Cuando el avión despegó, no sabía que aquella misma noche Xie Wenzhou descubriría que la mujer a la que acababa de dejar bajo el arco de flores nunca había sido la persona que él creía.
Dos horas después, mi teléfono volvió a encenderse.
Esta vez no era Xie Wenzhou.
Era mi abogado.
—Señorita Rong, ya tenemos todas las grabaciones.
—¿Algo importante?
—Más de lo que esperaba.
Abrí el archivo que me envió.
La grabación comenzaba treinta minutos antes de la ceremonia.
Se veía a Xie Wenzhou hablando con Su Nian detrás del escenario.
Ella llevaba mi vestido.
Él sostenía el broche de mi madre entre los dedos.
—¿Estás segura de que quieres hacerlo? —preguntó él.
Su Nian sonrió.
—Tú dijiste que, después de hoy, todo cambiaría.
—Chi Chi podría enfadarse.
—¿Y qué hará?
Xie Wenzhou soltó una risa.
—Siempre termina perdonándome.
Me quedé mirando la pantalla.
No sentí rabia.
Solo una tristeza tranquila.
Había pasado tres años creyendo que conocía a ese hombre.
En realidad, conocía únicamente la versión que él necesitaba que yo viera.
Entonces apareció otra persona en la grabación.
El padre de Xie Wenzhou.
—Wenzhou, ¿has revisado los documentos?
—Sí.
—¿Y las acciones?
—Después de la boda, Chi Chi firmará la transferencia.
Mi respiración se detuvo.
El abogado habló desde el teléfono.
—Ahí está el verdadero problema.
Reprodujo otro archivo.
Un documento preparado por el bufete de la familia Xie.
Si yo hubiera completado el registro matrimonial y firmado los papeles posteriores a la ceremonia, determinadas acciones que administraba temporalmente habrían quedado bajo control de Xie Wenzhou.
Pero había algo que ellos ignoraban.
Aquellas acciones no eran de Xie Wenzhou.
Eran mías.
Y nunca habían sido temporales.
Mi madre me las había transferido tres años atrás.
La familia Xie había pasado meses preparando una trampa para apropiarse de algo que jamás les perteneció.
El abogado añadió:
—Ya congelé cualquier documento presentado hoy.
—Bien.
—¿Quiere regresar?
Miré por la ventana.
Las nubes cubrían la ciudad.
—No.
—¿Qué piensa hacer?
Sonreí.
—Déjelos celebrar.
Mientras yo dormía en un hotel cerca del aeropuerto, la celebración continuaba sin mí.
Hasta que dejó de hacerlo.
A las once de la noche, el director financiero de Teyan subió al escenario.
Tomó el micrófono.
—Damas y caballeros, debo informarles que este banquete ha sido cancelado.
El salón quedó en silencio.
Xie Wenzhou se levantó.
—¿Qué estás haciendo?
El director financiero no retrocedió.
—Siguiendo instrucciones de la propietaria del recinto.
—¿La propietaria?
—Sí.
Xie Wenzhou frunció el ceño.
—Soy el novio.
—Lo sé.
—Entonces continúa la celebración.
El hombre negó con la cabeza.
—No puedo.
En ese momento, todas las pantallas del salón cambiaron.
Apareció el logotipo de Cultura Teyan.
Después apareció mi nombre.
RONG CHI — PRESIDENTA Y ACCIONISTA MAYORITARIA.
Un murmullo atravesó el salón.
Su Nian se quedó inmóvil.
—¿Qué significa esto? —preguntó.
El director respondió:
—Significa que esta propiedad, esta organización y los contratos de la celebración pertenecen a la señora Rong.
Xie Wenzhou palideció.
—Eso es imposible.
Su padre tomó el micrófono.
—¿Quién autorizó esta presentación?
—La propietaria.
—¡La boda es del Grupo Xie!
—El banquete fue reservado mediante una empresa vinculada a la señora Rong.
Nadie habló.
Entonces apareció una segunda pantalla.
Una copia del documento de transferencia firmado por mi madre.
Su Nian lo observó con los ojos muy abiertos.
—¿Ella es la propietaria?
Xie Wenzhou no respondió.
Porque en ese momento su teléfono recibió un mensaje.
Era mío.
Solo decía:
“Ahora ya sabes quién pagó la boda.”
El caos comenzó inmediatamente.
Los invitados empezaron a marcharse.
Algunos empresarios que habían acudido para fortalecer relaciones con la familia Xie prefirieron no quedarse.
Los periodistas rodearon a Xie Wenzhou.
—Señor Xie, ¿es cierto que la novia abandonó la ceremonia?
—¿Por qué otra mujer llevaba su vestido?
—¿Quién es realmente la propietaria de Teyan?
Xie Wenzhou intentó salir por una puerta lateral.
Pero su padre lo detuvo.
—¿Qué hiciste?
—Papá, no ahora.
—¿Por qué no me dijiste que Chi Chi controlaba Teyan?
Xie Wenzhou apretó los dientes.
—Porque ella nunca quiso que nadie lo supiera.
—¡No!
Su padre lo agarró del brazo.
—¡Porque tú nunca preguntaste!
Aquella frase quedó suspendida en el aire.
Mientras tanto, Su Nian permanecía junto al arco de flores.
Todavía llevaba mi vestido.
Una de las encargadas se acercó.
—Señorita Su, tendrá que quitarse el vestido.
Ella la miró incrédula.
—¿Qué?
—Es propiedad de la señora Rong.
Su Nian apretó los labios.
—Wenzhou dijo que podía quedármelo.
—Entonces tendrá que pedírselo a él.
La expresión de Su Nian cambió.
Por primera vez comprendió que la seguridad que había sentido toda la noche dependía completamente de un hombre que acababa de perder el control de todo.
Al día siguiente, regresé a la ciudad.
No fui a la residencia Xie.
Fui directamente a las oficinas de Teyan.
Parker, mi director financiero, me esperaba.
—La junta está reunida.
—¿Y Xie Wenzhou?
—Intentó entrar.
—¿Lo dejaron?
Parker sonrió.
—No.
Entré a la sala de reuniones.
Doce directores se levantaron.

—Presidenta Rong.
Tomé asiento.
—Quiero que revisemos todas las operaciones realizadas por el Grupo Xie durante los últimos tres años.
Parker colocó varias carpetas frente a mí.
—Ya empezamos.
Abrí la primera.
Había transferencias.
Contratos.
Pagos.
Y varios documentos firmados por Xie Wenzhou.
Entonces apareció el verdadero segundo giro.
Una de las transferencias había salido directamente de Teyan hacia una cuenta relacionada con Su Nian.
La cifra era enorme.
—¿Ella recibió esto?
—Sí.
—¿Por qué?
Parker deslizó otro documento.
—Consultoría artística.
Fruncí el ceño.
—Su Nian nunca trabajó para Teyan.
—Exactamente.
Había sido una empresa ficticia.
Xie Wenzhou había estado utilizando dinero de mi compañía para financiar el estilo de vida de Su Nian.
Pero todavía había algo peor.
El último documento mostraba que había utilizado parte de esos fondos para pagar abogados que preparaban la transferencia de mis acciones.
Lo miré durante varios segundos.
—Entonces no era una broma.
Parker negó con la cabeza.
—No.
La sustitución de la novia era solo la primera parte de un plan mucho mayor.
Xie Wenzhou necesitaba que yo me sintiera humillada, que abandonara la ceremonia y que después firmara los documentos por orgullo herido o agotamiento.
Pero no había contado con una cosa.
Yo no había firmado nada.
Ni siquiera habíamos registrado el matrimonio.
Y ahora todos los documentos estaban en manos de mi abogado.
Esa tarde, Xie Wenzhou apareció en mi oficina.
Los guardias intentaron detenerlo.
—Déjenlo entrar.
Parker me miró sorprendido.
—¿Estás segura?
—Sí.
Xie entró solo.
Ya no llevaba el traje de la boda.
Parecía cansado.
—Chi Chi.
—Presidente Xie.
Se quedó inmóvil.
—No me llames así.
—¿Por qué?
—Porque somos prometidos.
—No.
Coloqué el documento de cancelación del compromiso sobre la mesa.
—Ya no lo somos.
—Fue una broma.
—No.
Le mostré la grabación.
Su rostro perdió color.
—¿Grabaste eso?
—Las cámaras del lugar pertenecen a Teyan.
—Puedo explicarlo.
—No necesito explicaciones.
Se acercó.
—Yo te amo.
—Entonces tienes una manera extraña de demostrarlo.
—Claire… quiero decir, Su Nian…
Se detuvo.
—¿Ves?
Sonreí.
—Ni siquiera puedes hablar de mí sin confundirme con ella.
—Fue un error.
—No.
Negué lentamente.
—Un error ocurre una vez. Tú preparaste vestidos, documentos, abogados y una mujer para ocupar mi lugar.
Xie Wenzhou guardó silencio.
—¿Por qué nunca me dijiste que eras dueña de Teyan?
—Porque quería saber si me amabas a mí o a mi apellido.
—¡Yo no sabía!
—Exactamente.
Sus ojos se enrojecieron.
—Entonces todo este tiempo…
—Sí.
—¿Me estabas poniendo a prueba?
—No.
Lo miré directamente.
—Te estaba dando la oportunidad de conocerme sin dinero de por medio.
No respondió.
Después dejó una carpeta sobre mi escritorio.
—No quiero tus acciones.
Abrí la carpeta.
Era una renuncia a cualquier reclamación sobre mis bienes.
—¿Por qué?
—Porque entiendo que ya no tengo derecho a nada.
Lo observé.
Por primera vez desde la boda, parecía sincero.
Pero la sinceridad tardía no podía reparar lo que había destruido.
—Firma el divorcio emocionalmente no registrado y terminaremos aquí.
—¿No hay ninguna posibilidad?
—No.
Bajó la cabeza.
—¿Ni siquiera como amigos?
—Quizá algún día.
Pausa.
—Pero no hoy.
Firmó.
Cuando salió, me quedé mirando la puerta.
No lloré.
Porque algunas despedidas no duelen cuando finalmente comprendes que fueron necesarias.
Tres semanas después, Su Nian vino a verme.
Ya no llevaba vestidos de diseñador.
Se sentó frente a mí y dejó una caja sobre la mesa.
Dentro estaba el broche de mi madre.
—Lo devolví.
Lo tomé cuidadosamente.
—Gracias.
Su Nian respiró profundamente.
—Yo sabía que te amaba.
—¿A quién?
—A Wenzhou.
—Eso no es lo que pregunté.
Ella bajó la mirada.
—Pensé que si conseguía tener lo que tú tenías, finalmente sería suficiente.
No respondí.
—Pero cuando todos se fueron aquella noche… entendí que no quería una vida construida sobre una humillación.
La miré.
—Entonces empieza otra.
Ella asintió.
Se levantó y se marchó.
Meses después, la investigación financiera terminó.
Teyan recuperó los fondos desviados.
La familia Xie tuvo que responder por los documentos fraudulentos y las operaciones realizadas sin autorización.
Mi nombre dejó de aparecer junto al de Xie Wenzhou.
Y yo regresé al trabajo.
Un año después, inauguré un nuevo centro cultural en memoria de mi madre.
En la entrada había una placa.
No llevaba mi apellido.
Solo una frase:
“Nunca permitas que alguien te convenza de aceptar menos respeto del que tú misma te debes.”
Aquella noche me quedé sola frente al edificio.
Recordé el vestido.
El velo.
El arco de flores.
La mano de Su Nian sostenida por el hombre que alguna vez pensé que sería mi esposo.
Y sonreí.
Porque durante unos minutos había creído que aquel día había perdido mi boda.
Después entendí que había perdido algo mucho menos importante.
Había perdido a un hombre que nunca había sabido verme, y había recuperado una vida que nunca debí entregar.
Xie Wenzhou consiguió la boda que siempre quiso.
Una ceremonia llena de flores.
Cientos de invitados.
Fotografías.
Aplausos.
Pero yo me llevé algo que él nunca pudo comprar.
Mi libertad.
Y cuando finalmente guardé el broche de mi madre en una caja de cristal, comprendí por qué aquella tarde había podido quitarme el anillo sin derramar una sola lágrima.
No estaba abandonando al hombre que amaba.
Estaba dejando atrás al hombre que había creído que amaba.
Y esa fue la primera vez que elegí, sin miedo y sin arrepentimiento, ponerme a mí misma primero.