguridad.

Las flores.

Todo.

Su expresión cambió lentamente.

—Tú pagaste la boda.

—Sí.

—¿Por qué nunca me dijiste?

—Porque quería saber si me amabas a mí.

Bajó la mirada.

—Y ahora sé la respuesta.

Su mandíbula se tensó.

—No puedes destruir mi empresa por esto.

—No necesito destruir nada.

Le entregué otra carpeta.

—Tus propios movimientos financieros están haciendo el trabajo.

Dentro había registros de transferencias.

Hoteles.

Viajes.

Regalos.

Pagos a cuentas relacionadas con Tô Nghiên.

Tạ Văn Châu se quedó inmóvil.

—¿De dónde sacaste esto?

—De las auditorías internas.

—Eso no significa nada.

—Significa que utilizaste fondos corporativos para gastos personales y después intentaste ocultarlos mediante empresas vinculadas.

Uno de sus abogados palideció.

—Director Tạ, deberíamos hablar en privado.

—No.

Tạ Văn Châu cerró la carpeta.

—Esto es un ataque.

Lo miré.

—No. Es una auditoría.

Y entonces ocurrió algo que no esperaba.

La puerta volvió a abrirse.

Tô Nghiên entró.

Llevaba el mismo bolso que había llevado a la boda.

Pero no parecía feliz.

—Văn Châu.

Él se volvió.

—¿Qué haces aquí?

—Necesito hablar contigo.

—Ahora no.

—Ahora sí.

Sacó un sobre.

Lo dejó sobre la mesa.

—Encontré esto en tu oficina.

Tạ Văn Châu lo abrió.

Su rostro cambió inmediatamente.

Era un contrato.

Un acuerdo prenupcial que él había preparado para casarse con Tô Nghiên.

Ella lo miró.

—¿Por qué pusiste una cláusula donde todas mis propiedades personales quedarían protegidas, pero esperabas que yo aceptara responsabilidad por tus deudas?

Él no respondió.

Ella sonrió amargamente.

—Pensabas que yo era ingenua.

—Nghiên…

—No.

Ella levantó la mano.

—Yo creía que querías casarte conmigo porque me amabas.

Miró hacia mí.

—Ahora entiendo que querías casarte con alguien que pudiera admirarte mientras tú mantenías el control.

Tạ Văn Châu dio un paso hacia ella.

—No es así.

—Entonces explícame por qué la invitaste a ella a pagar todo y después intentaste hacerla parecer culpable.

Él guardó silencio.

Tô Nghiên dejó el contrato sobre la mesa.

—No voy a casarme contigo.

Aquella frase pareció golpearlo más que todo lo anterior.

Ella salió.

Tạ Văn Châu permaneció inmóvil.

Después me miró.

—¿Estás feliz?

Negué.

—No.

—Entonces ¿qué quieres?

Pensé durante unos segundos.

—Quiero que aceptes que se terminó.

—Chi Chi…

—No me llames así.

Su expresión se quebró.

Era la primera vez que le pedía que no usara aquel nombre.

—Ese nombre pertenecía a la mujer que pensaba que siempre te elegirías a ti.

Me levanté.

—Ya no existe.

El divorcio nunca llegó a ocurrir porque jamás habíamos registrado legalmente nuestro matrimonio.

Pero sí hubo una batalla empresarial.

Tạ Văn Châu tuvo que responder por las operaciones financieras realizadas sin autorización.

La familia Tạ perdió varios contratos importantes.

Y la finca donde habíamos celebrado la boda fue convertida en un centro cultural administrado por Tê Ngạn.

Meses después, recibí una invitación.

No era una boda.

Era la inauguración del nuevo centro.

Mi abogado preguntó:

—¿Quiere asistir?

Miré la invitación.

—Sí.

Cuando llegué, vi a Tạ Văn Châu entre los invitados.

Ya no llevaba el traje impecable de aquella noche.

Parecía diferente.

Más cansado.

Más real.

Se acercó lentamente.

—La finca quedó hermosa.

—Gracias.

—¿Puedo hablar contigo?

—Cinco minutos.

Se quedó frente a mí.

—Quiero disculparme.

No dije nada.

—No por haber elegido a Nghiên.

Levanté la mirada.

—Entonces, ¿por qué?

—Por haberte hecho sentir que eras reemplazable.

Sus ojos estaban llenos de arrepentimiento.

—Creo que durante demasiado tiempo pensé que tú siempre estarías ahí. Que podía hacer cualquier cosa y, cuando todo saliera mal, tú arreglarías las consecuencias.

Asentí.

—Eso era exactamente lo que hacías.

—Lo sé.

Bajó la cabeza.

—Y cuando te fuiste, descubrí que no sabía sostener nada solo.

No sentí satisfacción.

Solo una extraña tranquilidad.

—Espero que aprendas.

—¿No hay ninguna posibilidad para nosotros?

Lo miré durante varios segundos.

—No.

Él cerró los ojos.

—Entiendo.

Se marchó.

No lo seguí.

Aquella noche caminé hasta el mismo lugar donde seis meses antes había dejado caer mi velo.

Las flores ya no estaban.

El arco había desaparecido.

Solo quedaba la piedra blanca del camino.

Toqué el pequeño broche que llevaba alrededor del cuello.

Ya no estaba cosido a ningún vestido.

Mi madre me lo había dejado para que lo usara el día de mi boda.

Pero quizá había entendido mal su significado.

No era un símbolo de matrimonio.

Era un símbolo de herencia.

De las mujeres que habían construido una vida antes que yo.

De las decisiones que una mujer debía tomar por sí misma.

Saqué el teléfono.

Tenía un mensaje de mi directora de operaciones.

“Directora general, el consejo aprobó su nuevo proyecto internacional. ¿Cuándo desea viajar?”

Sonreí.

—La próxima semana.

Guardé el teléfono.

Miré hacia el lugar donde había estado el arco de flores.

La mujer que había salido de allí descalza, con el corazón decepcionado y el anillo en una caja, ya no existía.

Había pensado que cancelar aquella boda significaba perder al hombre que amaba.

Ahora entendía la verdad.

No había perdido un matrimonio.

Había recuperado una vida que había estado a punto de entregar por completo a alguien que nunca supo verla.

Y cuando el coche arrancó frente a la antigua finca, no miré atrás.

Esta vez no porque estuviera huyendo.

Sino porque finalmente tenía un lugar mucho más importante al que ir.

Hacia adelante.

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