PARTE 2: LAS PERSIANAS QUE NADIE SE ATREVÍA A ABRIR

Alcancé las persianas y tiré del cordón.

La habitación se llenó de luz.

Liam Mercer cerró los ojos inmediatamente y giró el rostro.

—Te dije que no las tocaras.

—Y yo te dije que no iba a dejarte sufrir por orgullo.

Abrí la segunda.

La luz de la mañana atravesó el polvo suspendido en el aire y finalmente pude ver lo que durante cuatro días había permanecido escondido detrás de aquellas ventanas.

Un jardín.

Un enorme jardín perfectamente cuidado.

Pero había algo extraño.

Las ventanas del dormitorio daban directamente hacia una pequeña construcción de piedra situada al otro lado de los árboles.

No parecía un cobertizo.

Parecía una oficina.

Liam abrió los ojos.

Y por primera vez desde que había llegado, su expresión no fue de enojo.

Fue de miedo.

—Cierra las persianas.

Me quedé quieta.

—¿Qué hay ahí?

—Clara.

—¿Qué hay ahí?

—Cierra las malditas persianas.

Negué.

—No.

Liam intentó incorporarse.

El dolor lo obligó a detenerse.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Entonces explícame.

Silencio.

Lo miré.

—Me dijeron que no hiciera preguntas. Ya rompí esa regla.

Su mandíbula se tensó.

—Esa habitación no debería estar ahí.


Aquella respuesta cambió todo.

No había sido una amenaza.

Era miedo.

Y el hombre al que toda la ciudad temía estaba mirando aquella pequeña construcción como si pudiera destruirlo.

Me acerqué a la ventana.

—¿Quién trabaja ahí?

—Nadie.

—Entonces, ¿por qué tiene cámaras?

Liam no respondió.

—¿Por qué hay dos hombres vigilando la puerta?

Nada.

—¿Y por qué uno acaba de mirar directamente hacia esta ventana?

Liam palideció.

—Apaga la luz.

Esta vez obedecí.

Me aparté de la ventana.

—Ahora habla.

Liam respiró profundamente.

—Mi accidente no fue un accidente.


Me quedé inmóvil.

—¿Qué ocurrió?

—Hace cinco semanas salí de una reunión.

—¿Y?

—Mi vehículo fue atacado.

Miré su pierna.

—¿Por eso?

—Por eso y por mucho más.

Bajó la mirada hacia sus manos.

—Alguien quería matarme.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Y por qué nadie llamó a la policía?

Liam soltó una risa amarga.

—Porque la mitad de los hombres que trabajan para mí no saben si están protegiéndome o vigilándome.

Sentí un escalofrío.

—¿Y Leo?

—Leo me protege.

—¿De quién?

Liam levantó los ojos.

—De mi propia familia.


No tuve tiempo de preguntar más.

La puerta se abrió.

Leo apareció.

—¿Todo bien?

Miró las persianas.

Después me miró a mí.

Su expresión cambió.

—¿Las abriste?

—Sí.

Leo cerró la puerta.

—No vuelvas a hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque no es asunto tuyo.

—Llevo cuatro días cuidando a un hombre al que alguien intentó matar.

Señalé a Liam.

—Ya es asunto mío.

Leo dio un paso hacia mí.

Liam habló desde la cama.

—Déjala.

Leo se detuvo.

—Merc…

—He dicho que la dejes.

Leo miró a Liam durante unos segundos.

Después salió.

Pero antes de cerrar la puerta, dijo:

—No sabes en qué te estás metiendo.


Esa noche Liam no durmió.

Yo tampoco.

A las dos de la madrugada escuché un ruido en el pasillo.

Me levanté.

La puerta estaba entreabierta.

Miré hacia afuera.

No había nadie.

Entonces escuché un sonido detrás de mí.

Un golpe seco.

Liam estaba intentando alcanzar el teléfono de la mesa.

—¿Qué haces?

—Hay alguien dentro de la casa.

Tomé el teléfono.

—¿A quién llamo?

—A nadie.

—¿Qué?

—Si alguien entró, ya sabe que estoy despierto.

Apagué la luz.

Los dos permanecimos en silencio.

Unos segundos después escuchamos pasos.

Se detuvieron frente a la puerta.

Liam me miró.

Se llevó un dedo a los labios.

La manija comenzó a moverse.

Entonces una voz masculina habló desde el pasillo.

—Señor Mercer.

Liam no respondió.

—Tenemos un problema.

Era Leo.

Abrí la puerta.

Leo entró rápidamente.

—Encontramos a uno de los guardias inconsciente.

Liam se incorporó.

—¿Dónde?

—En la entrada trasera.

—¿Y las cámaras?

Leo negó.

—Desconectadas.

Liam me miró.

—Clara, toma tus cosas.

—¿Por qué?

—Nos vamos.


No llegamos a la puerta.

Las luces de toda la mansión se apagaron.

Leo sacó su teléfono.

—Estamos rodeados.

Liam cerró los ojos.

—Ya llegaron.

—¿Quiénes? —pregunté.

Nadie respondió.

Entonces escuchamos el ruido de vehículos acercándose.

Leo miró por la ventana.

—Señor Mercer…

Liam tomó aire.

—¿Cuántos?

—Demasiados.


Lo que ocurrió después sucedió demasiado rápido.

Leo nos llevó por un pasillo oculto detrás de una biblioteca.

Yo ayudé a Liam a avanzar.

Cada paso era doloroso.

—No puedo correr —dijo.

—Entonces no correremos.

—Clara…

—Te dije que no te iba a dejar morir.

Llegamos a una puerta metálica.

Leo la abrió.

Detrás había un túnel que conducía fuera de la propiedad.

—¿A dónde lleva? —pregunté.

—A una carretera secundaria.

Liam negó.

—No.

—¿Qué?

—No podemos salir por ahí.

Leo lo miró.

—¿Por qué?

Liam señaló el túnel.

—Porque quienquiera que haya entrado sabe que existe.


Entonces comprendí algo.

El verdadero peligro no estaba fuera.

Estaba dentro.

Miré a Liam.

—¿Quién conoce todos estos accesos?

—Mi hermano.

La respuesta cayó como una piedra.

—¿Tu hermano?

—Evan.

Leo bajó la mirada.

—El hombre que dirige la empresa mientras Liam está incapacitado.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Y por qué querría matarte?

Liam respondió con una calma terrible.

—Porque si muero, hereda todo.


El segundo giro llegó minutos después.

Encontramos un teléfono escondido en la oficina.

Tenía mensajes recientes.

Todos dirigidos a Evan.

Uno decía:

“Todavía está vivo.”

Otro:

“La nueva enfermera está con él.”

Y el último:

“Si no lo sacamos esta noche, hablará.”

Miré a Liam.

—¿Hablarás sobre qué?

Él permaneció en silencio.

—Liam.

Finalmente respondió.

—Sobre el dinero.

—¿Qué dinero?

—El que desapareció de la empresa.

—¿Cuánto?

Liam miró la pantalla.

—Más de ciento veinte millones.

Me quedé helada.

—¿Y tú lo descubriste?

—Sí.

—¿Evan lo robó?

—No.

Liam tragó saliva.

—Mi padre.

Silencio.

—Mi padre creó todo esto antes de morir.

—¿Y tú?

—Yo intenté detenerlo.


De repente entendí por qué aquel hombre era tan temido.

No porque fuera un criminal invencible.

Sino porque había heredado un imperio construido sobre secretos y había decidido romperlo desde dentro.

El problema era que alguien no quería permitirlo.


Leo recibió un mensaje.

Lo leyó.

—Tenemos cinco minutos.

Liam me miró.

—Clara, quiero que te vayas.

—No.

—Esto ya no tiene nada que ver contigo.

—Mi hermano necesita mi dinero.

Liam frunció el ceño.

—¿Qué?

—Acepté este trabajo por diez mil dólares a la semana porque mi hermano está enfermo.

Por primera vez, Liam pareció comprenderme.

—Entonces toma el dinero.

—No quiero tu dinero.

—¿Qué quieres?

Lo miré.

—Quiero que sobrevivas.


Salimos por una segunda ruta.

Pero antes de llegar a la carretera, escuchamos vehículos detrás de nosotros.

Leo se detuvo.

—Nos encontraron.

Liam cerró los ojos.

—Entonces hazlo.

—¿Qué?

—Llama a la policía.

Leo lo miró sorprendido.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Era la primera vez que Liam parecía dispuesto a dejar de controlar el resultado.

Leo llamó.

Y minutos después, las sirenas comenzaron a escucharse.

Los vehículos que nos perseguían intentaron escapar.

No pudieron.


Al amanecer, Evan Mercer fue detenido.

Pero todavía faltaba descubrir quién había dado las órdenes originales.

La respuesta apareció en los documentos encontrados dentro de la oficina secreta.

El nombre de una empresa.

El mismo nombre que aparecía en los registros financieros.

La compañía pertenecía a la madre de Liam.

Y ella no había actuado sola.

Había utilizado a Evan para desviar dinero y después había intentado eliminar a Liam cuando descubrió la verdad.


Liam permaneció varios días en el hospital.

Cuando regresé a su habitación, estaba sentado junto a la ventana.

Ya no había persianas cerradas.

La luz entraba libremente.

—¿Cómo estás?

—Vivo.

Sonreí.

—Eso es progreso.

Me miró.

—Clara.

—¿Sí?

—No voy a pedirte que vuelvas.

Me sorprendió.

—¿Por qué?

—Porque durante cinco semanas pensé que necesitaba controlar todo.

Bajó la mirada.

—Y tú fuiste la primera persona que me trató como un ser humano en lugar de como al hombre que todos temían.

No supe qué responder.

Él continuó:

—Quiero pagarte lo que te prometí.

—No necesito más dinero.

—Sí lo necesitas.

Lo miré.

—¿Cómo lo sabes?

—Leo investigó.

Suspiré.

—Entonces sabes lo de Tommy.

—Sí.

—¿Y qué?

Liam tomó una carpeta.

—La fundación Mercer va a financiar su tratamiento.

Me quedé inmóvil.

—No.

—No es caridad.

—Entonces, ¿qué es?

—Una deuda.

Negué.

—No me debes nada.

Liam sonrió ligeramente.

—Tal vez yo tampoco.


Tommy recibió el tratamiento semanas después.

Por primera vez en meses, los médicos comenzaron a hablar de recuperación.

Yo seguí trabajando con Liam durante su rehabilitación.

Pero algo había cambiado.

Ya no era el hombre que arrojaba objetos cuando estaba frustrado.

Tampoco era la sombra aterradora que había conocido aquella primera noche.

Aprendió a pedir ayuda.

Aprendió a aceptar que no podía controlar cada resultado.

Y aprendió a caminar nuevamente.

El día que dio sus primeros pasos sin ayuda, todos en la habitación guardaron silencio.

Liam avanzó lentamente.

Uno.

Dos.

Tres pasos.

Después se detuvo.

Me miró.

—¿Eso cuenta?

Sonreí.

—Cuenta mucho.


Meses después, los responsables del fraude fueron procesados.

La empresa quedó bajo una nueva administración.

La mansión dejó de parecer una fortaleza.

Y Liam abrió las persianas de su dormitorio todos los días.

Una mañana me encontró leyendo en la misma silla donde había pasado mi primer turno.

—¿Recuerdas lo que me dijiste?

—¿Qué cosa?

—Que m

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