—Zhenzhen —dije en cuanto respondió—. Necesito tu ayuda.
Hubo un breve silencio.
—¿Pasó algo?
Miré el enorme salón donde había vivido durante diez años.
—Quiero irme.
No preguntó por qué.
Tal vez mi voz ya lo había explicado todo.
—¿Cuándo?
—Hoy.
Dos horas después, Zhenzhen llegó con un automóvil.
Mientras empacaba mis documentos, joyas y algunas fotografías, mi mirada cayó sobre el viejo escritorio de la escuela.
Aún conservaba una pequeña caja.
Dentro estaba la fotografía de Chu Ziyan y yo cuando teníamos diecisiete años.
En el reverso había escrito:
“Chu Ziyan ama a Lin Bihan. La amará toda la vida.”
Sonreí.
Después la dejé sobre la mesa.
No me la llevé.
A las seis de la tarde, abandoné aquella casa con una sola maleta.
No dejé ninguna carta.
No envié ningún mensaje.
Solo dejé sobre la mesa del comedor los papeles del divorcio.
Esa noche, Chu Ziyan regresó.
—Esposa, ya estoy en casa.
Nadie respondió.
Dejó las llaves y buscó por toda la casa.
Entonces encontró los documentos.
Su rostro cambió.
—Bihan…
Me llamó.
Una vez.
Cinco veces.
Veinte.
Finalmente contesté.
—¿Dónde estás?
—Fuera.
—¿Qué significa esto?
—Exactamente lo que estás leyendo.
Su respiración se volvió pesada.
—¿Por qué?
Me quedé mirando por la ventana del apartamento de Zhenzhen.
—Porque escuché todo anoche.
Silencio.
—Bihan…
—No necesitas explicarme quién es ella.
—Yo puedo explicarlo.
—No.

Mi voz fue tranquila.
—Durante diez años te esperé. Te ayudé. Te creí. Pero anoche descubrí que mientras yo protegía nuestro matrimonio, tú estabas protegiendo una mentira.
—No es así.
—Entonces dime una cosa.
Silencio.
—Si ella no hubiera aparecido, ¿seguirías amándome?
No respondió.
Y aquella ausencia de respuesta terminó de destruir la última esperanza que me quedaba.
—Eso pensé.
Colgué.
Al día siguiente, Chu Ziyan llegó a la casa de mis padres.
Pero mi padre ya sabía todo.
—No la busques —le dijo.
—Es mi esposa.
—No.
Mi padre lo miró fijamente.
—Era tu esposa porque ella todavía quería serlo.
Chu Ziyan quedó inmóvil.
Entonces recibió un mensaje.
Era de la chica.
No vuelvas a buscarme.
Había descubierto que Chu Ziyan llevaba años diciéndole que su matrimonio estaba prácticamente terminado.
Ella también se había cansado de vivir dentro de una mentira.
En menos de un mes, todo terminó.
Firmé el divorcio.
No exigí su empresa.
No pedí venganza.
Solo recuperé mi libertad.
Meses después, me mudé a otra ciudad y comencé nuevamente mi vida.
Una mañana recibí una llamada de Zhenzhen.
—Bihan, ¿recuerdas el escritorio donde él grabó tu nombre?
—Sí.
—Encontraron algo.
Habían desmontado aquel viejo mueble durante una remodelación.
Debajo de la madera había otra inscripción.
No era de Chu Ziyan.
Era mía.
La había grabado cuando tenía diecisiete años, justo debajo de sus palabras.
Decía:
“Lin Bihan ama a Chu Ziyan, pero primero debe aprender a amarse a sí misma.”
Me quedé mirando la fotografía durante mucho tiempo.
Y finalmente sonreí.
Porque quizá aquella chica de diecisiete años había entendido algo que yo tardé diez años en recordar.
El amor podía durar mucho tiempo.
Pero nunca debía costarme mi dignidad.
Y esta vez, cuando cerré la puerta de mi nueva casa, no estaba dejando atrás a Chu Ziyan.
Estaba regresando a mí misma.