PARTE 2: DESCUBRÍ QUE LA FAMILIA DE MI ESPOSO HABÍA HECHO DESAPARECER A OTRAS MUJERES, PERO ESTA VEZ SU PLAN TERMINÓ EN UNA TRAMPA

Lucía me sujetó del brazo mientras los pasos de Elena se alejaban por el pasillo.

—No podemos quedarnos aquí —susurró.

—¿La tripulación está con ellos?

—No toda.

—¿En quién podemos confiar?

Lucía respiró profundamente.

—En el capitán. Y en dos marineros.

Me entregó una pequeña llave.

—Hay una sala de radio debajo del puente. Desde allí podemos enviar una señal de emergencia.

Guardé la llave.

—Primero necesito saber algo.

—¿Qué?

—¿Qué ocurrió con tu hermana?

Lucía bajó la mirada.

—Daniela desapareció hace cinco años. La familia dijo que había caído al mar durante una discusión.

—¿Y tú no les creíste?

—Nunca.

Sacó de su bolsillo una fotografía doblada.

Era Daniela.

Detrás había una fecha y el nombre de un hotel.

—Encontré esto en una caja que pertenecía a mi hermana. También encontré nombres de otras mujeres.

Sentí un escalofrío.

—¿Seis?

—Seis confirmadas. Quizá más.

Entonces comprendí por qué Elena había mencionado a Fernanda.

Aquello no era una familia desesperada por dinero.

Era un patrón cuidadosamente repetido durante años.

—Tenemos que conseguir las pruebas —dije.

Lucía asintió.

Esperamos hasta que la embarcación quedó en silencio.

A medianoche salimos del camarote.

Llegamos a la oficina de Sebastián.

Mi teléfono seguía grabando.

Abrí su computadora con una contraseña que había visto usar durante nuestra boda.

Encontramos una carpeta llamada “Mendoza”.

Dentro había copias de documentos bancarios.

Pero había otra carpeta.

“Operación Laguna”.

Lucía se llevó una mano a la boca.

Había fotografías, transferencias y contratos.

También aparecían nombres de mujeres que habían estado relacionadas con hombres de la familia Alcázar.

Algunas aparecían como esposas.

Otras como novias.

Todas tenían algo en común.

Después de recibir determinados beneficios económicos, desaparecían de los registros familiares.

Entonces encontré el nombre de Fernanda.

No era la amante de Sebastián.

Era una testigo.

Había descubierto el fraude y estaba intentando escapar.

—Tenemos que encontrarla —dije.

Lucía señaló una dirección en uno de los documentos.

—Está en Guadalajara.

Antes de que pudiéramos copiarlo todo, escuchamos pasos.

Cerré la computadora.

Nos escondimos detrás de una puerta.

Sebastián entró.

—Mañana a las dos —dijo por teléfono—. Valeria desaparecerá y después podremos ocuparnos de Fernanda.

Esperó unos segundos.

—No, mi padre se encargará de los documentos.

Salió.

Lucía me miró.

—Ya lo sabemos.

—No.

Sonreí ligeramente.

—Ahora ellos creen que lo sabemos.

A la una y media regresé a mi camarote.

Me puse el mismo vestido que llevaba aquella tarde.

Dejé las ventanas abiertas.

Sobre la cama coloqué una almohada debajo de la manta para que pareciera que estaba dormida.

Después me escondí en el baño con Lucía.

A las dos en punto escuchamos la puerta.

Sebastián entró.

—Valeria.

Silencio.

Se acercó a la cama.

Levantó la manta.

—Perfecto.

Entonces Elena apareció detrás de él.

—¿Está dormida?

—Completamente.

Elena sonrió.

—Llévala a cubierta.

Salieron.

Lucía me miró.

—Ahora.

Salimos por la puerta de servicio y corrimos hacia el puente.

El capitán estaba esperando.

—¿La señal?

—Lista.

Presionó el botón.

Una señal de emergencia fue enviada.

Pero no era lo único que habíamos preparado.

Antes de abandonar la oficina, había enviado todas las pruebas a mi padre, a su abogado y a las autoridades.

El correo automático estaba programado para enviarse a las dos y cinco.

A las dos y seis, el teléfono del capitán comenzó a sonar.

Era la Guardia Costera.

—Tenemos su ubicación —dijo la voz por radio—. Mantengan la calma. Una embarcación está en camino.

Mientras tanto, Sebastián regresó al camarote.

Encontró la cama vacía.

—¡Valeria!

El grito atravesó el barco.

Elena llegó corriendo.

—¿Dónde está?

—¡No lo sé!

Entonces escucharon una voz por los altavoces.

La mía.

—Yo sí sé dónde estoy.

Sebastián se quedó inmóvil.

—¿Valeria?

—En el puente.

Subieron corriendo.

Cuando llegaron, encontraron al capitán, a Lucía y a dos tripulantes detrás de mí.

Yo sostenía mi teléfono.

—Todo quedó grabado.

Sebastián intentó mantener la calma.

—Estás confundida.

—No.

Le mostré la pantalla.

—También tengo las transferencias, los documentos falsificados y los nombres de las otras mujeres.

Elena comenzó a gritar.

—¡Esa información fue robada!

—Entonces podrás explicárselo a los investigadores.

A lo lejos aparecieron las luces de la embarcación de rescate.

Sebastián comprendió finalmente que su plan había fracasado.

Pero todavía tenía una última carta.

—Tu padre no llegará a tiempo.

Lo miré.

—Ya llegó.

Su expresión cambió.

—¿Qué?

—El correo automático incluía la ubicación del yate.

En ese momento mi teléfono vibró.

Era mi padre.

—Valeria, estamos con las autoridades.

Cerré los ojos un instante.

Por primera vez desde que había escuchado aquella conversación, pude respirar.

Los agentes abordaron el yate minutos después.

Sebastián y Elena fueron detenidos mientras los investigadores aseguraban los documentos.

Ricardo también fue localizado y detenido posteriormente por su participación en el fraude.

Pero la historia de Daniela todavía no había terminado.

Semanas después, la investigación encontró registros que demostraban que había sido víctima de una operación criminal de la familia.

Su cuerpo nunca fue recuperado.

Pero su nombre dejó de ser un simple expediente desaparecido.

Seis familias recibieron respuestas.

Fernanda fue encontrada con vida y entregó información adicional a las autoridades.

Y yo regresé a Guadalajara.

Nunca volví a subir a aquel yate.

Tampoco volví a llamar esposo a Sebastián.

El matrimonio fue anulado y mis bienes quedaron protegidos.

Un día, Lucía me entregó nuevamente la fotografía de Daniela.

—Quiero que la tengas.

La miré durante varios segundos.

—No.

Se la devolví.

—Debe quedarse contigo.

Lucía sonrió entre lágrimas.

—Gracias.

Miré hacia el mar.

Durante días había pensado que aquella noche sería el final de mi vida.

Pero terminó siendo el momento en que descubrí la verdad.

Sebastián pensó que había elegido a una mujer indefensa para quedarse con su dinero.

No sabía que había elegido a alguien que sabía investigar.

No sabía que su propia tripulación estaba dispuesta a hablar.

Y, sobre todo, no sabía que las voces de las mujeres que había intentado borrar terminarían reuniéndose para revelar toda la verdad.

Yo había subido a aquel yate creyendo que comenzaba una luna de miel.

Regresé a tierra firme sabiendo que había sobrevivido a algo mucho más oscuro.

Y cuando finalmente abracé a mis padres, comprendí que los trescientos veinte millones nunca habían sido lo más importante.

Lo verdaderamente valioso era que, esta vez, nadie había conseguido hacerme desaparecer.

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