PARTE 2: DESPUÉS DE PERDER A MI BEBÉ Y A MIS PADRES, DESCUBRÍ QUE MI ESPOSO HABÍA ENTREGADO EL ÚLTIMO RECUERDO DE MI MADRE A SU AMANTE

Me quedé mirando aquella fotografía durante varios segundos.

El jersey azul que mi madre había tejido para mí estaba convertido en pequeños abrigos para perros.

En la foto, Meng Wanyuan sonreía mientras Huo Sinian sostenía uno de los cachorros.

No sentí celos.

No sentí rabia.

Sentí algo mucho más vacío.

Mi madre había pasado noches enteras haciendo aquel jersey para protegerme del frío.

Y él lo había convertido en un regalo para otra mujer.

Cerré la publicación.

Después borré el número de Huo Sinian de mi teléfono.

No porque quisiera olvidar.

Sino porque ya no necesitaba que me explicara nada.

La mañana siguiente fui al despacho de mi abogado.

Dejé sobre su escritorio las fotografías, los documentos de la cuenta bancaria y las pruebas que había encontrado en la caja fuerte.

—Quiero iniciar el divorcio.

El abogado las revisó lentamente.

—¿Está segura?

—Sí.

—También podemos investigar las transferencias a Meng Wanyuan.

—Quiero que lo haga.

—¿Y respecto a la casa?

Lo miré.

—No quiero nada que él pueda usar para decir que le debo mi vida.

Mi abogado asintió.

—Entonces prepararemos todo.

Tres días después, recibí una llamada de Huo Sinian.

No contesté.

Volvió a llamar.

Y otra vez.

Finalmente respondió con un mensaje:

«¿Por qué no estás en casa?»

No respondí.

Después llegó otro.

«Zeng Li, ¿qué estás haciendo?»

Guardé el teléfono.

Aquella tarde, cuando regresé al apartamento para recoger mis documentos, él estaba esperando.

En cuanto me vio, caminó hacia mí.

—¿Por qué no contestas?

—Porque ya no tenemos nada que decirnos.

Se quedó inmóvil.

—¿Qué significa eso?

Le entregué un sobre.

—Los papeles del divorcio.

Su rostro cambió.

—¿Estás hablando en serio?

—Sí.

—¿Por una discusión sobre Wanyuan?

Negué.

—Por cinco años de decisiones que siempre te beneficiaron a ti.

—Yo nunca te engañé.

—No necesito discutir qué nombre quieres ponerle a lo que hiciste.

Señalé la carpeta.

—Solo necesito que la revises.

La abrió.

Fotografías.

Transferencias.

Facturas.

Mensajes.

Todo estaba organizado.

Huo Sinian pasó las páginas con manos cada vez más tensas.

—¿Entraste en mi estudio?

—Tú dejaste la puerta abierta.

—¡No tenías derecho!

Lo miré.

—¿Y tú tenías derecho a utilizar el dinero familiar para mantener la vida de otra mujer?

No respondió.

Entonces llegó el verdadero golpe.

Saqué una copia del expediente de la clínica.

—Y esto también lo revisé.

Su rostro perdió el color.

—¿Dónde conseguiste eso?

—La clínica me envió el documento porque todavía figuraba como contacto autorizado de nuestro antiguo tratamiento.

Él tragó saliva.

—Eso es privado.

—Lo sé.

Lo observé fijamente.

—Por eso no lo usaré para humillarte.

Huo Sinian parecía confundido.

—Entonces, ¿por qué lo tienes?

—Porque necesito entender por qué durante años me hiciste sentir responsable de algo que no era culpa mía.

Silencio.

—¿Qué quieres decir?

Coloqué el informe sobre la mesa.

—Los médicos ya te habían informado de que el problema de fertilidad no era exclusivamente mío.

Sus ojos se abrieron.

—Zeng Li…

—Lo sabías.

No negó nada.

Ese silencio confirmó lo que necesitaba saber.

Durante años me había sometido a tratamientos, me había hecho sentir insuficiente y había permitido que su madre me culpara.

Mientras tanto, él sabía que la historia era mucho más complicada.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Su voz salió baja.

—Tenía miedo.

Solté una risa amarga.

—¿Miedo de qué?

—De que me vieras diferente.

—¿Y por eso me dejaste cargar con toda la culpa?

No pudo responder.

Entonces su teléfono sonó.

Meng Wanyuan.

Huo Sinian miró la pantalla.

Yo hice un gesto hacia ella.

—Contesta.

—No.

—Contesta.

Finalmente respondió.

La voz de Meng Wanyuan llegó rápidamente.

—Hermano Sinian, necesito que vengas. El cachorro está empeorando.

Huo Sinian cerró los ojos.

—Voy ahora.

Lo miré.

Incluso en ese momento.

Incluso después de todo.

Seguía siendo su prioridad.

—Ve —dije.

Colgó.

—No tienes que hacer esto.

—¿Hacer qué?

—Dejarme.

—No te estoy dejando.

Tomé mi bolso.

—Estoy dejando de abandonarme a mí misma.

Me fui.

Una semana después, Huo Sinian recibió una notificación legal.

Mi abogado había descubierto que varias transferencias realizadas a Meng Wanyuan provenían directamente de fondos relacionados con la empresa familiar.

No eran simples regalos.

Había facturas falsificadas.

Gastos personales registrados como actividades profesionales.

Incluso algunos pagos relacionados con el alquiler y la decoración de la tienda de Wanyuan habían sido cargados a una cuenta corporativa.

La familia Huo quedó conmocionada.

Su padre lo llamó.

—¿Es cierto?

Huo Sinian permaneció en silencio.

—¡Te pregunté si es cierto!

—Sí.

—¿Cuánto?

—No lo sé exactamente.

—¿Y todo esto mientras tu esposa cuidaba de nosotros?

Huo Sinian cerró los ojos.

—Sí.

Su padre colgó sin decir nada más.

Pero el golpe definitivo llegó cuando Meng Wanyuan descubrió que él había utilizado dinero corporativo para mantener su negocio.

—¿Me estás diciendo que el dinero con el que pagaste mi tienda no era tuyo?

—Era complicado.

—¿Me mentiste?

—Quería ayudarte.

—¡No! —gritó ella—. Querías comprarme una vida mientras tu esposa pagaba el precio.

Por primera vez, incluso Wanyuan comenzó a alejarse de él.

El divorcio avanzó durante meses.

Yo no regresé a aquel apartamento.

Me mudé a una pequeña vivienda cerca de la cadena de televisión.

Por las noches volvía a estudiar.

Volví a escribir.

Volví a entrevistar personas.

Al principio mis manos temblaban cada vez que sostenía una grabadora.

Pero poco a poco, la periodista que había dejado atrás comenzó a regresar.

La hermana Wang me llamó una tarde.

—La corresponsalía en Asia Central sigue disponible.

Miré por la ventana.

—Acepto.

—¿Estás segura?

Sonreí.

—Nunca he estado tan segura de algo.

Dos semanas antes de mi partida, recibí una última carta de Huo Sinian.

No fui a verlo.

Solo abrí el sobre.

Había una fotografía.

Era la primera fotografía que nos habíamos tomado juntos.

Él sostenía aquel caramelo de naranja que me había dado el día que nos conocimos.

Detrás había escrito:

«Lamento haber convertido tu amor en algo que daba por sentado».

Leí la frase varias veces.

Después guardé la fotografía.

No porque quisiera volver.

Sino porque aquel recuerdo pertenecía también a la mujer que yo había sido.

Al día siguiente fui al cementerio.

Llevé flores para mis padres.

Me senté frente a sus lápidas y permanecí en silencio durante mucho tiempo.

—Mamá —susurré—, finalmente voy a usar el jersey.

No pude evitar llorar.

—Y papá… voy a volver a hacer el trabajo que amo.

El viento movió las hojas de los árboles.

Por primera vez desde el accidente, sentí que podía respirar.

Meses después, desde una ciudad al otro lado del mundo, envié mi primer reportaje.

La historia fue publicada en horario estelar.

Mi nombre apareció nuevamente debajo de un titular.

Zeng Li, corresponsal internacional.

No esposa de Huo Sinian.

No nuera de la familia Huo.

No mujer abandonada.

Solo yo.

Una noche, después de terminar una transmisión, recibí un mensaje de la hermana Wang.

«Excelente trabajo. Sabía que todavía estabas ahí».

Sonreí.

Miré mi reflejo en la ventana.

Pensé en aquella joven que años atrás había abandonado su carrera para convertirse en la esposa perfecta.

Pensé en la mujer que había perdido un hijo, a sus padres y un matrimonio casi al mismo tiempo.

Y comprendí que había sobrevivido a algo mucho más profundo que un divorcio.

Había recuperado mi propia identidad.

Un año después, Huo Sinian solicitó formalmente cerrar todos los asuntos pendientes del divorcio.

No volvió a buscarme.

Su carrera también cambió.

Tuvo que responder por las irregularidades financieras y devolver parte del dinero utilizado indebidamente.

Meng Wanyuan cerró su tienda y se marchó de la ciudad.

Betsy, la madre de Huo Sinian, dejó de hablar de herederos y de familias perfectas.

Finalmente comprendió que había pasado años destruyendo a la mujer que había cuidado de todos.

Y yo seguí adelante.

Nunca volví a casarme inmediatamente.

No tenía prisa.

Aprendí a disfrutar de las cosas pequeñas.

Un café caliente.

Una habitación silenciosa.

Un artículo terminado.

Una llamada de mi hermano.

Una fotografía de mis padres.

Y, finalmente, el jersey azul.

Lo llevé durante mi primer invierno como corresponsal.

Era demasiado grande.

Las mangas estaban un poco desiguales.

Y una de ellas tenía un pequeño hilo suelto.

Pero era perfecto.

Porque lo había hecho mi madre.

Una noche, después de terminar una entrevista, me quedé mirando la nieve caer detrás de la ventana.

Toqué suavemente el tejido.

—Mamá tenía razón —dije con una sonrisa—. Sí abriga.

Entonces comprendí algo.

Durante años había pensado que mi matrimonio era mi hogar.

No lo era.

Mi hogar nunca fue una casa.

Nunca fue un hombre.

Nunca fue una familia que me exigiera sacrificarme para pertenecer.

Mi hogar era la persona que había estado intentando encontrar durante todos esos años: yo misma.

Y aquella vez, cuando el mundo volvió a abrirse frente a mí, no tuve miedo de entrar.

Porque había perdido demasiado.

Pero finalmente había recuperado lo único que nunca debí entregar:

mi propia vida.

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