Dos días después, toda la familia Gu estaba reunida para cenar.
Los tres hijos de Gu Fang corrían por el salón.
Uno había derramado jugo sobre la alfombra.
Otro gritaba porque quería el teléfono de Gu Chen.
El menor lloraba desde hacía veinte minutos.
Mi suegra me lanzó una mirada impaciente.
—Su Nian, ¿no ves que el niño está llorando?
Dejé tranquilamente mis palillos.
—Sí, lo veo.
—Entonces ve a atenderlo.
Sonreí.
—No puedo. Tengo algo importante que anunciar.
Saqué un sobre de mi bolso y lo coloqué sobre la mesa.
Gu Chen frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
—Una oferta laboral.
Mi suegra soltó una carcajada.
—¿Oferta laboral? ¿Quién te contrataría después de tres años sin trabajar?
Abrí el documento.
—El Grupo Mingyuan.
El rostro de Gu Chen cambió inmediatamente.
Mingyuan no era una empresa pequeña.
Era uno de los mayores grupos de diseño arquitectónico y comercial del país.
—Me ofrecieron participar en su proyecto internacional —continué—. Durará treinta meses.
Gu Fang dejó de comer.
—¿Treinta meses?
—Dos años y medio.
Mi suegro levantó lentamente la cabeza.
—¿Y cuándo empiezas?
—El lunes.
El comedor quedó en silencio.
Mi suegra fue la primera en reaccionar.
—¿El lunes?
—Sí.
—¿Y los niños?
La miré con aparente confusión.
—¿Qué niños?
Gu Fang golpeó la mesa.
—¡Mis hijos!
—Papá dijo claramente que no necesitaban que yo los cuidara.
Mi suegro se atragantó con el té.
—Yo… solo dije que podía ocuparme de ellos.
Sonreí.
—Perfecto. Entonces no hay ningún problema.
Por primera vez vi verdadero pánico en sus rostros.
Porque todos conocían la verdad.
Mi suegro tenía problemas de espalda y apenas podía perseguir a tres niños durante una tarde.
Mi suegra jugaba mahjong cuatro días por semana y jamás había cuidado sola de ellos.
Gu Fang acababa de divorciarse y quería regresar inmediatamente a trabajar.
Y Gu Chen llegaba a casa después de las diez casi todas las noches.
Habían llevado a los niños a nuestra casa porque ya habían decidido quién sería su cuidadora.
Yo.
Solo que nadie había considerado necesario preguntármelo.
—Rechaza la oferta —dijo Gu Chen.
Lo miré.
—¿Perdón?
—No necesitamos ese dinero.
Me reí suavemente.
La misma frase de tres años atrás.
—Yo tampoco necesito tu permiso.
Su expresión se endureció.
—Eres mi esposa.
—Exactamente. Tu esposa. No la empleada doméstica de tu familia.
Mi suegra golpeó los palillos contra la mesa.
—¡Después de todo lo que nuestra familia te ha dado!
Aquello me hizo sonreír.
—Me alegra que menciones eso.
Saqué una segunda carpeta.
Gu Chen la abrió.
Dentro había tres años de movimientos bancarios.
—¿Qué significa esto?
—Mis gastos.
Pasé las páginas lentamente.
—Cuando dejé mi trabajo, seguí haciendo proyectos independientes desde casa. Diseño de marca, interiores comerciales y consultoría digital.
Mi suegra quedó inmóvil.
Ella creía que yo dependía completamente de su hijo.
—El año pasado gané más de lo que Gu Chen me transfirió durante nuestros tres años de matrimonio juntos.
Gu Fang palideció.
—Entonces ¿por qué nunca dijiste nada?
—Porque nadie preguntó.
Miré a Gu Chen.
—Y porque necesitaba saber si me respetabas por quien era o solo mientras creyeras que dependía de ti.
No tuvo respuesta.
El lunes me marché.
No hubo una escena dramática.
Una maleta.
Mi computadora.
Dos cajas con mis cosas.
Eso fue todo.
La primera llamada llegó aquella misma noche.
Mi suegra.
No contesté.
Después Gu Fang.
Luego Gu Chen.
Finalmente apareció un mensaje:
El pequeño tiene fiebre. Mamá no sabe dónde guardas los medicamentos.
Respondí:
Llévenlo al médico.
Al tercer día contrataron una niñera.
Renunció cuatro días después.
La segunda duró dos semanas.

Entonces llegó el verdadero problema.
Durante años yo no solo había limpiado y cocinado.
Pagaba las facturas.
Organizaba las citas médicas.
Recordaba los vencimientos del seguro.
Compraba los regalos familiares.
Gestionaba las reparaciones.
Coordinaba al personal.
Incluso preparaba cada mes la documentación que Gu Chen necesitaba para determinadas reuniones.
Todo ese trabajo era invisible.
Hasta que dejé de hacerlo.
Dos meses después, Gu Chen viajó hasta la ciudad donde estaba trabajando.
Me esperaba frente a mi oficina.
—Tenemos que hablar.
—Habla.
Parecía agotado.
—La casa es un desastre.
—Contrata ayuda.
—Mamá y Fang discuten todos los días.
—Habla con ellas.
—Los niños no obedecen.
—Son hijos de Fang.
Apretó la mandíbula.
—Has cambiado.
Negué.
—No. Dejé de resolver problemas que nunca fueron míos.
Entonces dijo algo que terminó de destruir lo poco que quedaba entre nosotros.
—Si regresas, mamá está dispuesta a dejar que vuelvas a trabajar.
Lo miré durante varios segundos.
Después me reí.
—¿Dejarme?
Su rostro cambió.
—No quise decirlo así.
—Sí quisiste.
Entré al edificio sin mirar atrás.
Seis meses después recibí una llamada de mi suegro.
Él fue el único que se disculpó.
—Su Nian, me equivoqué.
Guardé silencio.
—Dije que podía cuidar de los niños porque estaba seguro de que tú terminarías haciéndolo.
Al menos fue sincero.
—Gracias por admitirlo.
—Esta familia se acostumbró demasiado a ti.
—No. Se acostumbraron a mis servicios.
Él suspiró.
—Quizá tengas razón.
Mientras tanto, mi carrera avanzaba.
El proyecto que debía durar treinta meses me convirtió en directora regional de diseño.
Volví a tener colegas.
Amigos.
Mi propio salario.
Mi propia rutina.
Y, sobre todo, recuperé la parte de mí que había abandonado intentando convertirme en la nuera perfecta.
Un año después, Gu Chen me envió los papeles del divorcio.
Los firmé.
Creí que aquello sería el final.
Pero el último giro llegó cuando regresé a Qingcheng para completar el trámite.
Mi suegra apareció en el despacho del abogado.
—Todo esto ocurrió porque Gu Fang llevó a esos niños a nuestra casa.
La miré sorprendida.
Después de tantos meses, todavía buscaba a quién culpar.
—No.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué?
—Los niños nunca fueron el problema.
Me puse de pie.
—Ellos simplemente hicieron visible algo que llevaba tres años ocurriendo.
Miré a Gu Chen.
—Todos ustedes creían que mi tiempo no tenía valor porque yo era la mujer de la casa.
Nadie respondió.
Tomé mi copia firmada del divorcio.
Gu Chen me siguió hasta la puerta.
—Nian Nian.
Me detuve.
—Si pudiera regresar tres años atrás…
—No puedes.
Bajó la mirada.
—¿Alguna vez me amaste realmente?
La pregunta me dolió precisamente porque la respuesta era sencilla.
—Muchísimo.
Levantó los ojos con esperanza.
Pero terminé la frase.
—Por eso tardé tanto en darme cuenta de cuánto había dejado de amarme a mí misma.
Salí del edificio.
Dos años y medio después de aquella cena, regresé definitivamente del proyecto internacional.
Pero jamás regresé a la casa Gu.
Compré un apartamento pequeño con enormes ventanas y monté mi propio estudio.
Una tarde recibí una fotografía de mi antiguo suegro.
Los tres niños estaban preparando su propia cena bajo la supervisión de Gu Fang.
Debajo había escrito:
Todos hemos aprendido a cuidarnos solos.
Sonreí.
Tal vez aquella había sido la lección que todos necesitábamos.
Ellos pensaron que mi partida sería un castigo de dos años y medio.
No lo fue.
Fue simplemente el día en que dejé de ser la mujer que mantenía funcionando la vida de todos mientras permitía que la suya desapareciera.
Y cuando finalmente dejé de cuidar de toda la familia Gu, descubrí a la única persona a la que llevaba tres años olvidando cuidar:
a mí misma.