PARTE 2: DESCUBRÍ QUE MI ESPOSO LE HABÍA ENTREGADO A OTRA MUJER LA HERENCIA QUE YO SACRIFIQUÉ POR ÉL, PERO MI ÚLTIMA DECISIÓN LO DEJÓ SIN NADA

La sala de reuniones quedó completamente en silencio.

Pei Siyue seguía mirándome.

Por primera vez desde que lo conocía, no encontraba una respuesta rápida.

Xu Man también había dejado de hablar.

Yo recogí lentamente los documentos.

—Tienes cuarenta y ocho horas.

Pei Siyue frunció el ceño.

—¿Para qué?

—Para decidir si compras mis acciones al precio de auditoría.

—Wen He, no puedes amenazarme con la empresa que construimos juntos.

—No es una amenaza.

Lo miré directamente.

—Es una oportunidad.

Me di la vuelta y salí.

No volví la cabeza.

Aquella tarde, el abogado Zhou me llamó.

—Señorita Wen, encontramos algo importante.

—¿Qué?

—La donación del apartamento a Xu Man no fue una operación personal.

Me quedé inmóvil.

—Explíquese.

—El dinero salió de una cuenta relacionada con la empresa.

Sentí un escalofrío.

—¿Está seguro?

—Ya tenemos los registros bancarios.

Hizo una pausa.

—Y hay más.

—Dígame.

—El apartamento fue comprado seis meses antes de que Pei Siyue presentara el acuerdo prenupcial.

Cerré los ojos.

Todo comenzaba a encajar.

El acuerdo no había sido preparado para proteger los bienes de Pei Siyue.

Había sido diseñado para proteger todo lo que había transferido a Xu Man.

—¿Y la pulsera?

—También fue pagada por la empresa.

Mi mano se cerró lentamente.

—Quiero la documentación completa.

—La tendrá esta noche.

Cuando colgué, me senté junto a la ventana.

Durante ocho años había pensado que Pei Siyue simplemente se había vuelto diferente.

Más frío.

Más ocupado.

Más distante.

Ahora comprendía que el cambio tenía una explicación.

No había construido una nueva vida después de nuestro matrimonio.

Había estado construyéndola mientras yo seguía creyendo que aquella vida era nuestra.

Esa noche recibí un mensaje suyo.

“Ven a casa. Tenemos que hablar.”

No respondí.

Cinco minutos después llegó otro.

“No conviertas esto en una guerra.”

Sonreí tristemente.

La guerra no la había empezado yo.

Yo simplemente había dejado de ignorarla.

A la mañana siguiente, el abogado Zhou llegó con tres carpetas.

—Hay algo que debe ver.

Abrió la primera.

Eran transferencias.

La segunda contenía contratos.

La tercera, correos electrónicos.

Uno de ellos me hizo detenerme.

Había sido enviado por Xu Man a Pei Siyue ocho meses antes.

Cuando todo esté preparado, ella no podrá reclamar nada.

Debajo aparecía la respuesta de Pei Siyue.

Lo sé. El acuerdo cubrirá cualquier riesgo.

Sentí una presión en el pecho.

No era una sospecha.

Era una confirmación.

—¿Hay más?

El abogado asintió.

—Mucho más.

Colocó otro documento sobre la mesa.

—Este es el origen de la pulsera.

La joyería que había comprado mi abuela había vendido la pieza a un intermediario.

Después apareció registrada en una empresa vinculada a Pei Siyue.

Finalmente fue entregada a Xu Man como “regalo corporativo”.

Me quedé mirando el documento.

—Él la recuperó.

—Sí.

—Y sabía exactamente lo que significaba.

—Eso parece.

No lloré.

Curiosamente, ya no podía.

El dolor había pasado a otra etapa.

Ya no era tristeza.

Era claridad.

Esa tarde convocamos una reunión extraordinaria de accionistas.

Pei Siyue llegó acompañado de sus abogados.

Xu Man estaba a su lado.

Cuando entré, todos se levantaron.

El presidente de la junta habló primero.

—Señorita Wen, hemos revisado la documentación presentada por su abogado.

Pei Siyue me miró.

—Esto es innecesario.

No respondí.

El presidente continuó:

—Existen indicios de que fondos corporativos fueron utilizados para adquirir activos personales.

Xu Man intervino.

—Eso no demuestra que el presidente haya cometido una irregularidad.

El abogado Zhou abrió una carpeta.

—Entonces quizá pueda explicar por qué el dinero utilizado para comprar el apartamento de la señorita Xu salió de una cuenta empresarial.

Xu Man se quedó sin palabras.

Pei Siyue se levantó.

—Ese apartamento forma parte de una compensación laboral.

—Entonces explíquelo —respondí.

—Ya lo expliqué.

—No.

Lo miré.

—Lo que hiciste fue mentirme.

El presidente de la junta golpeó suavemente la mesa.

—Presidente Pei, necesitamos una respuesta documentada.

Pei Siyue guardó silencio.

Entonces sucedió algo que ninguno de nosotros esperaba.

El director financiero se puso de pie.

—Hay otra irregularidad.

Todos lo miraron.

—Durante los últimos tres años se desviaron fondos de la empresa mediante varias compañías intermediarias.

Pei Siyue palideció.

—¿Quién autorizó esas transferencias?

El director financiero colocó los documentos sobre la mesa.

—El presidente Pei.

Xu Man retrocedió.

—Eso no puede ser.

El director financiero la miró.

—Su nombre aparece en varios de los contratos.

El silencio se volvió insoportable.

Pei Siyue me miró.

Ya no estaba enojado.

Parecía asustado.

—Wen He, podemos arreglar esto.

Negué lentamente.

—No.

—Escúchame.

—Te escuché durante ocho años.

—No sabes toda la historia.

—Entonces cuéntamela.

No respondió.

—¿Por qué compraste el apartamento?

Silencio.

—¿Por qué recuperaste la pulsera?

Nada.

—¿Por qué pusiste el nombre de Xu Man en nuestro acuerdo prenupcial?

Finalmente habló.

—Porque pensé que algún día te irías.

Lo miré sorprendida.

—¿Qué?

—Sabía que estabas cansada.

Su voz se quebró.

—Sabía que ya no eras feliz conmigo.

—¿Y tu solución fue preparar una vida con otra mujer?

—No era así.

—Entonces, ¿cómo era?

Pei Siyue bajó la mirada.

—Xu Man estuvo conmigo cuando la empresa estaba creciendo.

Solté una risa amarga.

—¿Y yo dónde estaba?

No respondió.

—Yo estaba allí cuando no tenías dinero.

—Lo sé.

—Yo estaba allí cuando todos tus amigos te abandonaron.

—Lo sé.

—Yo vendí la pulsera de mi abuela para que pudieras pagar el primer alquiler.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Lo sé.

—Entonces sabías exactamente lo que estabas destruyendo.

Aquella frase terminó con él.

Se sentó lentamente.

Pero todavía había algo que necesitaba decir.

—Pei Siyue.

Esperó.

—No cancelé nuestra boda porque encontré a Xu Man.

Hizo una pausa.

—La cancelé porque descubrí quién eras cuando creías que yo nunca me iría.

Nadie habló.

El presidente de la junta finalmente anunció la suspensión temporal de Pei Siyue.

Yo ejercí mi derecho de venta.

Pei Siyue tuvo la oportunidad de comprar mis acciones.

No lo hizo.

No podía reunir el dinero sin vender parte de sus propios activos.

Así que las acciones pasaron al comprador externo que yo había elegido.

La empresa sobrevivió.

Pero Pei Siyue perdió el control que había creído suyo.

Xu Man renunció días después.

El apartamento fue recuperado durante la investigación financiera.

Y la pulsera…

La pulsera regresó a mis manos.

Cuando la recibí, permanecí mirándola durante mucho tiempo.

El abogado Zhou preguntó:

—¿Quiere conservarla?

La apreté suavemente.

—Sí.

No porque quisiera recuperar el pasado.

Sino porque finalmente había entendido su verdadero significado.

Mi abuela no me había dicho que conservara algo que me recordara a un hombre.

Me había dicho que conservara algo que pudiera protegerme.

Y aquella vez, la pulsera no protegió mi matrimonio.

Protegió lo que quedaba de mí.

Dos semanas después, Pei Siyue vino a verme.

Estaba solo.

Sin abogados.

Sin asistentes.

Sin Xu Man.

—Quiero pedirte perdón.

Lo dejé hablar.

—No espero que regreses.

—Bien.

Bajó la mirada.

—Solo quería decirte que ahora entiendo.

—¿Qué entiendes?

—Que nunca fui yo quien te dio una vida.

Tragó saliva.

—Tú me diste la mía.

No respondí.

—Y aun así, cuando tuve suficiente dinero, empecé a pensar que todo lo que tenía me pertenecía.

Miré por la ventana.

—Eso fue lo que te cambió.

—Sí.

—No.

Lo miré.

—El dinero no te cambió.

Hice una pausa.

—Solo te permitió mostrar quién eras cuando ya no necesitabas fingir.

Sus ojos se humedecieron.

No dijo nada más.

Antes de irse, dejó una pequeña caja sobre la mesa.

—¿Qué es?

—Una copia de la llave del antiguo apartamento.

Fruncí el ceño.

—No la necesito.

—Lo sé.

Se dio la vuelta.

—Solo quería devolverte algo que durante años pensé que era mío.

Cuando cerró la puerta, abrí la caja.

Dentro estaba la llave.

La observé unos segundos.

Después la dejé sobre la mesa y continué con mi vida.

Vendí la casa que compartíamos.

No porque quisiera escapar.

Porque ya no necesitaba vivir dentro de los recuerdos de alguien que había dejado de reconocerme.

Con parte del dinero abrí una pequeña firma de inversión.

La primera persona que contraté fue el abogado Zhou.

Él se rio cuando le conté.

—¿Ahora quieres convertirte en empresaria?

Negué.

—No.

Miré por la ventana de mi nueva oficina.

—Quiero asegurarme de que nunca más confunda amor con sacrificio.

Meses después, recibí una invitación.

Era de Pei Siyue.

No para una boda.

No para una reunión.

Era una carta donde anunciaba que abandonaba la dirección de la empresa y comenzaba un tratamiento para resolver sus problemas personales.

La leí una sola vez.

Después la guardé.

No sentí alegría.

Tampoco tristeza.

Solo paz.

Aquella noche saqué la pulsera de mi abuela.

La coloqué sobre mi escritorio.

Y recordé sus palabras:

—No importa con quién te cases. Conserva siempre algo que pueda protegerte.

Sonreí.

Durante ocho años pensé que aquella protección era el dinero.

Luego pensé que era Pei Siyue.

Finalmente comprendí la verdad.

La persona que debía protegerme siempre había sido yo misma.

Y cuando llegó el día que originalmente estaba destinado a convertirse en mi boda, no me puse un vestido.

Me puse un traje.

Entré en mi nueva oficina.

Firmé mi primer gran contrato.

Y por primera vez en ocho años, nadie esperaba que yo salvara a un hombre.

Solo tenía que salvarme a mí.

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