Pero después de conocer a Gu Yan, descubrí que aquellos tres segundos de duda habían sido completamente innecesarios.
Era diferente de lo que había imaginado.
Su madre me había dicho que su hijo estaba enfermo y que necesitaba compañía durante su recuperación.
Nunca me explicó que él sería tan joven.
Ni que tendría unos ojos capaces de hacerme olvidar por qué estaba allí.
Durante los dos meses que vivimos bajo el mismo techo, casi no hablábamos.
Él sabía que yo estaba allí por dinero.
Yo sabía que él no quería aquella situación.
Por eso establecimos reglas.
Nada de preguntas personales.
Nada de sentimientos.
Nada de promesas.
Y cuando terminaron los dos meses, cada uno seguiría con su vida.
Al menos eso creíamos.
La noche antes de marcharme, Gu Yan me encontró en el balcón.
—¿Mañana te vas?
—Sí.
—¿No quieres quedarte?
Lo miré sorprendida.
—¿Me lo estás pidiendo?
Él guardó silencio.
Después apartó la mirada.
—No.
Sonreí con amargura.
—Entonces no hay nada más que decir.
Pero aquella noche ocurrió algo que ninguno de los dos había planeado.
Y nueve meses después nació mi hijo.
Nunca se lo conté.
La señora Gu había cumplido su palabra y pagado la operación de mi madre.
Yo terminé la universidad, conseguí trabajo y crié sola a mi hijo.
Lo llamé Lucas.
Durante cinco años, nunca tuve intención de buscar a Gu Yan.
Hasta aquella mañana.
Ahora estaba frente a mí.
Y fingía no conocerme.
Cuando terminó la jornada laboral, regresé a casa agotada.
Lucas estaba con la vecina.
En cuanto abrí la puerta, escuché una voz detrás de mí.
—Mamá.
Me giré.
Y me quedé completamente inmóvil.
Gu Yan estaba de pie junto al ascensor.
Llevaba un abrigo oscuro.
A su lado estaba un niño pequeño.
El niño me observaba con unos enormes ojos negros.
Gu Yan habló con una tranquilidad desesperante.
—Oye, ella es tu madre.
El niño inclinó la cabeza.
—¿Tú eres mi mamá?
Sentí que el corazón se me detenía.
Miré a Gu Yan.
—¿Qué acabas de decir?
—Que es tu hijo.
—Eso ya lo sé. ¿Por qué lo traes aquí?
Gu Yan permaneció inexpresivo.
—Porque es mío.
El mundo pareció quedarse en silencio.
—¿Qué?
El niño levantó una pequeña mano.
—Papá dice que tú eres mi mamá.
Miré al pequeño.
Tenía los mismos ojos que Gu Yan.
La misma forma de sonreír.
Incluso la pequeña marca junto a la ceja.
Pero aquello era imposible.
—¿Cómo sabes que es mi hijo?
Gu Yan sacó un sobre.
—Prueba de ADN.
Me quedé sin palabras.
—¿Cuándo la hiciste?
—Hace tres semanas.
—¿Tres semanas?
Asintió.
—Encontré documentos de aquella época mientras revisaba los archivos de mi madre.
Entonces entendí.
Gu Yan no había venido a buscarme por casualidad.
Había descubierto que tenía un hijo.
—¿Por qué no me preguntaste antes?
—Porque pensé que estabas casada.
Me quedé mirándolo.
—¿Y si lo estuviera?
Su mandíbula se tensó.
—Entonces habría respetado tu vida.
Aquella respuesta me sorprendió.
No había arrogancia.
Solo una extraña tristeza.
El niño tiró de su abrigo.
—Papá, tengo hambre.
Gu Yan bajó la mirada.
—Lo sé.
Después volvió a mirarme.
—¿Podemos entrar?
No sabía qué hacer.
Pero finalmente abrí la puerta.
El pequeño entró corriendo.
Se detuvo frente a los juguetes de Lucas.
—¿Puedo jugar?
Lo miré.
—Sí.
Mientras los dos niños jugaban, Gu Yan permaneció de pie junto a la ventana.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
No respondí inmediatamente.
—Porque nuestra relación terminó.
—Para ti.
Lo miré.
—Para los dos.
—No.
Su voz se volvió más baja.
—Yo nunca supe que existía.
Me quedé callada.
—Si lo hubiera sabido, habría venido.
—¿Y qué habrías hecho?
—Lo mismo que estoy haciendo ahora.
—¿Qué?
—Intentar conocerlo.
Entonces sacó otro documento.
—También descubrí algo sobre mi madre.

Mi expresión cambió.
—¿Qué?
Gu Yan dejó el documento sobre la mesa.
—Ella no solo te pagó por acompañarme.
Leí las primeras líneas.
Después sentí que el aire desaparecía.
El contrato original había sido modificado.
La cantidad que yo había recibido no era la acordada inicialmente.
Había una cláusula adicional.
Si quedaba embarazada, debía desaparecer de la vida de Gu Yan y nunca revelar la existencia del niño.
Levanté la cabeza.
—Yo nunca vi esta cláusula.
—Porque mi madre la añadió después de que firmaras.
—¿Por qué?
Gu Yan apretó los puños.
—Porque sabía que mi abuelo me dejaría la presidencia si tenía un heredero.
Me quedé helada.
—Entonces…
—Ella quería que yo permaneciera bajo su control.
Miré al niño.
De repente, todo tenía sentido.
No había sido una simple transacción.
Habían utilizado nuestra situación para controlar el futuro de la familia.
Gu Yan respiró profundamente.
—Y hay algo más.
—¿Qué?
Sacó una fotografía.
Era una imagen de cinco años atrás.
Yo caminando hacia un automóvil con una pequeña bolsa.
Pero detrás de mí estaba Gu Yan, observándome desde una ventana.
—¿Qué significa esto?
—Que esa noche quería detenerte.
Lo miré.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Porque pensé que me odiabas.
Mi garganta se cerró.
—Yo pensé que tú querías que me fuera.
—Nunca dije eso.
—Pero nunca me pediste que me quedara.
Bajó la mirada.
—Era demasiado orgulloso.
Aquella confesión fue tan sencilla que me dolió.
Durante cinco años habíamos vivido separados por una conversación que nunca tuvimos.
Entonces el pequeño apareció corriendo.
—¡Mamá!
Me agaché.
—¿Qué pasa?
—Papá dice que puedo venir a verte otra vez.
Miré a Gu Yan.
Él parecía esperar mi respuesta.
—Si tú quieres —dijo.
No había exigencia.
No había contrato.
Solo una elección.
Sonreí.
—Puede venir.
El niño saltó de alegría.
Gu Yan sonrió por primera vez.
Pero todavía quedaba una pregunta.
—¿Y nosotros?
Él me miró.
—No quiero que vuelvas conmigo por nuestro hijo.
—¿Entonces?
—Quiero conocerte otra vez.
Sentí que mis ojos se llenaban de lágrimas.
—¿Y si después de conocerme otra vez no te gusto?
Una sonrisa apareció en su rostro.
—Entonces tendré que enamorarme de ti otra vez.
Me reí.
—Eso suena complicado.
—Tengo cinco años de retraso.
El niño nos miró confundido.
—¿Papá está enamorado de mamá?
Gu Yan tosió.
Yo me eché a reír.
—Eso parece.
El pequeño sonrió.
—Entonces podemos ser una familia.
Nos miramos.
Esta vez ninguno respondió inmediatamente.
Porque todavía había mucho que reparar.
Pero por primera vez, ninguno quería huir.
Meses después, la señora Gu tuvo que enfrentar las consecuencias legales de haber alterado el contrato.
Gu Yan recuperó el control de la empresa sin utilizar a su hijo como herramienta.
Y yo conservé mi independencia.
No hubo una boda inmediata.
No hubo promesas exageradas.
Solo cenas.
Paseos.
Cumpleaños.
Pequeños momentos.
Gu Yan aprendió qué comida le gustaba a nuestro hijo.
Yo aprendí que debajo de aquella expresión fría todavía estaba el hombre que había conocido cinco años antes.
Una noche, mientras caminábamos los tres por un parque, Lucas tomó una mano de cada uno.
—Papá.
—¿Sí?
—¿Ahora sí te vas a quedar?
Gu Yan miró al niño.
Después me miró a mí.
—Si tu mamá me deja.
Lucas levantó la cabeza hacia mí.
—Mamá.
Sonreí.
—Puedes quedarte.
Gu Yan apretó suavemente mi mano.
Y entonces comprendí que cinco años atrás había aceptado dinero para traer una nueva vida al mundo.
Nunca imaginé que aquella decisión también traería de vuelta al hombre que creía haber dejado atrás.
Esta vez no había contratos, dinero ni secretos entre nosotros.
Solo tres personas caminando juntas hacia casa.
Y para mí, eso era mucho más valioso que cualquier cantidad que alguien pudiera haber pagado cinco años atrás.